19
Después de clase, Rebecca y yo caminábamos hacia el coche para ir al centro comercial. El sol empezaba a bajar y el aire se había vuelto más fresco. Me subí la cremallera de la sudadera hasta arriba.
—¿Por qué corres? —Rebecca tiró de mi brazo para que redujera el paso.
—Tenemos que llegar al cine.
—¿Qué prisa hay? Faltan dos horas para la película.
Pensé en Jane y Fabio, que llevaban media hora de ventaja en el coche de la madre de los Cairns.
Antes de que pudiera responder, vimos a Dan al otro lado del aparcamiento. Venía hacia nosotros con las manos en los bolsillos, arrastrando un poco los pies.
—Hola chicas.
—Steinbeck —lo saludó Rebecca.
Los ojos de él se posaron sobre mí.
—¿Quieres venir esta tarde a ver los Legos de Charlie?
Se me tensó todo el cuerpo.
—Me gustaría pero hoy no puedo.
—Ah. —Dan parpadeó, visiblemente decepcionado—. Justo hoy no están mis padres.
—Otro día, ¿vale?
Dan asintió y algo se le apagó en los ojos.
—Claro, cuando quieras. —Se fue con las manos todavía en los bolsillos.
Rebecca me observó en silencio. Yo también me observé a mí misma, sin saber muy bien qué había pasado.
—¿Por qué has hecho eso?
—Porque vamos al cine.
—¿Y qué? No tenemos por qué ir, pero Dan acaba de invitarte a su casa y te ha dicho que sus padres no están ¿sabes lo que significa eso?
Fruncí el ceño.
—Pero está su hermano pequeño, así que no creo que tenga nada de eso en mente.
Rebecca puso los ojos en blanco como si no pudiera creer lo tonta que era.
—Su hermano puede quedarse jugando o viendo la tele mientras vosotros os perdéis en su cuarto un rato —narró de forma sugerente.
—Ah… —no había interpretado su invitación de esa forma, pero Rebecca tenía razón en algo: ¿Por qué si no iba a mencionar la ausencia de sus padres?
—Vamos, llámale.
—Ah… ¿sabes qué? Es demasiado tarde, mejor lo dejo para otro día.
Ella me dedicó una mueca.
—No lo es, llámale, se va a poner muy contento.
Me mojé los labios sin saber cómo rechazar la idea y que nos pusiéramos en marcha de una vez. Tiré de su brazo.
—Mejor vámonos ya, no quiero que piense que soy una veleta.
—No lo entiendo —Rebecca se movió demasiado lento para mi gusto—. Llevas semanas detrás de él y ahora rechazas la oportunidad perfecta por ir al cine con nosotros. ¿Cuál es tu problema? ¿Tienes miedo de enrollarte con él? ¿Son inseguridades otra vez?
Tragué saliva, echando un vistazo a donde había aparcado mi coche. Si tan solo pudiéramos continuar teniendo esta conversación mientras conducía, no perderíamos tanto tiempo.
—No quería perderme la película —mentí, echando a andar de nuevo.
—¿Cómo se llama?
—¿Qué? —Desbloqueé el coche, aliviada con que ella hubiera acelerado el paso para alcanzarme.
Entramos y cerramos las puertas.
—La película que tanto quieres ver —continuó Rebecca en el interior, implacable.
Mierda. Jane lo había dicho varias veces, pero era incapaz de recordar el nombre.
—Ah…
Las cejas de mi amiga fueron a parar debajo de su flequillo.
—Tengo fomo ¿vale?
—¿Tienes el qué?
—Fomo: Fear of missing out . No quiero ser la única que no va y que mañana estéis todo el día hablando de cosas que no entiendo.
—¿Por perderte una tarde en el cine? —repitió ella incrédula. Después pareció pensar en algo—. Interesante.
—¿Qué?
—Nada. Tu fomo.
El parking del centro comercial estaba casi desierto. Aparqué lo más cerca posible de la entrada.
—Llama a Jane, pregúntale dónde están.
Rebecca enarcó una ceja y ocultó una sonrisita, pero hizo lo que le pedía.
