17
El supermercado estaba casi vacío a esa hora de la tarde. Empujé el carro con una mano mientras con la otra revisaba la nota de mi madre en el móvil.
Leche sin lactosa, tomates, pan de molde y las barritas de proteína.
Puse los ojos en blanco al leer eso último. Ninguno de los artículos de la lista era tan indispensables como para interrumpir mi entrenamiento, pero claro, Rob no podía quedarse sin su dosis proteica.
Mi móvil vibró y cuando lo saqué, descubrí que era Fabio respondiendo a mi mensaje sobre que se había dejado la cartera en el asiento trasero de mi coche.
Vale, mañana lo cojo. No me robes, sé cuánto dinero llevo.
Sonreí sin poder evitarlo y le mandé un selfie con una sonrisa maligna, sujetando su cartera y una chocolatina Crunchie de Carbury junto a mi rostro.
¡Tío, vale casi 5 dólares! Menos mal que invitas tú.
Acabo de llamar a la poli.
En ese momento escuché una sirena en la calle y di un pequeño respingo, después me reí yo sola en el pasillo de los dulces, como una loca.
LOL, ¡justo he escuchado un coche de policía! Me he asustado.
Jajaja.
Estaba a punto de responder cuando alguien carraspeó a mi lado.
—¿Sabes que eso lleva toffe? —La voz era conocida—. No te lo recomiendo.
Guardé el móvil rápidamente y levanté la cabeza. Dan estaba frente a mí, con una sudadera gris y una cesta en la mano. Me quitó la chocolatina y la ojeó con desconfianza.
El corazón me dio el pequeño vuelco familiar que siempre me daba cuando le veía, aunque esa vez fue más suave.
—Es mi favorita —respondí, intentando sonar natural—. Pero se han vuelto locos con el precio.
La recuperé de su mano y la dejé de vuelta en la estantería.
—¿Vienes del gimnasio? —preguntó, señalando mis zapatillas y mi chándal.
—De correr. —Di un paso atrás, paranoica con la posibilidad de oler a sudor.—. Estoy intentando mejorar mi ácido láctico.
—Guau, eso suena serio —apreció con una sonrisita—. Voy al gimnasio, pero ni en broma llego a tu nivel de dedicación.
Mi risa salió acompañada de un rubor en mis mejillas.
—Bueno, solo lo estoy intentando. Como has podido comprobar, habiéndome encontrado con una chocolatina en la mano, no tengo mucha fuerza de voluntad.
—Mejor. —Dan cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna, y aprovechó para acercarse un poco más—. Así no me haces sentir tan culpable.
Le sonreí, rogando porque mi nuevo desodorante (cero por ciento alcohol y aluminios) estuviera haciendo su trabajo igual de bien que su tóxico predecesor.
—¿Tienes mucho que comprar? —Ojeó mis manos vacías.
—No, solo cuatro cosas.
—Te espero. Puedo llevarte a casa.
—Gracias. —Debí poner una de esas sonrisas tan tontas. Seguía encantándome que me llevara a sitios. Me conformaba con poco…
Seguimos caminando entre los pasillos. Dan me contó que Charlie había perdido otro diente y la odisea que había sido arrancárselo.
Hablamos del examen de química de la semana que viene para el que yo aún no había empezado a estudiar. Saber que él sí, me puso nerviosa. Me prometí ponerme las pilas en cuanto me diera una ducha.
Mi móvil vibró en mi bolsillo. Probablemente Fabio respondiendo a mi último mensaje. Me picaron los dedos con ganas de sacarlo, pero me contuve.
Cuando salimos, el sol empezaba a bajar y las sombras se alargaban sobre las aceras.
—Charlie dice que quiere que vengas a ver sus Legos un día —dijo Dan una vez estuvimos dentro de su coche.
—Ah, pues cuando quiera.
—Cualquier tarde libre que tengas de la semana que viene. —Se pasó una mano por el pelo, un gesto nervioso que había empezado a reconocer.
