El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 15
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Tardé más de lo normal en decidir qué ponerme.

Ningún modelito me parecía adecuado para una cita que no sabía si era una cita.

Me cambié de camiseta dos veces, me quité los vaqueros, volví a ponérmelos, me miré de perfil en el espejo como si pudiera cambiar algunos de mis defectos, solo por reconocer que existían.

Rebecca me llamó justo cuando estaba considerando quemarlo todo y quedarme en casa.

—¿Ya estás lista?

—No lo sé. —Me dejé caer en la cama—. ¿Qué me pongo para un cumpleaños infantil?

—Algo que no te importe manchar. Los niños son pequeños terroristas.

—Muy útil, gracias.

—De nada. —Se rió—. ¿Estás nerviosa?

—No.

—Mentirosa.

—Claro que estoy nerviosa —admití—. Pero creo que el hecho de que no sea una cita pensada para nosotros, me tranquiliza un poco.

—Menos presión —comprendió ella—. Seguro que Steinbeck lo ha escogido por eso.

—Sí, he notado que él también tiene sus momentos de inseguridad, no como… —enmudecí de golpe antes de soltar el nombre que probablemente estrellaría esa conversación sin airbags.

—¿No como quién? —Rebecca no iba a dejar que me escapara tan fácilmente.

—El caso es que, saber que Dan también tiene inseguridades, me ayuda —respondí, ignorando su pregunta.

—Todos las tenemos, Erika. Es solo que tu estás particularmente pendiente de las tuyas.

Cerré los ojos.

—No quiero hablar de eso ahora.

—Tendrás que hacerlo en algún momento.

—Lo sé. Pero no hoy.

—Vale. —Suspiró—. Pues diviértete y hazte una foto con el payaso.

—¿Payaso? —repetí horrorizada. No me gustaban nada desde que vi IT con Rob, siendo demasiado pequeña y sensible—. ¿Crees que habrá uno?

Rebecca se carcajeó.

—Es broma, eso ya no se lleva. Pásatelo bien.

Después de colgar, me quedé mirando el techo. Al final opté por algo sencillo: vaqueros, una camiseta de Aerosmith, que me hacía aparentar tener más pecho, y zapatillas. Iba cómoda y me sentía guapa a la vez.

Me senté en la cama con el móvil en la mano y, casi sin pensarlo, abrí el chat de Fabio.

Erika: Tengo una NO cita con Dan. Me ha invitado a un cumpleaños infantil. ¿Consejos?

La respuesta no tardó.

Fabio: Sí. No participes en la piñata, son salvajes. No comas nada que lleve un rato en la mesa.

Sonreí.

Erika: Anotado. ¿Por casualidad no tendrás algún consejo sobre Dan?

Fabio: Lo tengo, el batería de su grupo debe ser sacrificado cuanto antes. Al cantante y al guitarrista, bastaría con meterlos en la cárcel.

Puse los ojos en blanco, divertida.

Erika: He limpiado y ordenado tu taquilla. Sándwhich mohoso incluido, así que paga. Dame algo que haga que Dan se vaya a la cama pensando en mí.

Fabio: Hazle una mamada en el rincón más recóndito del parque de bolas.

Erika: Estás despedido.

Fabio: Vais a un sitio con toboganes, Erika… No es una cita.

En lugar de dolerme por su comentario, solté una risa suave.

Erika: Vale, no ayudes. Por cierto... descifré el mensaje.

Tres puntitos aparecieron, desaparecieron y volvieron a aparecer.

Fabio: Ah, ¿sí?

Erika: Mencionaste una recompensa… La quiero.

Mi estómago burbujeó conforme escribí esas palabras, aunque mi intención no era insinuar que se trataba de nada depravado. Al parecer, mi cuerpo tenía otras ideas.

Esta vez, Fabio tardó un poco más en contestar.

Fabio: Ven a por ella.

Las burbujas de mi estómago se convirtieron en una piscina de hidromasajes a máxima potencia. Me quedé mirando la pantalla, consciente de cómo mi propio cuerpo reaccionaba a una frase que, objetivamente, no decía nada... o lo decía todo. Con Fabio nunca estaba segura.

