El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 3
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El interior de Infierno nos golpeó con una bofetada de aire condensado y caliente.

Supermassive Black Hole de Muse retumbaba en las paredes, combinando perfectamente con mi estado de ánimo.

Estaba en esos días del mes, ovulando, cargada de poder femenino.

Un tío me había dicho “guapa” en la puerta y me sentía un pelín menos infollable.

Jane y yo nos abrimos paso entre la marea de bailarines sudorosos. La multitud se movía al ritmo atronador, cuerpos pegados en la penumbra.

Un destello de luz iluminó una esquina oscura y me detuve de golpe.

Fabio Schwarz se morreaba con una chica contra una columna. Pero eso no era lo chocante. Lo que me dejó clavada al suelo fue la segunda chica que lo abrazaba por detrás, acariciándole el pecho por debajo de la camiseta mientras le besaba el cuello.

Él se giró para dedicarle atención, y la otra alargó la mano hacia su entrepierna, tocándole por encima de los vaqueros.

No pude apartar la vista de la escena.

Fabio debió percibir mi mirada porque abrió los ojos y los clavó directamente en los míos, justo cuando empezó a sonar Smells Like Teen Spirit.

Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo, con la potencia de la guitarra y la decadencia de la voz de Kurt Cobain.

Lejos de molestarse, Fabio continuó observándome con la cabeza echada hacia un lado mientras una de ellas le besaba el cuello y su mano serpenteaba por la cadera de la otra, directa al centro de sus piernas.

Eso me ayudó a reaccionar. Me escabullí entre la multitud con el corazón golpeándome las costillas y el sonrojo más furioso de mi vida. Un segundo más y me habría convertido en parte de la orgía, aunque fuera como una mirona patética.

Jane estaba con Troy y Bobbie en nuestra esquina habitual, junto a la máquina de dardos que parpadeaba con luces de neón.

—¿Dónde estabas?

—He visto a Fabioloso. —Hice un gesto con la cabeza hacia el otro lado del bar.

Ella peinó la zona con la mirada ilusionada.

—¿Dónde?

—Está... ocupado. —Una sonrisa involuntaria se me escapó. La piel me picaba, y había empezado a sudar—. Montándoselo con dos chicas a la vez.

—Joder. —Jane sonó entre decepcionada e impresionada—. No me extraña nada. Es un dios del sexo.

—No exageres.

—¿No te gusta? —Sus cejas desaparecieron bajo el flequillo tupido.

—Es guapo, pero me gustan más corpulentos. —Hice un gesto de hombros anchos y la imagen de Dan pasó en un fogonazo por mi mente.

Jane resopló y apartó la mirada, desechando mi declaración con un gesto.

—No es guapo... es una creación del demonio para hacer que hasta la monja más devota se quite las bragas sin pensárselo.

Me eché a reír.

—Vale, después de lo que acabo de presenciar, no puedo llevarte la contraria. Es el dios de la lujuria personificado, el número uno de la lista por méritos propios y seguro que podría enseñarnos unas cuantas cosas a los cinco que estamos en el otro extremo de...

Me detuve en seco.

Una idea tomó forma en mi cabeza.

Fabio Schwarz tenía el poder sobrenatural de hacernos pensar en sexo con solo posar los ojos sobre él. Fabio Schwarz había sido coronado como el número uno de los más deseables. Fabio Schwarz había dominado el inglés en tiempo récord porque se había liado con media ciudad.

¿Qué me impedía aprender una cosa o dos de él?

—Hola, ¿eh? —La voz cargada de indignación de Bobbie me arrancó de mis cavilaciones. Estaba plantado a mi lado con las manos hundidas en los bolsillos—. Estaba esperando a que vinieras a saludarme, pero veo que paso desapercibido.

—Perdón, estaba... tramando algo.

—¿Tramando?

Me reí de lo conspirativo que había sonado y le planté una palmada cariñosa en el hombro.

—Auch. —Se sobó la zona.

No le había dado fuerte. Bobbie era delicado como una flor de invernadero. Más bien una dalia negra, vestido con camiseta de Evanescence y vaqueros oscuros rajados en las rodillas.

—¿Qué tal las clases de conducir?

—Un desastre. He llorado esta mañana.

—Perfecto, así es como funciona el proceso.

Mi amigo enarcó una ceja.

—¿Te estás cachondeando de mí?

—Para nada. Yo lloré en varias clases. —Adopté una expresión de seriedad absoluta—. Es parte del bautismo

Se relajó y soltó una risa seca.

Como no tenía bebida, le hice un gesto hacia la barra para que me siguiera.

—Eso no es lo que dice mi hermano. —Señaló a Troy con el pulgar—. Tuvo solo seis lecciones y aprobó a la primera. Me tiene frito a críticas.

Busqué un hueco en la barra y levanté un billete de veinte en el aire, pero la camarera estaba entretenida con un pedido largo. Así que me giré para continuar la conversación.

—Troy ha nacido para conducir.

—¿Se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor?

—Lo que quiero decir es que no te puedes comparar con alguien que tiene un don. No es realista ni justo. —Me apoyé contra la barra—. Compárate con Rebecca, que se estrelló contra un contenedor de basuras en la décima lección y se presentó al práctico siete veces antes de aprobar.

Con eso, al menos, conseguí que se riera.

