El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 14
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Durante los dos días siguientes, Fabio y yo nos besamos en todas partes.

En los pasillos, apoyados contra las taquillas.

En el patio, medio escondidos detrás del gimnasio.

En las escaleras, antes de que sonara la campana.

Besos lentos que me dejaban con la cabeza flotando durante horas.

Lo más inquietante fue la rapidez con la que se volvió normal.

Dejé de preguntarme si alguien nos miraba.

Dejé de sorprenderme cuando su mano encontraba mi cintura o cuando mis labios ya sabían exactamente dónde encajar.

El jueves por la tarde empezaron las primeras burlas por parte de mis amigos.

—¿Erika? —Jane escudriñó la mirada—. ¿Eres tú? No recordaba tu cara.

—¿De qué hablas?

—De Fabio. —Cruzó los brazos—. Os hemos visto… morreándoos. A todas horas. Empezaba a pensar que su nuca es tu rostro.

Me sonrojé.

—Me está enseñando a besar, ¿cómo se supone que voy a aprender sin practicar?

—Eres una estudiante “muy” aplicada. —Cerró su taquilla de golpe—. ¿Qué más te está enseñando?

—¿Estáis hablando de Fabioloso? —interrumpió Zack saliendo de la nada, y traía a Rebecca pegada a los talones— ¿Habéis follado ya?

—No, no, no, solo me está enseñando a besar.

—¿Por qué? —Rebecca arqueó una ceja—. ¿Por qué solo quieres aprender eso?

Fruncí el ceño.

—Ah… ¿crees que debería practicar otras cosas? —dudé. Me había estado preocupando con besar bien a Dan, pero ¿y si Rebecca tenía razón? ¿y si le decepcionaba en todo lo demás?— ¿Cómo qué?

Rebecca soltó una carcajada.

—Solo intento encontrar la lógica dentro de tu locura.

Ignorándola, tomé a Zack por los hombros.

—¿Crees que debería practicar algo en particular? ¿Qué es importante para vosotros?

—Pues… —Zack gesticuló como si fuera a darme una lista muy larga y obscena.

—¿Qué te pide el cuerpo cuando Fabio te succiona el alma? —intervino Rebecca.

—¿Tú también les has visto? —Jane le dio un codazo a Rebecca para llamar su atención—. Esta mañana he pasado por ellos, los he saludado, he abierto mi taquilla, sacado mis libros, dado un portazo, soltado un comentario mordaz y ni se han enterado.

Rebecca soltó una risa baja y eché a andar sin querer escuchar más. Por desgracia me siguieron.

—Ah, la magia de la química —murmuró a mi espalda.

Me detuve para echarle una mirada de hastío.

¿Química? Fabio y yo no teníamos química.

Teníamos un trato donde yo disfrutaba de que él tuviera más pericia que un actor porno jubilado.

Y él soportaba mi inexperiencia a cambio de que hiciera de chófer, me encargara de su colada y ayer, hasta había cubierto su turno de limpieza en su apartamento compartido.

—¿Cuándo vas a parar? —espeté, cansada de su juego. Era mi amiga, ¿por qué tenía que ponerme las cosas más difíciles?

—Mi último comentario sobre vuestro amor, será mi discurso en vuestra boda.

—Ja. —Puse mi sonrisa más irónica.

—¿Hay alguna razón por la que estéis congregados delante de mi taquilla? —Fabio apareció de la nada, cargando con su bolsa de gimnasio y la otra mano metida en el bolsillo de sus vaqueros.

—Tus besos —respondió Jane.

—¿Cómo dices? —Cambió el peso del cuerpo a su otra pierna, armándose de paciencia.

—Erika se ha parado aquí, porque tu embrujo es como un hechizo que la llama… y nosotros solo la estamos siguiendo.

Definitivamente necesitaba amigos nuevos.

—No tenéis que seguirme. —Los despaché con un gesto de mano despectivo—. De hecho, podéis ir justo en sentido contrario. Faites un bon voyage .

—Vámonos, quieren estar solos —rió Zack, girando hacia el otro lado del pasillo. Antes de irse Rebecca hizo un movimiento de cejas sugerente y Jane le echó una mirada de anhelo y frustración a Fabio.

Una oleada de cosquillas histéricas me recorrió la piel pensando en que eso que quería ella, lo estaba disfrutando yo.

Una vez se alejaron lo suficiente, me giré hacia Fabio que me había dado la espalda y estaba colocando las cosas dentro de su taquilla.

Mis ojos se deslizaron por su espalda y la forma en que ni la sudadera conseguía ocultar su anchura y los músculos desarrollados de sus hombros.

Aunque nos hubiéramos pasado dos días besándonos en cada oportunidad, en ninguna de esas ocasiones nos habíamos tocado.

