El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 11
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De pequeña me obsesioné con los toques de balón. Llegué a ciento trece seguidos, un récord que nadie en el grupo consiguió superar. Ya no era la de antes, pero aún sabía impresionar cuando me lo proponía.

Aquella tarde me lo propuse y la buena suerte hizo que Dan me estuviera observando.

Empecé por aburrimiento, mientras esperaba en la fila a que llegara mi turno de sortear conos y tirar a puerta.

Y también porque Fabio estaba al otro lado del campo jugando con el equipo masculino y quería lucirme un poco.

Di toque tras toque con pies, piernas, pecho y cabeza, y era una de esas veces que casi parecía la antigua Erika porque iba por sesenta y ocho cuando divisé a Dan, junto al camino principal, con la funda de su bajo colgada del hombro y una mano metida en el bolsillo mientras me observaba anonadado.

Casi se me cayó el balón del susto, pero logré recuperar el control y me obligué a mí misma a ignorar su presencia y concentrarme en lo que estaba haciendo.

La tensión de saberme observada por él, hizo que dejara de disfrutarlo y que me empezaran a doler los músculos agarrotados.

Cuando vi por el rabillo del ojo que se había acercado, no aguanté más, cometí un fallo y se me cayó el balón.

—¿Cuántas has hecho? —La sonrisa sexy que me dedicó hizo que me faltara espacio en los pulmones.

—Unas ochenta —jadeé. Había perdido la cuenta al verle, así que hice un cálculo aproximado.

—¿Solo? ¿Y te llamas a ti misma futbolista? —bromeó él con un tono cargado de ironía.

—Me han distraído. —Le sonreí de vuelta, lanzándole una mirada juguetona de acusación.

—Ah, ¿sí? —Los ojos de Dan brillaron bajo el caluroso sol de la tarde. Apartó la mirada un instante y se reajustó la tira del instrumento, antes de añadir en un tono más grave y bajo—. No sabía que tenía el poder de distraerte.

Me sonrojé y no supe qué responderle a eso o cómo continuar tonteando.

—Tengo que irme, he quedado en la biblioteca para hacer un trabajo —dijo él a modo de despedida mientras caminaba hacia atrás—. Avísame cuándo tengas un partido, vendré a verte.

Solo pude asentir como una tonta y contemplarle mientras se alejaba hacia el edificio.

Un pitido del entrenador me hizo salir del embrujo y darme cuenta de que no solo había perdido mi turno en la fila, sino que ni siquiera seguían haciendo tiros a puerta.

El equipo femenino se mezcló con el masculino para echar un amistoso corto en los veinte últimos minutos.

Nos repartimos sin demasiado criterio y acabé en el centro del campo frente a Fabio, que me dedicó una sonrisa ladeada en cuanto el balón empezó a rodar. Todavía tenía el subidón de haber visto a Dan, así que me sentía confiada. Demasiado, tal vez.

—No voy a ponértelo fácil —le advertí mientras trotábamos en dirección al balón.

—Me decepcionaría mucho que lo hicieras —respondió él, justo antes de adelantarme y llegar primero al balón. Me dio rabia que se creyera mejor que yo en todo, así que fui a por él, y quitarle la pelota se volvió una cuestión personal.

Me lancé directa, calculando el momento exacto para meter el pie. Con un movimiento limpio, casi perezoso, me hizo un regate corto hacia un lado y luego otro hacia el contrario. Yo mordí el anzuelo como una novata. Cuando quise reaccionar, ya estaba detrás de mí.

—¿Esa era la parte difícil? —soltó mientras pasaba a mi lado, con el balón perfectamente controlado.

Seguí corriendo por pura inercia, frustrada, notando cómo se me calentaban las orejas.

—¡No te emociones! —le grité—. Me has pillado desprevenida.

Sin hacerme caso, Fabio avanzó con calma, levantó la cabeza y filtró un pase preciso hace Jane que terminó en gol.

Dos goles de su equipo más tarde, el pitido del entrenador marcó el final del amistoso.

Me incliné hacia delante, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento, con el orgullo destrozado.

El muy cabrón era bueno, Jane y él juntos nos habían dado una paliza.

Incluso con el grandioso Rob en mi equipo.

Fabio se acercó caminando hacia atrás, todavía sonriéndole a Jane que estaba más feliz que unas castañuelas.

—Te he dicho que no ligues con ellas —le recordé de brazos cruzados. Todo mi buen humor había desaparecido.

—Tu amiga es una hechicera en el campo —respondió sin molestarse en mirarme, caminando hacia las gradas. Le seguí.

—Es mejor que tú. —Eso último hizo que me mirara.

—¿Por qué estás de mal humor? —se interesó de buena gana, demostrando que no le había molestado mi insulto—. No es culpa mía que seas tan impulsiva jugando. Eso es lo que fastidia tu técnica.

