6
A las cuatro y media aparcamos en mi barrio. Una zona residencial de viviendas bajas con jardines delanteros.
—Vivo ahí —anuncié, bajándome del coche y colgándome la mochila del hombro.
—Bonita casa.
—Gracias. —Me pareé en seco al recordar que había olvidado bloquear el cierre centralizado. Fabio Schwarz debería entrar en la categoría del alcohol y las drogas en cuanto a su incompatibilidad con la conducción segura—. Es de mis padres.
Fabio sonrió. Bueno, más bien se rio de mí por decir algo tan obvio.
Caminamos en silencio. Era consciente de cada movimiento que hacía, de cada paso que daba, como si acabara de aprender a caminar.
—¿Nerviosa? —preguntó antes de que llegáramos al porche.
—No.
—Mentirosa.
—Vale, sí —admití—. Un poco.
—¿Por qué?
—Porque... no sé. Es raro. Vas a ver mi ropa y a juzgarme. No es lo que más me apetece en el mundo, la verdad.
—Pixie.
—¿Qué?
—Respira.
Lo que me salió fue más bien un bufido.
—Necesitas relajarte. Si estás tensa todo el rato, se nota, y eso no es sexy.
—Si supiera cómo parecer sexy, no estarías aquí.
—Es más fácil de lo que crees. Basta con fingir que ya eres quien quieres ser. —Se recostó la pared mientras yo abría la puerta—. La confianza es mitad actitud y mitad actuación. Aparentar hasta que se vuelve real.
—Eso suena a estafa.
—Claro que lo es. —Sonrió—. Pero funciona igual.
El rellano de mi casa estaba despejado.
—¿Están tus padres? —preguntó, siguiéndome dentro sin una pizca de la cohibición que mostraría cualquiera al entrar en una casa ajena.
—Mi padre sí, pero a estas horas suele estar encerrado en su despacho. Mi madre trabaja hasta tarde los lunes.
—¿Y tu padre no va a preguntar qué hace un tío en tu habitación?
—Le diré que estamos estudiando.
—¿Y te va a creer?
—Supongo, no suelo montármelo con nadie en casa. —O en ningún otro lugar, si era sincera. Era la hija aburrida de la que no tenían que preocuparse.
Para mi sorpresa, mi padre estaba en el salón con el portátil en las rodillas. A veces se cansaba de las cuatro paredes de su despacho y se movía por la casa, y justo hoy tenía que ser una de esas excepciones.
—Hola, cariño. —Levantó la vista y la posó en Fabio—. Oh, hola.
—Papá, este es Fabio. Tenemos que hacer un trabajo juntos.
—Fabio. —Mi padre se levantó y le tendió la mano—. Encantado.
—Igualmente, señor Summers.
—Por favor, llámame John. —Mi padre sonrió—. ¿De dónde eres? Tu acento es...
—Brasil. —Fabio estrechó su mano con firmeza—. Vine hace unos meses.
—Ah, Brasil. Qué maravilla. Siempre he querido visitar Río.
—Debería. —Fabio sonrió educadamente—. Le gustaría.
Me dio la impresión de que le había caído bien de primeras. Maldito encanto brasileño.
—Bueno, vamos a mi habitación. —Agarré a Fabio del brazo y lo arrastré hacia las escaleras antes de que mi padre pudiera seguir interrogándolo.
—Parece tranquilo —comentó mientras subíamos.
—Sí, es fácil de llevar. La neurótica es mi madre.
Abrí la puerta de mi habitación y le dejé pasar primero.
Fabio entró y se quedó quieto en medio de la habitación. Sus ojos pasearon por los pósters de bandas, la estantería de vinilos, las fotos con amigos.
—Es muy tú —dijo finalmente.
—¿Eso qué quiere decir?
No respondió. Cogió un vinilo de Arctic Monkeys, lo examinó y lo dejó en su sitio. Luego se agachó frente al escritorio, pasó un dedo por los restos de purpurina morada que habían sobrevivido a mi último proyecto de arte y lo alzó manchado de brillantina.
—¿Tus polvos mágicos, pixie?
—¿Qué tal si usas mi nombre?
—Erika también suena a hada del bosque encantado. —Se incorporó y se detuvo frente a la estantería de libros. Sus ojos recorrieron los lomos despacio, con más atención de la que había dedicado al resto de la habitación.
Tomó uno titulado Correspondencia privada.
—¿Me lo prestas?
—Ah… sí, supongo. —Me sorprendió que hubiera escogido ese y no otro—. ¿Por qué ese?
—Porque es tu favorito.
—¿Cómo lo sabes?
—Es el que tiene la espina más doblada. Y tienes suficientes novelas de espías ahí para saber que es algo que ilumina tu cerebro. —Se lo guardó en la mochila
—¿Que ilumina mi cerebro?
—Sí, cuando algo te interesa, se activan más regiones de tu cerebro.
—Ah…
Le estudié desde una perspectiva nueva. Fabio Schwarz no era para nada el fuckboy superficial que había imaginado. Tal vez esa era la razón por la que su mirada a veces me parecía demasiado.
—¿Podemos ir al grano?
—Hada roquera. —Abrió mi armario sin pedir permiso. Su cara fue un poema—. ¿Dónde está el resto?
—¿Qué resto?
—La ropa como la que llevabas en Inferno.
Empezó a remover mis cosas, desordenándolo todo. Ese chico era peor que un dolor de regla. Me acerqué para cerrar las puertas del armario con las mejillas ardiendo.
—No tengo mucho para salir.
En dos zancadas, Fabio se plantó delante de mi cómoda y abrió el primer cajón.
—Salir… ¿Salir de casa?
