4
El lunes por la mañana, el otoño se presentó a lo grande, con un diluvio apocalíptico. Encima me levanté tarde, porque sin sol directo en la cara, mi cerebro había ignorado todos los intentos de mi alarma.
Para cuando llegué al instituto, los buenos sitios del aparcamiento ya estaban cogidos, y tuve que estacionar en la otra punta. Llegué al edificio con el pelo empapado.
Lo lógico habría sido pasar por el baño a secarme, pero tenía algo más urgente en mente: cazar a Fabio y dejar claros los detalles de nuestro acuerdo antes de que la ansiedad me comiera viva.
Le esperé con mi aspecto de rata mojada junto a su taquilla.
Cuando apareció diez minutos antes de que sonara la campana, entendí que mi día no estaba yendo tan mal como el suyo. Yo tenía el pelo mojado, pero gracias al chubasquero que guardaba en el maletero, mi ropa seguía gloriosamente seca.
Fabio, en cambio, entró dando un espectáculo que pasaría a la memoria histórica de Sydney Grammar.
Tenía la ropa completamente calada, la camiseta blanca transparentando cada relieve de su torso. El pelo le chorreaba por la cara, y a pesar de todo, caminaba con la seguridad de alguien que vestía un traje de Armani recién salido de la tienda.
—Estás delante de mi taquilla.
Su voz me sacó de la ensoñación. Más que ensoñación, me había metido de lleno en un anuncio de perfume. Solo faltaba la música.
Me eché hacia un lado.
—Perdona.
Fabio no respondió. Abrió su taquilla, rebuscó en una bolsa de deporte y se arrancó la camiseta mojada. Sin aviso previo para las que tuvieran problemas cardiacos.
Mi boca se abrió. Creí escuchar exclamaciones y risillas, pero estaba demasiado absorta en el espectáculo como para estar segura.
Fabio pasó de todas olímpicamente. Se secó con una toalla de mano y se puso la camiseta de Sydney Grammar (seguro que era lo único seco que le quedaba). Luego se quitó los vaqueros allí mismo, en medio del pasillo, y se quedó en calzoncillos como si nada.
Esta vez los gritos fueron tan escandalosos como los de un concierto de K-pop.
Sin hacer caso del alboroto, Fabio se puso unos joggers grises y calcetines secos.
Sus ojos subieron hasta los míos, consciente de que lo observaba más de cerca que ninguna otra.
No dijo nada. Simplemente se agachó para ponerse las zapatillas, cerró la taquilla, se colgó la mochila y se largó por el pasillo.
—Eh —llamé, dando un par de zancadas para alcanzarlo—. ¿Quieres que te preste una sudadera?
Echó la vista atrás sin reducir el paso.
—Nah. —Sacudió la cabeza y dio nuestra conversación por zanjada.
—Espera —le volví a llamar—. Quería hablar contigo.
Se detuvo por fin, aunque la mirada de impaciencia que me echó me hizo perder parte de mi convicción.
—Siento molestarte, pero quería seguir con lo del sábado.
Entornó los ojos, estudiando mis facciones como si tratara de hacer memoria.
—Escucha, Eva.
—Erika.
—Erika —repitió—. Estoy seguro de que te dije esa noche que no busco nada serio. Haz memoria. Por muy borracho que esté, siempre lo aviso antes de enrollarme con nadie. Así que, siento que te hayas hecho ilusiones, pero...
—¿Qué? —Le interrumpí, sacudiendo la cabeza—. ¿Crees que nos enrollamos?
—¿No lo hicimos?
—No —grité tan alto que los que pasaban nos echaron un vistazo curioso.
—¿Entonces qué quieres? Si es mi número... lo siento, pero no lo doy.
—No, bueno sí, pero no para lo que crees —solté de carrerilla—. ¿No recuerdas nuestra conversación del sábado?
Se mojó el labio inferior con la punta de la lengua. Ignoré la forma en que reaccionó mi cuerpo. Lo último que quería era que pensara que me gustaba. Parecía estar harto de tanta atención femenina.
—Lo siento, pixie. Estoy haciendo memoria, pero no me acuerdo. —Soltó una risita canalla y se peinó el flequillo mojado hacia atrás—. Iba bastante tocado.
—Pero recuerdas algo, porque me has llamado pixie.
Recolocó el peso de su cuerpo sobre la otra pierna, en vista de que la conversación iba a tomar más tiempo del esperado.
—Escucha, lo único que recuerdo es que me estabas mirando mientras... bailaba con mis amigas, y que pensé que parecías un hada de verano. Verano... ¿De dónde he sacado eso? Summers. Ese es tu apellido, ¿no?
Por lo menos, recordaba eso.
—Sí, ah... yo... joder, esto es mucho más difícil si no te acuerdas de nuestra conversación. —Bajé la vista. ¿Cuánto tiempo tenía antes de que sonara la campana?
—No lo es. Hazme un resumen.
—Vale... —Cuadré los hombros y levanté la cara, ignorando el pequeño escalofrío que me recorrió al conectar con esos ojos posee-almas—. Hablamos de la lista... ya sabes.
—La lista...
Tragué saliva. Mi valor se disolvía con cada segundo de su atención. Estábamos demasiado cerca.
Di un paso atrás y respiré profundamente.
—Dijiste que me ayudarías con lo de la lista.
Un calor abrasante me trepó por la cara.
—Uff, me estás asustando. No sé qué te prometí, pero no tengo ni idea de quién hizo esa lista y aunque lo supiera no voy a matar a nadie, ni siquiera por ti, pixie.
—No es eso... yo... lo que te pedí es que me des algunos consejos sobre cómo ser más...
—¿Más...? —Me incitó al ver que me quedaba a medias.
