El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 9
20%

9

Llegamos tarde. Según Fabio, el desinterés era básico en las primeras fases de la seducción.

La terraza de Clover estaba medio llena, las tiras de luces led alargándose por todo el patio. Había suficiente gente para que Dan no nos viera llegar.

Para cuando Fabio y yo alcanzamos la barra, la noche no se había instaurado del todo y el cielo aún tenía tonos anaranjados y nubes azuladas.

Fabio apoyó un codo sobre la superficie pegajosa mientras un camarero con demasiados piercings en las orejas iba a por nuestras cervezas.

—Este local no cumple con las medidas de seguridad.

—¿Por qué? —Analicé los alrededores. Aunque había bastante gente, no parecía superar el aforo, y estábamos al aire libre.

No era la clase de persona que se fijaba en si había extintores al entrar en los sitios, pero él sí que prestaba atención a todos los detalles con su estilo Sherlock Holmes para sacar conclusiones.

—Porque está tocando Broken Youth pero nadie está repartiendo tapones de oído. —Se señaló las orejas, arrugando los ojos con expresión de dolor.

Solté una risa seca. Me hubiera gustado defender a Dan, pero su grupo realmente estaba haciendo un trabajo terrible al fusionar el rock con el tecno.

Cuando nos entregaron las cervezas, hice el amago de dirigirme hacia el escenario, pero Fabio me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia los sofás que estaban junto a la pared.

—Si Dan ni siquiera se entera de que estoy aquí, no tiene mucho sentido haber venido —le grité por encima del ruido mientras se abría paso entre la gente.

—Créeme, se va a enterar de que has venido.

Fabio me soltó para saludar a dos chicas que estaban sentadas en los sillones. Intercambiaron besos en las mejillas y me pareció reconocerlas de Inferno. Las del trío.

Sacudí la cabeza. Se suponía que habíamos venido por mí, no para saciar sus instintos bajos.

Parada allí de pie, mientras él le susurraba algo al oído (guarrerías probablemente), sentí que sobraba. Que hubiera sido mejor quedarme en casa.

Le di tragos a mi cerveza un poco tiesa.

Era incapaz de bailar al son de la banda.

El batería tenía menos sentido del ritmo que un recién nacido, la guitarra del cantante debía de estar desafinada o algo.

Realmente el bajo de Dan era lo único salvable.

Debería cambiarse de grupo, pero no iba a ser yo la que se lo sugiriera.

Al menos no de momento. Cuando lleváramos un tiempo juntos, quizá.

—Hola. —La amiga de Fabio que tenía la piel tostada y el pelo afro lleno de caracolas perfectas apareció a mi lado.

—Hola —respondí, un poco desconcertada por la forma en la que me sonreía.

La otra, piel blanca como la nieve y cabello negro cortado a la altura de la barbilla, se puso de pie también y me plantó dos besos en las mejillas.

—Soy Tania Lebedeva y ella es Kamaria.

Asentí, limpiándome la mejilla que debía de estar color granate.

—Tranquila, es pintalabios del fijo, no te he manchado.

La del pelo afro se puso a mi otro lado y enlazó su brazo con el mío.

—Kamaria significa luna en suajili —explicó sonriente. Sus dientes blancos y perfectos relucían contra su piel.

—Ah, qué bonito.

¿Qué estaba pasando? ¿Pensaban que me iba a unir a su club de fans de Fabioloso?

Desde uno de los sillones que ellas habían evacuado, Fabio nos observaba con una expresión plana de la que me fue imposible sacar ninguna conclusión.

Con una sonrisita de disculpa, me solté del brazo de sus amigas y me incliné sobre él.

—Si piensas que me voy a sumar a vuestras orgías...

—Solo baila con ellas, pixie —me interrumpió en tono aburrido.

—¿Qué?

—Bailar, Erika. No viola ninguna de tus leyes de la robótica. —Me tomó de los hombros y me empujó hacia sus amigas, dando el tema por zanjado.

La música cambió y el pitido electrónico de Midnight City se mezcló con el murmullo del público.

Ellas debían de haber recibido indicaciones de él, porque sin que yo hiciera nada Tania me tomó de la mano y Kamaria del otro brazo. De pronto estaba en medio de las dos, envuelta en su perfume de coco y humo.

Los sintetizadores vibraban en el suelo y me atravesaban el pecho. Me moví con torpeza al principio, pero las chicas sabían lo que hacían. Hicieron un sándwich conmigo: una bailaba delante de mí, la otra detrás, marcando el ritmo con las caderas.

Las luces azules se reflejaban en sus pómulos brillantes, y yo... me dejé llevar.

Las risas de Kamaria rozaban mi oído como burbujas, los mechones de Tania se enredaban en mi brazo. Me moví entre ellas, sin pensar, dejando que la música me guiara.

Fabio nos observaba desde el sofá, con una pierna sobre la otra y una cerveza en la mano. Su rostro no mostraba ninguna expresión. Aunque el brillo en sus ojos contaba otra historia.

Se me erizó la piel al sentir su mirada penetrante sobre mí.

Pero entonces él hizo un leve gesto con la barbilla, apuntando al otro lado de la terraza.

Seguí la dirección de su mirada y ahí estaba Dan, en la barra. Su amigo le estaba contando algo, aunque él no parecía estar prestando atención. Me contemplaba fijamente, el vaso detenido a medio camino de sus labios.

