El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 20
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La arena estaba todavía caliente cuando llegamos a la playa. El cielo empezaba a oscurecerse en tonos violetas y naranjas, y la hoguera ya crepitaba cerca de las rocas, lanzando chispas al aire que parecían luciérnagas.

Había botellas repartidas por el suelo, mochilas abiertas y risas que se superponían. Coldplay salía de un altavoz pequeño que alguien había traído y que luchaba inútilmente contra el sonido del mar.

Me senté en la toalla que Jane había traído, abrazándome las rodillas.

No estaba de humor para fiestas. Desde lo del cine, hacía dos días, tenía una sensación constante de inquietud, como cuando sabes que has dejado algo encendido en casa y no consigues recordar qué.

Tampoco quise perderme el plan porque… bueno, no le había mentido a Rebecca sobre que sufría de fomo.

Me comería la ansiedad imaginándolos a todos ahí, charlando y pasándolo bien. En especial a Dan y Carmina.

Intenté exhalar el mal rollo. Intenté prestar atención a cómo la arena se me metía entre los dedos de los pies y el olor a sal se mezclaba con el humo dulzón de la hoguera.

Dan estaba al otro lado del círculo, hablando con dos chicos de su clase. Me saludó con la mano cuando nuestras miradas se cruzaron, pero no vino. Lo que creo que hubiera hecho antes de que le dijera que no podía ir a su casa.

Me quedé mirando cómo gesticulaba al hablar, animado y completamente ajeno a mí. Ese detalle me pesó, una prueba de que había perdido una gran oportunidad. Me froté los brazos aunque no tenía frío.

Jane estaba cerca de la hoguera, con una cerveza en la mano, riéndose de algo que Zack acababa de decir. Me daba envidia lo bien que se llevaban cuando Rob y yo no hacíamos más que pelearnos.

Jane estaba muy guapa. Más de lo que requería la ocasión. Llevaba el top azul que siempre decía que le daba suerte y se había recogido el pelo en una coleta alta que se balanceaba cada vez que movía la cabeza. De vez en cuando, le echaba miraditas desilusionadas a Fabio y su risa se cortaba.

Me sentía como una mierda. ¿Quién sabía? Tal vez, si no hubiera intervenido, mi amiga y Fabio se hubieran enamorado y sido felices.

Fabio estaba apoyado en una roca, hablando con Rebecca y otra chica que no conocía.

Tenía una expresión tranquila, distante incluso.

Las manos en los bolsillos de su chaqueta bomber y la cabeza ladeada mientras escuchaba.

No había habido besos, ni un roce desde lo ocurrido en la escalera de incendios.

Lo nuestro se había quedado suspendido en el aire, como una canción pausada a mitad.

—¿Quién se ha muerto? —Rebecca se dejó caer a mi lado con dos cervezas. Me tendió una.

—Lo mío con Dan —murmuré—. Tenías razón, no debería haber rechazado su invitación.

—Que va —desechó ella con un aspaviento—. Ahora te tiene más ganas incluso. A todos nos gustan los retos, nuestro cerebro está configurado para eso.

Le di un sorbo a la cerveza. Estaba tibia y sabía a metal.

—¿Esa chica con la que estabas hablando antes...?

—Hetero —cortó Rebecca—. Completamente hetero. Pero le pareció divertido seguirme el rollo hasta que intenté besarla y se enfadó.

—Es una idiota, entonces.

—Que le den. —Se encogió de hombros y bebió un trago largo—. Ser gay complica lo de ligar incluso más. Probablemente no haya ni una sola lesbiana en esta fiesta. Al menos tú tienes opciones. Dos tíos detrás de ti y aquí estás, sufriendo sin razón.

—Nadie está detrás de mí. Soy invisible, ¿recuerdas?

—Ya. Dan te mira cada treinta segundos y Fabio está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no acercarse.

Giré la cara hacia la hoguera. Dan seguía charlando, pero sus ojos se desviaron hacia mí un segundo antes de volver a su conversación. Rebecca tenía razón. Tal vez pudiera arreglarlo.

—Le pedí a Fabio que rechazara a Jane —confesé, tras un instante de beber en silencio.

Rebecca no pareció sorprendida y tampoco, que me estuviera juzgando. Eso me permitió respirar un poco más hondo por primera vez en días.

—Realmente le he pedido que no se enrolle con nadie —confesé en voz baja.

—Guau —soltó, antes de darle otro trago—. ¿Te mandó a la mierda?

—No, me dijo que sí. —El cuello de mi amiga giró hacia mi de golpe—. Pero creo que eso me hace sentir peor.

Rebecca tenía la boca abierta y el ceño fruncido.

—¿Por qué ha dicho que sí? —se extrañó, su curiosa atención pasando a Fabio que continuaba contra la roca.

Me encogí de hombros. Fabio estaba sonriéndola a la chica que gesticulaba frente a él.

