El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 13 #2
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—Lo siento, tu amigo te la ha levantado por mi culpa. —Bajé la cabeza. Ahora dejaría de ayudarme porque le había fastidiado la noche.

Fabio soltó una carcajada.

—Es su novia. —Se encogió de hombros—. No tengo que tirarme a todas las mujeres del universo.

—¿A no? Pensaba que eso era justo lo que estabas intentando.

—Demasiado trabajo —el sacudió la cabeza, más divertido que ofendido.

—Yo que sé, es guapísima. Creí que estabais compitiendo por ella y ya he visto como te pones cuando pierdes. —Volví a reírme, recordándolo y Fabio me fulminó con la mirada.

Llegamos al salón. Por suerte alguien con buen gusto había asesinado al DJ y ocupado su lugar, porque estaba sonando Do I Wanna Know de Artic Monkeys

Dan y Carmina estaban sentados juntos en un sofá, hablando muy cerca. Ella se reía de algo que él había dicho, con la mano en su rodilla. No pude evitar quedarme mirándolos.

Fabio apoyó una mano en la pared a mi lado.

—No le mires a él, mírame a mí —dijo.

Lo hice, pero Carmina soltó una risa alta y exagerada y mis ojos volvieron a ellos.

—Pixie, mírame a mí —su voz sonó como un relámpago en mi oreja, que retumbó en mi pecho, y me di cuenta de algo que no había registrado antes.

—Tu voz…

—¿Qué le pasa?

—Es tan grave, no va con tu cara.

—¿Suena sexy?

—¿Qué has hecho hoy? —curioseé en lugar de responderle. Si no estaba dedicando su noche de sábado a ligar, ¿entonces cuándo cubría sus necesidades?

—He montado un mueble con Lena, para una pareja de ancianos —dijo—. Es uno de los ejercicios que le ha puesto su psicóloga.

Mis ojos se abrieron mucho. ¿El ligón oficial de Sydney Grammar, pasando su sábado montando muebles para jubilados? Estaba demasiado sorprendida como para decir algo al respecto.

—¿Y después?

—Luego me he ido a casa, he dormido la siesta... —Sus ojos se clavaron en los míos—. Y me he hecho una paja pensando en cómo haces toques con un balón.

Me quedé quieta un instante.

—Creía que no me habías visto. —El corazón me latía demasiado rápido.

Fabio chasqueó la lengua en reprobación.

—Ahora sí te has puesto roja.

—Que te den.

Se rió, un sonido grave que hizo cosas raras en mi estómago. No supe si hablaba en serio o si estaba provocándome.

Intro de The XX empezó a sonar.

—Alguien ha asesinado al DJ de antes —murmuré, sintiéndome cohibida por las sensaciones nuevas que notaba en mi cuerpo.

—Algún héroe sin capa —respondió él, haciéndome reír.

Nos quedamos en silencio un momento. Yo, tensa como una vaya electrificada, él, relajado como siempre.

—No mires ahora, pero Dan nos está observando —me informó y tuve que hacer uso de todo mi autocontrol para no mover el cuello—. ¿Quieres darle celos?

Asentí, incapaz de usar mi voz sin que esta me traicionara.

Fabio descendió sobre mí y me besó. Esta vez, también fue lento.

Lo que hacía que cada roce resultara intenso.

Todo mi cuerpo se centró en ese punto exacto donde sus labios se movían contra los míos.

Hasta que su mano subió a mi cadera y despertó cosquillas que podían rivalizar con sus besos.

La música, su fragancia y su sabor mezclado con la cerveza, se confabularon para hacer que ser besada por Fabio Schwarz fuera una experiencia que se disfrutaba con los cinco sentidos.

Ese fue mi último pensamiento coherente.

Cuando se separó, apoyó la frente en la mía y susurró:

—Carmina le está hablando al oído... pero Dan no te quita los ojos de encima. —El corazón me dio un vuelco. Fabio se apartó despacio—. Está funcionando.

