12
El sábado no me apetecía salir de fiesta. Pero Dan iba a estar allí, Rebecca lo había confirmado en el grupo, y eso fue suficiente para que me planchara el pelo y fingiera que tenía ganas.
Me lo repetí varias veces mientras caminábamos hacia la casa de un chico de tercero cuyo nombre nunca conseguía recordar.
La música ya vibraba a través de las paredes y la gente entraba y salía a sus anchas.
Llevaba unos vaqueros negros, una camiseta ajustada y el pelo suelto.
Iba guapa, o por lo menos me sentía guapa.
En el porche, sin querer, mi cabeza hizo algo traicionero: preguntarse donde estaría Fabio y si habría ido a Infierno a disfrutar de una música mucho mejor de la que estaba sonando allí.
No era difícil de adivinar que estaría haciendo el fuckboy oficial de Sydney Grammar, yo misma había visto con mis propios ojos a qué dedicaba sus fines de semana.
Y Lena, su compañera de piso, me había advertido de que llevaba a una chica nueva cada noche de sábado.
Deseché esos pensamientos intrusivos de mi mente en cuanto cruzamos la puerta.
Dentro, el ambiente era caótico: poca iluminación, gente sentada en todas partes, risas altas y vasos de plástico desperdigados por todas partes. No me gustaría tener que limpiar después de que acabara.
Localicé a Dan casi de inmediato. Mi ánimo se vino abajo al ver también a Carmina, que estaba literalmente pegada a él.
Se inclinaba para hablarle al oído, le tocaba el brazo al reírse, ocupaba su espacio con una naturalidad que me dolió presenciar.
¿Ya estaban liados o en proceso? Aunque intenté no interpretar demasiado de la situación, el nudo en mi estómago apareció igual.
—Tu hombre ha venido —Rebecca apareció a mi lado con dos vasos.
—Ya lo veo y no está solo.
—¿Celosa? —Me tendió uno de los vasos—. Bebe, te va a hacer falta.
No pensaba acercarme a Dan mientras él y Carmina parecieran siameses.
De camino a la cocina vi a Rob en el centro del salón contiguo.
Tenía un vaso en la mano y estaba contando algo con los brazos abiertos, y los cuatro o cinco que le rodeaban se reían antes de que llegara al remate.
Uno de ellos le dio una palmada en el hombro con la admiración fácil que la gente le daba a Rob sin que él tuviera que ganársela.
Me quedé observándole desde la puerta un momento. No había ninguna razón para que me molestara, pero lo hacía.
Me di la vuelta hacia la nevera justo cuando alguien dijo mi nombre.
—Hola. —Dan me sonrió como si llevara toda la noche esperándome y ese simple gesto me devolvió el aire a los pulmones.
—Hola. Esto está... lleno —señalé hacia el pasillo que comunicaba con el salón.
—Sí. —Se rió—. Demasiado ruido para mi gusto.
—Siempre puedes escaparte —bromeé, esperando que captara la indirecta.
Sus ojos se iluminaron con algo que me pareció interpretar como interés, pero antes de que pudiera responder, Carmina apareció de la nada.
—Dan, tienes que venir a ver el truco de magia de Owen.
No tengo ni idea de cómo lo hace —le invitó soltando una risita borracha.
Me echó un vistazo discreto, ignorando concienzudamente mi presencia y el hecho de que estábamos hablando, y se lo llevó de nuevo al salón.
Me quedé con el vaso en la mano y la sensación de ser invisible.
Bebí un trago largo y el alcohol me quemó la garganta.
Fabio entró por la puerta con un amigo suyo, alto, moreno y una sonrisa relajada, y una chica espectacular colgada de su brazo. Tenía el pelo largo y la clase de seguridad absoluta que me daba envidia.
El estómago me dio un vuelco.
—Fabio está aquí —informé a Rebecca cuando se acercó para rellenar su vaso.
—Te lo dije —respondió ella, encogiéndose de hombros.
—Pensé que te referías a Dan con lo de “tu hombre”.
—Olvidate de Dan, creo que está liado con Carmina.
Genial, ella también lo pensaba. Estaba lista para irme a casa y dar por zanjada esta noche de mierda.
—Joder, la chica está buenísima. —Rebecca le dio un trago a su vaso sin quitar los ojos de la amiga de Fabio.
—Sí. —Con una mujer así en la casa, ahora sí que me sentía invisible.
—¿Estás bien?
—¿Por qué no iba a estarlo?
Mi intento no coló, pero ella no quiso insistir.
—Vale. Voy a buscar a Jane. ¿Vienes?
—Creo que voy a terminarme esto e irme a casa.
—Que rápido te rindes.
Me encogí de hombros.
—Soy la chica más infollable del instituto en una casa llena de Diosas… —razoné tratando de darle un toque de humor que no me salió del todo—. Game Over.
Rebecca sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco. Su mirada se desvió hacia Fabio, fijándose en como la diosa le estaba comiendo la oreja con la excusa de que la música estaba alta. Los ojos de él se posaron en nosotras y noté un cosquilleo ridículo en el estómago.
—No te vayas de mal humor. Quédate y dale la vuelta a la tortilla —me sugirió Rebecca, justo antes de coger los dos vasos que había preparado y salir de la cocina.
—No sé de qué tortilla hablas —grité a su espalda.
Le di otro trago largo a mi bebida sopesando mis opciones.
