El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 2
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El primer cuchicheo por el pasillo principal del instituto me pasó por alto. El segundo fue acompañado de miraditas y sonrisitas que hicieron que Rebecca y yo frunciéramos el ceño. Al tercero, una chica me echó una mirada que mezclaba lástima e indignación.

—Menudos cretinos —murmuró al pasar junto a mí.

—¿Qué mierda...? —Rebecca se detuvo en medio del pasillo.

Un grupo de chicos con acné y posturas torpes se plantó frente a nosotras.

—¿Tú eres Erika Summers?

—Sí, ¿por?

Me echó un vistazo de arriba abajo.

—Pues ni tan mal. —Se giró hacia sus amigos—. Me siento mejor.

Rebecca abrió la boca para responderle, pero yo ya caminaba hacia el tablón donde se amontonaba media escuela entre risas y comentarios. Me costó abrirme paso entre los brazos con teléfonos levantados para sacar fotos.

Dan estaba entre ellos, la mochila colgándole de un hombro. Cuando nuestros ojos se cruzaron, vi algo en su rostro. Incomodidad, tal vez. O vergüenza. Se dio la vuelta y desapareció entre la multitud.

El estómago me dio un vuelco.

—Mierda, Erika.

Rebecca había llegado al tablón antes que yo y tenía una expresión grave.

—¿Qué?

—Hay una lista y estás en ella.

Las letras se enfocaron lentamente.

Los Más follables de Aberdeen School:

1. Fabio Schwartz

2. Carmina González

3. Robert Summers

4. Valerie Delacrois

5. Dan Steinbeck

Los Infollables de Aberdeen School:

1. Roberto Galiano

2. Sharon Richards

3. Amira Raja

4. Vihaan Patel

5. Erika Summers

Necesité leerlo tres veces más antes de procesar que aquello estaba ocurriendo de verdad.

El zumbido en mis oídos me aisló de las voces de la gente a mi alrededor. Todas mis inseguridades (cada una de las taras que había sospechado tener durante años) acababan de confirmarse de golpe, impresas en papel para que todo el instituto las viera.

Quería desaparecer. Evaporarme. Que la tierra se abriera y me tragara.

En su lugar, mis piernas me llevaron hacia la salida mientras veinte pares de ojos me seguían. Rebecca me llamó, pero no podía pararme a hablar con nadie.

Llegué al baño antes de que las lágrimas pudieran traicionarme. Me encerré en un cubículo y me dejé caer contra la puerta.

¿Los Infollables de Aberdeen School? ¿Y yo era la número cinco?

¿Qué había hecho yo para merecer esto? ¿Qué tenía de malo para que me consideraran indigna del contacto de otro ser humano?

La puerta del baño se abrió.

—Erika. —Rebecca comenzó a abrir puertas hasta que dio con la mía. La aporreó.

—Estoy bien —mentí.

—Abre la puta puerta.

Lo hice. Ella entró al cubículo, cerró tras de sí y me dio un abrazo.

—No les hagas ni caso. Son unos capullos que no tienen nada mejor que hacer.

Asentí contra su hombro, pero las palabras no llegaban a atravesar el ruido en mi cabeza.

Mi despertar sexual había terminado antes incluso de empezar.

Y lo peor de todo era recordar la expresión en el rostro de Dan cuando nuestros ojos se cruzaron frente al tablón.

Vergüenza. Como si lamentara haberse fijado en alguien tan infollable como yo.

La lista salía cada año. Nadie sabía quién la redactaba, aunque todo el mundo lo intuía: el grupo de gamberros de Sydney Grammar que se creían con derecho a decidir quién era sexy y quién no, y convertir sus opiniones en algo hirientemente público.

Sabía que lo que decía no era cierto. Sabía que no debía afectarme. Pero no podía quitármelo de la cabeza. Era una presencia constante en el fondo de mi mente, que me hacía sentir que tenía un foco apuntándome y un jurado tomando notas de todo lo que hacía.

¿Era mi forma de caminar? ¿Mi postura? ¿Mi ropa?

