El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 3 #2
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Me miró fijamente durante unos segundos eternos. Luego se incorporó ligeramente y asintió con solemnidad exagerada.

—Vale.

—¿Vale? —Parpadeé, desconcertada. No había esperado que fuera tan fácil.

—Claro, pixie. Pero primero... —Se levantó tambaleante—. Primero necesito un sitio para potar.

Me quedé boquiabierta. Claro que había dicho que sí estando borracho. Probablemente por la mañana no se acordaría de nada. Pero yo sí me iba a acordar.

—¿En serio?

No respondió. Desapareció por la esquina de la tienda hacia la oscuridad del callejón.

Cuando me asomé para ver si necesitaba ayuda, lo encontré con una mano apoyada en la pared, inclinado sobre un contenedor. Los sonidos que salían de él me hicieron retroceder un paso.

—Joder —murmuré, sin saber muy bien qué hacer.

Esperé a una distancia prudencial, mirando mi teléfono para darle algo de privacidad. Pasaron un par de minutos antes de que reapareciera, pálido y con el pelo pegado a la frente por el sudor.

—Perdona. —Su voz sonaba ronca.

—¿Estás mejor?

—Define mejor. —Se dejó caer de nuevo en la silla.

Le ofrecí la botella de agua otra vez. Bebió despacio esta vez, como si cualquier movimiento brusco fuera a hacer que todo volviera a salir.

—Deberías irte a casa.

—No puedo conducir así.

—No me digas. —Me senté frente a él—. ¿Dónde vives?

—Lejos. —Cerró los ojos—. Muy lejos… En Brasil.

—¿Tienes a alguien a quien pueda llamar?

—No.

La forma cortante en que lo dijo, me hizo no insistir.

—Vale. Pues pido un taxi.

—No tengo dinero para taxis. —Abrió un ojo—. Me lo he gastado todo en bebida, como un puto idiota.

—Yo invito.

—No.

—Fabio, no puedes quedarte aquí toda la noche.

—Claro que puedo. —Para demostrarlo, cruzó los brazos sobre la mesa y hundió la cabeza en ellos.

Suspiré y saqué mi móvil. Abrí la app de taxis.

—¿Cuál es tu dirección?

—¿Siempre eres tan mandona, pixie?

—Solo cuando trato con borrachos testarudos. Tu dirección.

Murmuró algo contra sus brazos que no entendí. Me incliné hacia delante.

—¿Qué?

Levantó la cabeza apenas lo suficiente para que pudiera escucharlo. Me dio una dirección en el otro extremo de la ciudad.

—Joder, sí que vives lejos.

—Te lo dije.

Pedí el taxi, que tardó solo cinco minutos en aparecer.

Ayudé a Fabio a levantarse y prácticamente tuve que arrastrarlo hasta el coche. El conductor puso cara de que había visto esto demasiadas veces.

—Si vomita, pagas la limpieza —advirtió.

—No va a vomitar. —Miré a Fabio—. ¿Verdad?

—Prometo nada. —Pero se dejó caer en el asiento trasero con los ojos cerrados.

Hice el amago de cerrar la puerta, pero el conductor protestó.

—Eh, chica, tu amigo parece bastante borracho.

—Ya no le queda nada en el estómago —le informé, preguntándome si hacía bien en confesar que ya había vomitado.

El taxista puso una mueca y echó un vistazo al asiento de atrás.

—No puedes dejarle solo. O vienes o se baja él también.

Me quedé en la acera, indecisa. La mirada del hombre me presionó a través del espejo retrovisor.

Mierda. ¿Por qué estaba tomándome tantas molestias en ayudarle?

Me monté y le mandé un mensaje rápido a Jane antes de que el taxi arrancara.

—Esta noche no voy a poder hacerlo. —La voz de Fabio me llegó mitigada por el asiento donde tenía la cara apoyada.

—¿El qué?

—Esto. —Gesticuló vagamente entre nosotros.

Un calor inesperado invadió mis mejillas, pero traté de ocultar esa reacción poniendo los ojos en blanco.

—El taxista me ha obligado a acompañarte.

—Eso no responde a mi pregunta.

Me quedé mirándolo. Incluso borracho y después de vomitar, seguía siendo insultantemente guapo. Era injusto.

—No has hecho ninguna pregunta.

—Es verdad —se rio, adormilado—. ¿Por qué me ayudas? Esa era la pregunta.

—Porque... —Busqué las palabras correctas—. Porque necesitas ayuda. Y porque dijiste que nadie es infollable, y eso... me hizo sentir mejor.

Fabio me observó durante un largo momento.

