El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 18
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El césped estaba húmedo bajo mi espalda, pero el sol entibiaba mi piel de esa forma tan agradable que no llega a quemar. Fabio y yo estábamos tumbados uno al lado del otro, a la hora de la comida, compartiendo unos auriculares doblados que solo funcionaban bien si no nos movíamos demasiado.

Sonaba Everlong de Foo Fighters, y por un momento pensé que era la canción perfecta para ese instante de paz.

Fabio tenía el libro de espías abierto sobre el pecho, sujetándolo con una mano mientras con la otra pasaba las páginas sin prisa.

—Este tío es un idiota. Si vas a esconder un mensaje en una postal, no usas una tinta que solo reacciona al calor… y luego la dejas al sol. ¿Se supone que es un espía inteligente?

Solté una risa, sin abrir los ojos.

—¿Y si era su intención desde el principio? —intenté confundirle adrede.

—O tal vez el autor no sabía cómo salir del lío. Los escritores hacen eso todo el tiempo. Se meten en un callejón sin salida y luego inventan una casualidad milagrosa.

—¿No te está gustando?

—Sí, joder, por eso me fastidia que insulte mi inteligencia con ese detalle.

Giré la cabeza hacia él. Tenía los ojos entrecerrados en un gesto concentrado. Yo, en cambio, no estaba haciendo nada. Absolutamente nada. Miraba las nubes pasar, identificando formas que se deshacían antes de que pudiera decidir qué eran.

Fabio levantó la vista del libro y me echó una mirada curiosa.

—Es mi hora A.

—¿Tu qué?

—A de aburrimiento. Es una idea de Dan. Aburrirse un rato todos los días. Sin móvil, sin libros, nada…

Su resoplido hizo volar un mechón de mi pelo.

—Steinbeck no se ha inventado nada.

—¿De qué hablas? —Arranqué unas briznas de hierba entre los dedos.

—Eso es un detox de dopamina. Hay gente que se va a retiros, deja el móvil, medita, mira paredes blancas durante horas. Dicen que así el cerebro se resetea y vuelve a disfrutar de las cosas pequeñas.

—Ah —murmuré. Sonaba más bonito cuando pensaba que era idea suya.

Fabio cerró el libro con un golpe suave.

—Oh, ¿pensabas que Steinbeck era un genio adelantado a su tiempo? —Me lanzó una sonrisa ladeada.

—Eres un capullo.

—Un poco, pero me quieres así.

No respondí. El sol se reflejaba en sus pestañas y la música seguía sonando baja entre los dos.

Fabio rompió el silencio.

—Por cierto, tengo una misión para ti. —Se sacó un papel doblado del bolsillo de la sudadera.

—¿Otro acertijo imposible?

Lo abrí y descubrí que tenía más códigos y flechas que el último. Lo sacudí en el aire, evaluándole con la mirada.

—¿De qué sirve resolverlos si luego no recibo la recompensa? —bromeé. Nuestros ojos se encontraron y se quedaron pegados durante un instante que hizo que se me cortara la respiración.

Fabio rompió el hechizo, incorporándose para alcanzar su mochila.

—La tengo hace días, pero como no la reclamabas… —Sacó un pequeño paquete envuelto en papel de estraza de su mochila.

Abrí el paquete. Dentro había unas galletas de aspecto casero, ligeramente doradas.

—Son sin gluten —me aseguró.

—¿Seguro?

Su expresión ofendida me hizo sonreír.

—¿De dónde han salido? —Le di un mordisco pequeño con cautela. Y luego otro, más grande—. Ummmm.

—Lo sé.

—No, en serio. Están muy buenas. No saben a maíz, ni a arroz, ni a trigo sarraceno. ¿De qué están hechas?

Se cruzó de brazos, satisfecho.

—Harina de almendra y coco.

—¿Las has preparado tú? —pregunté con la boca todavía llena.

—Sí, pero no es mi receta. Le escribí a Roman Salcedo. ¿Lo conoces?

Negué con la cabeza, mientras mordisqueaba la tercera.

—Es un chef celiaco. Le pedí indicaciones para preparar las galletas perfectas. Pensaba que me iba a ignorar, pero me respondió. Ventajas de tener más de cien mil seguidores en TikTok.

Le miré. Había contactado con un chef de TikTok para preguntarle cómo hacer galletas para mí. Y lo decía como si fuera lo más normal del mundo. Me metí otra galleta en la boca para no tener que responder nada.

—¿Tienes más de cien mil seguidores en Tiktok? —solté un instante después, trozos de masa cayeron de mi boca.

Fabio asintió, sin darle mucha importancia.

—¿De qué es tu perfil?

—De física cuántica.

—Ja, muy gracioso. ¿De qué es? ¿Sales sin camiseta o algo?

Fabio me arrancó el táper de galletas de la mano y tuve que forcejear para recuperarlo.

—¿Cómo te encuentro? —La pantalla de mi móvil se llenó de la grasa de las galletas, pero no me importó.

—Las partículas de Fabioloso.

—¿Te estás riendo de mí?

—Búscalo.

Lo hice, y cuando vi que realmente existía un perfil llamado Las partículas de Fabioloso me entró un ataque de risa.

—No lo entiendo —logré decir cuando se me pasó un poco—. Te puse ese apodo hace una semana…

—Mi canal es más viejo, pero le cambié el nombre hace poco.

—¿Por qué?

—Lo de mi apodo fue muy ingenioso, pixie.

Solté una risita sintiéndome estúpidamente orgullosa.

—La verdad es que todo el mundo lo está usando —me vanaglorié, antes de empezar a ojear su perfil.

En ese momento, una sombra nos cubrió.

—¿Interrumpimos algo?

Jane y Zack se cernieron sobre nosotros. Él llevaba una bolsa de patatas y cara de no entender muy bien cómo había acabado ahí. Jane se dejó caer cerca de Fabio sin pedir permiso.

—¿Qué escucháis?

—Underwater Love de Smoke City —Fabio se quitó un auricular para ofrecérselo.

Jane se inclinó más de la cuenta para ponérselo, su bonito cabello rizado le rozó el hombro.

Arranqué puñados de hierba, apartando la vista.

—Esta tarde, Zack y yo vamos al cine. ¿Te apuntas? —Jane fue al grano.

Antes de que pudiera responder, hablé yo.

—Qué bien, hace tiempo que no salimos así.

Jane parpadeó, y después me hizo una mueca, aprovechando que Fabio no la estaba mirando para disuadirme. Me hice la tonta.

—¿A qué hora?

—Ah… pues estaba pensando en ir directos.

Fabio solo asintió, con una expresión imposible de descifrar. ¿Sabía que Jane estaba ligando con él? Claro que lo sabía, era un experto en esas cosas.

Jane continuó hablando de la película que íbamos a ver, algo sobre efectos especiales y un director que yo no conocía.

Zack mordisqueaba sus patatas sin mucho interés.

Yo asentía de vez en cuando, pero tenía la sensación de estar viendo la escena desde el otro lado de un cristal, como si no fuera conmigo.

Cuando sonó el timbre, Fabio recogió su libro y se levantó del césped sacudiéndose la hierba de los vaqueros.

—Nos vemos luego, entonces.

—Espera, tenemos la misma clase. Voy contigo —Jane se puso de pie de un salto mientras él la esperaba pacientemente.

Yo me quedé ahí sentada un segundo más, viendo cómo se alejaban hacia el edificio, hablando de a saber qué.

—¿No vas a clase? —dudó Zack al ver que no me movía.

Me incorporé de mala gana. Arranqué un último puñado de hierba antes de soltarla.

—Sí, vamos.