8
No esperaba encontrar a Fabio en el aparcamiento después de clase, pero ahí estaba, agachado junto a mi coche, acariciando a un gato callejero.
Los ojos de Jane se abrieron tanto que pensé que se le iban a salir de las cuencas y se abrazó a su carpeta. Aún no le había contado lo de mi trato con Fabio, justamente porque reaccionaba a él como si fuera una estrella de Hollywood.
—¿Cómo se llama tu amigo? —Rebecca ojeó al gato con cautela mientras este se frotaba contra la pierna de Fabio.
A ella tampoco le entusiasmaban mucho, pero no sufría la reacción visceral que me provocaban a mí.
De pequeña no la habían arañado la mano, como era mi caso.
Aún recordaba al animal infernal de mi tía con el que descubrí que los gatos no se parecían nada a los perros.
Esos malditos atacaban sin avisar primero.
—Ni idea. Le he visto más días por aquí, pero creo que es callejero.
—Es de nuestro tío Loren —nos informó Zack, el hermano de Jane.
Alargué el brazo y apreté el botón para desbloquear las puertas de mi coche deseando esconderme dentro.
—Loren es el conserje —añadió Zack, deduciendo que Fabio no lo sabía porque era nuevo.
Nos montamos en el coche y me abroché el cinturón. Jane seguía parada fuera, mirando a Fabio con la boca abierta.
Bajé la ventanilla, soltando un largo suspiro.
—Es solo un chico. —La llamé con la mano. El gato que se estiraba a su lado debería preocuparle más—. No muerde.
—En realidad, muerdo cuando la situación lo requiere.
Me giré para acribillarle con la mirada.
—No tontees con mis amigas.
—¿Por qué no?
—No me gusta.
Fabio enarcó una ceja con un brillo divertido en los ojos, y me apresuré en añadir:
—Haz lo que quieras con el resto de la ciudad, pero en mi coche te la dejas dentro de los pantalones.
Sus manos se alzaron en gesto pacífico mientras se dejaba caer contra el asiento.
Encendí el motor y salí del aparcamiento con el coche lleno. Estaba rodeada de gente que me usaba de taxi. Claramente estaba haciendo algo mal con mi vida.
—¿Qué pasa si me estoy meando muchísimo? —Al parecer, Fabio no había dado el tema por zanjado.
—Paro el coche y lo haces fuera.
—¿Y si no funcionan los frenos y necesito mear en una botella de Coca-Cola vacía?
—¿Podemos parar en una gasolinera? —Intervino Zack—. Toda esta charla me está dando ganas de ir al baño.
—¿Puedes aguantar hasta Westfield? —Rebecca se giró en el asiento—. Tenemos que ir de todas formas.
Fruncí el ceño.
—¿Westfield? ¿Por qué vamos a Westfield?
—A por el regalo de mi prima Jenny. —Rebecca puso los ojos en blanco—. Te lo dije esta mañana, pero estabas demasiado ocupada tonteando con Steinbeck.
—¿Me he perdido algo? —Se metió Fabio al escuchar el nombre.
Una sonrisita involuntaria curvó mis labios al recordar lo ocurrido durante el almuerzo.
—Dan se ha pasado el descanso jugando con nosotros a las cartas. —Había pasado de sus amigos para unirse. Lo nunca visto.
Fabio soltó un silbido bajo.
—Soy bueno, ¿o qué? —celebró como si fuera mérito suyo. Idiota.
Pasaron cinco minutos sin que nadie comentara nada, hasta que Jane se asomó entre los dos asientos delanteros con cara de congoja.
—¿Lo de Westfield tiene que ser hoy? Tengo clases de tenis en Prince Albert a las cinco.
—Te dejo primero y luego vamos a Westfield —propuse— ¿Zack se queda contigo? Vuestra casa no está cerca de ninguno de los dos sitios.