—No lo coge. —Se bajó el teléfono de la oreja mientras caminábamos por el pasillo central.
Solté un bufido y saqué mi teléfono para llamar a Fabio.
—Tampoco lo coge —apreté los dientes, probando con Zack.
Por suerte, él sí que respondió.
—¿Qué pasa Erika?
—¿Dónde estáis? Hemos llegado al centro comercial.
—Ah, no, yo voy en el coche con mi madre de camino a casa.
—¿Qué? ¿Por qué?
Zack se rió.
—No sé si has notado que Jane quería quedarse a solas con Fabioloso, de hecho, deberías darles alguna excusa para no aparecer.
Ni en broma. La idea de que estuvieran solos en un rincón perdido o en el probador de alguna tienda, me llenó de ansiedad.
—Vale, hablamos más tarde —colgué, sin esperar su respuesta.
Paseé la mirada de un lado a otro. Mierda, el centro comercial era enorme.
Volví a marcar el número de Fabio, pero seguía sin responder.
—¿Qué? ¿Dónde están? —Rebecca estaba parada delante de mí con los brazos cruzados y cara de estar aburrida.
—No lo sé, Zack no está con ellos y Fabio no lo coge.
—Prueba a Jane otra vez.
Solté otro bufido.
—Jane no lo va a coger.
—¿Por qué?
—Porque quiere estar a solas con Fabio.
—Ah… —respondió extrañada—. Bueno, ya sé que le gusta, pero no creo que esté intentando nada.
—Sí que lo está.
Sus ojos entornados escanearon mi rostro y me agarró del brazo.
—¿Es por eso que estás tan ansiosa por encontrarlos?
—¿Qué? No, no estoy ansiosa, pero no sé, se supone que veníamos juntos.
Rebecca suspiró con cara de no creerme, pero de no tener más energía para mi drama emocional.
—¿Qué hacemos? —preguntó con una paciencia de santa—. Si quieren estar solos…
En ese momento, mi móvil vibró y lo saqué corriendo. Esbocé una sonrisa de alivio al ver quién era.
—Es Fabio —aclaré antes de atender—. ¿Sí?
—¿Me has llamado?
—Sí, acabamos de llegar. ¿Dónde estáis? —Traté de no sonar muy ansiosa.
—En la primera planta, frente a Foot Locker.
—Vale. —Miré de un lado a otro buscando una escalera mecánica o un ascensor—. Vamos para allá. No os mováis.
Rebecca dejó que la arrastrara hacia las escaleras mecánicas, pero se negó a subirlas activamente.
Me obligué a estarme quieta en uno de los escalones y esperar pacientemente a que ascendieran a su ritmo (demasiado lento si se me permitía opinar).
Mis dedos repiquetearon la cinta del pasamanos, mientras ignoraba la sonrisita de «eres patética» que me estaba dedicando mi supuesta amiga.
Delante de Foot Locker no había nadie. Tampoco parecían estar por el pasillo central, por lo menos la parte que alcanzaba mi vista.
—Vamos, tal vez estén dentro —Tiré de la mano de Rebecca, pero esta vez no se movió.
—Ve tú, yo te espero en ese banco —señaló uno de los asientos que ocupaban la zona central del pasillo y caminó hacia él.
—Buena idea, tu vigilas aquí fuera. —Di una vuelta por la tienda y al no divisarlos, volví a llamar a Fabio, pero de nuevo no me lo cogió.
Cuando salí de Foot Locker, los vi sentados junto a Rebecca, y solté un suspiro largo, acercándome despacio.
Fabio estaba mirando su móvil justo cuando llegué.
—Acabo de ver tu llamada.
—Ya…
—Perdona, se me olvidó ponerlo en sonido al salir de clase. —Me dedicó una sonrisita de disculpa.
—No pasa nada —me crucé de brazos y miré para otro lado fingiendo desinterés, como si no llevara cuarenta minutos tratando de cazarlos. Rebecca tenía razón: era patética.
Jane se levantó del banco, estirando los brazos por encima de la cabeza.
—Bueno, ¿qué hacemos? Todavía falta más de una hora para la peli.
