7
Ser una cobarde me iba a costar un pastizal en gasolina.
Fui a por Rebecca primero. Simple y llanamente porque no quería quedarme a solas con él en el coche.
Después del numerito en ropa interior me moría de vergüenza.
Esperaba que él no creyera que le había cogido del pelo para besarle ni nada por el estilo.
Mi intención había sido... no estaba segura.
Supongo que el subidón de emociones había actuado por mí.
O tal vez me había poseído la tal diosa interior que Fabio había mencionado.
Aunque si iba a hacer cosas como esa, no pensaba dejarla salir nunca más.
Por suerte para mí, un amigo de Fabio le había recogido de mi casa y no me había pedido que le acercara.
Miré el navegador de mi teléfono. La ansiedad me apretaba el pecho. La flecha indicaba que estaba a punto de llegar al lugar donde me había pedido que le recogiera.
—¿Qué tal ayer con tu nuevo amiguito?
Rebecca tenía la cara girada hacia la ventanilla, observando con curiosidad los edificios altos que flanqueaban ambos lados de la calle.
—Bien.
Su cuello giró como un resorte hacia mí.
—¿Besa bien? Con esa cantidad de experiencia me imagino que sí. ¿Cómo le paraste los pies? No tiene pinta de tener mucha paciencia, pero creo que le gustas y tal vez...
La imagen apareció sola y la aparté con la misma velocidad.
—No hay nada entre nosotros.
—Venga ya...
—Tengo más amigos a los que les gusta el rock y no me lío con ellos.
—Ya, pero ninguno tiene la pinta de este —rebatió ella. Después sacó la mano por la ventanilla y la agitó en el aire— ¡Fabioloso, por aquí!
Fabio la escuchó. Era imposible no hacerlo. Tenía esa clase de voz que no necesitaba micrófonos.
Inhalé profundamente mientras le veía aproximarse y entrar por la puerta de atrás.
—Buenos días.
Rebecca se giró en el asiento, sonriente. ¿Qué mierdas le pasaba esa mañana? Normalmente tenía el humor de un chihuahua hasta pasadas las once.
—Tienes los ojos hinchados. ¿Saliste ayer? —interrogó al recién llegado.
—De tranquis.
Chasqueé la lengua. Por cómo sonaba su voz, había sido cualquier cosa menos eso.
—Es ridículo. —Rebecca no apartaba los ojos de él, parecía indignada por algo—. Hasta los ojos hinchados te quedan bien.
Por el espejo retrovisor vi que Fabio le ofrecía media sonrisa engreída.
Puse el coche en marcha y Uprising de Muse volvió a sonar.
No quería, pero mi boca se abrió por cuenta propia.
—¿Saliste con el chico de ayer?
—Alex, sí.
—¿Es universitario? Parece mayor que nosotros.
Los ojos de Fabio se encontraron con los míos por el espejo retrovisor y noté que se me calentaba la cara.
—No te molestes, está enamorado de otra chica. Completamente jodido por ella.
—Mejor para ti.
Una de sus cejas se enarcó con curiosidad. Yo debería mirar más la carretera y menos el espejo.
—Es más guapo que tú. No creo que ligues mucho cuando sales con él.
No supe por qué lo dije. O sí lo supe, pero no pensaba reconocerlo.
Fabio no respondió. Se limitó a observarme como si estuviera leyendo todos mis oscuros secretos en mis pupilas con subtítulos en portugués.
—¿Es brasileño también?
¿Por qué seguía haciendo preguntas que daban a entender que me gustaba su amigo? Ni yo misma lo sabía.
—Alex es mi primo.
Joder, menuda genética tenía esa familia. ¿O serían todos los brasileños así?
—¿Tienes alguna prima para mí? —Rebecca debía estar pensando lo mismo que yo.
—No en Australia.
—Si son como tú y, aparentemente, como tu primo, no me importaría viajar.
—¿Eres bisexual?
—No, ¿por?
Mi amiga le dedicó una sonrisa cargada de curiosidad.
—Me están llegando vibraciones desde que he entrado en el coche.
Fabio ladeó la cabeza para estudiarla. Un picor incómodo se me alojó en la garganta y carraspée.
—¿De mí? —Ella soltó una carcajada y le recorrió con la mirada.
—De ti. —De alguna forma logró que las dos palabras sonaran indecentes.
