El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 16
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La primera hora del lunes se me hizo más larga de lo normal y apenas podía mantener los ojos abiertos. Rebecca debía de estar igual de aburrida, porque a los diez minutos, un papel doblado aterrizó sobre mi mesa.

¿Qué tal con dan?

Escribí despacio, consciente de cada palabra.

Genial la verdad. Su hermano es muy majo y nos lo pasamos muy bien. Estuvo a punto de besarme, pero su hermano nos interrumpió.

Ella me respondió con rapidez.

Ahora entiendo por qué pareces tan contenta.

El papel que me volvió ya no tenía hueco para escribir, así que rasgué uno nuevo despacio para que no se escuchara en el silencio de la clase, roto solo por la monótona voz de nuestra profesora de historia.

Sí, creo que voy por buen camino y supongo que ya no necesito seguir con lo de Fabio.

Empujé el papel hacia su mesa con la punta del bolígrafo. Rebecca tardó un poco más en contestar. Cuando lo hizo, su letra estaba más apretada.

¿Tú crees?

Levanté la vista, intrigada y ella arrancó otro papel.

Cuando un chico reacciona porque te ve con otro, es que le gustan los retos. No te muestres demasiado... disponible. Eso podría enfriarle.

No había pensado en eso. No tenía clara las reglas porque nadie me las había explicado. Mi falta de experiencia se mezcló con la advertencia de Rebecca y, de repente, la seguridad del fin de semana se tambaleó.

Tal vez no era tan mala idea seguir con las lecciones. Por si acaso.

Garabateé una respuesta rápida:

Tienes razón. Voy a hablarlo con Fabio, a ver qué opina él.

Vi a Rebecca asentir desde su sitio.

El resto de la clase pasó en una nebulosa. La profesora hablaba de alguna batalla con el entusiasmo de un robot. Mientras yo me dedicaba a mirar por la ventana y a darle vueltas a lo mío con Dan.

En el descanso entre clases, fui al baño. Más por moverme que por necesidad.

Al salir, me crucé con Fabio. Acababa de entrar al edificio con la mochila al hombro y los auriculares colgando del cuello. No le había ido a recoger esa mañana porque él no tenía clase a primera hora.

—¿Has sobrevivido al viaje en autobús? —bromeé a modo de saludo.

El pasillo estaba casi vacío. Solo un par de chicos al fondo que no nos prestaban atención.

—Por poco no, he notado un ligero sarpullido cuando Finn O´Malley se ha sentado a mi lado. No huele tan bien como tú y tus amigas. —Se estremeció de forma exagerada—. Es increíble lo rápido que se acostumbra uno a los lujos.

Una risita escapó de mis labios. Después hubo un segundo de silencio. Uno de esos que solía acabar con su mano en mi cintura y mis labios encontrando los suyos.

Di medio paso hacia él y acerqué mi rostro, pero Fabio giro la cara evadiendo mi boca y se apartó.

—Hoy no. —Lo dijo suave, pero sin dejar espacio a dudas. Y siguió caminando hacia su clase.

Me quedé clavada en el sitio, con la sensación de haber calculado mal una distancia que antes conocía de memoria. El rechazo me golpeó como un puñetazo en el estómago.

De vuelta en clase, no atendí a nada. Los minutos se arrastraban mientras mi cabeza daba vueltas.

¿Estaba enfadado porque no le había respondido a su último mensaje? ¿Porque había salido con Dan?

Saqué el móvil en un despiste del profesor de economía, escondiéndolo bajo la mesa.

¿A qué ha venido eso? ¿Estás enfadado?

Su respuesta tardó diez minutos que se me hicieron eternos.

No. Tengo los huevos azules.

Parpadeé, completamente descolocada. Releí el mensaje tres veces por si acaso.

¿Qué quieres decir?

Sabes perfectamente qué quiero decir.

Me ardieron las mejillas. Miré alrededor.

¿Por mi culpa?

Tardó un poco más en responder.

