El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 10 #2
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—Escucha, Erika. Voy a decirte esto por tu propio bien.

Fabio es… es buen chico y sé que es muy inteligente, pero…

Me parece denigrante para ti y muy mal por su parte que se aproveche de tus sentimientos y te permita hacerle la colada.

Ningún hombre merece que hagas esto por él.

Y menos uno que trae a una chica distinta cada día del fin de semana.

—No, no, no… no es eso —me apresuré en explicar—. No es lo que crees… Yo… no estoy enamorada de él. De hecho, ni siquiera me gusta.

Y entonces se lo conté todo. La lista, Dan, mis miedos y el trato con Fabio.

Lena me escuchó sin interrumpir y después tuvo la reacción lógica, preguntar si habíamos denunciado la lista y preocuparse con que su compañero de piso tuviera algo que ver.

Fabio apareció en el balcón arrastrando los pies, con el pelo revuelto y los ojos medio cerrados.

—¿Lena? —Nos miró a las dos, luego al tendedero. Cruzó el balcón en dos zancadas y me agarró de la muñeca.

—¿Eres sonámbula o algo? —dijo, forzando una risa—. Espero que no hayas despertado a mi compañera de piso…

Lena respondió con total naturalidad:

—No, tranquilo. Me ha despertado el calor.

Fabio asintió. Entonces pasó un brazo alrededor de mi cintura. El contacto inesperado me hizo dar un pequeño salto y me puse rígida, con el corazón golpeándome en las costillas.

El brazo de Fabio en mi cintura pesaba más de lo que debería. O era yo, que no estaba acostumbrada a que nadie me tocara así.

—¿Volvemos a la cama? —propuso, acercando la cara a la mía y rozándome la mejilla con la nariz.

Un cosquilleo intenso se extendió por mi piel con la velocidad de un rayo. Quería huir de él, de la intensidad con la que respondió mi cuerpo a sus caricias, y a la vez quería acercarme más: una auténtica locura.

No hice ninguna de las dos cosas, me quedé petrificada, con los ojos abiertos como platos, esperando que nadie notara lo fuera de lugar que me sentía dentro de mi propio cuerpo.

Por el rabillo del ojo vi a Lena reclinarse en la hamaca, claramente entretenida con el espectáculo.

La mano de Fabio bajó un poco más por mi cintura y sentí cómo la sangre me subía a la cara. Lo miré, perpleja, sin saber cómo reaccionar sin hacerlo todo peor.

Entonces Lena habló.

—No te molestes, Fabio —dijo con tranquilidad—, aunque me parece que tu… —hizo un gesto vago con la mano— “pequeño teatro” es cualquier cosa menos una molestia. Erika ya me ha contado la verdad.

Fabio se apartó de mí de golpe, pareciendo avergonzarse por primera vez desde que lo conociera, y casi perdí el equilibrio.

El silencio que siguió fue incómodo. Yo miraba cualquier cosa menos a ellos: la barandilla, el cielo, una pinza azul en el tendedero.

—No deberías hacer que la pobre chica te haga la colada a cambio de tu ayuda —continuó Lena—. Tu primo me ayudó gratis.

Eso consiguió que ambos la miráramos. Fabio frunció el ceño y yo abrí los ojos, sorprendida.

—Así es —añadió ella—. Vuestro trato me ha recordado a cómo Alex y yo empezamos a salir.

¿Alex el primo de Fabio?

—Eh… ¿qué quieres decir? —Me pudo la curiosidad.

Lena sonrió, pareciendo haber anticipado la pregunta, y empezó a contar su historia.

—Le pedí a mis amigas que me buscaran un profesor de seducción —dijo—. Sin decirles quién me gustaba, porque eran un desastre guardando secretos. Escogieron a Alex. —Hizo una pausa—. No fue exactamente lo que esperaba.

Escuché cada palabra con atención, haciendo preguntas y riendo en los momentos más descabellados. Y, poco a poco, algo dentro de mí se aflojó. No era tan rara.

—Así que no deberías cobrarle —concluyó Lena, mirando a Fabio.

—En realidad… —intervine para salvar mi orgullo—. Es cosa mía. Me siento mejor si le doy algo a cambio.

Lena me observó con una expresión comprensiva, pareciendo entenderme mejor que yo misma. Después miró el cielo y se levantó de la hamaca.

—¿Qué hora es? Ya está amaneciendo.

Me separé de la barandilla sobresaltada. Había pasado la noche fuera de casa sin avisar.

—Mierda. —Mis padres iban a matarme.

Seguí recogiendo la ropa, mientras Fabio se acercaba al montón que ya había doblado.

—Todavía está húmeda —se quejó.

—No lo está —respondí automáticamente—. Solo está fría.

—Me gusta que mi ropa esté más seca que las bragas de una abuela.

—Genial, lo está —repliqué—. Normalmente las abuelas se mean encima, así que… esto está más seco.

—Puaj —se quejó Fabio—. Esto no va a funcionar si lo haces mal.

—No lo hago mal, solo está fría. Si la tocas con las manos parece que sigue húmeda, pero mira… si te la pasas por la cara, donde la piel es más sensible, verás que está seca.

—¿Te estás frotando mis calzoncillos por la cara? —se burló él.