Le saqué la lengua. ¿Impulsiva? Rob siempre decía que era predecible.

Me adelanté para sentarme en la fila más baja de las gradas. Por el dolor de piernas que tenía, mañana sería un día de tortura en forma de agujetas.

Fabio se dejó caer a mi lado y soltó su mochila entre sus piernas. Sacó una bolsa de frutos secos y una bebida isotónica y se ofreció a compartir ambas cosas conmigo.

El sol de última hora tenía ese tono dorado que hacía que todo pareciera un escenario fotográfico. El campo estaba casi vacío, solo quedaban algunos rezagados recogiendo sus cosas.

Fabio se tumbó de espaldas sobre el banco, estirando las piernas largas, y se cubrió los ojos con el antebrazo para protegerse del sol.

—Me encanta este momento.

—¿Qué momento? —curioseé. No tenía sentido que se refiriera a mi compañía porque acababa de ser una gruñona.

—Después de darme una paliza haciendo ejercicio —murmuró—. Como todo mi cuerpo me da las gracias.

Me apoyé hacia atrás, observando el campo mientras masticaba un anacardo. Y entonces los vi.

Dan y Carmina salían del edificio principal. El mismo Dan que una hora antes había dicho que vendría a verme jugar. Ella se reía, inclinándose un poco hacia él. Él le sonreía de vuelta.

Bajé los ojos al balón que tenía a los pies. Después hacia Fabio, que seguía con los ojos cerrados. Su pecho subía y bajaba con una calma envidiable.

—Fabio.

—Ajá —respondió, sin moverse.

—Voy a besarte ahora. —Me había dicho que no en su cuarto, pero por mucho que no le entusiasmara la idea de juntar sus labios con los míos, habíamos hecho un trato y tenía que cumplir su parte.

—Ajá —repitió como si le hubiera comentado que el cielo era azul.

¿Eso era todo? ¿Un ajá? Ni siquiera se había dignado a abrir los ojos.

Apreté los dientes, miré de nuevo a Dan y Carmina riendo juntos… y me lancé.

Me incliné sobre Fabio, apoyando una mano a cada lado de su cabeza en el banco, y posé mi boca sobre la suya.

Un roce torpe de labios. Yo esperaba pasividad, que se quedara ahí tumbado como un maniquí mientras yo cumplía con mi misión de dar celos.

Pero entonces su mano subió despacio hasta mi nuca, sus dedos se enredaron en mi pelo, y me sujetó con una firmeza que no tenía nada de pasiva. Respondió al beso sin prisas, con una destreza que impactó cada nervio de mi cuerpo. Fabio mantuvo un ritmo cómodo, sin prisa.

Sus labios se movían contra los míos con suavidad, hasta que su lengua rozó la comisura de mi boca de una forma tan sutil que casi pareció una pregunta.

Y yo respondí con mi propia lengua. El mundo alrededor desapareció.

Dan, Carmina, el campo de fútbol, todo se desvaneció como humo. Solo existía el calor de su boca y la forma tan agradable en la que se movía contra mí. Sabía a la menta del chicle que estaba mascando. Olía a su fragancia de siempre mezclada con un poco de sudor fresco, era jodidamente sexy.

El calor de su mano en mi nuca, descendió a mi cuello para rodear mi garganta con sus dedos, sin apretar, pero increíblemente erótico. Todo mi cuerpo reaccionó a ese agarre posesivo. Él pareció intuirlo porque ladeó ligeramente la cabeza para profundizar el beso sin volverlo invasivo.

No tenía ni idea de que besar podía ser así. Podría ahogarme en esa sensación u olvidarme de que el resto del universo existía.

—¡Lo sabía!

Me separé de golpe con el corazón latiéndome a mil por hora.

Rebecca nos miraba desde abajo de las gradas con una sonrisa victoriosa, flanqueada por Jane y Zack.

—Sabía que estabais liados —continuó mi amiga, complacida consigo misma—. ¿Dormisteis juntos anoche? Has venido a clase con su sudadera.

—Sí, pero no estamos liados —dije rápido, aún roja hasta las orejas.

Fabio se incorporó despacio, como si nada.

—Le estoy dando clases particulares.

Jane arqueó una ceja.

—¿De lengua?

—Literalmente.

—Me está enseñando a besar. —Me limpié la boca con el dorso de la mano.

Zack silbó, impresionado. Después frunció el ceño pareciendo tener algún otro pensamiento.

—Vaya, me duele que no me lo hayas pedido a mí.

—Quería al mejor.

—¿Y lo es? —saltó Jane, con los ojos brillantes de la curiosidad.

Me encogí de hombros.

—No tengo experiencia, pero dudo que eso lo sepa hacer todo el mundo —admití, sonando demasiado admirada para mi propio gusto.

Fabio río por la nariz.

—¿Eso? ¿Qué exactamente? —Jane se sentó a mi lado, estudiándonos con una curiosidad morbosa.

