28
En lugar de concentrarme en los pilares de la teoría marxista de mis apuntes, mi atención estaba puesta en el polvo que flotaba en el aire. Visible solo en los rayos de luz que se colaban por los ventanales altos de la biblioteca y dibujaba rectángulos dorados sobre las mesas de madera gastada.
Dan y yo estábamos sentados de frente, con los libros abiertos y los apuntes extendidos entre medias. Había una montaña de post-its de colores marcando páginas en su libro de Economía.
Yo llevaba diez minutos leyendo la misma frase, pero nada, las palabras se deslizaban por mi cerebro sin dejar huella.
Dan levantó la vista de repente y señaló su estómago, abriendo mucho los ojos.
—¿Tienes hambre? —susurré, conteniendo una sonrisa.
Él se llevó el dedo índice a los labios en un gesto de silencio exagerado, solo para hacerme reír. Una chica a dos mesas de nosotros nos lanzó una mirada asesina.
No recogimos nada, ya que planeábamos volver. Yo cerré el libro sin marcar la página, él apiló sus apuntes de forma meticulosa. Me chocaba lo diferente que éramos en eso.
Fuera, el silencio era más relajado y no temí respirar fuerte.
La máquina expendedora estaba al final del pasillo.
Como era de esperar, no tenía ninguna opción saludable, por eso siempre me traía los snacks de casa.
Dan metió unas monedas que sacó del bolsillo de sus vaqueros y la máquina escupió una chocolatina Twix.
—¿Quieres?
Me la ofreció, partiéndola por la mitad con un chasquido limpio.
Negué con la cabeza.
—No tengo hambre.
Dan ladeó la cabeza mientras masticaba, y una chispa traviesa brilló en sus ojos.
—Tal vez la quieres probar de mis labios.
No me dio tiempo a responder. Me acercó a una de las columnas de piedra del pasillo, la espalda contra la pared fría, y me besó. La chocolatina probablemente derritiéndose entre sus dedos. O eso imaginé.
Sus labios sabían a chocolate y a ese caramelo que no me entusiasmaba. Cuando se separó, me sonrió ajeno a mis pensamientos.
—¿Mejor así?
Forcé una sonrisa pequeña y asentí, mientras él daba otro mordisco.
Definitivamente, no me gustaban los besos con comida de por medio.
Un móvil empezó a vibrar en alguna parte de nosotros. Dan lo identificó como el suyo y se lo sacó del bolsillo. Miró la pantalla y frunció el ceño.
—Es mi tío —murmuró, con una nota de duda en la voz—. Dame un segundo.
Se apartó unos metros por el pasillo, dándome la espalda, y hablando en voz baja. Le oí preguntar «¿Charlie está bien?» con tono preocupado.
Yo saqué mi móvil más rápido que Billy the Kid, desenfundando su revólver en un duelo a vida o muerte. El nombre de Fabio llevaba rato brillando en la pantalla, a la espera. Un mensaje de hacía veinte minutos que no había querido leer delante de Dan.
Desbloqueé la pantalla.
¿Sola?
Seguía sin responderme. Ni sobre la carta de madera ni sobre lo de la falta de chicas en su piso.
Miré hacia Dan, que continuaba de espaldas, hablando con su tío, y tecleé rápido.
Con Dan.
Me sentí rara, parecía que estaba haciendo algo ilegal.
Pasaron unos minutos sin respuesta. Dan seguía hablando, pero ahora su voz sonaba más relajada. Escuché algo sobre que Charlie solo había perdido su mochila en el colegio.
Justo cuando estaba a punto de bloquear la pantalla, vibró con la respuesta de Fabio.
Cuidado, la muerte por aburrimiento ataca a personas de cualquier edad.
Guardé el móvil cuando vi a Dan volver por el pasillo, metiéndose el suyo en el bolsillo. Se detuvo un segundo antes de llegar a mí, observando mis gestos.
—¿Todo bien?
—Sí. —La contundencia de mi respuesta resultó aún más sospechosa.
Sus ojos bajaron a mi mano, donde todavía tenía el móvil a medio guardar en el bolsillo de mi sudadera. No insistió, pero podía notar su pregunta flotando en el aire.
—¿Charlie está bien?
—Sí, mi tío le ha llevado a la práctica de fútbol y no encontraban la mochila, pero ya está todo solucionado.
—Me alegro.
Volvimos a la mesa, y me pasé el resto de la tarde luchando por concentrarme y fallando miserablemente. Esa vez no fue el polvo en el aire, si no la sensación de que el móvil en mi bolsillo se había vuelto reactivo.
El limpiador que usaban en casa de Fabio no olía particularmente bien. Miré la botella preguntándome qué fragancia era esa, pero lo único que ponía era oxigeno activo.
—¿Estás seguro de que tengo que limpiar con esto?
Fabio estaba tirado en el sofá, con el móvil en la cara y una pierna colgando por el reposabrazos.
—Eres un vago —me quejé, empujando el cubo con el pie para acercarlo más. El agua chapoteó—. Podrías ayudarme.
—Ese no era el trato —respondió sin levantar la vista de la pantalla. Estaba jugando a algo, podía oír los pitidos.
—Ya, pues eso te convierte oficialmente en un prostituto.
Sonrió sin mirarme, los ojos todavía fijos en el móvil.
—Mientras que pueda saltarme mi turno de limpieza…
—Encima te vendes barato, patético.
