6 #2
Kurt Cobain cantó esas mismas palabras y me permití inhalar de verdad por primera vez desde que me quitara la ropa.
Mi paso cambió, mi espalda se estiró, los hombros se colocaron en una posición menos molesta y mi mentón se alzó por cuenta propia. Dejé de evitar la mirada de Fabio.
Ni siquiera dije nada cuando se encendió un cigarrillo dentro de mi casa sin consultarme.
Lo único en lo que podía pensar era en lo sexis que estaban sus pómulos al dar una calada, en cómo sus ojos, normalmente oscuros, parecían arder mientras acariciaban la piel de mi estómago y bajaban por mis caderas.
Cuando giré para volver sobre mis pasos, sus ojos se posaron en mi trasero.
Cada mirada era una caricia, un piropo, una pequeña dosis de algo que nunca había probado.
No sabía que mi cuerpo pudiera hacerle algo tan poderoso a otra persona.
Pero Fabio no puso filtros a su reacción, dejó que me mirara en el espejo de sus ojos, que viera lo que era capaz de hacerle a un hombre.
Me emborraché de ese sentimiento y descubrí que me gustaba.
Me acerqué al globo, donde él estaba tan cómodamente tirado. Sus ojos me observaron con atención y una expresión medio ensoñadora, como si estuviera a medias en una fantasía donde no había tanto aire entre nosotros.
Y de pronto no lo había. No había aire suficiente para respirar en mi cuarto.
Plantada delante de él notando su atención en mi escote, hundí mis dedos en su pelo, y descubrí que era más suave de lo que había imaginado. Di un pequeño tirón para atraer su mirada a mi rostro.
Los ojos de Fabio se desviaron hacia un lado, su expresión cambiando en un microsegundo mientras contenía el aliento.
Entonces escuché la voz de Gary, mi vecino.
—Joder, Erika. —La mitad de su cuerpo asomaba por la cortina y la otra estaba detrás.
¿Cuántas veces le había dicho que no entrara por la ventana?
—Gary —grité—. ¿Cómo se te ocurre entrar con la cortina cerrada?
Nos estaba contemplando boquiabierto y con un pie aún en el alféizar.
—Pensaba que eras virgen —comentó casi para sí mismo—. Joder, pensé que la perderíamos juntos.
—Lárgate.
Fui hacia él, para cogerle del brazo y arrastrarlo a la puerta. Mala decisión, descubrí al abrir y ver que mi hermano estaba al otro lado.
—Erika, baja la mú…
Rob se calló al ver a Gary. Sus ojos saltaron de nuestro vecino a mi semidesnudez y de ahí a Fabio, que continuaba sentado como si nada alarmante estuviera pasando.
—¿Qué mierdas, Erika? ¿Te estás montando un trío?
—¿Qué? No.
Lejos de creérselo, Rob me apuntó con un dedo acusador a la cara.
—Voy a decírselo a mamá. —Una sonrisa vengativa cruzó su cara. Casi parecía encantado de tener algo de lo que chivarse por una vez.
—No, no vas a hacerlo… ¿Rob? —Salí corriendo detrás de mi hermano, dejando a los dos chicos solos en mi cuarto.
Me colé por la rendija de su puerta medio cerrada y forcejeamos por su móvil.
—No me estaba montando un trío, imbécil.
—Ya, claro…
—En serio, Rob. No me he enrollado con ellos.
—Ahora se lo explicas a mamá —desechó incrédulo, llevándose el móvil a la oreja.
—Y ya de paso aprovechas y le explicas a tu madre que fuiste tú el que atropelló al perro de los vecinos. —Fabio estaba apoyado en la pared y miraba a Rob con los brazos cruzados.
Mi hermano se congeló durante un instante, en el cual observó a Fabio con una expresión entre incredulidad y horror.
—¿Qué? —Gary se asomó por el quicio de la puerta—. ¿Fuiste tú? ¿Tú atropellaste a Hila, Rob?
Todos nos volvimos hacia Rob. Mi hermano bajó el teléfono y le echó una mirada ceñuda a mi invitado.
—¿Por qué dices…? ¿De qué mierdas estás hablando?
Fabio se encogió de hombros.
—La moto que hay fuera es tuya, ¿no? Está abollada, aunque has intentado ocultar la parte descascarillada pintando por encima. Una pena que no encontraras el mismo color.
La expresión alarmada de Rob me dijo que Fabio había dado en el clavo.
—¿Y qué? —protestó mi hermano, una vez recobró la compostura. Se cruzó de brazos a la defensiva y se volvió hacia mí—. ¿Quién es este idiota?
—Hay una bolsa de chucherías para perros sobre la encimera de la cocina y un ticket de compra con la fecha de hoy, pero ni siquiera tenéis perro.
Tu padre llevaba el pijama puesto, tu madre no viene hasta más tarde, así que la has debido comprar tú expresamente.
Cuando he corrido la cortina te he visto darle unos cuantos al perro de la casa de al lado, que tenía una pata vendada.
A mí me suena a conciencia pesada, pero tal vez me equivoco.
—Joder, Rob. —Gary se enfureció—. Podías haberla matado.
—Os he dicho mil veces que la atéis. —Increpó mi hermano, poniéndose muy rojo—. Siempre sale cuando escucha la moto.
—Tío… la dejaste tirada en la calle —le recriminó Gary indignado.
—Solo fui a esconder la moto, volví al minuto, pero tu padre ya estaba atendiéndola, así que me largué.
Gary sacudió la cabeza, con una expresión cargada de resentimiento.
—Por favor, no se lo digas a mis padres —le rogó Rob con las manos alzadas en un gesto de súplica—. Me quitarán la moto.
Fabio dio un paso hacia delante separándose de la pared y plantándole cara a mi hermano con una soltura que me provocó una mezcla de envidia y satisfacción.
Con sus casi dos metros de altura, músculos trabajados por duras prácticas de fútbol y gimnasio, y su actitud de soy especial, poca gente se atrevía a hablarle así a mi hermano.
—¿Qué tal si tú no cuentas que nos has encontrado a los dos en el cuarto de Erika, donde no estaba pasando nada de índole sexual, y nosotros nos llevamos a la tumba lo del salvaje atropello de la pobre Hila?
—¿Y tú quién eres? —se interesó Gary, intercalando una mirada desconfiada entre Fabio y yo—. ¿Sherlock Holmes?
Una sonrisa ladeada e insolente se dibujó en su rostro.
—Soy su primo sexy.