El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 5
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Después de clase, Rebecca y yo esperamos a Fabio dentro del coche. Estaba segura de que no iba a escabullirse porque seguía lloviendo sin tregua. Aparqué cerca de la puerta para verle en cuanto saliera.

—¿De qué va todo esto? —Rebecca guardó su móvil en la mochila después de diez minutos chateando y sonriéndole a la pantalla con cara de tonta. Por fin, había conseguido el número de una chica de su gimnasio que le gustaba desde hacía meses.

—¿Os habéis besado ya? —Hablar de su crush era la mejor manera de evadir su pregunta.

—No. Ni siquiera sé si es lesbiana.

—¿Por qué no se lo preguntas?

En lugar de responder, apuntó sus ojos entornados hacia mí como dos cañones de guerra.

—No cambies de tema. ¿Por qué estamos esperando a Fabioloso?

—No tiene coche y está lloviendo. —Me encogí de hombros, pero ella no se lo tragó ni por un momento.

—Buen intento… Hay algo más. Normalmente no vas por ahí salvando a chicos guapos de la lluvia.

La forma en la que sus ojos me escanearon me hizo remover inquieta. Me examiné las uñas, sacando las motitas de tierra que se me habían metido durante la práctica de fútbol en el césped mojado.

—¡Erika!

—Valeee, lo confieso: Schwarz es un Gremlin. Si dejamos que se moje se reproducirá en cien versiones aún más depravadas de sí mismo y será el fin de la humanidad.

Rebecca soltó una carcajada.

—Todo lo contrario. ¿Imaginas la ola de embarazos adolescentes que azotaría la ciudad? —Aunque me siguió el rollo, mi intento de distraerla fracasó—. Venga, suéltalo.

Había demasiado silencio para explicarle lo loca que estaba.

Aunque era mi amiga y ya se lo imaginaba, aquella idea superaba mis rarezas habituales.

Me incliné para encender la radio. Empezó a sonar The Passenger de Iggy Pop.

A Rebecca no le gustaba el rock, pero había aprendido a tolerarlo porque sabía que nada de lo que le gustaba a ella estaba permitido en mi coche.

Antes de pensar en una respuesta, divisé a Fabio saliendo por las puertas dobles. Le di un flashazo con las luces largas, aprovechando que el cielo estaba gris y encapotado, y podría verlas.

Si Fabio estaba sorprendido de que estuviera esperándole, no dio señales de ello. Aceleró el paso y se metió en el asiento de atrás como si lo hiciéramos a diario.

—Hola. —Se sacudió la humedad del pelo con la gracia de un anuncio de champú, luego se situó en el espacio central del asiento y se abrochó el cinturón. Todo ello mientras Rebecca le observaba con curiosidad y cierta sospecha.

Puse el coche en marcha justo cuando mi amiga abría la boca. Tal y como había esperado, el rugido del motor la disuadió de continuar con el interrogatorio.

—Podría acostumbrarme a esto. —Fabio trazó la trayectoria de una gota que descendía por el cristal de su ventanilla.

—El bus es una mierda…—concordó Rebecca, ojeando con desagrado a los estudiantes que corrían hacia la parada al otro lado del aparcamiento.

—Sí, pero hoy soy el pasajero —cantó Fabio a la vez que Iggy Pop.

Una sonrisa se me escapó. La retiré antes de que pudiera verla por el espejo.

—Deberías poner los antiniebla, ¿no? —escuché que decía Rebecca a mi lado—. Todos los coches los llevan. Hay poca visibilidad.

Mierda, si Rebecca me estaba dando lecciones de conducción es que mi cabeza estaba verdaderamente jodida.

—¿Siempre venís juntas? —Fabio intercambió la mirada entre ambas desde el asiento de atrás.

—Casi siempre —murmuré, mi tono cargado de fastidio—. Vive al otro lado de la ciudad. Me desvío cada mañana.

—¿Y lo haces por...?

—Porque soy tonta, sí.

—No, lo haces porque eres una buena amiga y me amas. —Me mandó un beso por el aire.

—Lo peor es que tiene coche, pero le da miedo conducir.

Había tenido esa discusión mil veces. Rebecca nunca superaría su miedo si no se enfrentaba a él.

—Y yo a cambio soporto esta música durante todo el trayecto —refutó ella, dando a entender que eso equilibraba la balanza.

La cabeza de Fabio giró hacia mi amiga como un resorte y su expresión de espanto casi me hizo reír. Había estado golpeando sus dedos al ritmo de Paradise City de Guns N' Roses, claramente encantado con mi repertorio.

Rebecca pareció leer su expresión porque suspiró resignada.

—Ah… A ti también te gusta eso. —Se giró hacia su ventanilla—. Estoy rodeada.

—¿Qué es lo que te gusta a ti? —indagó Fabio.

—Mejor no preguntes —le advertí, a lo que ella me clavó una mirada cargada de reproche.

—No, no pasa nada, estoy orgullosa. —Se estiró en su asiento—. Me gusta Taylor Swift, es una genia, y me importa una mierda lo que tengáis que decir al respecto.