—Te gustaría saberlo, ¿eh? —Fabio le guiñó un ojo.

Tuve ganas de darle un codazo. ¿Qué parte de «no ligues con mis amigas no entendía?»

—Eh, somos exclusivos —dije, quizá demasiado rápido—. Es decir, es mi profesor de prácticas, para Dan.

Rebecca frunció el ceño.

—¿Steinbeck? ¿Todavía sigues con eso?

—Claro, ya sabes que me gusta.

—Pero acabas de morrear a otro tío en mitad de un campo de fútbol… —replicó ella—. Y no parecías estar pensando en Dan precisamente.

Su insinuación me hizo sonrojar. Tenía que defenderme.

—Es parte de nuestra estrategia. Están ahí —señalé vagamente hacia donde había visto a Dan y Carmina, aunque ya no estaban.

Rebecca siguió mi mirada y luego me devolvió una expresión que decía claramente que no me creía ni una palabra.

—Ahora resulta que ser amigos con beneficios se llama práctica y estrategia… —Zack se rio.

—Cállate. —Le dije, pero sin verdadera malicia. No necesitaba que me creyeran, solo que Fabio no se confundiera.

Él, que había estado observando el intercambio en silencio, se puso de pie y se estiró.

—Me gustaría quedarme a ver como habláis de mi como si fuera un robot del amor recién lanzado al mercado, pero he quedado.

—¿Necesitas que te lleve? —le pregunté, sin saber por qué. Tampoco es que fuera responsable de él veinticuatro horas.

—No, tranquila. Alex viene a recogerme.

Así que había quedado con su primo… No sé por qué había interpretado que iba a verse con alguna chica o chicas (en plural).

Aunque probablemente, Alex era el primer paso, su compinche para salir a ligar.

Podía imaginarme a los dos en cualquier parte siendo imanes de mujeres, no hacía falta que fuera un bar.

Seguro que ligaban hasta en la sala de espera del médico.

—No hay problema, podemos seguir hablando de tu vida amorosa aunque no estés —bromeó Zack.

—Yo no tengo de eso.

—Por favor. Tienes más vida amorosa que todos nosotros juntos —intervino Rebecca con sorna.

—Cantidad no es calidad —respondió él, colgándose la mochila al hombro. Me echó una mirada imposible de descifrar.

—¿Me recoges el lunes, pixie?

Asentí, incapaz de sostenerle la mirada demasiado tiempo.

Él se largó por las escaleras de las gradas y en cuanto desapareció, los tres se giraron hacia mí como buitres.

—Vale —Rebecca lideró la interrogación—. Ahora que se ha ido, cuéntanos los detalles.

—¿Detalles sobre qué? Solo ha sido un beso.

—Venga ya, tenías cara de llevar toda la noche leyendo a Sarah J. Maas —insistió Jane.

—¿Quién? —Zack frunció el ceño con confusión—. Tenía cara de cualquier cosa menos de estar leyendo.

—Nunca has abierto un libro de tu hermana, ¿verdad? —se rio Rebecca.

Moví las manos en el aire para captar su atención.

—Solo me está ayudando, ¿vale? Con lo de Dan. Me está enseñando a... tener confianza. A no entrar en pánico cuando alguien se me acerca.

Rebecca se sentó a mi otro lado.

—¿Y qué pasa si acaba gustándote más Fabio que Dan?

Tardé un segundo de más en responder. Suficiente para que Rebecca lo notara.

—Eso no va a pasar.

—¿Cómo lo sabes? —insistió ella.

—Porque Fabio es... no es material de novio —dije, como si eso lo explicara todo—. Es el tío que se enrolla con todo lo que se mueve. El que bebe hasta que no recuerda lo que ha hecho o a quién se lo ha hecho la noche anterior.

—El que está dedicando su tiempo a ayudarte sin pedir nada a cambio —interrumpió Rebecca, que por alguna razón ya había decidido que era Team Fabioloso.

—Bueno, me hizo hacer su colada.

Rebecca puso los ojos en blanco.

—Probablemente era una excusa para llevarte a su casa.

—Ya, por eso cuando le sugerí que practicáramos los besos en su cuarto respondió: “Aquí no” —les informé, imitando su voz y sus gestos.

—¿No quiso hacerlo en su cuarto? —La expresión de Rebecca y la forma en la que los tres intercambiaron miradas cómplices hizo que me arrepintiera de haberlo dicho—. Interesante.

—Escuchadme bien los tres: Esta tontería de emparejarnos se termina aquí. Hay un montón de comedias románticas en Netflix si necesitáis animar vuestras tristes vidas a través de las vivencias de otras personas.

—Lo que tú digas —claudicó Rebecca finalmente, levantándose.

—Para que conste, creo que estás persiguiendo al tío equivocado. Pero eres demasiado cabezona para admitirlo.