Se adelantó para llamar a la camarera, que acababa de terminar el pedido. Ella hizo el amago de venir, nos conocía, pero cuando Fabio Schwarz golpeó la barra con la mano a dos metros de nosotros, le dio prioridad.

Ni siquiera me sorprendió. Fabio tenía esa aura imposible de ignorar.

Y yo estaba decidida a copiársela.

—¿Sabes lo que tienes que hacer? —le propuse a Bobbie sin apartar los ojos de Fabio—. Observar a Troy mientras conduce. Tienes a un experto delante. Aprovéchalo.

Bobbie consideró mis palabras.

En un impulso, le planté mi billete doblado en la palma.

—Pídeme una Heineken. Ahora vuelvo.

Seguí a Fabio, que se alejaba de la barra con la copa en alto.

Tuve que clavar codos y empujar espaldas para no perder el rastro. Salió del bar con la bebida aún en la mano, infringiendo las normas del local.

Fuera, la noche se había asentado por completo y la calle bullía de vida nocturna. Gente fumando cerca de las salidas, grupos migrando de un bar a otro, música alternativa filtrándose por las puertas: rock, hip hop, reggae... cualquier cosa menos pop comercial.

Fabio dejó la copa sobre la repisa de una ventana, se apoyó contra la pared y encendió un cigarrillo.

—Hola. —Me detuve a un par de metros.

Tenía la cabeza echada hacia atrás, descansando contra la pared, las piernas abiertas en busca de equilibrio. No parecía demasiado borracho.

Sus ojos me examinaron con expresión perezosa. Le brillaban bajo la farola.

Realmente tenía una belleza insultante. Mandíbula marcada, labios carnosos, pestañas largas que daban rabia, el pelo despeinado de forma perfecta. Como si acabara de levantarse y, a la vez, estuviera listo para la portada de una revista. No había ni una sola cosa criticable en su rostro.

Y lo peor eran sus ojos oscuros que parecían no dejarte escapar cuando se clavaban en los tuyos. Estaba convencida de que si se me quedaba mirando más de tres segundos descubriría todos mis secretos. O peor, todos mis complejos.

—¿Te acuerdas de mí?

Dio una calada sin apartar esa mirada insidiosa. Me llamó moviendo los dos dedos que sostenían el cigarrillo en una invitación muda.

Me acerqué y me detuve frente a él.

—Soy Erika Summers de Sydney Grammar. No tenemos clases juntos, pero...

Fabio se apartó de la pared con cierta dificultad. Me llegó de golpe el olor a alcohol, justo cuando su frente cayó sobre mi clavícula.

Me quedé paralizada.

¿Esa era su táctica de seducción? ¿Lanzarse al cuello sin mediar palabra?

Pero no me besó como había hecho con aquellas chicas.

— Fudeu —murmuró contra mi piel. Sus siguientes palabras salieron arrastradas—. Estoy mareado, pixie.

—¿Estás borracho?

— Mais, claro que sim.

—¿Me estás hablando en portugués?

Su respuesta fue echar todo su peso contra mí y agarrarse a mi brazo para recuperar el equilibrio.

Me giré para colocar su brazo alrededor de mi hombro y dejar que se reclinara contra mi costado.

—Estoy bien —farfulló, apartándose, para inmediatamente volver a sostenerse en mis hombros. Soltó una risilla embriagada.

—Creo que te has pasado bebiendo. —Él ni se molestó en responder—. Ven, te conseguiré agua.

Lo llevé medio a cuestas por la calle hasta una tienda de conveniencia iluminada con demasiados carteles de ofertas. Tenía un par de mesas con sillas en la entrada. Le dejé caer sobre una y él se desplomó inmediatamente sobre la superficie pegajosa.

Hice una mueca y usé una servilleta para limpiar unas manchas que preferí creer que eran de Coca-Cola, antes de que se restregara con ellas.

—No te muevas. Voy por agua. —Apoyé una mano en su hombro y reconsideré mis palabras de antes al notar el músculo sólido bajo mis dedos.

Asintió sin abrir los ojos.

Menos de cinco minutos después, cuando salí de la tienda, había cambiado de postura. Ahora estaba hundido en la silla como un muñeco de trapo, tapándose el rostro con una mano en un gesto dramático.

—Toma, esto te va a resucitar. —Le ofrecí la botella destapada.

Moviéndose despacio, le dio un trago largo y me observó de reojo.

—¿Cuánto te debo?

—Nada. —Descarté la idea con un ademán. Me convenía que se sintiera en deuda—. ¿Te encuentras mejor?

—No —respondió con total sinceridad, antes de volver a desplomarse sobre la mesa.

—¿Por qué has bebido tanto?

—Porque... —Hizo una pausa pensativa—. ¿Sabes qué? Ya no me acuerdo.

Se echó a reír de su propia respuesta, una risa pastosa y sin sentido.

—Fabio. —Me armé de valor—. ¿Puedo pedirte algo?

—¿Mmm?

—Supongo que te acuerdas de que salgo en el lado malo de la lista. Sé que suena patético, pero tú obviamente sabes cómo funciona esto de seducir y yo... bueno, me preguntaba si podrías ayudarme.

Alzó la vista con los ojos entrecerrados, como si tratara de procesar mis palabras a través de la niebla alcohólica.

—¿Quieres que te enseñe a ligar?

—Sí, exacto. —Las palabras salieron atropelladas—. No te pido que me conviertas en una diosa, solo algunos consejos básicos para no ser invisible.