Busqué en internet cómo resultar más atractiva, pero solo encontré información inútil:

«Un estudio demuestra que la gente que sonríe es percibida como más atractiva.»

Probé a sonreír sin razón en el pasillo al día siguiente. La gente me preguntó si estaba bien.

«La simetría del rostro lo es todo en cuanto a la belleza.»

Nada que pueda hacer ahí, no soy Mr. Potato

«Los complementos lo son todo. Transforma tu ropa vieja en modelitos que vuelvan cabezas.»

Ya te digo si las vuelven que te pongas la camisa al revés y ates las mangas por delante. No es tan buena idea como lo hacen parecer esas chicas en su Instagram.

«Cosas que los hombres encuentran irresistibles: Cabello desordenado, estrías, sudaderas anchas, cara lavada, sin maquillaje, hábitos raros con la comida…

Vale, se les ha olvidado el NO entre hombres y encuentran.

«¿Qué comer para oler delicioso ahí abajo?»

Cerré el navegador. Había llegado a mi límite intelectual por hoy.

Dos días después de hacer el tonto con la ropa, de probar un perfume nuevo que me eché hasta en la bragueta y de leer idioteces en internet que me marearon la cabeza más que otra cosa, estaba en la fila de la cafetería, consciente de cada movimiento.

—Que no hueles mal, pesada —Rebecca puso los ojos en blanco.

—De verdad, prefiero que me lo digáis —les rogué—. Por duro que sea, es mejor que estar dándole vueltas a las razones.

—¿Será por las cejas? —Jane se plantó frente a mí en la fila para pedir comida.

—¡Jane! —Rebecca la fulminó con la mirada.

Mi mano voló a una ceja.

—¿Qué les pasa a mis cejas?

—Nada. —Rebecca se cruzó de brazos—. Soy lesbiana, ¿vale? Sé de mujeres y te he dicho cien mil veces que estás muy buena, Erika. Podrías ser modelo.

Suspiré. Notaba que la tensión me estaba agarrotando los hombros otra vez.

—No exageres.

—Lo que quería decir —Jane puso cara de arrepentimiento— es que se han tenido que basar en algo. Algo sin sentido, claro, pero en algo. Y pensaba que tal vez eran tus cejas porque son más oscuras que tu pelo y pobladas.

—Mierda. —Me estiré para ver mi reflejo en el cristal del mostrador—. No se me había ocurrido que fuera algo de mi cara. Pero ahora que lo dices… mi nariz es un poco… ¿como de cerdo, no?

—No he dicho nada de tu nariz. —Jane levantó las manos—. Eso lo estás diciendo tú.

—¡Basta! —Rebecca casi gritó—. Te estás volviendo loca. No hay ninguna razón por la que alguien te consideraría infollable. Y en vez de obsesionarte con tu físico, deberíamos estar investigando quiénes son los capullos detrás de esa lista para que pueda partirles las piernas.

Aparté la vista. Llevar el asunto a dirección solo me haría parecer resentida. Metí las manos en los bolsillos traseros de mis vaqueros. ¿Era ese un gesto femenino? Observé a las chicas a mi alrededor. Mi postura no se parecía a la de ninguna.

¿Y me sorprendía que me consideraran poco atractiva? Era una jodida marimacho.

—Ahí está —anunció Jane en un susurro chillado—. El número uno de los más follables.

Me giré y vi un chico guapísimo, aunque de una forma más exótica que Dan. Sus rasgos eran difíciles de ubicar, como si estuviera hecho de un cóctel variado de razas que había salido particularmente bien. Tenía la sensación de haberle visto antes.

Ajeno a nuestro escrutinio, porque evidentemente estaba más que acostumbrado a toda la atención, se colocó detrás de nosotras.

—Así que ese es Fabioloso. —Sonreí para mis adentros.

Lejos de reírse, Jane me clavó la vista como si hubiera sacado una pistola en medio de la cafetería.

—¡Shhh! —Me escupió al sisear tan fuerte—. Te va a escuchar.