—¿Insinúas que debería subirte el precio?
Me puse los cascos que me había dejado aquí la semana pasada y que Fabio había guardado en un cajón de la cocina, y seguí fregando, ignorándolo deliberadamente.
Puse mi playlist de limpieza y moví los labios, cantando en silencio.
Había algo meditativo en el movimiento repetitivo de la fregona y en ver cómo el suelo pasaba de opaco a brillante.
Lo único que me faltaba era la fragancia agradable de un friegasuelos decente, pero al parecer Sasha se ponía muy intensa sobre lo cancerígenos que eran los perfumes.
No me di cuenta de que Fabio se había levantado hasta que noté que alguien me quitaba un casco con cuidado.
Se lo llevó a su oreja, escuchando. Su expresión pasó de curiosidad a diversión absoluta.
—¿En serio? —dijo, conteniendo la risa— ¿Estás escuchando a Katy Perry?
Sentí cómo me subía el calor a las mejillas.
—¿Cómo lo sabías? —Llevaba cascos, nunca hubiera escuchado Dark Horse en alto. Era el crimen perfecto.
—Te he leído los labios…
—Eres un raro.
—Tú eres la que está escuchando a Katy Perry.
—Me gusta esa canción, ¿vale? Y Roar también —respondí a la defensiva, quitándome el otro casco—. Demándame.
Fabio entornó los ojos cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a otra.
—Sabes… tal vez lo haga.
Un bufido salió de mi boca.
—Seguro que hay alguna canción de mierda que te gusta y la escuchas a escondidas.
Fabio se dejó caer contra el respaldo del sofá, cruzándose de brazos con esa sonrisa insufrible.
—Tal vez, pero no soy tan idiota de confesarlo en alto como acabas de hacer tú.
Levanté la fregona y le apunté con la parte mojada. Una gota le cayó en el brazo y se la limpió con cara de asco.
—Confiesa.
Fabio saltó del sofá por encima del respaldo, pero le seguí con la fregona en alto en plan guerrera aborigen con una lanza.
Cometió el error de meterse en la zona de cocina y le acorralé en una esquina.
Los flecos mojados y con un desteñido sospechoso de la fregona se acercaron a su cara peligrosamente.
—Suéltalo —insistí—. Tiene que ser algo muy vergonzoso para que te resistas tanto.
—¡Vale! —claudicó, al fin.
—Habla.
—No puedo. No la conoces, tengo que enseñártela.
Fue hacia la televisión y buscó algo en Youtube.
—¿Mariana Mambo? —leí—. ¿Quién es Chayanne?
Sonaron los primeros acordes y fruncí el ceño, segura de que me estaba mintiendo.
Fabio me tomó la mano y comenzó a bailar conmigo mientras cantaba en español al unísono. Era verdad que le gustaba, se la sabía de pe a pa y la letra iba rápido.
Me reí, dejando que me sacudiera de un lugar a otro, porque no era un baile de verdad.
—Trastornado... Que tú me tienes encantado. Fascinado. Que tú me tienes dislocado —cantó, mientras me hacía girar en mitad del salón, la fregona atrapada entre nosotros. Yo me reía tanto que apenas podía mantener el equilibrio.
Resbalamos un poco sobre el suelo todavía húmedo. Fabio me agarró de la cintura para ayudarme, pero acabamos cayendo sobre el sofá.
Nuestras miradas se enredaron, los dos notando el cambio en el aire al mismo tiempo y que nuestras caderas estaban en contacto. Se nos borró la sonrisa y reconocí la tensión que precedía al beso. Mi estómago reaccionó con cosquillas violentas.
Pero Fabio soltó mi cintura y se levantó, dejándome sola en el sofá y más decepcionada con la vida que los fans de Kurt Cobain.
—Me voy a dar una ducha. Cierra de un tirón al salir —dijo, yendo hacia el baño.
—Guau, qué forma de echarme. —Me quedé mirándolo, confundida—. ¿Estás enfadado por algo?
—¿Por qué iba a estarlo?
—No lo sé…
—Todo bien. —Sacudió la cabeza sin mirarme—. Hasta mañana, pixie.
No era tarde. Eran solo las siete y media, pero no discutí.
Cogí la mochila preguntándome si tenía una cita y por eso había evitado besarme. O si había algo más, que prefería no pensar. Me decanté por lo primero.
Bajé las escaleras con la sensación de que algo se me había quedado atascado en los pulmones.
Cuando llegué al coche, saqué el móvil, pero no tenía ningún mensaje de Fabio, pidiéndome que volviera o dándome alguna explicación. Lo que sí tenía era uno de Dan, contándome que acababa de salir del supermercado y que ahora siempre que iba me buscaba en cada pasillo.
Bloqueé la pantalla sin responderle. Arranqué el motor y conduje a casa con la radio apagada, pensando en cómo dos escenas aparentemente normales, estudiar con Dan, limpiar con Fabio, podían dejarme sintiendo que estaba haciendo algo malo.
29
El campo de fútbol del instituto estaba más lleno de lo normal. Alguien había corrido la voz de que era un partido importante y, por supuesto, el séquito de Rob estaba allí. No se perderían un partido suyo ni por el entierro de un familiar.
El ruido era ensordecedor incluso antes de que empezara: gritos, risas, el sonido seco del balón mientras calentaban.
Era sábado: Mi cumpleaños.