Estaba escribiendo cuando el móvil vibró con una llamada.

Dan.

—Mierda. —Me levanté de un salto, cogí la chaqueta y bajé las escaleras casi corriendo.

Mi padre estaba en el salón.

—¿Vas a salir?

—Sí. Con Dan.

—¿El chico brasileño?

—No, papá. Ese es Fabio. Dan es otro amigo, vamos a un cumple de su hermano pequeño.

Mi padre arqueó una ceja.

—Entiendo.

Salí antes de que pudiera preguntarme otra vez si era lesbiana y por eso los chicos guapos solo eran mis amigos.

El coche de Dan estaba aparcado delante de mi casa. Él estaba al volante, y en el asiento de atrás, su hermano pequeño me saludó agitando la mano con una sonrisa desdentada

—¿Tú eres Erika?

—La misma. —Me incliné un poco para saludarlo—. ¿Listo para tu fiesta?

—¡Es el cumple de Henry! —El niño prácticamente rebotaba en su asiento—. Y hay una piscina de bolas. Y pizza. Y...

—Charlie. —Dan le interrumpió, sonriendo—. Respira.

Me subí al coche. Dan me miró y algo en sus ojos hizo que se me acelerara el pulso.

—Gracias por venir —dijo—. He traído tapones de oído por si la cosa se pone muy mal.

—No hará falta, somos roqueros, nuestros tímpanos están hechos a cosas peores.

—Se ve que no has estado nunca en un cumpleaños infantil.

Me reí de nuevo, notando que parte de la tensión escapaba de mi cuerpo.

—¿Eres su novia?

Casi me atraganto con mi propia saliva.

—Charlie...

El niño se rió desde atrás.

—¿Lo eres? —Se inclinó hacia delante, genuinamente curioso.

Miré a Dan, que se había puesto colorado hasta las orejas.

—Eh... —empezó él.

—Soy su amiga —dije finalmente—. Una muy buena amiga.

—Ah. —Charlie pareció decepcionado—. Vale. ¿Puedo ver Power Rangers en tu móvil, Erika?

—Ni hablar —espetó Dan.

—Esa serie es un poco vieja para ti, ¿no crees? —le respondí, con un tono más suave que su hermano.

—Me gusta, hay espadas y monstruos.

—Charlie, es la hora A —intervino, Dan echándole un vistazo por el espejo retrovisor.

El niño soltó un bufido en respuesta.

—¿Qué es la hora A? —Me pudo la curiosidad.

—A de aburrimiento. —Charlie se cruzó de brazos, dejándose caer sobre el asiento.

Una sonrisa divertida se dibujó en el rostro de su hermano mayor.

—¿Recuerdas de pequeña contar las líneas de un radiador o fijarte en como el sol y la sombra proyectaban formas en una pared?

Asentí, creyendo entender a lo que se refería, pero sin saber a dónde iba con eso.

—Los niños de hoy en día ya no tienen tiempo para esas cosas. Necesitan estar constantemente entretenidos. Se ha perdido el noble arte de aburrirse. Así que intento que Charlie tenga un momento todos los días para aburrirse.

Medité sobre sus palabras un instante. ¿Cuándo había sido la última vez que había esperado simplemente a ser atendida en el médico sin sacar el móvil? ¿O había observado mi entorno mientras esperaba a que llegara un amigo?

—No solo los niños, creo que nos pasa a todos —admití.

Dan asintió.

—A ellos les afecta más.

—Me uno a la hora A —declaré con decisión—. Me parece una gran idea.

Dan me sonrió y yo se la devolví, encantada con tener la oportunidad de descubrir las capas de su personalidad.

El trayecto fue una mezcla de Charlie contando historias extrañas y Dan intentando no chocar mientras nos reíamos. Me descubrí disfrutándo más de lo esperado. Había algo dulce en ver a Dan con su hermano.

El cumpleaños fue exactamente lo que había imaginado: un local lleno de gritos, risas, lloros y padres con cara de cansancio. El aire olía a pizza y a sudor infantil, lo que me cerró el apetito.