—¿Y ahora qué? —dudé. Por suerte, mi aliado tenía todas las respuestas.

—Ahora es cuando nos marchamos… juntos. O al menos eso es lo que tiene que creer Steinbeck. Que se pase el resto de la noche imaginándote en mi cama… y ya nunca volverá a pensar en ti como en alguien infollable.

Asentí. Después de pasármelo bien, después de ese beso y de notar su fragancia impregnada en mi piel, yo también me sentía cualquier cosa menos infollable.

13

El lunes por la mañana la clase de Educación Física se realizó dentro del pabellón cerrado, porque fuera llovía con ganas.

El sonido del agua golpeando el techo metálico se mezclaba con el crujido de las suelas de las zapatillas y los silbatos.

El ambiente era más íntimo de lo habitual, encapsulados en una burbuja húmeda y ruidosa.

—¿Estoy manchada? —preguntó Rebecca plantando su culo a la altura de mi cara.

—No.

—¿Buscas a alguien?

—No.

—Ajá. —Bebió de su botella de agua—. ¿Y por qué estás tan pendiente de la puerta?

Hice un show de estirar el cuello para demostrarle que todo era parte de mi rutina de calentamiento.

—¿Por qué no hemos recogido a Fabioloso esta mañana? —continuó ella, sin darse por vencida— ¿Os habéis peleado?

Negué con la cabeza,

—Me mandó un mensaje diciéndome que no fuera a recogerle —respondí entre dientes.

—¿Por qué?

—No lo sé, no me ha dado explicaciones y tampoco se las he pedido. No somos amigos, ¿sabes? Solo tenemos un trato.

—Vale, vale… relájate —dijo a la defensiva, y se puso a rodar los hombros.

Nos dispusimos a hacer ejercicios por parejas cuando Dan apareció a mi lado, con una sonrisa ladeada y el pelo un poco aplastado por la humedad.

—¿Te pones conmigo? —Ya estaba colocándose a mi lado.

—Ah, sí, claro. —Le eché un vistazo significativo a Rebecca, a lo que ella respondió con una mueca burlona a espaldas de Dan y se alejó hacia Jane.

Hicimos estiramientos mientras hablábamos de tonterías sobre la fiesta del sábado y del frío que hacía en el gimnasio. Me gustaba su forma de hablar conmigo, siempre un poco más bajo que el resto, pareciendo compartir secretos aunque solo estuviera comentando lo obvio.

El suelo estaba frío incluso a través de la esterilla. Tenía la sensación de que iba un segundo tarde en todo.

—Oye... —Se rascó la nuca y noté que tenía las mejillas rojas, aunque podía ser porque estaba haciendo abdominales, mientras yo le sujetaba las rodillas.

—El sábado te vi marcharte. —Se detuvo, y nuestros rostros quedaron cerca.

—Sí, había demasiada gente. —Aunque él le dedicara toda su noche a solo una persona.

Asintió, pensativo. Estuvimos unos segundos en silencio hasta que añadió, con una inseguridad que no le había visto antes:

—¿Estás saliendo con Fabio? —La pregunta me pilló por sorpresa. Aunque era justo lo que Fabio había predicho.

—¿Qué? No. Sólo somos amigos —respondí demasiado rápido.

—Amigos muy cariñosos… —Hizo un gesto burlón con las manos.

Noté un calor incómodo en la cara.

—Nos divertimos juntos… y ya está. —Mi respuesta fue lo suficientemente ambigua como para no destripar el misterio.

—Ah. Vale.

Tenía la cabeza en otra parte y un zumbido constante detrás de la frente por el ruido amortiguado de la lluvia.

Cuando tocó hacer carreras cortas de un lado a otro del gimnasio, no estaba prestando atención. Mi zapatilla resbaló ligeramente en el suelo húmedo y, al intentar recuperar el equilibrio, apoyé mal la mano contra el suelo.

El dolor fue inmediato.