—No te preocupes, no habla inglés. —Me encogí de hombros—. Troy estuvo en una fiesta este verano con él y me dijo que no sabía mucho. Eso y que es un putón. De hecho, creo que está en la lista porque literalmente es el tío más fácil de todo Sídney.

Jane y Rebecca se quedaron paralizadas. Sus ojos se desviaron por encima de mi hombro.

Me giré despacio.

Fabio Schwarz me observaba fijamente y, por su expresión, parecía haber entendido mi acento australiano sin ningún problema.

Se me secó la boca.

—Fabioloso, ¿eh? —Un brillo divertido cruzó sus ojos—. Eso es nuevo. ¿Se te ha ocurrido a ti?

—Ah… Sí… —Mi cabeza estaba a punto de echar vapor igual que la máquina de café a pocos metros de nosotros—. Hablas inglés perfectamente.

—Gracias.

—Mi amigo dijo que no sabías.

¿Por qué le contaba eso? Era como confesar que lo había criticado en su cara porque pensaba que era un extranjero que no se enteraba de nada.

—¿Troy Fuller? —Ladeó la cabeza—. Coincidimos a principios de verano. He mejorado desde entonces.

—¿En dos meses?

Fabio se encogió de hombros.

—Se ve que follarme a toda la ciudad ha resultado ser un método eficiente para aprender el idioma. —No parecía enfadado, pero tampoco encantado—. Definitivamente más económico que pagar una academia de inglés.

—Depende de si contraes una enfermedad de transmisión sexual. —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Rebecca me clavó el codo en las costillas.

—Lo siento —me apresuré a añadir.

Tal vez lo que me había llevado a la lista era mi falta de filtro y no mi físico.

—¿Qué parte? —Su actitud seguía siendo despreocupada—. ¿La de estigmatizar mi vida sexual o la de difundir rumores sin haber verificado con la fuente?

Me quedé con la boca abierta.

—Las dos —intervino Rebecca—. Se está disculpando por las dos. ¿Verdad, Erika?

—Sí. Definitivamente las dos.

Debería haberlo dejado ahí. Debería haber caído un meteorito en la cafetería.

—Soy Erika Summers, ya sabes… la número cinco de la lista de infollables.

«Genial, Erika. ¿Por qué no te haces una tarjeta de visita con ese título?»

La ceja de Fabio se alzó y un brillo divertido bailó en sus ojos.

—Me refiero a que he dicho esas cosas de ti… por envidia.

«Por Dios, que alguien me meta un croissant cragado de gluten en la boca».

Fabio no respondió de inmediato. Me sostuvo la mirada el tiempo suficiente para que me arrepintiera de haber abierto la boca. Luego se inclinó hacia delante.

—Erika Summers —susurró mi nombre como si fuera a contarme un secreto.

Su perfume masculino inundó mis sentidos y me di cuenta de que era el chico con el que me había chocado fuera del supermercado.

—¿Qué?

Sus ojos sostuvieron los míos.

—Nadie es infollable.

El aire se me atascó en los pulmones. No por cómo lo dijo, con una despreocupación casi casual, sino porque lo decía en serio. Un hecho científico, no un consuelo de mierda.

Sus palabras me hicieron sentir alivio por primera vez en dos días.

—Entonces supongo que tú no has tenido nada que ver. —Tenía varios sospechosos dentro de las paredes de Sydney Grammar, empezando por los que estaban en el lado glorioso de la lista.

—Soy nuevo, y tengo entendido que sale cada año.

Asentí, sintiéndome tonta.

Fabio apuntó al mostrador detrás de nosotras.

—¿Vais a pedir?

Me giré, la vergüenza ardiendo en mis mejillas.

—¿Tenéis algo sin gluten?

La mujer detrás de la caja casi puso los ojos en blanco. Una de esas personas que creían que no quería ingerir gluten por moda.

—No.

Pedí un café con leche. La cajera preguntó si «normal» y yo le expliqué, con más paciencia de la que me quedaba, que normal dependía de a quién le preguntaras. Ella aporreó los botones de la caja sin responder.