—Já, qué gracioso —forcé una risa seca—. Salir de fiesta.
Después de abrir tres cajones encontró lo que le interesaba, el sitio donde guardaba la ropa de arreglarme. Analizó cada prenda y las echó sobre la cama.
—¿Sabes? La Erika que va a clase no debería parecer un ser humano completamente diferente de la Erika que sale a bailar.
Volvió a abrir las puertas de mi armario y escogió varias cosas para juntarlas con el montón de la cama. Recoger mi habitación más tarde iba a ser un auténtico coñazo.
Resignada, me dejé caer en la silla de mi escritorio y cogí un bolígrafo.
—¿Ya han empezado las clases? —Me fue imposible esconder la ironía, a pesar de que yo le había rogado por su ayuda—. ¿Debería tomar notas?
Se echó a reír suavemente y volvió a inspeccionar mis pósters en la pared, deteniéndose justo en el de Nicholas Galitzine.
—Una roquera a la que le gustan los tipos con pinta de príncipe azul. —Sacudió la cabeza para mostrar su decepción.
—Perdóname si no soy un cliché andante o un personaje unidimensional que cumple todas las casillas de tu lista de prototipos de persona.
Una sonrisa genuina se dibujó en sus labios, pero mantuvo la mirada apartada.
—Empecemos —decidió, por fin, habiendo satisfecho su curiosidad por mis cosas. O eso creía, porque un momento después, se subió al globo colgante donde me gustaba leer, lo hizo girar y se acomodó probando el mecanismo.
—Solo un hada podría tener algo así en su cuarto.
—Es toda una moda en Booktok. —Me puse de pie—. Acosé a mis padres hasta que me lo regalaron en las últimas Navidades.
—¿Aquí es donde lees guarrerías?
—¿Cómo dices?
—Por lo que sé de Booktok, es un club de chicas y señoras que leen guarrerías y cuelgan sus reacciones online con audios calientes.
Solté una risa involuntaria. No podría negar esa descripción, aunque quisiera.
El silencio entre temas de conversación y el hecho de que él ya no le estaba prestando atención a los detalles de mi habitación, sino que me estaba apuntando directamente con esos misiles que tenía por ojos hicieron que se me acelerara el pulso.
Eché un vistazo hacia la ropa que había amontonado en mi cama.
—¿Quieres que me pruebe eso o qué?
—No —negó sin apartar la mirada—. Solo quítate lo que llevas puesto.
La risa que me salió fue tan incrédula como corta. Me crucé de brazos, encogiéndome como si ya estuviera desnuda.
—Ni de coña. Si has venido para eso…
—No voy a tocarte, pixie. —Su tono de calma contrastaba con mi alboroto—. La ropa no importa si quien la lleva parece querer ser invisible. Quiero ver la versión de ti que no se esconde. Que dejes salir a tu diosa interior, antes de discutir modelitos.
Me mojé los labios y cambié el peso de una pierna a otra.
—¿Qué es lo que quieres que haga exactamente?
—Pon música, algo que te inspire. Quítate la ropa, quédate solo en ropa interior y camina por la habitación —explicó—. Solo eso.
—¿Solo eso? —Me salió la risa por la nariz—. Contigo mirando…
Asintió con la tranquilidad de alguien que pasaba por una situación así a diario.
—No. —Me indignaba que lo sugiriera siquiera.
—¿Recuerdas las normas? Si no me haces caso, no puedo ayudarte.
—Las tres leyes de la robótica incluyen que no haré nada que me pueda hacer daño.
—¿Cómo te hace daño que te vea en ropa interior? Seguro que tienes biquinis que revelan más que lo que sea que llevas puesto debajo.
Sacudí la cabeza, negando en rotundo.
—Esto es distinto a estar en la playa.
—¿Por qué? —Su calma me estaba irritando.
—¿Y si me grabas y lo cuelgas en internet?
Se estiró en mi sillón colgante, se sacó el móvil del bolsillo del vaquero y me lo lanzó.
—Ahí tienes.
Lo capté al vuelo de pura chiripa.
—Lo único en peligro en este cuarto son mis huevos.
El calor me cosquilleó el pecho y para ocultárselo me di la vuelta.
Miré la ropa en el suelo. Luego a él, luego a la ropa otra vez.
—A la mierda. Alexa, pon Nirvana —pedí en un hilo de voz.
Estaba cabreada porque me obligara a hacer algo así. Pero también estaba decidida a salir de mi zona de confort, a conocer una nueva versión de mí misma que me alejara de mi yo niña de una vez por todas.
Cerré el pestillo de la puerta. Dudaba que mi padre viniera a husmear lo que hacía la santurrona de su hija. Estaban acostumbrados a que muchos de mis amigos fueran chicos y tal vez creían que era lesbiana. Una vez me habían preguntado si estaba con Rebecca.
Me quité la camiseta y los leggins. Solo imaginar que sus ojos estaban sobre mi culo desnudo me dio una sobredosis de adrenalina que me provocó temblores.
Con solo el abrigo de la guitarra eléctrica y la voz rasgada de Kurt Cobain comencé a caminar por mi cuarto. Me sentía patética y evité la mirada de ese capullo al que no pensaba volver a dirigir la palabra después de esto.
—¿Cuánto tiempo tengo que hacer esto?
—Hasta que empieces a disfrutarlo. —Le escuché decir a mi izquierda.
—¿Cómo voy a disfrutarlo? Solo puedo pensar en mis defectos y en que los estás viendo.
—Todos tenemos defectos, Erika. Nunca te disculpes por los tuyos.
Mis ojos fueron directos a su rostro.
— Come as you are , pixie.