No es por tu culpa, pero es por ti.

Vale, ahora mi corazón iba a todo trapo.

¿Y qué hay de tus… amiguitas?

Lo escribí antes de poder detenerme, con un toque de sarcasmo que seguro que iba a notar.

No me he liado con nadie desde aquella noche que me espiaste en Inferno. Cuando me llevaste a casa en taxi.

Dejé el teléfono sobre la mesa un momento. La pantalla siguió encendida mientras yo miraba al frente sin ver nada.

¿Por qué?

Ninguna razón en particular.

El aire se me atascó en los pulmones al darme cuenta de lo mucho que me alegraba descubrir eso. Estaba jodida de la cabeza.

Volví a escribir, con los dedos temblando ligeramente.

¿Y no te... cuidas tú solo?

La respuesta fue directa y brutal. Muy al estilo de Fabio.

Habla claro, Erika. Si te refieres a masturbarme, ya no está ayudando. No soy un adolescente. No estoy acostumbrado a apañarme yo solo.

El corazón me empezó a latir tan fuerte que estaba segura de que la gente a mi alrededor podía oírlo.

Leí el mensaje tres veces, notando todo tipo de cosas en mi cuerpo. Loca, me estaba volviendo loca. Esa era la única explicación para lo que escribí a continuación:

Si es por mí... entonces yo lo arreglo.

Los tres puntos aparecieron al instante.

Ah, ¿sí? ¿Cómo piensas hacerlo?

Miré alrededor y al profesor. Escribía en la pizarra algo sobre los mercados de competencia perfecta.

Levanté la mano.

—¿Puedo ir al baño?

El profesor asintió tras echarme un vistazo rápido. Rebecca me observaba desde atrás, extrañada.

Salí, con las piernas un poco temblorosas y el móvil en la mano.

Te espero en las escaleras de incendios del sótano. Nadie pasa por ahí.

No me respondió nada, aunque podía ver que lo había leído.

Di vueltas en círculo por el rellano entre los distintos tramos de escaleras. El lugar estaba frío y olía a pintura. Tras un momento, me apoyé contra la pared, nerviosa, jugueteando con las mangas de la sudadera.

Mi cerebro iba a mil. Acababa de ofrecerme a hacer algo que nunca había hecho, a alguien que llevaba años haciéndolo con expertas.

El pánico empezó a trepar por mi garganta.

Cuando apareció, lo hizo sin prisa y con una expresión de neutra indiferencia.

—Empezaba a pensar que no ibas a venir. —Mi voz sonó más pequeña de lo que esperaba.

—Solo he tardado cinco minutos. —Se encogió de hombros.

El silencio que se instaló entre nosotros se podría cortar con una motosierra. Respiré hondo, intentando encontrar el valor que había tenido cinco minutos antes al escribirle eso.

—Entonces… ¿te duele o algo?

—Me molesta —respondió él, reticente. Echó una mirada hacia las escaleras, tal vez planeando un escape—. Nos hemos pasado tres días enrollándonos a saco como si tuviéramos catorce años.

Abrí la boca, pero no sabía qué decir. ¿Que lo que había hecho con él no lo había experimentado nunca? ¿Qué cuando estaba con él o recordaba esos instantes a solas, también me sentía como una olla exprés a punto de explotar?

—No sé exactamente cómo ayudar —admití—. Nunca he...

Su expresión se suavizó.

—Ya lo sé, pixie. No te estoy echando la culpa de nada. Solo que me has preguntado por qué no he querido besarte y esa es la simple razón.

Para mí, no había nada simple en todo aquello.

—Dame un respiro y ya está.

—Pero quiero ayudar —me apresuré a añadir—. Quiero... aliviar tus molestias.

Me miró durante un largo momento, y luego negó con la cabeza.

—Olvídalo. No tienes que hacer nada. Solo... dame un par de días.

Pero yo no quería dejarlo. No quería que pensara que no me importaba su malestar.