Asentí, y él pasó a contarme que su vecino siempre aparcaba mal.
Al final, no había cogido la chocolatina con el dinero de Fabio. Tenía que haberlo hecho para fastidiarle.
—¿Erika?
—¿Qué? —Di un pequeño salto en el asiento al escuchar que me llamaba. Me había estado diciendo algo sobre que había rayado el coche de su padre contra una columna por culpa del vecino… el que aparcaba mal, suponía. Mi mente había divagado por un instante.
—¿Tu padre se ha enfadado? —me apresuré en preguntar para que no creyera que le estaba ignorando.
Dan se relajó al ver que había seguido el hilo de la conversación.
Cuando llegamos a mi casa, aparcó frente a la puerta. Me ayudó con la bolsa, aunque no hacía falta. Una vez alcanzamos el porche, Dan dejó la compra en el suelo y se giró hacia mí.
Durante un segundo pensé que no iba a hacer nada, que simplemente se despediría con una sonrisa y ya está.
Pero se inclinó un poco y me dio un beso corto y sencillo.
Sus labios eran suaves y su mano en mi mejilla era cálida.
Fue un beso bonito. Que es como se supone que tienen que ser los besos con un novio formal.
—Nos vemos mañana.
—Hasta mañana —le sonreí de vuelta.
Lo vi alejarse con calma y entrar en el coche. Tras despedirse con un toque de claxon se alejó calle abajo. Cuando dobló la esquina, solté un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
Saqué el móvil sin saber muy bien por qué. Probablemente vicio.
—Erika —una voz a mi espalda me hizo soltar una exclamación. Me giré y vi una figura sentada en el porche, medio escondida detrás de un arbusto.
—¿Jane? —susurré—. ¿Qué haces ahí?
Estaba sentada con una bolsa de patatas en la mano y cara de culpa.
—Esperarte —respondió—. Lo siento, quería avisaros de que estaba aquí, pero no me ha dado tiempo, te ha besado antes y no he querido interrumpir entonces.
Me acerqué a ella sin darle más importancia
—¿Me has llamado? —Jane no vivía cerca precisamente, era extraño que se pasara sin avisar.
—Te he mandado un mensaje —dijo—. ¿Estáis saliendo?
Suspiré y me senté a su lado en el escalón.
—No, no lo sé.
—¿Y eso?
Me quedé mirando la puerta de casa, pensando en el beso. En cómo había sido tan casto.
—Dan está yendo muy despacio conmigo.
—Eso es porque le importas. —Jane sonrió y me dio un codazo. Después algo cambió en su expresión—. Dentro de nada seréis novios.
Fruncí el ceño porque tenía la sensación de que me estaba perdiendo algo de la conversación.
—Entonces, con Fabio… —ahí estaba. Lo que me había estado perdiendo—. Tú realmente no tienes nada con él, ¿no?
Suspiré porque no me gustaba por dónde iba encaminada la conversación.
—Jane, Fabio es un mujeriego y un cabeza loca…
—Pero creo que le gusto.
Casi me crujieron los dientes de tanto apretarlos.
—Tú y todas.
Un brillo de dolor cruzó la mirada de mi amiga.
—Fabio es un ser humano, puede enamorarse como cualquier otra persona —insistió ella, aunque con menos fuerza. Chasqueó la lengua y miró para otro lado—. Había imaginado esta conversación de otra manera.
—¿Cómo?
Volvió a posar sus ojos sobre mi rostro.
—Creí que cuando te dijera que me gustaba Fabio me dirías que tu también crees que le gusto. —Después de un largo suspiro sus hombros se hundieron y un nudo se alojó en mi estómago.
Abrí la boca para decirle que, durante el último entrenamiento, Fabio había estado prendado de su forma de jugar, pero ningún sonido salió de mi boca.
Me recoloqué en el escalón sin conseguir encontrar una postura cómoda. El agujero negro que tenía dentro continuaba ahí. Debía ser preocupación porque mi amiga acabara con el corazón roto por mi culpa, por meter a Fabioloso en nuestras vidas.