Solo su brazo rodeando mi cintura o los míos alrededor de su cuello por mantener una postura cómoda durante las lecciones.

Porque eso eran sus besos: lecciones. Me lo repetía cada vez que terminaban y me quedaba flotando, aun sin que hubiera roce entre nuestros cuerpos ni caricias.

¿Cómo sería besarle si añadíamos el tacto?

La sugerencia de Rebecca volvió para asediarme y me imaginé acariciando la entrepierna de Fabio por encima de los vaqueros, allí mismo, solo para ver cómo me sentía…

—¿Y a ti qué te pasa? —Su voz me hizo levantar la vista de un sitio en el que no debería haber estado. Había terminado de guardar sus cosas y se había dado la vuelta sin que yo me percatara.

Sacudí la cabeza, notando que me ardía la cara.

Él me observó un instante de una forma evaluativa y empecé a ponerme nerviosa.

—La verdad es que a mi taquilla le vendría bien una limpieza —dijo, entonces haciendo que Glory Box de Portishead, que había estado sonando en mi cabeza, se detuviera de golpe con un efecto disco scratch.

Suspire.

—Si quieres… —Mi único consuelo era que él no sabía que estaba fantaseando, solo yo sabía lo patética que era, por lo mucho que estaba disfrutando de nuestro rollo ficticio.

Desanimada, me aparté y me apoyé contra las taquillas a mi espalda, observando la gente que iba y venía por el pasillo.

La parte positiva era que Dan había empezado a buscarme con la mirada en clase, y hasta me había enviado un mensaje la tarde anterior con la excusa de hablar sobre nuestro trabajo de finanzas.

En el cual nos habían emparejado porque había empezado a sentarse más cerca que antes.

—¿Qué más sabes decir en francés?

Levanté la vista al escuchar las palabras de Fabio. Estaba plantado frente a mí, cerca. Su maldita fragancia originó un efecto bomba atómica por todo mi cuerpo.

—¿Qué?

Antes de que colocara una mano contra la taquilla por encima de mi cabeza y se inclinara sobre mí, alcancé a ver un brillo travieso en sus ojos.

—¿Sabes decir alguna guarrería? —susurró contra mi oreja. Su aliento cosquilleó mi piel y una corriente eléctrica descendió por mi cuello.

— Voulez vous coucher avec moi ce soir? —recite la letra de la icónica canción porque sabía que era algún tipo de guarrería.

— Oui, je te veux avec moi, mais je ne veux ni dormir ni attendre que la nuit tombe —su respuesta, susurrada en francés me hizo estremecer.

—No lo entiendo —admití, frunciendo el ceño.

Él se echó un poco hacia atrás para mirarme con una sonrisita socarrona.

—Lo sé.

Durante un instante me perdí en sus ojos, golpeada por la belleza de su rostro como si no le hubiera visto antes. Tal vez porque estaba demasiado cerca.

—Diez, veintitrés —soltó de la nada.

—¿Qué?

—La combinación para abrir mi taquilla, para cuando tengas un rato.

—De acuerdo —respondí, resignada.

—Aunque tal vez, yo debería estar presente para que no tires nada que todavía me valga —continuó pensativo.

—Puedo meter lo que crea que es basura en una bolsa y luego la revisas.

Fabio pareció considerar la idea y después asintió.

—Me voy a clase —dije, ajustándome la mochila antes de girarme.

Él agarró mi brazo en el último momento, deteniéndome. Después asió mi cuello por detrás sin mucha delicadeza y me obligó a avanzar por el pasillo cuatro pasos hasta una ventana. Se sentó en el poyete y tiró de mí hacia él, hasta que uno de mis muslos quedó atrapado entre sus piernas.

—Aún no es la hora —murmuró con una expresión irritada.

¿Con qué? No lo sabía. Y tampoco tuve tiempo de indagar porque sin añadir nada más me besó.

Despacio y jodidamente bien, como todas las otras veces.

Otra lección más. Solo que esta vez su muslo estaba en contacto con mi entrepierna.

Esta vez su mano en mi espalda baja quemaba un poco más.

Besarle ya no era suficiente. Quería tocarle, quería pegarme a su cuerpo, quería frotarme contra él.

Me aparté.

Las otras veces había estado besando a Fabioloso, el fuckboy . Esta vez había estado besando a Fabio, el chico. La persona.

Mierda.

A él le llevó un pestañeo ajustarse a la realidad.

—¿Qué? —inquirió, aun pareciendo irritado.

Carraspeé. Ni en sueños podía explicarle todas las cosas que se me estaban pasando por la cabeza esa mañana.

—Tengo preguntas —dije, y me aparté lo suficiente para que su muslo dejara de incendiar mi bajo vientre. Lo suficiente para que él tuviera que apartar la mano de mi cintura. Detalle que él notó, a juzgar por como su mirada descendió, a donde me había estado tocando.