—¡Joder! —Me llevé la mano al pecho.

—¿Estás bien? —Dan se agachó a mi lado

Negué con la cabeza, apretando los labios. La muñeca me latía con un dolor sordo y desagradable, así que me mandaron a la enfermería.

El pasillo estaba silencioso en comparación con el barullo del gimnasio. La luz del cielo encapotado se colaba de forma tenue por las ventanas. Llamé a la puerta blanca y entré sin esperar respuesta.

La enfermera me examinó la mano y decidió que solo era un golpe fuerte, pero que sería mejor llevar una venda durante veinticuatro horas.

Mientras me vendaba la muñeca, escuché un ruído a mi espalda.

Sentado en una de las camillas, con mi libro de espionaje favorito abierto en las manos, estaba Fabio. Tenía una pierna estirada y la otra doblada, el flequillo cayéndole sobre la frente.

—¿Fabio?

—¿Qué te ha pasado? —Él cerró el libro con el dedo marcando la página.

—Me he caído en el gimnasio. —Miré la mano significativamente—. No está rota, pero duele.

—Debes tener cuidado unos días. —La enfermera terminó de ajustar el vendaje—. Nada de esfuerzos. Y si te duele por la noche, ponte hielo.

—Vale.

—¿Puedes escribir?

Intenté cerrar la mano. Dolió, pero no era insoportable.

—Sí, creo que sí.

—Bien. Puedes volver a clase.

Pero no me moví. La enfermera nos miró a los dos, y ocultó una sonrisita, mientras se marchaba al despacho contiguo.

—¿Y tú qué haces aquí? —Me acerqué a la cama y le examiné en busca de señales de enfermedad.

—Me duele el estómago.

—¿Y eso? —soné demasiado preocupada para mi gusto.

Fabio enarcó una ceja y me observó curioso.

—Tranquila, estoy bien.

—Soy celíaca. Cuando hay contaminación cruzada o como algo con gluten sin darme cuenta... bueno —me apresuré en explicar—. Sé lo que es pasarlo mal de la tripa.

Asintió despacio.

—Yo no, pero mi estómago es sensible al estrés.

—¿Estrés? —repetí incrédula— ¿Tú tienes estrés?

—Puede. —Admitió, con un brillo de guasa en los ojos—. No soy tan Fabioloso como crees. Solo un hombre de carne y hueso. Aunque me hayas divinizado en tu cabeza.

Solté un bufido y puse los ojos en blanco.

Fabio me hizo hueco en la camilla y me invitó a sentarme, dando golpecillos con su mano sobre el colchón.

Me acomodé a su lado, aunque una parte de mí anatomía quedó en el aire.

El colchón era más duro de lo que parecía y crujió bajo nuestro peso.

Notaba el borde clavándoseme en el muslo y la venda rozándome la piel cada vez que me movía.

—No quepo con tu ego.

Él se rio en lugar de molestarse.

—¿Te cuento algo sobre mí que va sorprenderte?

Asentí, invitándole a continuar.

—Hace dos años ni yo solo hubiera cabido en esta cama. —Jugueteó con el borde del libro—. Entonces, nadie me miraba dos veces.

—¿Hablas en serio?

Él asintió.

—Pesaba ciento diez kilos.

Me costaba creerlo, y él debió de leerlo en mi rostro.

—Mira… —Sacó el teléfono del bolsillo de su mochila y tecleó, pasando fotos hasta que dio con una antigua. En ella se veía a un adolescente con algo de sobrepeso, el pelo largo hasta la barbilla y acné.

—Joder —solté. Después me arrepentí y me tapé la boca con la mano—. Lo siento, es solo que no pareces tú. Pero no le veo nada de malo, yo si hubiera sido su amiga.

Algo cruzó por su cara, aunque desapareció antes de que pudiera leerlo. Nos miramos en silencio un instante.

—Pero no querrías besarle cómo quieres hacer conmigo desde que has entrado —acusó, fingiendo que le dolía.