—Vamos a comer algo —propuso Rebecca, lanzándome una mirada de reojo.
Caminamos los cuatro en fila. Jane y Fabio delante, nosotras detrás.
Rebecca se inclinó hacia mí.
—¿Por qué no le explicas a Jane que él te gusta?
—No sé de qué hablas.
Ella rio por la nariz.
En la zona de comida rápida, Rebecca pidió patatas y yo un batido que no quería.
Jane le propuso a Fabio compartir un menú de hamburguesa.
Nos sentamos en una mesa desde donde se podía ver el skatepark de fuera y a la gente haciendo piruetas.
Algunos buenos, otros pasaban más tiempo en el suelo que otra cosa.
—¿Te gusta el skate? —se interesó Jane, después de que Fabio soltara una exclamación de admiración por una de las piruetas.
—Nunca aprendí —respondió él. Sus ojos se desviaron hacia los míos con un brillo de diversión—. Hace un año no tenía forma física para hacer algo así.
Le sonreí de vuelta. Era la única de las presentes que sabía de su cambio de peso.
—Nunca es tarde. —Jane puso la mano en su hombro para ofrecerle consuelo, cuando era evidente que se encontraba perfectamente—. Podríamos practicar juntos.
—No te has subido a un monopatín en tu vida —espeté yo, de brazos cruzados.
—Bueno, pues aprender juntos —se corrigió ella, echándome una mirada significativa para que dejara de fastidiar.
Ojalá pudiera parar—. ¿Qué dices? ¿Quedamos mañana en el skatepark de Arlinton Road?
Está cerca de Sydney Grammar. Zack tiene un monopatín viejo que podemos tomar prestado y seguro que Erika nos deja otro.
Los dos me miraron. Ella con esperanza en mi cooperación y él con curiosidad.
—¿Sabes patinar?
Asentí.
—Solía ir con Zack y con Gary.
—¿Entonces nos prestas uno? —insistió Jane.
—Ummm —murmuré evasiva.
Rebecca me dio una patada por debajo de la mesa que fingí no sentir.
El cine estaba medio vacío. Olía a palomitas rancias y a ambientador de fresa falsa. Jane se sentó al lado de Fabio. Yo, al otro lado de él. Podía verlos de perfil, recortados contra la luz de la pantalla publicitaria.
Jane se inclinó hacia él para comentar los tráilers y Fabio respondió en voz baja, demasiado cerca. Ella soltó una carcajada de algo que no llegué a oír y le dio un golpecito en el brazo.
Cuando empezó la película, Fabio apoyó el brazo en el respaldo del asiento de Jane, casi rozándole el pelo.
Me incliné hacia su lado.
—¿Ese personaje no te recuerda a alguien? —Se lo susurré tan cerca que noté cómo Fabio se tensaba antes de girar la cabeza hacia mí.
—¿Al profesor de filosofía?
—¡Sí!
Nos reímos y Jane se asomó, ceñuda.
—¿De qué os reís?
Fabio se inclinó hacia su lado para explicárselo. Después me echó un vistazo.
—¿A qué viene esa mirada de francotiradora? —Lo susurró tan bajo que casi no lo oí.
Negué con la cabeza y me dejé caer en mi asiento, cansada de estar en guardia, y de toda esa situación en general.
Cuando salimos del cine, el aire frío de la noche me golpeó en la cara y me aclaró un poco los pensamientos.
No podía seguir interviniendo de esa manera.
Lo mejor sería hablarlo con Fabio y aclararle que no me sentía cómoda con el hecho de que saliera con mi amiga mientras se desarrollaba nuestro trato.
Por eso las llevé a ellas a casa antes de dejar a Fabio. Jane se bajó primero, despidiéndose con una sonrisa exagerada. Rebecca se inclinó hacia delante desde el asiento trasero antes de salir.
—Arréglalo.
—No sé de qué hablas.
—Lo que tu digas. —Dio un portazo.
Fabio se quedó callado mientras yo arrancaba de nuevo. El silencio se extendió entre nosotros pesado. Conduje sin prestarle demasiada atención al GPS y me salté la salida.