A pesar de lo que había dicho en el coche, Charlie me presentó a sus amigos como la novia de su hermano. Me gustaba mucho como sonaba, pero no tenía ni idea de si a Dan también.

—No soy su novia —corregí cada vez, por si acaso.

Dan me observaba, apoyado en la pared, con una sonrisa tranquila y quería pensar que tierna.

En un momento dado, tuvimos que descalzarnos y entrar en la piscina de bolas para buscar el reloj de dinosaurios de Charlie. Aprovechamos para tirarnos por el tobogán, obviando las miradas de los padres, y riéndonos más que los propios niños.

Estuvimos cuatro horas que se pasaron sin que me diera cuenta. Dan me contó que quería estudiar producción musical en Melbourne. Yo le dije que no sabía aún lo que quería, y él dijo que eso también era una respuesta. Fue la primera vez que alguien lo interpretaba así.

De vuelta en el coche, Charlie se quedó dormido casi al instante, con la cabeza ladeada y la boca entreabierta, abrazando su coche de juguete.

Dan bajó la música. Con un niño dormido y la tarde que habíamos tenido, el silencio resultó cómodo.

—Gracias por acompañarme —dijo en voz baja después de un rato—. En serio. Sé que esto no era exactamente lo que tenías en mente para hoy.

—Mi niña interior se lo ha pasado bien.

Fue adorable la forma en la que pareció aliviado.

—Tu hermano y sus amigos son divertidos. Bueno, menos el que estaba pegando a todo el mundo.

Dan se rio.

—Ese es Dylan. Es un delincuente en ciernes.

—Apunta maneras.

Llegamos a mi casa demasiado pronto. Ninguno de los dos se movió enseguida. Dan echó un vistazo al asiento de atrás para comprobar que su hermano seguía durmiendo. Y cuando sus ojos se posaron sobre mí, volví a ponerme nerviosa.

—Erika...

—¿Sí?

—Yo... —Se pasó una mano por el pelo—. Siento que tu nombre saliera en aquella lista...

—Dan.

—Déjame terminar. —Respiró hondo—. Son unos capullos, pero yo también lo he sido… por un momento dejé que me afectara.

Bajé la vista. Sabía que se había distanciado de mi porque le daba vergüenza que lo vieran conmigo, pero tener su confirmación dolía.

—Pero ya no…

—No tienes que decir…

—Sí tengo. Fui un idiota y lo siento, pero ya no voy a dejar que me afecte —declaró con los ojos fijos sobre mí. Se inclinó un poco, lo justo para que pensara que iba a besarme.

Y entonces, desde atrás, Charlie murmuró medio dormido:

—¿Ya hemos llegado?

Dan se apartó de golpe, carraspeando.

—No, estamos dejando a Erika.

Solté una risita nerviosa.

—Eh... bueno. Gracias por invitarme, me lo he pasado muy bien.

Dan sonrió.

—Nos vemos en clase, Erika.

Asentí, notando las mejillas sonrojadas.

Salí del coche con las piernas un poco temblorosas y entré en casa ligera, feliz, con una sensación tibia en el pecho. Había sido un éxito. Nuestra NO cita, había ido genial, mucho mejor de lo que había soñado.

Mis padres estaban en el salón.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿El chico brasileño? —preguntó mi madre.

Fruncí el ceño. Mi padre había estado hablando de Fabio con mi madre. Interesante.

—No, he salido con Dan.

Ya en mi cuarto, dejé la chaqueta sobre la silla y cogí el móvil. El chat de Fabio seguía abierto, su último mensaje aún sin responder.

Realmente, ahora que las cosas iban bien con Dan no tenía sentido tontear con Fabio, así que me decanté por no contestar nada. Dejé el móvil, y lo volví a coger pensando en contarle como había ido la cita, pero tampoco es que él me hubiera preguntado. Lo mejor sería no escribirle en absoluto.

En algún momento iba a tener que admitir que Fabio se había convertido en mi amigo. Porque, después de haber pasado un día perfecto con Dan, lo primero que había querido hacer al llegar a casa era contárselo a él.