—Porque es muy joven. —Señalé al chico de la foto. Después me di cuenta de lo que había quedado implícito—. Eh, no quiero besarte desde que he entrado.

—Sí quieres.

Sacudí la cabeza, dándole por imposible.

—Tu yo del pasado me hubiera caído mejor. Seguro que no era un engreído y un depravado.

—Ni siquiera le hubieras visto —negó él, dejando el móvil encima de la mesa—. Y sí que era un depravado. Solo que no tenía candidatas para darle rienda suelta a mi naturaleza.

Se me escapó una risa involuntaria que sonó a indignación.

—Eres… —No me venía una palabra adecuada para describir a alguien como él.

—¿Sincero? —propuso—. No como tú.

—¿Yo? ¿En qué he mentido?

—Niegas haber pensado en besarme desde que tus reveladores y pervertidos ojos azules se han posado en mí.

Evité su mirada mientas soltaba un largo suspiro, él movió la cabeza para perseguir mis ojos.

—Vale —admití de mala gana. Su necesidad de inflar su ego aún más me aburría—. Soy humana, por mucho que tú me hayas divinizado en tu cabeza.

Fabio rio por la nariz.

—Hay una lección en todo esto, pixie.

—¿No vendas tu alma para volverte guapo o acabarás siendo un capullo insoportable? —tanteé con una expresión de fingida inocencia.

Él volvió a reír.

—Creo que me soportas perfectamente —dijo, con calma—. De hecho, creo que hasta lo disfrutas. Y ahí estaba mi lección. No te avergüences de tus deseos. Si quieres besarme o a cualquier otra persona, no lo niegues.

Asentí resignada.

—Dilo.

—¡Argh!

—Dilo, pixie —repitió él con una paciencia condescendiente.

—Eres un pesado.

—No tanto como antes.

—No, no, estoy segura de que ahora que eres tan guapo, irónicamente te has vuelto mucho más pelmazo.

Fabio se carcajeó de buena gana.

—Vale, entonces di: Fabio eres un pesado, pero me muero por…

No lo soporté más, le besé para callarle.

Solo que al hacerlo entendí lo mucho que había estado en lo cierto.

Besar a Fabio Schwarz era una auténtica pasada, su sabor, su tacto, su temperatura, la forma en que movía la boca.

Era un fusilamiento instantáneo de cualquier pensamiento coherente.

El instante del que no quería salir, el lugar que hacía que me olvidara del resto del universo.

Fue él quién se apartó primero.

—Estoy enfermo, pero te da lo mismo. ¿Quién es la depravada?

—Llevas literalmente diez minutos hablando de besarnos —protesté, frustrada.

—No, estaba intentando avanzar con tus lecciones.

No merecía la pena. El cielo de su boca no compensaba tener que aguantarle.

Así que hice el amago de levantarme, pero él me lo impidió tirando de mi brazo y volviendo a asediar mi boca.

Esta vez su lengua se coló directa entre mis labios e hizo un movimiento que arrancó un vergonzoso gemido de placer.

El timbre sonó, salvándome la vida.

—Tengo matemáticas. —Me bajé de la camilla sin mirarle. Al apoyar los pies en el suelo me flaquearon un segundo las rodillas.

—Y yo historia.

Murmuré un adiós, notando que estaba acalorada y que me faltaba el aire. Cuando llegué a la puerta, su voz me detuvo.

—¿Pixie?

—¿Ajá? —Solo volví la cabeza a medias para que no viera mi estado de agitación.

No importaba, sus siguientes palabras me demostraron que él ya lo sabía.

—Ahora, cuando te sientes en clase —comenzó a decir despacio—, mejor no cruces las piernas.

Tardé un instante en entender lo que estaba diciendo. Traté de bufar aunque salió más como un jadeo.

—Pervertido —murmuré para mí misma mientras iba hacia la puerta. Aunque su risa a mi espalda me dijo que me había oído perfectament e .