—Más como tú.
—¿Cómo yo? —Se le veía realmente confuso.
—Más follable. —La expresión de su rostro lo dijo todo.
—¿Quieres que te ayude a parecer más follable?
—Sí. Dijiste que me ayudarías a... ya sabes, a tener más confianza. —Noté que me ardía la cara. Podría haber calentado el pasillo entero.
Me miró durante unos segundos eternos, como si estuviera procesando información a la vez que luchaba contra una resaca monumental.
—¿Para qué?
—Porque... porque no me gusta nada que hablen así de mí.
Ladeó la cabeza, estudiándome con esos ojos punzantes.
—Hay algo más. —Se cruzó de brazos y me evaluó con ojo clínico.
—Bueno, tienes experiencia. —Me encogí de hombros—. Y el sábado por la noche te pareció buena idea.
Sopesé mis opciones. Si iba a ayudarme, necesitaba saber la verdad.
—Me gusta alguien.
—¿Y?
—Y... creo que le gusto también, pero lo de la lista le ha echado para atrás.
Enarcó una ceja.
—Entonces no merece la pena. Búscate a otro. —Me echó un vistazo rápido de arriba abajo—. O a otra.
—Joder, ¿es eso? ¿Soy demasiado masculina?
—Lenguaje inclusivo, no le des vueltas.
—Me gusta un chico —corregí, porque era importante. Los chicos se fijaban en cosas distintas.
Guardó un silencio pensativo.
—Así que… te gusta Dan Steinbeck, pero a él le faltan huevos para pasar de esa estupidez de la lista y crees que yo puedo arreglarlo.
Di un paso hacia él, horrorizada.
—¿Cómo sabes que me gusta Dan? —bajé el tono.
—Lo he deducido.
—¿Lo has deducido?
Fabio suspiró, armándose de paciencia.
—Vas con una sudadera de Gorillaz pero llevas un pin de Broken Youth en la mochila.
Les he escuchado, no son buenos, así que tienes otro motivo para seguirles.
Hay una foto de Nicholas Galitzine en tu taquilla y Steinbeck se le parece.
Y tu chico también sale en la lista, que es con lo que estás obsesionada.
—Hizo una pausa breve—. ¿Me he equivocado en algo?
La campana sonó en ese momento, salvándome de tener que responder. Los pasillos se llenaron de ruido y movimiento mientras los estudiantes se dirigían a sus clases.
—Tengo que irme. —Señaló en dirección a su aula.
—Espera —rogué—. Prometiste que me ayudarías.
Fabio miró hacia el techo como si buscara paciencia divina.
—¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué gano yo en todo esto?
Mi cerebro trabajó a toda prisa. Hasta que me fijé en las gotas de agua que aún caían por los mechones mojados de su cabello.
—El sábado te cuidé. Me gasté un pastizal en llevarte a casa.
Su ceño se frunció como si no se acordara de nada de eso.
—Ayuda desinteresada, sin duda —concluyó, ojeándome sin una pizca de agradecimiento.
Genial, el muy cabrón no se sentía en deuda conmigo. Iba a tener que ofrecerle alguna otra cosa.
—No tienes coche, ¿verdad? —Salté, sin importar lo desesperada que sonaba—. Seré tu chófer.
Fabio me miró durante un rato largo, evaluando.
—No necesito que nadie me lleve a ningún sitio.
—Hoy has llegado empapado al instituto.
Otro silencio. El diluvio golpeó las ventanas justo entonces, con una oportunidad que aproveché sin remordimientos.
—Supongo que eso puede interesarme. —Sus ojos brillaban con más interés del que quería mostrar—. Pero si hacemos esto, tienes que seguir todas mis indicaciones.
—Dentro de unos límites razonables.
—Sin límites —exigió.
—¿Estás loco?
—Mira quién habla.
—No voy a darte carta blanca para obligarme a hacer lo que se te ocurra.
—Entonces supongo que no me necesitas. —Ya se estaba dando la vuelta.
Me di cuenta de que estaba vendiéndole el alma al diablo. Y que iba a hacerlo de todas formas.
—Vale. —Le detuve, agarrándole suavemente del brazo. Le solté enseguida. El tacto de su piel era desconcertante—. Haré lo que digas siempre y cuando respete las tres leyes de la robótica.
Su boca se torció hacia un lado.
—Isaac Asimov.
Asentí, sorprendida de que supiera de qué estaba hablando.
Sus ojos conectaron con los míos. Se puso serio y asintió también. Fue como si firmáramos nuestro trato en un papel.
—Esto va a ser raro.
—¿Raro cómo? —me preocupé.
—Bueno, para empezar, voy a tener que enseñarte cosas que probablemente tu madre preferiría que no supieras. —Su amenaza fue seguida de una sonrisa mitad diversión, mitad advertencia—. Y va a requerir que... bueno, que practiques conmigo.
—¿Practicar?
—Cómo caminar, cómo hablar, cómo... actuar. No puedes aprender a ser seductora solo con la teoría, pixie. Es algo práctico.
La forma en que dijo “práctico” hizo que una bola de nervios se removiera en mi estómago.
—Vale —conseguí decir—. ¿Cuándo empezamos?
Ojeó mi sudadera.
—Hoy después de clase iremos a tu casa. Necesito echarle un vistazo a tu vestuario. No deberías poder ofrecerle tu ropa a ningún tío.
Solté un bufido, pero sabía que no podía saltarme esa parte.
—Vale, te recojo en la entrada a las cuatro en punto.
Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Y pixie... asegúrate de que Dan te vea así, con el pelo mojado.
Se alejó por el pasillo sin mirar atrás.
Yo me quedé donde estaba, con el pelo chorreando, preguntándome qué mierdas acababa de hacer.