El chico puso una mueca de fastidio. ¿Qué voy a hacer ahí una hora? Si no ibas a acercarme debería haber cogido el autobús.
Suspiré.
—De acuerdo, te acerco a casa —claudiqué resignada. Me acordé entonces del cuarto pasajero—. Ah, tenemos que dejar a Fabio primero.
—Puedo ir con vosotras a Westfield. —Tenía la mandíbula apretada como si algo le hubiera molestado. ¿Estaba enfadado?
—¿Seguro? ¿No tienes nada esta tarde? ¿Clases de tenis o piano? ¿El sacrificio de dos vírgenes?
Fabio se encogió de un hombro.
—Si son vírgenes, el sacrificio es más bien mío. ¿No crees?
Todos se rieron y yo apreté el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Como mujer “sin estrenar” (qué término tan ridículo), no me hacía ninguna gracia que hablara como si fuéramos un problema a solucionar.
¿Y si Dan pensaba lo mismo? ¿Y si mi inexperiencia le parecía un inconveniente?
El nudo en el estómago me acompañó mientras dejaba a los hermanos Dawn, primero a Zack y después a Jane, que al menos tuvo la decencia de ofrecerme dinero para gasolina. Lo rechacé.
Media hora más tarde entramos en una juguetería del centro comercial.
Una dependienta con pinta de profesora de guardería nos guio al pasillo con juguetes apropiados para la edad de la prima de Rebecca.
—Ahí está la zona de niñas —soltó la bomba y desapareció sonriente y ajena a lo estúpido que había sonado su comentario.
La zona de «niñas» tenía planchas de ropa, cocinitas, sets de bebés, vestidos y complementos de princesas.
—¿Qué cojones es esto? —Rebecca se giró hacia nosotros, de brazos cruzados, casi echando humo por la cabeza.
—¿Gilead? —bromeó Fabio.
Dos líneas, una rosa y otra azul, dividían los dos géneros.
—¿Todas las jugueterías hacen eso?
—Espero que no —gruñó Rebecca con la cara roja de pura indignación—. Vámonos.
Asentí, estando totalmente de acuerdo. No podíamos apoyar un negocio así con nuestras compras.
—Pienso poner una reclamación —dijo Rebecca conforme nos dimos la vuelta.
Me detuve al notar que Fabio no nos seguía, y eché un vistazo atrás.
—¿Qué estás haciendo?
Fabio estaba colocando la plancha de juguete en la mano del maniquí niño.
—¿Vais a ayudarme o qué?
Me lanzó una pelota de rugbi que atrapé al vuelo. Intercambié una mirada anonadada con Rebecca y un instante después, sonreímos.
Nuestras mochilas volaron a un rincón, donde no molestaban. No había tiempo que perder si queríamos darles una lección antes de que alguien apareciera.
—Fabioloso, esto es mucho mejor que poner una reclamación. —Rebecca arrancó el vestido de princesa al maniquí niña y le puso un traje de astronauta.
Fabio colocó una sartén de plástico en las manos de un superhéroe y echó un vistazo al final del pasillo.
—Cómo nos pillen… —solté entre risas, trabajando en subvertir los roles de género todo lo rápido que podía.
—Merece la pena una visita a la comisaría —respondió Rebecca, observando entusiasmada el resultado de su trabajo.
Me eché a reír y me dejé llevar. Tomé un coche de policía de juguete y metí dentro a una Barbie.
—La princesa del orden. —Lo aparqué frente a una cocina de juguete.
Rebecca y Fabio soltaron una carcajada.
—El día que pixie se corrompió.
Fabio estaba colocando una muñeca con tutú sobre un monopatín.
—Juntándome contigo, era cuestión de tiempo.
Nos vinimos arriba y perdimos un poco el control. En menos de cinco minutos habíamos convertido la sección en un caos: muñecas armadas con espadas láser, superhéroes con cochecitos de bebé, peluches dando clase a dinosaurios de plástico.
