1
Mi madre tenía la cara contraída cuando entré en la cocina por la tarde.
—Nada mal —anunció Rob, ofreciéndole un gofre quemado con la espátula en alto.
Mi madre lo probó y trató de fingir lo mejor que pudo que no le estaba dando arcadas.
—Están buenos, cariño.
Yo dejé mi mochila deportiva en el suelo junto a la puerta y fui directa a la nevera. Todavía tenía barro en las espinillas del entrenamiento y el pelo húmedo pegado al cuello, pero nadie preguntó cómo había ido.
Fuera hacía ese calor húmedo de febrero que en Sídney confundes con verano hasta que el cielo se pone a llover sin avisar.
—¿Erika? —Mi madre abrió el bolso y sacó el móvil sin levantar la vista—. Necesito que pases por el súper. Te mando la lista.
—Vale.
—Y algo para tu hermano, que está creciendo.
Cogí un yogur de la nevera y cerré la puerta despacio.
Rob me miró por encima de la isla de la cocina y por la sonrisita de autosuficiencia ya sabía que iba a soltarme alguna perla.
—Oye, he visto antes a Gary darte un abrazo en el jardín.
—Ajá.
—He intentado imaginarme tu cara si fuera un chico de verdad. —Sacudió la cabeza como si la imagen le resultara imposible—. O sea, uno al que le gustes.
Mi madre soltó una risita distraída sin apartar los ojos del móvil.
—Rob —lo regañó, aunque su tono distaba mucho de ser severo.
—Pues sí que estabas aburrido esta tarde… —Me encogí de hombros y di un sorbo directamente del envase.
—Te pones rarísima con esas cosas. ¿Has tenido una cita alguna vez? —Ladeó la cabeza, genuinamente curioso, que era lo peor. No lo decía con maldad, solo señalaba algo obvio—. No sé, igual hay algo que no funciona bien ahí.
Hubo un silencio de dos segundos.
—El móvil te vibra —le dije.
Rob bajó la vista a la encimera y yo recogí mi mochila del suelo.
—Erika, te he mandado la lista —repitió mi madre.
—Ya la veo.
Salí por la puerta trasera con la boca manchada de yogur. Lo peor no era que mi hermano me viera como un caso clínico. Lo peor era que a veces yo también lo pensaba.
En el súper, intentando recordar si a mi padre le gustaban los yogures de cereza, escuché una voz que reconocí al instante.
—Esa es mi peor asignatura, mamá. —La voz de Dan era tensa, pero trataba de mantener el tono bajo—. Y soy el sexto de la clase.
—No digo que tengas que ser el primero en todo…
—¿A no? —se quejó él—. Porque eso es justo lo que parece que estás diciendo.
—Daniel, no seas tan sensible —lo regañó su madre, ojeando los frigoríficos de las verduras congeladas—. Solo comentaba que el año pasado ibas mejor.
—El año pasado el nivel no era tan alto. —Sus dedos estaban blancos alrededor del asa del carrito y su postura era rígida.
Me quedé paralizada e incapaz de apartar la mirada.
—Son buenas notas —continuó él, perdiendo fuerza. Parecía estar convenciéndose a sí mismo a la vez que a ella—. No he suspendido nada.
—¿Suspender? Pues sí que has puesto el listón bajo este año —replicó su madre y hubo un silencio incómodo.
—No es eso, es que… parece que nunca nada es suficiente.
La madre suspiró, claramente molesta.
—Lo hablamos luego con tu padre —zanjó. Se dio la vuelta y se alejó hacia las estanterías de cereales y galletas.
Dan se quedó quieto unos segundos, con los hombros hundidos. Entonces levantó la vista y me pilló de lleno, espiándolo.
Se me incendió la cara de vergüenza. Pensé en darme media vuelta y huir, pero era demasiado tarde porque nuestras miradas se habían cruzado.
Estaba segura de que iba a odiarme por haberlo observado durante un momento tan incómodo, pero no fue eso lo que vi en su rostro. Más bien parecía cansado.
Se pasó una mano por el pelo y esbozó una sonrisa apagada, muy distinta a la del instituto.
—Hola, Erika —dijo, acercándose un poco—. ¿Qué haces?
—Hola. No… no estaba escuchando. Bueno, sí. Un poco, pero sin querer. Lo siento...
—Da igual. —Se encogió de hombros.
Hubo un silencio incómodo, durante el cual me planteé salir corriendo con mi cesta sin mirar atrás.
—Lo mejor es rendirte… —empecé, sorprendiéndonos a ambos.
—¿Qué?
Iba a arrepentirme de aquello, pero algo había abierto la escotilla y no conseguía volver a cerrarla. El desastre era inminente.
—Digo que a veces lo mejor es rendirte con tus padres, aceptar que hagas lo que hagas no van a estar satisfechos.
Dan se puso serio y pensativo un instante, después asintió despacio.
Tenía que haberlo dejado ahí, pero no conseguía cerrar la maldita boca.
—Mi hermano, Rob, es el gracioso. Yo soy… la que no da problemas, pero tampoco alegrías.
Dan soltó una risa baja, sin humor.
—Yo soy hijo único. Así que solo compito contra mi sombra, el hijo con el que soñaban antes de que yo naciera.
Es agotador, la verdad… —Se movió sobre sus pies, metiendo las manos en los bolsillos en vista de que la conversación se iba a alargar—.
Intentar llegar a una meta que siempre se mueve un poco más lejos.
Asentí, notando un tironcito en el pecho por él. Quería decirle que a mí me parecía perfecto como era, quería darle un abrazo y consolarle, pero me contuve.
Nos quedamos mirándonos un instante más en silencio. Hasta que su madre apareció con una caja de galletas que tenían muchas etiquetas de “sin” pero poca pinta de tener valor nutricional.
—Hasta mañana, Erika —se despidió él, dedicándome una sonrisa pequeña que se sintió enorme cuando la guardé dentro de mi corazón.
Se alejó por el pasillo, y terminé mi compra en piloto automático.
Salí del supermercado con la bolsa en una mano y el móvil en la otra, todavía con la cabeza en las nubes. No vi al chico hasta que choqué con él.
La bolsa se me escurrió hacia un lado y tuve que agarrarla con las dos manos para que no se cayera. Levanté la vista para disculparme y me encontré con una mandíbula bien definida, luego con unos ojos marrones somnolientos, como si acabara de levantarse de una siesta larga.
—Disculpa.
El chico, que era ridículamente guapo, me clavó la mirada un segundo, antes de continuar caminando sin responderme.
Le contemplé con el ceño fruncido mientras se alejaba, tenía la capucha subida y las manos en los bolsillos. Su forma de caminar ya me decía bastante: fuera quien fuera, se creía por encima de las cortesías de la gente normal.
Después de soltar un bufido y sacudir la cabeza, comprobé el interior de la bolsa para asegurarme que los huevos seguían intactos. En el camino de vuelta a casa no podía dejar de pensar en Dan. Aunque no le conocía mi intuición me decía que era el chico perfecto para mí.
Quería que fuera el primero de verdad, no el pico torpe con mi vecino Gary que nos dio risa a los dos. Quería algo que me volara la cabeza, y Dan me parecía el candidato perfecto. Pero no tenía ni idea de cómo ligar, así que mi estrategia tendría que limitarse a esperar que él diera el primer paso.
Porque iba a darlo. Estaba segura de ello.
Al menos, hasta que salió la lista y lo jodió todo .