—Quizá porque no piensa cumplirlo.

—Umm. —Rebecca le dio otro trago a su cerveza, pensativa.

En ese momento apareció Rob, con los hombros encogidos porque llevaba una sudadera demasiado fina para la noche.

Saludó a todo el mundo como si la playa fuera suya, chocando los cinco con unos, abrazando a otros.

Para la gente, él era el sol y yo… me gustaría decir que la luna, pero no.

Yo era una noche nublada en la que no se veían ni las estrellas. Así de sosa.

Al aproximarse a nosotras, sacó el móvil y lo cogió.

—Sí, mamá ya estoy aquí. —Si Rob y yo estábamos juntos, mis padres siempre le llamaban a él. Y ese pequeño detalle se sentía cada jodida vez como un puñal en mi corazón, una prueba de que no éramos iguales—. Sí, Erika también está aquí. Valeeee.

Me hundí más en la toalla.

Jane se acercó a nosotras un poco después, con la cerveza todavía en la mano. Por el brillo en sus ojos ya iba por la segunda o la tercera.

—Vaya careto tenéis las dos —se burló.

—Me han puesto de mal humor —explicó Rebecca, tirando su botellín vacío a una caja con otros.

—¿La chica del suéter azul? —Jane se dejó caer a nuestro lado—. La conozco, te podía haber dicho que es hetero y haberte ahorrado el bochorno.

—No tengo nada de lo que abochornarme, realmente me estaba siguiendo el rollo. Es una calienta chochos.

Jane soltó una carcajada y Rob se giró hacia nosotras, sonriendo.

—¿Habláis de mí?

Le acribillé con la mirada, sospechando. No solía congratularnos con su presencia en público.

—¿Qué van a pensar tus amigos si te ven hablando con nosotras? —le recordé en tono dramático, antes de hacer un gesto con la mano para que se largara.

—Que ahora dedico parte de mi tiempo a la caridad.

Puse los ojos en blanco y Jane soltó un bufido. El ojo de Sauron voló hacia ella.

—¿Algún problema Cairns? —preguntó con su actitud de matón.

—Déjala en paz —le advertí, recordando aquella vez cuando teníamos seis años que Jane se torció la mano porque Rob la empujó demasiado fuerte con los patines.

—No te preocupes, Erika —Se puso de pie y se estiró para plantarle cara a Rob con una sonrisa de tenerlo todo controlado—. No le tengo miedo a Rob Manostijeras. Toda esa fanfarronería le funcionará con los que no te conocen y no te han visto vomitar pizza por la nariz

Algo cruzó por la cara de mi hermano, aunque intentó ocultarlo detrás de una sonrisa helada.

—Esa familiaridad entre nosotros —su tono bajó, conforme daba otro paso hacia mi amiga para cernirse sobre ella de forma amenazante—. Funciona en las dos direcciones. Yo también he visto mucho de ti.

Sus ojos se deslizaron por el cuerpo de ella y noté un escalofrío, creyendo percibir que el ataque de mi hermano había tomado otro cariz. Eso sí era nuevo.

—Rob, lárgate —le ordené, sin molestarme en ocultar el deje de desesperación en mi voz.

Jane regresó a nuestro lado con los dientes apretados.

—¿De qué iba eso? —la interrogó Rebecca cuando se sentó junto a ella.

—Rob siendo Rob —gruñó ella, evadiendo nuestra mirada—. O siendo peor desde que me vio desnuda por accidente cuando estábamos en Brisbane.

—¿Qué?

Ella sacudió la cabeza.

—Fue un accidente sin importancia, pero el cromañón de tu hermano, ahora cree que tiene derecho a hacerme sentir avergonzada por… no sé, ¿tener tetas? ¿ser mujer? Ya sabes cómo es…

—Le gustas… —comentó Rebecca, siguiéndole con la mirada

—No seas ridícula —negó Jane, estremeciéndose de forma exagerada—. Lo único que le gusta a Rob son los espejos de cuerpo entero.

Nos reímos, y me di cuenta de que había estado apretando mi cerveza demasiado fuerte.

Zack apagó el equipo de música y se sentó en la arena a nuestro lado con la guitarra. Ignorando los abucheos, empezó a tocar Wonderwall. Nos pusimos a cantar con él, alguna de nosotras desafinando de forma terrible.

La hoguera crepitó más fuerte, enviando una columna de chispas al cielo. El calor me llegaba en oleadas, alternándose con el frío del viento marino. Cerré los ojos un momento, intentando desconectar del nudo que se me había formado en el pecho.

Al abrirlos de nuevo, se posaron en Fabio. Su silueta recortada frente al horizonte por los últimos rayos de un sol moribundo.

Entonces vi a una chica alta, su cabello oscuro le llegaba hasta la mitad de la espalda. Iba con un vestido corto a pesar del viento. No alcanzaba a ver su rostro, pero por la forma confiada en la que se movía, supe que era muy guapa. Se acercó a Fabio sin ningún miedo y cero dudas.