—La verdad es que… —comencé—. Tal vez me venga bien la experiencia. Aprender un poco.

—¿Aprender qué exactamente? —Su voz bajó un tono—. ¿Tienes idea de lo que estás ofreciendo?

—Sí.

—No creo que la tengas.

—Fabio...

—Pixie. —Dio un paso hacia mí—. Esto no es como besarse. Esto es... diferente.

—Ya lo sé. Por muy virgen que sea no estoy hecha de piedra. —El corazón me latía tan rápido que pensé que iba a salirse de mi pecho. ¿Acababa de confesarle…?

Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en sus labios.

—¿Me vas a enseñar o no?

—¿Enseñarte?

—Es lo que hemos estado haciendo, ¿no? —Intenté sonar más segura de lo que me sentía—. Tú me enseñas y yo aprendo.

—Esto es distinto.

—¿Por qué?

—Porque una vez que crucemos esta línea, no hay vuelta atrás.

—No quiero dar marcha atrás. —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Y en cuanto las dije, supe que eran verdad.

Fabio me observó durante un momento que pareció eterno.

—¿Estás segura? —preguntó finalmente—. Porque si hacemos esto, quiero que sea porque tú quieres. No porque te sientas obligada o porque pienses que me lo debes. No te he contado lo que me pasa para forzarte a nada.

—No me estás forzando —dije, y esta vez mi voz sonó firme—.

Quiero hacerlo... porque confío en ti. Y sí, estoy nerviosa, pero también estoy cansada de tener miedo de todo por puro desconocimiento.

Quiero aprender... —Me detuve, buscando las palabras correctas—. Y quiero que seas tú el que me enseñe.

Algo en sus ojos se encendió. Echó la cabeza hacia atrás sin apartar la mirada de mí ni un segundo.

—Ven aquí. —Fue una orden suave, y me descubrí obedeciéndola sin pensarlo.

Di dos pasos hacia él. Y otro más hasta que estuve lo suficientemente cerca como para que su mano encontrara mi cintura. La otra se deslizó por mi cuello, sus dedos enredándose en mi pelo.

—Última oportunidad para cambiar de idea —murmuró contra mis labios.

—No voy a hacerlo.

—Mejor. —Me besó, y fue diferente a todos los otros besos.

No fue dulce ni cuidadoso. No era lento ni parecía ser una lección de baile de lenguas.

Fue intenso, brusco y salvaje, un beso que reclamaba mi alma al igual que mi cuerpo.

Sus labios se movieron contra los míos con una urgencia que me hizo tambalearme hacia atrás, hasta que mi espalda chocó contra la pared fría de la escalera.

El contraste entre el cemento helado y el calor de su cuerpo me arrancó un pequeño jadeo que él se tragó sin piedad.

—Nunca me habías besado así —jadeé—. Sueles hacerlo tan despacio. Supongo que para enseñarme.

Fabio negó con la cabeza.

—No estaba enseñándote nada.

—¿Entonces por qué lo hacías tan lento?

—Porque era la única forma de mantenerme a raya. Porque si te besaba más rápido íbamos a acabar de otra forma. Una para la que no estabas preparada.

Sus palabras volcaron fuego en mi interior y ese calor abrasante me hizo sentir que estaba muy preparada.

Respiraba con fuerza.

—Dame la mano —dijo en voz baja.

Extendí la derecha sin dudar. Él la tomó con suavidad, girándola palma arriba. Luego la llevó hasta su abdomen, justo por encima de la cinturilla de los vaqueros. Sentí los músculos abdominales contraídos bajo la camiseta.

Deslicé la palma hacia abajo con lentitud. El bulto ya era evidente, duro, caliente incluso a través de la tela. Tragué saliva, notando que mi pulso retumbaba en los oídos.

Fabio soltó un sonido bajo, casi un gruñido contenido, cuando mis dedos lo rozaron por encima del cierre. Mis dedos temblaron mientras localizaba el botón. Lo desabroché con torpeza y la cremallera bajó con un sonido que me pareció ensordecedor en aquel silencio.