—No te ilusiones bombón, me gustas para mi amiga. —Rebecca le guiñó un ojo.
Le dediqué una mirada ceñuda. ¿Por qué le decía eso?
—¿Seguro que no quieres experimentar? —Fabio continuó tonteando con ella e ignorando de forma nada sutil la noción de que nos quería emparejar—. Hoy tengo laboratorio de química y llevaré bata.
—Bata, ¿eh? —Rebecca se acarició el mentón sopesándolo—. ¿Y vas a llevar algo debajo?
—Llevaré lo que tú quieras…
Solté un bufido y los dos me miraron, probablemente recordando en ese momento que los coches aún no se conducían solos y que alguien más iba con ellos.
Cuando aparqué frente al instituto, Rebecca salió del coche disparada.
—Quiero pillar al profesor de contabilidad antes de ir a clase para hablarle sobre un trabajo —se excusó, ya alejándose sin mirar atrás. La muy traidora.
Fabio no se movió de inmediato. Su silencio hizo que agradeciera que la música siguiera puesta.
—Llevas maquillaje —comentó cuando metí las gafas de sol en la funda. Solo me había delineado los ojos y puesto rímel. Menos de lo que solía usar cuando salía de fiesta.
—Me dijiste que encontrara un término medio.
—Has mezclado la ropa de salir con la que solías usar para clase.
Alcé una ceja. La camiseta de ACDC remetida, los vaqueros cortos que nunca había traído a clase, la camisa de cuero oversize. Había tardado cuarenta minutos en conseguir que pareciera que no me había esforzado.
—¿No era eso lo que querías que hiciera?
—Eso era exactamente lo que quería que hicieras.
Fruncí el ceño.
—¿Cuál es el problema entonces?
—No hay ningún problema. Con la interrupción de tu vecino, no me dio tiempo a explicártelo. —Hizo una pausa—. Pero veo que lo has deducido por tu cuenta.
¿Me estaba echando la bronca o un piropo?
Ante mi confusión, Fabio esbozó una sonrisa que pareció casi involuntaria y salió del coche.
Si había un manual de instrucciones para sobrevivir a Fabio Schwarz, yo desde luego no lo tenía.
Bajé del coche y guardé la llave en el bolsillo de mi mochila. Para mi desgracia, él me esperaba apoyado en la puerta trasera, como si hubiéramos planeado caminar juntos. No éramos colegas, pero tampoco desconocidos. Y ese terreno intermedio me hacía sentir incómoda.
—¿Me estás esperando? —Decidí enfrentar la situación de forma abierta—. No somos amigos.
—Vamos hacia el mismo lugar —respondió él, sin aclararme nada— ¿Quieres que vaya a tu lado, o un paso por detrás en plan guardaespaldas?
La expresión de mi rostro le hizo sonreír.
—Creo que el papel de guardaespaldas me va más a mí.
—¿Insinúas que me puedes? —Sus ojos pasearon por mis brazos, y no pareció muy impresionado.
—No, lo decía porque a mí nadie me acosa, pero a ti...
—Es verdad —sopesó, conforme subíamos los escalones de la entrada—. Ayer llegué calado por la lluvia y una rubia que parecía Campanilla me devoró con los ojos mientras me cambiaba.
Se estremeció para dar a entender que estaba traumatizado por el recuerdo. Mi respuesta fue poner los ojos en blanco, mientras contenía una sonrisa a duras penas.
—¿Puedes protegerme de las chicas salidas?
—Evita desnudarte en mitad del pasillo y todo irá bien.
—Culpabilizando a la víctima, ¿eh? —me acusó, sacudiendo la cabeza con una expresión de decepción fingida. Después abrió la puerta y la sujetó para que yo pasara primero.
El pasillo estaba lleno del ruido habitual de la mañana: taquillas cerrándose, conversaciones superpuestas, risas que rebotaban contra las paredes.
—También le gusta mirar mientras me lío con otras —susurró cerca de mi oreja.
El pasillo siguió moviéndose a mi alrededor, pero yo estaba paralizada por su cercanía y el aroma de su piel. No supe si era perfume o desodorante. Solo supe que me fastidiaba que oliera así.
Le aparté de un empujón en el hombro.
En ese momento vi a Dan a unos diez metros. Estaba apoyado contra una pared de ladrillo con el estuche de la guitarra colgado del hombro. Llevaba el pelo húmedo todavía y hablaba con dos de sus amigos sin reparar en nosotros.