—¿Vamos a algún sitio en concreto o solo te apetece gastar gasolina?
—Me he perdido. —Aparqué en un callejón lateral, cerca de un parque que estaba vacío a esas horas. Apagué el motor, pero no me bajé, y él tampoco.
—Tengo que decirte algo.
—Es evidente… —Se giró hacia mí, esperando.
—No quiero que te líes con Jane. —Las palabras salieron más bruscas de lo que pretendía. Fabio parpadeó, sorprendido.
—Ya me lo habías dicho.
—Pero ella ahora está intentando conquistarte.
—Lo he notado.
—¿Y?
—Me dijiste que tus amigas estaban fuera de mi alcance —repitió él con tono de no entender por qué le preguntaba.
—¿Es solo por eso?
—¿Qué?
Tome una profunda bocanada de aire.
—¿Lo harías si yo no te hubiera puesto esa condición? —quise saber.
—No lo sé, Erika. No he pensado en ello tanto como tú.
Asentí, nada complacida con su respuesta. Quería que me dijera que no estaba interesado en absoluto, pero era difícil de esperar. Jane era guapa, lista y la mejor jugadora del equipo.
—Es mi amiga, y tú y yo tenemos un trato, y... no sé, se me hace raro. Me siento incómoda al pensar que pase algo entre vosotros. —Me agarré al volante.
—¿Incómoda?
—Sí.
—¿Por qué?
Abrí la boca y la volví a cerrar. ¿Qué coño se suponía que debía responder a eso?
—Porque sí. Porque es mi amiga y no quiero veros juntos todo el rato, mientras estemos haciendo esto.
Fabio se quedó mirándome con esa expresión destripa almas.
—No me voy a liar con Jane.
—Ella quiere que lo hagas.
—Eso no significa que vaya a hacerlo.
—¿Seguro? No quiero que eso complique las cosas.
—¿Qué cosas?
Me froté la cara con las manos, frustrada.
—Las cosas de nuestro trato. —Sacudí la mano el en aire entre él y yo—. No puedes enseñarme y ayudarme a practicar ciertas cosas si eres el novio de mi mejor amiga. Es una mierda de situación.
Fabio dejó escapar una risa corta, sin humor.
—¿Me estás pidiendo exclusividad mientras te aprovechas de mí?
—No, no, no… Bueno… Umm ¿qué pasaría si lo hiciera?
—Pero tú sí vas a enrollarte con Steinbeck —soltó él, más como si estuviera comprobando que entendía mi discurso.
—Bueno, es el objetivo de todo esto, al fin y al cabo.
Fabio soltó un bufido de indignación y se pasó una mano por el pelo, desviando la mirada hacia la ventanilla.
No respondió enseguida. Se quedó mirando el salpicadero como si hubiera algo ahí que necesitara tiempo para entender.
Luego exhaló despacio, una risa mínima escapándosele por la nariz, más cansada que divertida.
—Vale.
Su respuesta me sorprendió tanto, que tuve que inclinarme hacia él.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que vale.
—¿En serio? —Mi desconcierto le hizo sonreír—. ¿De verdad no vas a liarte con nadie mientras hacemos esto?
Fabio puso cara de impaciencia.
—Eso es lo que he dicho, ¿no? Que es exactamente lo que tú me has pedido.
—Sí, pero… Vale. Trato hecho —celebré más animada. Le ofrecí mi mano, pero él la ignoró.
—¿Qué quieres que le diga a tu amiga cuando se me lance al cuello? —indagó—. ¿Que tú y yo tenemos un trato de exclusividad que solo incluye a Dan Steinbeck, tranquila, a mí él no me interesa, o que no me gusta ella?
—Dile la verdad —decidí poniendo el coche en marcha. Fabio me echó un vistazo de soslayo.
—¿Qué es? —dudó.
—Que no eres material de novio, que es lo que quiere ella de ti. Dile que no concibes estar con una sola chica.
—Ah, ¿esa es la verdad? —repitió él, inclinando la cabeza hacia un lado antes de apretar los dientes—. Irónico… eso es justo lo que estoy haciendo.