10
No había planeado ir a casa de Fabio. De hecho, si me hubiera detenido más de treinta segundos a pensar en lo que estaba haciendo, probablemente habría dado media vuelta antes de tocar el timbre.
Pero la cruda realidad llevó mi mano a la campana del Gremlin depravado.
No sabía besar. No sabía hacer nada y todo el instituto lo sabía.
Así que allí estaba. En el rellano de un edificio que no conocía bien, con el corazón acelerado y una idea que rozaba lo absurdo.
Pulsé el timbre antes de arrepentirme.
Los segundos se alargaron como una tortura que dio paso a las dudas. ¿Qué me había hecho pensar que Fabio estaba en casa? Lo más seguro es que siguiera con Tania y Kamaria en algún sitio, intercambiando fluidos internacionales. La imagen me revolvió el estómago y la aparté rápido.
La puerta se abrió y Fabio apareció con el pelo revuelto y una camiseta vieja de los Red Hot Chili Peppers, parpadeando como si creyera que seguía soñando.
—¿Erika? —Arqueó una ceja— ¿Ha pasado algo? ¿Estás bien?
Tragué saliva.
—Me has abandonado allí.
—¿Qué? —Su ceño fruncido me hubiera resultado gracioso en otra situación—. Te dejé con Steinbeck.
—Sí y no deberías… No tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Casi me besa… —solté de carrerilla.
Fabio se rascó una mejilla entornando los ojos en una mueca de concentración.
—¿No era ese el objetivo?
—No. Sí. Es que yo… Necesito que tú… —empecé, y me detuve. Las palabras se me atascaron en la garganta— ¿Puedo beber agua?
Su forma de parpadear para registrar mi cambio de conversación me confirmó que había estado durmiendo. Echó un vistazo al interior de su piso y asintió.
Le seguí hasta la cocina con barra americana que compartía espacio con el salón. Fabio se estiró para coger un vaso limpio del armario y lo llenó con una garrafa de agua enorme.
Después de tragármelo de golpe, sentí que mi lengua ya no parecía estar hecha de cemento.
—Necesito pedirte algo muy concreto.
Fabio ladeó la cabeza, divertido.
—Eso ha sonado a que vas a pedirme que atraquemos un banco o que asesine a alguien. Mejor lo hablamos en mi cuarto.
Le seguí por el pasillo, consciente de cada paso que daba.
El piso estaba en penumbra, silencioso, con olor a detergente y a algo que no supe identificar, pero que me resultó extrañamente reconfortante. Más limpio y acogedor de lo que recordaba.
Fabio cerró la puerta de su cuarto y se apoyó en ella con los brazos cruzados.
—Venga. Dispara.
Inspiré hondo. Las manos me temblaban ligeramente, así que las metí en los bolsillos de la chaqueta.
—Hoy Dan… casi me ha besado.
Fabio puso una mueca.
—¿Casi?
—Casi —confirmé—. Me empecé a emparanoiar con que no sé besar y creo que mi rostro le hizo cambiar de idea.
Me observó unos segundos en silencio, calibrándome. Algo cambió en su expresión, algo que no supe leer del todo.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Tú sabes besar —solté de golpe, roja hasta las orejas.
Fabio rompió a reír. Una risa grave que le vibró en el pecho.
—¿Cómo lo sabes? Quizá lo hago fatal.
—No te lo tomes a broma —le pedí. La desesperación debió de notárseme en la voz, porque se puso más serio—. No quiero hacer el ridículo. Ya tengo suficiente con lo de la lista.
Eso le hizo suspirar y pasarse una mano por la cara. Cuando volvió a mirarme, había algo en sus ojos que me pareció compasión.
—Vale. Supongo que puedo ayudarte, pero no gratis.
Fruncí el ceño. Ya le estaba llevando a todas partes en coche, ¿qué más quería? ¿O era que la idea de besarme le parecía tan horrible que tenía que subir el precio?
—¿Qué quieres?
—Ummm… —Paseó la mirada por su cuarto, considerando mi pregunta. Hasta que sus ojos se detuvieron en un rincón junto a su escritorio. Seguí la dirección hasta dar con un cesto cuya tapa tenía forma de balón de fútbol.
—Odio hacer la colada.
—¿La… colada?
Fabio fue hacia el cesto y lo levantó.
—Sí. Ven te enseño donde está la lavadora. —Hizo un gesto con la cabeza y abrió la puerta. Le seguí hasta un cuartito en el fondo del pasillo.
—Tú te encargas y yo te explico lo básico. Trato justo.
Dudé. No porque fuera humillante (que lo era), sino porque necesitaba sentir que aquello no era un favor. Que había equilibrio. Que ninguno de los dos salía perdiendo ni le debía nada al otro.
—Vale —acepté, muriendo un poco por dentro.
Metí la ropa en la lavadora con más cuidado del necesario, leyendo las etiquetas como si fueran instrucciones de vida o muerte. Fabio me observaba desde la puerta, con una sonrisa burlona.
—No va a explotar.
—Me gusta hacer las cosas bien.
—Ya lo veo.
—Hay ropa blanca y ropa de color. ¿Las separo?
Suspiró.
—Sí, por favor. No quiero que mis calzoncillos salgan rosas.
Solté una risa y empecé a separar las prendas. Había algo extrañamente íntimo en aquello, en tocar su ropa, en oler el detergente que usaba.