Miré la prenda y descubrí que, efectivamente, eran calzoncillos.

Se los lancé a la cara. Él los atrapó al vuelo y los examinó con expresión pensativa.

—Eso no lo había hecho ninguna chica antes. No sé si me van ese tipo de fetiches.

Me ardía la cara. Respiré hondo, armándome de paciencia.

—Yo me voy a preparar para ir al gimnasio —nos informó Lena. Se despidió con un gesto y entró. Antes de desaparecer, nos lanzó una última mirada.

Yo seguí doblando ropa mientras Fabio me observaba desde la barandilla.

Para cuando terminé de tender la ropa mojada, el cielo ya estaba rosa.

Llamé a mi madre para darle explicaciones, pero antes de decir nada ella me preguntó si había salido pronto de casa.

Debía de haber vuelto tarde del trabajo y no tenía ni idea de que yo no había aparecido por casa. Así que no le dije nada.

Fabio dijo que podía ducharme allí si quería. Bajé al maletero del coche a por unos leggins y unas bragas limpias que siempre llevaba para emergencias, y él me dejó una camiseta y una sudadera suya.

—A la mierda mi nuevo look sexy —me lamenté entre risas al salir del baño. Su sudadera me llegaba por mitad del muslo.

Fabio levantó la vista de su desayuno, tostadas con mantequilla y café solo, y la deslizó por mi cuerpo. Después se giró para sacar el pan que había dejado en el tostador y ponerlo en un plato que dejó en la barra americana frente a mí.

—Se nota que llevas mi ropa y eso es sexy… todos van a pensar que nos hemos pasado la noche follando.

Sus palabras me hicieron dar un respingo

—Es demasiado temprano para ese verbo. —Acepté el café que me ofrecía, evitando su mirada.

—Primera lección del día: Acostúmbrate a decir guarrerías y a escucharlas sin reaccionar como una dama de la regencia.

Le hice una mueca de desdén, como pude, mientras masticaba.

—Soy virgen —le confesé en tono bajo después de tragar. Observé su rostro con atención, tomándome aquello como un ensayo antes de contárselo a Dan, pero la reacción que esperaba no llegó. Fabio se encogió de hombros, indiferente.

—Eso da igual. Aunque lo seas, no eres inocente.

Respiré profundamente. Nadie me había dicho nunca algo así con tanta indiferencia, como si fuera un hecho irrelevante. Rob siempre lo había tratado como un defecto. Fabio lo descartó como si ni siquiera mereciera nombre.

—Dijiste en el coche que si las chicas eran vírgenes el sacrificio era tuyo —le recordé, incierta.

Su ceño se frunció como si estuviera tratando de hacer memoria.

—Era una broma, Erika. Me importa una mierda que una chica sea virgen. A nadie le supone un problema eso.

Respiré profundamente, sorprendida de lo mucho que me ayudaban sus palabras.

—Venga, practica, di que hemos pasado la noche follando.

—¿Qué? —solté una risilla—. No.

Fabio rodeó la encimera para colocarse frente a mí y tomarme por los hombros.

—Te has vuelto a poner roja. Terminemos con esto. Dilo… dilo las veces que haga falta para que dejes de tenerle miedo.

—Yo no…

—Recuerda las normas, pixie. Tienes que hacerme caso.

Le di un empujó para apartarle de mi, pero lo único que logré fue hacerle reír.

—Esto te pone realmente nerviosa. ¿Quieres que me de la vuelta? ¿Sería más fácil?

Fabio giró sobre sus talones y se cruzó de brazos a la espera.

Tomé una profunda bocanada de aire, sin poder creerme que me obligara a hacer esas tonterías. Tragué saliva y me armé de valor. ¿Por qué me afectaban tanto unas simples palabras?

—Nos hemos pasado la noche follando —murmuré de mala gana.

—Más alto —gritó él.

—Nos hemos pasado la noche follando —chillé enfadada, justo cuando una chica emergía de una de las puertas que daba al salón.

Se paró en seco al vernos ahí y era evidente que me había escuchado.

—Perdón si interrumpo —dijo, intercalando una mirada divertida entre los dos—. Pero llego tarde a clase.

—Estás en tu casa, Sasha. —Fabio se encogió de hombros y volvió a la barra para terminarse el café.

La tal Sasha se puso los zapatos, cogió su chaqueta y se largó con un breve adiós.

—¿Cuánta gente vive aquí?

—Tres chicas y no puedo tirarme a ninguna.

—Pobrecito —solté irónicamente, pero la curiosidad me podía— ¿Por qué no?

Fabio limpió las migas de pan de la encimera y metió nuestra cubertería en el lavavajillas. Me sorprendió que no me encasquetara el trabajo a mí también. Y me había hecho el desayuno.

—Lena no quiere que me acerque a Sasha para mantener el buen ambiente de la casa. Alex me ha amenazado de muerte si toco a Lena y la otra no quiero yo.

—¿Y eso? —insistí curiosa por saber qué era a lo que le hacía ascos ese chico.

—Porque es mi hermana —respondió, tomándome por sorpresa.

—Así que compartir ADN es lo único que respetas —murmuré, más para mí misma.

—Eso y nuestro trato, pixie —me recordó, con una mano sobre el corazón.