Las manos me empezaron a sudar y mi estómago dio un vuelco.
—Venga, pixie. Come as you are —me susurró Fabio al oído. Su voz tan grave e inesperadamente cercana me recorrió como un escalofrío desde la nuca hasta la base de la columna.
Sin añadir nada más, Fabio se movió en dirección opuesta. ¿Cómo podía dejarme sola en un momento así?
Respiré hondo. Me puse los cascos inalámbricos y busqué la canción en el reproductor del móvil.
Cuando comenzó a sonar, me obligué a caminar hacia Dan con la música de Nirvana martillando en mis oídos y bajando hasta el pecho.
Los estudiantes pasaban a mi alrededor dirigiéndose a clase, pero yo solo podía ver a Dan y la forma en que su boca se curvaba mientras le contaba algo a sus amigos.
Cinco metros.
Uno de sus amigos me vio primero. Murmuró algo y me señaló con la barbilla. Mis ojos se encontraron con los de Dan y noté una descarga eléctrica en el pecho.
Dan se quedó quieto. Su boca se cerró a media frase y algo cambió en su expresión, algo que no supe descifrar del todo pero que hizo que mi corazón latiera tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo.
Me detuve frente a él, demasiado cerca para ser casual pero no tanto como para parecer desesperada.
Esperaba que fuera el equilibrio correcto.
Por el rabillo del ojo vi que Fabio había vuelto, arrepentido quizá de dejar a su alumna sola ante el peligro después de tan solo una sesión.
Estaba parado unos metros más allá, apoyado contra una taquilla mientras revisaba su móvil.
Me saqué un auricular.
—Hola —mi voz salió más firme de lo que esperaba.
Dan parpadeó, tal vez procesando que por una vez era yo la que había iniciado una conversación.
—Buenos días.
Sus amigos intercambiaron miradas y alguna sonrisita socarrona.
—¿Sigues tocando en Clover los jueves? —No sé de dónde saqué el valor para hacerle esa pregunta. ¡Y delante de sus amigos! Más que salir de mi zona de confort, me estaba lanzando por un acantilado hacia lo desconocido.
—Sí... —respondió Dan, aún sorprendido— ¿Vas a venir?
Antes de que pudiera responder, Fabio guardó el móvil y se colocó a mi lado con las manos en los bolsillos. Ni siquiera me miró; simplemente invadió mi espacio personal como si tuviera todo el derecho del mundo.
—Yo también, pixie —anunció, aunque nadie le había preguntado—. Me encanta vuestra música.
Dan frunció el ceño ligeramente al escuchar el apodo.
—Entonces, supongo que nos veremos allí —dije a modo de despedida.
Antes de que Dan pudiera responder, antes de que yo pudiera arrepentirme, me di la vuelta y caminé hacia clase con Fabio a mi lado.
—¿Por qué has hecho eso? —le recriminé, cuando estuvimos lo suficientemente lejos.
—¿Tú qué crees? —Fabio evadió mi mirada—. Ahora cree que tiene competencia. Te he hecho un favor.
Le observé abrir la tapa de un paquete de tabaco y contar los cigarrillos que le quedaban.
—Lo de pixie sobraba —protesté—. Van a pensar que estamos liados.
Fabio se guardó el paquete en el bolsillo y me prestó toda su atención. Se inclinó hacia mí y apoyó el brazo en la pared al lado de mi cabeza. El calor de su cuerpo invadió el mío de una forma agradable porque me resguardó de la corriente fría del pasillo.
—Deja que lo piensen. Soy tu campaña de marketing.
¿Por qué no le olía el aliento a tabaco? ¿Aún no había fumado su primer cigarrillo del día?
Aunque quisiera aferrarme a mi indignación, sabía que tenía razón. Quizá era positivo que pensaran que Fabio y yo nos liábamos.
—Gracias. —Al final iba a resultar que no era tan malo.
Una sonrisa ladeada, casi malvada, apareció en la comisura de su boca.
—No hemos hablado del precio de este nuevo servicio. —Se apartó de la pared y recogió la mochila sin prisa—. Luego te paso la factura.
No era malo, era peor, decidí conforme él se alejaba por el pasillo, dejándome ahí plantada con el corazón latiendo demasiado rápido y la sensación de que acababa de hacer un trato con el demonio.