Cuando la lavadora empezó a dar vueltas, ya era muy tarde, pero no me quedaba otra que esperar a que terminara y tenderla antes de marcharme.
Fabio me guio de vuelta hasta su habitación mientras yo cargaba el cesto casi vacío.
Esta vez me fijé en los detalles de su cuarto. Estaba sorprendentemente ordenado: una cama deshecha, un escritorio lleno de libros, pósters de bandas de rock en las paredes. Olía a él, una mezcla del detergente que acabábamos de usar y algo que seguía sin saber si era desodorante o perfume.
—Siéntate. —Me señaló la cama.
Me senté en el borde, rígida, con las manos sobre las rodillas.
Fabio se dejó caer a mi lado, manteniendo una distancia prudente. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en los muslos.
—Besar no es tan complicado como crees.
La voz de Rob apareció sola: «¿Has tenido una cita alguna vez?»
—Fácil decirlo cuando llevas años haciéndolo.
—Justamente por eso te lo digo. —Giró la cara hacia mí.
—La gente se obsesiona con la técnica y con hacerlo bien. Pero la verdad es que lo que importa es la conexión.
Tragué saliva.
—¿Conexión?
—Sí. Leer a la otra persona. Adaptarte a su ritmo.
Asentí, tomando notas mentales como si estuviera en clase.
—¿Y qué hago con las manos?
Fabio sonrió.
—Lo que te surja de forma natural. Su cara, su cuello, su cintura. O nada. A veces está bien simplemente… besar.
—¿Y la lengua?
—Empieza suave y deja que el otro marque el ritmo. No metas toda la lengua de golpe como si estuvieras taladrando una pared.
Solté una risa nerviosa.
—Eso es muy específico.
—He vivido cosas, pixie… Cosas terribles. —Se echó hacia atrás, apoyándose en las manos—. Lo más importante es que no pienses demasiado. En cuanto empiezas a analizar cada movimiento, se nota y se vuelve raro.
Asentí, aunque el nudo en el estómago seguía ahí.
—¿Y cómo sé si lo hago bien o mal?
—Notas si la otra persona está disfrutando. —Hizo una pausa—. Y si no lo hace, no tiene porque ser tu culpa. Tal vez no hay química.
Inhalé despacio. Su forma de hablar era reconfortante, porque simplificaba algo que en mi cabeza era monumental.
—¿Cómo sabes todo esto?
Fabio se encogió de hombros.
—Experiencia. Errores. Besos malísimos que preferiría olvidar.
—¿Tú has tenido besos malos? —me sorprendí.
—Claro. Una vez una chica me mordió el labio tan fuerte que me sangró. Otra se puso a llorar a mitad del beso porque le recordé a su ex.
Me tapé la boca para no reírme.
—Joder.
—Exacto. Así que tranquila. Aunque lo hagas fatal, no será ni de lejos lo peor que ha pasado.
Dejé escapar una risa genuina y la tensión en mis hombros se aflojó un poco.
Fabio me observó con algo de diversión y tal vez una pizca de ternura. Debía de estar empezando a considerarme su obra de caridad. Aunque si me cobraba no era caridad en absoluto.
—¿Cuánto tarda la lavadora?
—Una hora y cuarto.
El silencio que siguió a esa declaración se me hizo asfixiante.
—Entonces… ¿vamos a practicar o qué? —solté de carrerilla como el que se arranca una tirita rápido para mitigar el dolor.
Su falta de reacción me puso aún más nerviosa. Simplemente, se quedó quieto, observándome. Tal vez deliberando algo en su cabeza.
Abrí la boca para añadir algo, pero él me interrumpió.
—Aquí no —gruñó.
Se levantó antes de que pudiera responder. Algo en su tono me dijo que no era el momento de preguntar por qué.
—¿Quieres ver una película?
Asentí desconcertada y algo aliviada. Nos sentamos en su cama con la espalda apoyada en la pared.
Fabio me sorprendió poniendo cortos de Pixar, uno de pájaros y otro sobre un bollito chino con pinta de cabeza de ajo que me acabó haciendo llorar y fingir que no lo estaba haciendo.
Fue durante el tercero que me quedé dormida.
Cuando me desperté, la habitación estaba a oscuras a excepción de un rayo de luna que entraba por la parte abierta de la persiana. Fabio estaba tirado sobre su estómago y con la cara girada hacia el otro lado. Su respiración lenta me hizo moverme con cuidado para no despertarle.
Saqué la ropa de la lavadora medio adormilada y la llevé al balcón en un cesto, concentrada en no dejar que se me cayera nada. El aire fresco de la noche me acarició la cara. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos. Con un suspiro, empecé a recoger la ropa que había tendida.
Entonces escuché el ruido de la puerta corredera de la terraza y una chica de cabello oscuro se asomó, sujetando una botella de vino como si no supiera muy bien qué hacer con ella.
—Hola —la saludé avergonzada.
—Hola —Su rostro me analizó con confusión—. Soy Lena. Vivo aquí.
Miró la ropa y luego a mí con evidente curiosidad. Recordaba que Fabio la había mencionado el día de la borrachera.
—Ah… yo soy Erika, ¿Cómo estás?
—¿Estás haciéndole la colada a Fabio?
Al asentir, se me encogió el estómago de la vergüenza.
Lena me dedicó una mirada piadosa.