Cuando bebió, lo hizo sin apartar los ojos de mí. Lo que leí en ellos era lo opuesto a infollable.

Volví la atención hacia el sofá, pero Fabio había desaparecido. Aunque las chicas no me soltaron hasta que terminó la canción.

Entonces Dan se acercó despacio pero imparable, sorteando a la gente sin apartar la vista de mí.

—Hola.

—Hola. —Toda mi bravuconería del pasillo se había evaporado. No tenía ni idea de qué decirle y cómo aparentar ser interesante.

—¿Te gusta M83? —El ruido a nuestro alrededor le hizo acercarse más que nunca.

—Sí, aunque no conozco ninguna otra de sus canciones. —Me puse roja al notar que estaba diciendo chorradas.

Él asintió y esbozó una sonrisa nerviosa.

—Tocas muy bien el bajo. —Le dije al oído, sosteniéndome en su brazo de forma intencionada.

Su sonrisa me pareció tímida o coqueta, no estaba segura. Esperaba que Fabio nos estuviera observando desde algún rincón y me lo aclarara más tarde.

—Hago lo que puedo. —Le dio un trago a su bebida y yo hice lo mismo.

—¿Tocas algún instrumento?

Negué con la cabeza. Ese pinchacito de frustración me atravesó el pecho.

—Mis padres tienen una intolerancia acústica a cualquier cosa que no sea el canto de los pájaros. —Hice una pausa—. Aunque a Rob sí le pagaron clases de batería dos años. Supongo que depende de a quién le preguntes.

Dan frunció el ceño, probablemente preguntándose si me querían en absoluto. Yo también me hacía esa pregunta a veces.

—Oh, eso es triste. —Me dedicó una sonrisa de simpatía—. Pero eh, nunca es tarde.

Asentí, aunque no estaba de acuerdo.

El cantante de Broken Youth anunció que regresaban de la pausa y las luces del escenario parpadearon.

Dan echó un vistazo hacia sus compañeros, pero no se movió de inmediato. Se quedó mirándome y la distancia entre nosotros se redujo mientras la gente empujaba para ir hacia el escenario.

Por el rabillo del ojo busqué a Fabio sin querer hacerlo. No lo encontré. Mejor.

Los ojos de Dan bajaron a mis labios y mi corazón se aceleró tanto que pensé que se me iba a salir del pecho. Iba a besarme. Aquí y ahora. Estaba tan feliz que podría haberme puesto a bailar.

Pero de pronto el pánico me paralizó. No sabía besar. Literalmente no sabía qué hacer con la lengua ni con los dientes, sobre todo con los dientes, y Dan se iba a dar cuenta de todo.

Él se inclinó un centímetro más, dudando. Debió de leer algo del pánico que me estaba atravesando en mi rostro, porque de pronto, retrocedió un paso.

—Tengo que volver. Pero me alegro de que hayas venido.

—Yo también.

Me guiñó un ojo antes de alejarse, perdiéndose entre la gente que ya aplaudía.

Me quedé ahí parada, con el corazón todavía desbocado y sintiéndome un fracaso. Había desperdiciado una gran oportunidad que tal vez no volviera a darse nunca. ¿Qué mierdas me pasaba?

La imagen de Fabio atravesó mi mente como un relámpago.

Él tenía experiencia de sobra. Había besado a media ciudad y me daba igual lo que pensara de mí, que comprobara que no sabía besar.

Podía pedirle que me enseñara. Practicar lo suficiente para no quedar como una idiota cuando Dan finalmente me besara.

La idea me me tranquilizó un poco.

Di un par de vueltas, pero Fabio había desaparecido. No era difícil imaginar con quién.

Después de rendirme, volví a acercarme al escenario con toda la intención de ser esa persona del público con la que el bajista conectara su mirada durante la actuación.

Tenía la sensación de que esa noche había avanzado mucho y que empezaba a tener verdaderas posibilidades con Dan, a pesar del incidente de la lista.

Pero la vida tenía otros planes. Dan sí que conectó su mirada, solo que no lo hizo conmigo. Había llegado tarde. Tenía los ojos tan fijos en Carmina González que ni siquiera se dio cuenta de que yo me había aproximado al escenario.

Ella levantó la mano para saludarlo, con esa sonrisa perfecta y su bonita piel bronceada, y Dan le devolvió el saludo sin apartar la mirada.

Mierda. Carmina González estaba en el lado bueno de la lista y yo en el otro. No hacía falta ser matemática para sacar conclusiones.

Salí del local. Mientras Carmina González ni siquiera sabía que existía, yo estaba poniendo patas arriba mi identidad con la ayuda del fuckboy de la escuela. ¿Cómo de patético era eso?

«Igual hay algo que no funciona bien ahí.» La voz de Rob, puntual como siempre, apareciendo justo cuando menos la necesitaba.

Me apoyé contra la pared del callejón. El aire frío no era suficiente. La música amortiguada del local vibraba a través del ladrillo. Tubthumping de Chumbawamba. La letra haciéndose entendible justo en ese instante.

I get knocked Cairns. But I get up again

No iba a aceptar la derrota. No aún. Mi objetivo era ser la novia de Dan Steinbeck, el chico perfecto. Y para eso, necesitaba dejar de ser la chica virgen e inexperta de esa lista.

Necesitaba hacer un trato de verdad con Fabioloso.