Mis ojos se encontraron con los de Fabio en el espejo retrovisor y rompimos a reír.

—Si está orgullosa, dudo que podamos ayudarla. —Su tono triste me hizo reír de nuevo.

Rebecca nos miró alternativamente con expresión de sospecha.

—¿Estáis liados o algo?

—No, no, no.

—¿Por qué no? Hacéis buena pareja. —No paraba de intercalar la mirada entre los dos, como si fuéramos dos piezas de un outfit que intentaba decidir si combinaban o no.

—No haces buena pareja con alguien solo porque te guste la misma música. —Mi mirada de advertencia debería haberla hecho callar. Era una noción ridícula y me estaba poniendo nerviosa.

—No es solo eso, pegáis físicamente también.

Eché un vistazo a Fabio, preguntándome si ese comentario le habría ofendido, pero su rostro impasible no me dijo nada.

—¿Entonces habéis quedado para escuchar música, sacudir la cabeza, perder audición y odiar al mundo juntos? —insistió, demasiado interesada en la naturaleza de nuestra asociación como para seguir ninguna de mis señales.

—¿No se lo has contado? —Fabio frunció el ceño y lo apuntó hacía mí.

—¿No me ha contado el qué?

—Quiere que la ayuda a ser más follable —explicó con la naturalidad de quien dice “Quiere lecciones de álgebra”.

Se hizo un silencio en el coche que coincidió con un momento entre canciones de mi playlist. Apreté el volante a falta de poder cerrar los ojos. No quería que mis amigas se enteraran de esa forma. Jamás se lo hubiera explicado así...

Le fulminé con la mirada, pero él me la sostuvo sin el menor signo de arrepentimiento, como quien tira una granada y se queda a ver qué pasa.

Lo siguiente que se escuchó fue la carcajada incrédula de Rebecca y el principio de Creep de Radiohead, porque hasta el universo se estaba riendo de mí.

—¿Y cuál es el plan exactamente? —indagó en cuanto consiguió dejar de reír.

—Va a echarle un vistazo a mi ropa —murmuré de mala gana.

—¿Cómo en las películas? —Volvió a reírse.

—Diferente —murmuró Fabio con aire misterioso.

—¿Puedo apuntarme?

—No. —La respuesta de él fue punzante.

Extrañada, levanté la vista hacia el espejo, buscando una explicación en su rostro.

—Ya veo… —murmuró Rebecca en un tono de broma privada, intentando reprimir una sonrisa. ¿Qué se estaría imaginando que íbamos a hacer? ¿Un rito satánico? ¿O algo peor?

Respiré hondo, invadida por un cosquilleo extraño más abajo.

—Por mí te puedes venir. —De pronto estaba desesperada por invitar a alguien más.

—Otro día —intervino Fabio, tajante—. Para lo de hoy tenemos que estar solos. ¿Recuerdas las normas? Yo decido.

Rebecca me echó una mirada entre anonadada y divertida. Hizo la forma de un teléfono con su mano, se la llevó a la oreja, indicándome en silencio que iba a querer todos los detalles más tarde.

Ojalá fuera más tarde ya…

Diez minutos después, cuando Rebecca se bajó del coche frente a su casa, me sentí como si me estuviera dejando con un Gremlin maligno de verdad.

Fabio no se molestó en pasar al asiento de copiloto y no dijo nada durante el siguiente semáforo, pero sus ojos aparecieron en el espejo retrovisor y se quedaron ahí un momento. Bajé el volumen de la radio para que mis palabras le llegaran con claridad y puse el coche en marcha otra vez.

—No sé qué tienes planeado para hoy, pero quiero dejar algo claro. —Alcé el tono a pesar de que me temblaba la voz—. Tú y yo no vamos a enrollarnos. Ni hoy ni nunca.

Fabio no se movió ni pareció reaccionar. Estaba repantigado con la cabeza apoyada en el respaldo, las pestañas casi bajadas sobre esos ojos electrificados. Me clavó la mirada por el espejo retrovisor sin cambiar de postura.

—¿Por qué no? Hacemos buena pareja. —Su forma de decirlo era casi una burla a lo que Rebecca había dicho—. Podríamos follar al ritmo de Black Betty.

Esa era la canción que había empezado a sonar, aunque más bajita.

—Bam, bam, bam. —Golpeó mi asiento al compás de la batería inicial, forzándome a imaginar que eran nuestras caderas chocando—. Whoa, black Betty, Bam-ba-lam. Whoa, black Betty, Bam-ba-lam. The damn thing gone wild, Bam-ba-lam.

Cantó sacudiendo la cabeza y atrapándose los labios en un gesto a la vez erótico y sarcástico.

Horrorizada por lo gráfico de la fantasía y los saltos de mi asiento, me tragué la risilla histérica que subió por mi garganta junto con un calor agobiante.

Centré la vista en la carretera, antes de acabar estrellada contra un árbol.

Después subí la radio para silenciarle, pero había algo claro: ya nunca podría volver a escuchar esa maldita canción sin sonrojarme.