Rebecca sacó el móvil y comenzó a grabar.
—Esto podría petarlo en TikTok. Una tarde subvirtiendo los roles de género tradicionales.
Me puse una camiseta de rugbi y rodeé los hombros de Fabio con mi brazo mientras él se colocaba la tiara de princesa.
—Solo un detalle. —Rebecca se sacó la barra de labios roja, su seña de identidad, y se aproximó a Fabio para pintarle los labios a él, y dibujar dos rayas bajo mis ojos—. Estáis guapísimos.
Nos hizo varias fotos, haciendo el tonto y poniendo posturas ridículas con nuestro escenario de fondo.
Fabio se quitó la tiara y me la colocó a mí, ajustándola con cuidado sobre mi pelo.
—Póntela para el concierto de Broken Youth —murmuró en mi oído y no sonaba a broma. Sus dedos rozaron mi sien y un cosquilleo se extendió por el lateral de mi cara—. A Steinbeck le gustará imaginar que le chupas el bajo con ella puesta.
Le aparté de un manotazo y giré el rostro para que no me viera sonrojada. ¿Por qué siempre tenía que ser tan sexualmente gráfico?
En ese momento escuchamos pasos y una voz preocupantemente cercana.
—¿Qué estáis haciendo? —La dependienta había vuelto para ver si necesitábamos ayuda y ojeaba horrorizada el espectáculo que habíamos montado.
Nos congelamos. Fabio fue el primero en reaccionar, con ese descaro suyo.
—Es para un trabajo de nuestra clase de igualdad de género —le aseguró muy serio.
La mujer continuó paseando la mirada por los detalles de nuestra obra.
—¡Qué desastre!
—Es un proyecto de deconstrucción social —solté de carrerilla mientas comenzaba a caminar hacia atrás.
—Esperamos que consideréis dejarlo así —cerró Rebecca, antes de que echáramos a correr.
Salimos de la tienda todavía riéndonos. El subidón de adrenalina hizo que todo pareciera más brillante mientras nos perdíamos entre los pasillos para que no pudieran rastrearnos.
Nos ocultamos detrás de una maceta enorme y me doblé sobre mí misma, notando que las carcajadas me dolían en las costillas.
Estábamos parados justo delante de una librería.
—Paso de juguetes, le voy a coger un libro —Rebecca desapareció antes de que pudiera responder.
Me quedé ahí agachada con Fabio. El silencio repentino era extraño después de tanto caos.
—Sigues con el pintalabios. —Señalé su boca con media sonrisa.
Se pasó el dorso de la mano, pero solo consiguió correr más el color rojo.
—Peor.
Sacó el móvil para mirarse en la cámara frontal y soltó algo en portugués que sonaba a palabrota, mientras intentaba limpiarse.
—Espera. —Alcé la mano y pasé el pulgar por su labio inferior, tratando de borrar la mancha. Mi dedo se deslizó por la curva de su boca, tan cerca del borde interior que sentí su aliento cálido contra mi piel.
Fabio se quedó completamente quieto. No se apartó, no hizo ningún comentario sarcástico. Eso hizo que la situación se volviera aún más incómoda.
Mi mano cayó con rapidez, limpiándome el dedo en los vaqueros mientras apartaba la mirada.
—Ya está.
Fabio pasó la lengua por su labio inferior, comprobando si quedaba algo de color.
Me sobraba la sudadera. El aire acondicionado del centro comercial de repente no era suficiente y el ambiente pareció crujir de una forma extraña entre nosotros.
Por suerte, Rebecca salió de la tienda revisando un ticket antes de guardarlo.
—Ya está, lo tengo. —Levantó una bolsa con el logo de la librería—. Vámonos antes de que nos encuentre el segurata.
Asentí, agradeciendo la interrupción. En el coche, decidí acercar a Fabio a su casa antes que a ella. Porque si algo no había cambiado desde esa mañana es que seguía siendo una cobarde.