—Fabio no sería un buen novio… —comencé, observando su rostro—. Acabaría mal.
Jane puso una mueca, no muy convencida.
—Me da igual, si no lo intento no lo sabré —saltó entonces, y la bola de mi estómago se revolvió en un revoltijo de nervios—. A ti él no te gusta ¿no? Tú quieres salir con Dan…
Su atenta mirada me hizo enrojecer. Asentí despacio, de forma casi imperceptible.
—Entonces, tengo vía libre para intentarlo con Fabio. —No fue una pregunta, más bien una conclusión.
¿Y qué le iba a decir? Ya le había advertido del peligro, no podía prohibírselo, hubiera sonado raro. Hubiera sonado a que me importaba por otras razones.
Jane se puso de pie, mucho más animada.
—Ten cuidado —murmuré.
Ella me sonrió, despreocupada y me dio un beso en la mejilla.
—Gracias por presentármelo, Erika. —Prácticamente estaba dando saltitos como si ya tuvieran fecha para la boda—. Es un chico muy especial. Esos ojos… esa cara… y es listo.
Tragué saliva. El sándwich de aguacate y salmón que había merendado antes de salir a correr me había sentado mal. Tenía que ser eso.
—¿Vemos una película? —propuso una sobreexcitada, Jane.
—Me duele un poco el estómago, creo que voy a darme una ducha y a meterme en la cama.
—Vale —respondió ella, encogiéndose de un hombro—. Tómate una infusión con anís, a mí siempre me ayuda.
Asentí. Me puse de pie y cogí las bolsas.
—Hasta mañana.
Jane me guiñó un ojo y giró sobre sus talones, chocando con mi hermano que llegaba justo en ese momento.
—Ah, Jana —se quejó él, tocándose el brazo. Había dicho su nombre mal apropósito porque sabía que eso la irritaba—. Mira por dónde vas.
Jane cambio su cara de felicidad por una mueca de desdén, y sacudió su dedo de en medio en el aire hacia la cara de Rob, antes de alejarse sin añadir nada más.
Los dos nos quedamos mirándola un rato.
—¿Cómo de guapa crees que es? —murmuré, notando un sabor desagradable en la boca.
—¿Qué? —Rob giró la cara hacia mí, y me miró horrorizado.
Se le enrojecieron las mejillas. Un fenómeno que creía que nunca le sucedía a un cretino engreído como él.
—Y yo qué sé… —gruñó, mientras subía las escaleras de dos en dos.
Le seguí con la mirada. ¿Qué mosca le había picado? Me distrajo ver que iba vestido con vaqueros en lugar de con el uniforme.
—¿No has ido a entrenar?
—No, estábamos jugando a la Play y me lié…
Solté un ja indignado.
—¿Y no podías haber ido a comprar tus dichosas barritas de proteína tú mismo? —Lo seguí adentro—. He parado mi entrenamiento para ir a comprar.
—Gracias —respondió él, sin darle más importancia. Subió las escaleras a grandes zancadas y me dejó sola con mi indignación.
Cerré los ojos y traté de recomponerme. Fui a la cocina y guardé las cosas, pero justo antes de meter las barritas de Rob en el armario me dio un arrebato y las escondí detrás de las patatas.
A través de la ventana de la cocina, vi que el sol terminó de ponerse. El cielo había adquirido esos tonos naranjas y rosas que siempre me parecían demasiado bonitos para ser reales.
Subí a mi cuarto, echando un vistazo a mi móvil por el camino. El mensaje que había escuchado en el supermercado era de Jane y no de Fabio.
Suspiré y empecé a escribir:
Jane ha venido a verme. Dice que le gustas y quiere que seas su novio…
Lo borré sin enviarlo y lancé el móvil contra la cama. Me quedé mirando el aparato hasta que la pantalla se apagó.
Traer a Fabio a mi grupo de amigos había sido un error. Y alguien iba a salir herido.