Me incorporé sin darme cuenta.

Ella le tocó el brazo al hablarle. Se inclinó más cerca de lo necesario. Fabio escuchó lo que fuera que ella le estaba diciendo. Sonrió.

Yo dejé de respirar.

Pero entonces, él negó con la cabeza y dijo algo que no oí desde donde estaba. La chica insistió y le puso una mano en el pecho. Fabio la apartó con cuidado y dio un paso atrás que dejó espacio entre ellos. La chica sacudió la cabeza y se fue hacia otro grupo.

Sentí un alivio inmediato que me aflojó los hombros y me permitió volver a respirar. Y justo después, una punzada de vergüenza tan fuerte que tuve que apartar la vista.

No debería haberle pedido exclusividad. No debería haber puesto reglas que solo me favorecían a mí.

Me levanté de golpe, impulsada por el nudo de arrepentimiento que ahora flotaba en cerveza y chocaba con el único taco que había cenado.

—Necesito aire.

—Estamos en la playa —se burló Jane.

—Vale, entonces necesito darle un descanso a mis tímpanos.

Zack ya había pasado a Tender de Blur, los acordes acompañaron los pasos lentos por la arena que me llevaron hacia las rocas.

Fabio levantó la vista entonces y vio que me aproximaba. No sonrió, tampoco se fue. No hizo ningún gesto ni su rostro mostró nada más que indiferencia. Pero la forma en que me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, me dijo que él también estaba sintiendo algo. ¿Rencor? ¿Enfado?

—Lo siento —barboté mientras me sentaba a su lado.

—¿De qué hablas?

—Esa tía ha estado a punto de saltar sobre ti.

—Sí, era un poco intensa. Se creía una diosa irrechazable.

—¿Lo era? —susurré, observando el lugar donde rompían las olas.

—Diosa, tal vez. Irrechazable, no. Nadie lo es.

Medité su respuesta durante un instante.

—¿Entonces… estabas disculpándote en nombre de todas las mujeres que acosan o cómo?

Me pasó su cerveza y le di un sorbo largo. Esta estaba más fría.

—No, estaba disculpándome por pedirte… pedirte que digas que no. Estuvo mal y lo retiro. Eres libre de hacer lo que quieras… incluso —tuve que tragar saliva antes de continuar—. Incluso con Jane.

Su mirada estaba fija en el perfil de mi rostro, pero estaba demasiado avergonzada como para enfrentarle.

—¿Por qué has cambiado de idea?

Me encogí de hombros.

—¿Culpa?

—Ah…

Un vistazo de soslayo me mostró que Fabio estaba conteniendo una sonrisa.

—¿Qué?

—Tengo la sensación de que es la primera vez que hacías algo egoísta… No estás acostumbrada a anteponerte a los demás.

Mi boca se abrió de par en par. Estaba segura de que me odiaba o me creía una malcriada por pedirle eso, pero ahí estaba él, haciéndome un cumplido.

—No es el fin del mundo si haces algo egocéntrico, pixie. —Fabio me dedicó una sonrisa ladeada—. No te vendría mal practicar un poco lo de pensar en ti misma.

Sus palabras me hicieron parpadear. Había esperado cualquier otra respuesta a mi disculpa, menos esa.

—No contigo —negué con la cabeza—. Si voy a practicar ser egoísta, no quiero hacerlo contigo o con Jane. No os lo merecéis.

Eché la vista por encima de mi hombro. Mi hermano bailaba y reía, con el hombro echado por encima de un amigo.

El mar hacía ese ruido constante de fondo.

—Fui un bebé indeseado —dije, sin saber muy bien por qué lo decía en ese momento.

—¿Qué? —El tono de Fabio era cortante. Tal vez no le gustaba que le usara también de psicólogo.

—Después de Rob, mi madre se hizo una ligadura de trompas —resumí para no aburrirle—. Pero aquí estoy.

—¿Cómo sabes eso?

Me encogí de hombros extrañada por su pregunta.

—Me lo contaron mis padres.

Algo que no reconocí brilló en los ojos de Fabio, o tal vez lo había imaginado por la repentina oscuridad, ahora que el sol se había ocultado del todo.

—¿Cuándo?

—¿Cuándo qué?

—¿Con qué edad te lo contaron? —esclareció él.

—No estoy segura… es algo que siempre he sabido. No recuerdo el momento exacto.

Fabio apartó la vista hacia el mar, su atención perdida en el oleaje y fue mi turno de analizar su perfil.

—¿Por qué no me dijiste que no cuando te pedí algo tan injusto? —quise saber.

Fabio se encogió de hombros.

—No sé… —el silencio se prolongó lo suficiente como para que creyera que ya no iba a decir nada más. Miré la espuma arremolinarse en la orilla—. Tal vez sí que hay chicas que son irrechazables.