Cuando pasaron unos segundos sin que yo añadiera nada, Fabio alzó las cejas, expectante.

—¿Qué haces para saber así?

—¿Saber el qué?

—Saber de sabor —aclaré, riéndome por lo tonto del malentendido.

El frunció el ceño, pero el desconcierto no le duró mucho.

—No hago nada, todos tenemos un sabor.

—¿Yo también? —me sorprendí.

—Claro.

—¿Cómo es el mío? —Me daba miedo su respuesta, pero tenía que saberlo.

Fabio se encogió de hombros.

—¿Cómo quieres que explique un sabor?

—No sé, has besado a mucha gente…

—Te encanta sacarlo a relucir, ¿eh? —gruñó él.

—Vale, pues… del uno al diez. Siendo uno la peor persona que has besado y diez la mejor. ¿Cómo puntuarías mi sabor? No me mientas, por favor.

—Un quince. —No vaciló.

Le miré boquiabierta.

—¿Te estás riendo de mí?

—No. —Su respuesta fue tajante—. ¿Tienes más preguntas?

¿Le gustaba mi sabor? ¿A Fabio le gustaba tanto mi sabor como para puntuarme cinco puestos por encima de su mejor beso? La cabeza me dio vueltas con el descubrimiento. ¿Y si no estaba sufriendo tanto nuestro acuerdo como yo había creído?

—Sí… ¿crees que falta mucho para que sepa besar bien?

La sirena sonó, avisándonos del comienzo de la primera clase, y Fabio se me quedó mirando un instante, aún planteándose mi pregunta.

—Nada, besas bien desde el principio.

Lo increíble de su respuesta, unido al ruido de la gente apresurándose en llegar a sus clases me hizo dudar de mis oídos.

—¿Qué?

—No tienes nada que aprender, pixie —repitió él con paciencia, y ahí sí que empecé a dudar de su sinceridad.

—¿Cómo va a ser eso posible si no tengo nada de experiencia?

Fabio se encogió de hombros.

—No lo sé, Erika, ¿tienes un don natural? Dímelo tú —respondió, tan confuso como yo.

Me quedé mirándolo anonadada.

—¿Estás diciendo todo eso en serio?

Fabio pareció querer poner los ojos en blanco, pero contenerse a duras penas.

Si besar bien no era algo que tuviera que aprender, entonces llevábamos días morreándonos sin ninguna razón real. Y a él no se le había ocurrido mencionarlo.

El pasillo estaba casi vacío, las últimas personas entrando en sus respectivas clases. Nos quedábamos sin tiempo.

—Espera. —Me deslizó un papel doblado en la mano—. Para que no te aburras.

Cuando me senté en clase, desplegué el papel. Era una especie de código: símbolos, letras desordenadas, flechas. Muy de espías.

Me pasé toda la clase intentando descifrarlo. Nada fácil.

Cuando por fin lo entendí, solté una carcajada que hizo que la profesora me mirara mal.

El mensaje decía: «Enhorabuena agente Pixie: misión completada. Recompensa pendiente».

Sonreí como una idiota. Discretamente saqué mi teléfono para enviarle un mensaje a Fabio, pero al encender la pantalla me encontré con una notificación de Dan.

Dan: ¿Tienes planes para el viernes?

Erika: Depende. ¿Por qué?

Dan: Tengo que llevar a mi hermano a una fiesta de cumpleaños. Tiene seis años, lo que quiere decir que el resto de invitados son padres cuarentones. No tengo mucho en común con ellos y me voy a pasar la tarde en un rincón, solo.

Miré la pantalla unos segundos. Escribí y borré tres respuestas diferentes antes de decidirme:

Erika: Suena fatal. A tortura, la verdad.

Dan: Lo es. ¿Quieres venir y sufrir conmigo? Probablemente salgamos de allí con tres virus que no sabías que existían.

El corazón me dio un vuelco.

Erika: Guau, es imposible rechazar una invitación así.

Su respuesta no se hizo esperar.

Dan: Ja,ja. Lo sé. Te recogemos a las 16. Envíame tu dirección.

¿Qué? ¿Alguien iba a pasar a recogerme? ¿Por una vez iba a ser yo la que solo tiene que preocuparse de estar lista a la hora? Qué lujo. Podría acostumbrarme a eso. Podría acostumbrarme a sus mensajes en mitad de clase y a los planes juntos.

Esto era justo lo que quería. Estaba sucediendo y ni siquiera estaba tan nerviosa como había anticipado.

Todo gracias a Fabioloso. Él me había aclimatado a la intimidad con un chico.

Él me había hecho sentir que no era tan infollable como me habían hecho creer hacía una semana.

Y si era sincera, tenía que admitir que gracias a Fabio, Dan brillaba un poco menos y ya no me sentía tan cegada por él.