Caminé hacia la otra punta del mostrador para esperar mi pedido, consciente de la atención de Fabio Schwarz sobre mí.

Debía pensar que era una borde.

Ninguno de ellos entendía lo que era tener una enfermedad que los demás trataban como un capricho.

O tal vez solo era yo teniendo una mala semana.

Después de recoger nuestros pedidos, nos sentamos cerca de la puerta. Nuestra mesa habitual estaba ocupada, pero tampoco es que me importara. Cuanto menos visible, mejor.

De camino me percaté de que Dan estaba en el otro extremo de la cafetería, de espaldas, hablando con alguien de su grupo.

No me vio o hizo como que no me veía. Me pregunté si pensaría en mí.

Si le habría dado vueltas, como estaba haciendo yo.

Si la lista le habría importado en algún sentido que no fuera el de confirmar lo que ya sospechaba.

Aparté la vista antes de que pudiera pillarme mirándome y me concentré en no derramar el café.

Mis amigas debieron intuir mi mal humor, porque mantuvieron un silencio respetuoso y muy poco común de nosotras.

La silla junto a mí se arrastró hacia atrás.

—¿Os habéis enterado? —Bobbie apareció y se desplomó en la silla.—. Han pillado a Sophia Braxton haciéndole una mamada a Pietro Vignali en el aparcamiento.

Jane se inclinó hacia delante.

—¿En serio?

Dejé que sus voces se convirtieran en ruido de fondo. Hasta que, un rato más tarde, hubo un silencio que decidí aprovechar.

—Necesito vuestra ayuda. —Jugué con la tapa del vaso—. Necesito que me ayudéis a mejorar.

—¿A mejorar el qué? —Bobbie parpadeó con confusión.

—Lo que sea que está fallando. —No pude evitar recordar lo que me había dicho mi hermano el otro día en la cocina.

—Voy a matar a esos cabrones de la lista —gritó Rebecca, haciendo que varias personas se giraran a mirarnos—.

Por última vez, Erika: No hay nada de malo en ti.

Fabioloso acaba de susurrarte que nadie es infollable mientras te comía con los ojos.

¿Por qué no te quedas con eso? ¿Por qué solo te llega lo malo?

—No me estaba comiendo con los ojos —negué—. Ni siquiera le he caído bien.

—Le has llamado putón —recordó Jane—. Y aun así quería seguir hablando contigo.

Bobbie cruzó los brazos e hizo un puchero.

—Me he perdido algo importante, ¿verdad? ¿Por qué siempre me pierdo todo lo bueno?

La mano de Jane apretó su hombro para ofrecerle consuelo.

—Luego te lo cuento todo.

Se lo estaban tomando a broma. Todos ellos se estaban tomando a la ligera mi problema. Claro, porque no eran sus nombres los que aparecían en la lista.

—¿Entonces vais a ayudarme o qué? —Me enganché los pulgares en los bolsillos delanteros, mientras me espalda daba contra el respaldo.

—Oh, por favor. Dan Steinbeck babea cada vez que te ve, tu vecino está obsesionado contigo, Fabioloso casi se baja los pantalones y se ofrece a sacarte de la lista aquí mismo en la cafetería…

pero tú no ves nada de eso, Erika. Estás tan convencida de que hay algo defectuoso en ti que ignoras todo lo demás, hasta lo que te dice el espejo.

—Piensas todas esas cosas porque eres mi amiga, pero para los chicos no funciono. —Mi autocompasión y mi furia crecieron conforme hablaba—. Olvidadlo, ni siquiera creo que sepáis como ayudarme. Necesito a alguien que no me vea distorsionada por el aprecio y que no tema herir mis sentimientos.

Me puse de pie. La silla chirrió contra el suelo.

—Erika, espera. —Jane extendió la mano.

Ya estaba caminando hacia la puerta, mi chaqueta colgando de un brazo.

Si mis amigos no iban a ayudarme, encontraría a alguien que sí lo hiciera. Lo que no había previsto era que ese alguien acabaría siendo la última persona que esperaba.