Fabio llevaba un bóxer de algodón negro que se tensaba obscenamente. El contorno era tan claro que sentí un calor líquido bajar por mi vientre.

Metí la mano con cuidado. La piel ardiente y suave, cubría algo tan duro que casi me asustó. Lo rodeé con los dedos, intentando abarcarlo todo. Era más grueso de lo que imaginaba. La cabeza ya estaba húmeda y resbaladiza.

Fabio apoyó una mano en la pared junto a mi cabeza y cerró los ojos un segundo.

—Joder…—gruñó con una expresión contenida que me hizo sentir poderosa.

No sabía qué hacer exactamente, así que empecé despacio. Arriba y abajo. Con suavidad al principio y luego un poco más firme cuando vi que su respiración se aceleraba.

—Puedes apretar un poco más fuerte, no voy a romperme —respondió él con la voz estrangulada—. Y… con el pulgar por arriba, donde está más sensible.

Hice caso. Deslicé el pulgar por la cabeza, extendiendo la humedad que brotaba de él. Fabio soltó el aire entre los dientes.

—Así… joder…

Me sentía extraña. Poderosa y fuera de mi elemento al mismo tiempo. Cada pequeño movimiento de mi mano parecía arrancarle un sonido nuevo: un jadeo, un gruñido bajo, mi apodo dicho entre dientes. Y eso me fascinaba.

Ahora nos había girado, para apoyarse contra la pared y sostenerse, los músculos del antebrazo tensos, la mandíbula apretada, los ojos entrecerrados fijos en mi mano.

—¿Voy bien? —pregunté, casi sin voz.

Me miró como si la pregunta le hubiera sorprendido y soltó una risa entrecortada.

—Estás a punto de descubrirlo.

Aceleré un poco el ritmo. Noté cómo se hinchaba aún más en mi mano, cómo la vena que recorría la parte inferior latía con fuerza bajo mis dedos. Cada vez que pasaba el pulgar por la parte más sensible, su cadera se movía hacia delante en un espasmo involuntario.

—No pares ahora —pidió.

Obedecí. El sonido húmedo de mi mano subiendo y bajando llenaba el espacio entre nosotros. Era obsceno, íntimo y adictivo.

De repente Fabio me agarró la muñeca. No para detenerme, sino para guiarme. Para marcar un ritmo más rápido, más apretado. Su otra mano se enredó en mi pelo, tirando suavemente para que lo mirara a los ojos.

—Voy a correrme —advirtió con la voz rota—. Si no quieres mancharte…

No me retiré. Seguí moviendo la mano al ritmo que había marcado, fascinada por la forma en que su abdomen se contraía, por cómo su respiración se volvía irregular, por el modo en que sus pupilas se dilataban hasta casi borrar el color de sus iris.

—Pixie… —El apodo salió como una súplica.

Y entonces se tensó entero. Un gemido bajo le salió del pecho y su mano se cerró con fuerza alrededor de mi muñeca mientras se corría en espasmos calientes y espesos sobre mis dedos.

Sentí cada latido, cada contracción. Fue…

mucho más fascinante de lo que esperaba.

Se quedó quieto varios segundos, respirando con dificultad, la frente apoyada contra la mía. Luego, despacio, abrió los ojos y su mirada me transportó al infierno.

Con cuidado, sacó mi mano de sus pantalones. Estaba pegajosa y no sabía dónde ponerla.

Fabio sacó un paquete de pañuelos del bolsillo trasero y me limpió los dedos uno por uno, sin prisa.

—¿Quieres que puntúe esto también? —preguntó en voz baja.

Solté una risa sorprendida.

—No gracias, es la primera vez que lo hago. No es justo que me compares con esas otras chicas.

Fabio me miró a los ojos con una intensidad que me arrancó el aliento.

—No, no lo es —respondió, aun recuperando el aliento—. No es justo para ellas.