Dan estaba acaparado por Carmina y ni siquiera podía usar a Fabio para darle celos porque no quería arruinarle el ligue.
Ni que pensara que estaba interfiriendo.
Así que me fui al baño, me miré en el espejo un segundo más de la cuenta y respiré hondo.
Media hora de fingir que estoy de humor para socializar y me largo.
Al salir, choqué con Fabio en el pasillo.
—Joder, Fabio.
Me sujetó del brazo para que no me cayera.
—Hola, Fabio es lo que querías decir. —Se cruzó de brazos. El olor de su perfume me transportó de un flashazo a las gradas y el beso derrite neuronas. Tenía que dejar de soñar, porque él me estaba analizando con los ojos entornados—. ¿Tienes miopía o algo? Has tenido que verme en la cocina.
Alcé una ceja.
—Estabas ocupado para saludar.
Él desvió la mirada hacia el final del pasillo y sonrió como si recordara algo gracioso que le había pasado en otro momento. Después ojeó la puerta medio abierta del baño.
—Voy a mear, ¿me esperas? —me sorteó y le dio al interruptor que yo acababa de apagar.
—¿Para qué?
Mi forma de decirlo, con sospecha, le hizo sonreír sin querer.
—¿Tienes algo mejor que hacer? —tanteó burlón, dando por hecho que no—. Por lo que he visto ahí fuera, Carmina es como un Pitbull mordiendo un Chihuahua que no abre la mandíbula ni a patadas.
Su metáfora me hizo sonreír.
—Iba a irme a casa. —Me dejé caer contra la pared y crucé los brazos, consciente de que ya no me apetecía tanto marcharme como hacía un momento.
Fabio chasqueó la lengua en una negativa.
—Un hada siempre se queda a luchar, pixie —dijo, entornando la puerta sin cerrarla. Pude escuchar como meaba mientras silvaba Take me out de Franz Ferdinand, cuando en realidad estaba sonando algo sexy de Kylie Minogue.
Cuando salió, me puse en marcha sin comprobar que me seguía. Ese pasillo era demasiado oscuro y estrecho.
Antes de llegar al salón, Fabio me agarró del brazo y tiró de mí hacia las escaleras que llevaban a la planta de arriba.
—¿A dónde vamos? —sospeché de inmediato. La planta de arriba de una casa durante una fiesta solía ser un terreno que yo no pisaba. Solo de parejas que buscaban rincones oscuros para enrollarse.
Fabio no me respondió, me guio hasta que empecé a escuchar de Sweet Escape de Gwen Stefani y Akon a través de una puerta. Fabio la abrió como si esa fuera su casa y el panorama que encontramos dentro de la habitación me sorprendió por completo.
Dos chicos y una chica estaban jugando al Catán. Les reconocí de Sydney Grammar, pero no recordaba haber hablado nunca con ellos.
—¿Se puede? —pregunto Fabio, agarrando una silla de debajo del escritorio.
El chico de pelo rizado y piel tostada levantó la vista.
—Fabio. —Le chocó la mano.
—Ethan —saludó él de vuelta, haciendo un juego extraño de manos que solo ellos tenían memorizado—. Ella es Erika. ¿Podemos jugar?
—Claro, acabamos de empezar. —El tal Ethan recolocó el tablero y señaló un hueco en la cama junto a la chica—. Siéntate ahí si quieres, Erika.
Nos dieron cartas y recursos y en menos de cinco minutos estábamos completamente absortos. Fabio era muy competitivo para alguien tan despreocupado.
—No hay mucho que hacer si Silvie tiene toda la arcilla —se quejó, ojeando sus cartas mientras su pie rebotaba contra el suelo.
—Bienvenido al capitalismo, Fabioloso. —Ella le guiñó un ojo, y me pregunté cuánta gente estaba usando ya el mote que yo le había puesto.
Fabio estaba perdiendo categóricamente, estancado con la falta de arcilla. No me sorprendí cuando echó un brazo por encima de mi hombro y trató de engatusarme en una especie de alianza.
—No te molestes, mis suministros no son para echar cohetes.
—Escucha, pixie… y no me rechaces aún. Estoy dispuesto a darte cuatro maderas por esa arcilla que tienes. Piénsalo: cuatro maderas… y esta paja. Puedes hacerte un vibrador de la ostia.
Solté un bufido, mientras los demás se reían.
—No necesito un vibrador… gracias. Necesito mi arcilla para conseguir mi primera ciudad.
—Eh —celebró pellizcándome la mejilla—. Has dicho vibrador sin sonrojarte.
Le aparté de un codazo.
—Supongo que ya me he acostumbrado a tu nivel de depravación.
Los demás jugadores se reían de nuestras discusiones. Pero lo mejor de todo fue la reacción de Fabio al perder. Nunca le había visto parecer… humano. Me carcajeé tanto que me empezó a doler la barriga.
Salimos de la habitación. Al bajar las escaleras vi a Dan desde arriba. Seguía en el sofá con Carmina, pero en algún momento de la última hora había puesto más distancia entre los dos. O eso quise creer.
Fabio habló sin mirarme.
—Ahora cuando Dan te vea, relajada y feliz, vas a parecerle un imán.
Asentí no muy convencida.
—Hora de dar celos —continuó, echando su brazo por encima de mi hombro.
—¿Qué hay de tu ligue? —murmuré, dejando que me condujera hacia la música.
Justo entonces la vimos en el salón, besándose con el amigo de Fabio.