—Estás obsesionada con esa lista.

—Gracias. Ya me lo han dicho mis amigos.

Me dedicó una sonrisa mareada.

El resto del trayecto fue silencioso salvo por la música de la radio y la respiración pesada de Fabio. Estaba hundido en su esquina del asiento, la cabeza apoyada contra la ventana. Parecía casi inocente. Nada que ver con el dios del sexo que se morreaba con dos chicas a la vez.

—¿Es tu novio? —preguntó el conductor después de un rato.

—No. Solo un compañero de la escuela.

—Ajá. —No sonaba convencido.

Llegamos a su edificio veinte minutos después. Era un bloque de pisos moderno en una zona residencial tranquila. Definitivamente no era barato.

Pagué la carrera y casi me desmayo al ver el precio. Después ayudé a Fabio a salir del coche.

—¿Qué piso es?

—Cuarto. B.

El portal tenía ascensor, gracias a Dios. No había forma de que pudiera subirlo por las escaleras.

En el ascensor, Fabio se apoyó contra la pared y me miró con ojos entrecerrados.

—Sigues aquí.

—Alguien tiene que asegurarse de que llegas a tu cama.

—Muy considerado.

—Soy una buena persona.

—Una buena persona que me llama putón.

Me crucé de brazos, captando su sarcasmo al vuelo.

—Estabas enrollándote con dos tías a la vez en medio de un bar —le recordé, tratando de no sonar demasiado criticona.

—Y tú estabas mirando.

La puerta del ascensor se abrió en el cuarto piso, salvándome de la humillación de no tener respuesta.

El pasillo estaba bien iluminado, decorado con plantas que parecían reales. Fabio sacó las llaves del bolsillo con movimientos torpes y casi las dejó caer. Las atrapé antes de que golpearan el suelo.

Abrí la puerta y encendí la luz.

El piso no era lo que esperaba. Un lugar de paso para alguien que acababa de llegar de otro país.

Estaba lleno de detalles y vida, con muebles modernos, pero de distintos estilos.

Había libros apilados en la mesa del salón y una guitarra apoyada en la esquina.

Las paredes estaban decoradas con cuadros, fotos de personas y una grande con un paisaje que parecía ser de Brasil.

—Bonito piso.

—Gracias. —Se tambaleó hacia el sofá y se dejó caer en él—. Lena tiene buen gusto.

¿Lena? Si ese capullo vivía con su novia, esperaba no encontrármela y que malinterpretara la situación. Sí que era la chica más cornuda de Sídney, pero no por mi causa.

—¿Quién es Lena?

—La ex de mi primo. —Cerró los ojos.

¿Vivía con la ex novia de su primo? Eso sonaba complicado.

Fui a la cocina y llené un vaso con agua. Encontré un paquete de galletas saladas en la despensa y volví al salón.

Fabio no se había movido. Por un momento pensé que se había dormido, pero abrió los ojos cuando me acerqué.

—Bebe. —Le ofrecí el vaso—. Y come algo.

Obedeció sin protestar, lo cual me preocupó un poco. El Fabio que había visto hasta ahora era demasiado listillo para seguir las órdenes de nadie.

—Deberías dormir —dije después de que terminara el agua—. Te vas a sentir fatal mañana.

—Ya me siento fatal ahora.

—Entonces mañana será peor. ¿Dónde está tu habitación?

Señaló vagamente hacia el pasillo.

—Primera puerta a la izquierda.

Le ayudé a levantarse y medio lo arrastré hasta su habitación. La cama estaba deshecha pero limpia. Le tumbé en el colchón como si fuera un saco y él gimió.

—Las botas —murmuró—. Tengo que quitarme las botas.

Me arrodillé y le quité las botas. Luego le quité la chaqueta de cuero que aún llevaba puesta. Debajo llevaba una camiseta blanca que se le había subido un poco, revelando un estómago plano y la cintura de su bóxer.

Aparté la vista rápidamente.

—Ya está. Ahora duerme.

Le tapé con la manta que estaba al pie de la cama.

—Erika.

—¿Qué?

—Gracias. —Sonó adormilado.

—No hay de qué.

Salí del cuarto rezando por no toparme con la tal Lena.

Por suerte, conseguí largarme de allí sin cruzarme con nadie.

De vuelta en el taxi, me topé con la cruda realidad de un contador que había continuado subiendo en mi ausencia.

Mi buena obra iba a costarme un riñón, pero por lo menos, la próxima vez que me lo encontrara, Fabio Schwarz estaría en deuda conmigo.

Al menos, eso era lo que me dije a mí misma durante todo el camino a casa.