El Dilema de Erika (Campus Sídney 3)
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Prólogo
Me encapriché de Dan Steinbeck en siete días, y fue enteramente culpa suya y de sus juegos mentales.
Ocurrió al principio del curso. Rebecca y yo nos atrincheramos en la primera fila en economía, sin nada entre nosotras, el profesor y la pizarra.
Éramos unas empollonas orgullosas, pero con pinta de chicas duras.
Rebecca con las manos llenas de anillos de plata y los labios pintados de rojo burdeos, y yo con la camiseta de Red Hot Chilli Peppers manchada de césped porque había estado practicando pases con Jane antes de entrar a clase.
—Erika Summers —dijo el señor Williams al pasar lista.
—Presente.
—¿Quién es esa? —llegó una voz desde tres filas atrás.
Levanté la vista hacia Dan Steinbeck que hojeaba su libro sin mirarme siquiera. Me encogí de hombros sin darle más importancia y seguí tomando notas.
Dos días después, en literatura, el profesor volvió a llamarme.
—¿Erika Summers?
Alcé la mano mientras escribía la fecha en una hoja nueva de mi cuaderno, decidida a ser muy organizada ese nuevo curso. Propósitos de curso nuevo que nunca pasan del primer semestre.
—¿Quién es esa?
Mi bolígrafo se detuvo a mitad de palabra y giré la cabeza, preparada para fulminarlo con la mirada. Esta vez, Dan sí que me estaba mirando y la sonrisa juguetona que me dedicó me detuvo el corazón.
—Es nueva, ¿no? —Sus ojos traviesos no se apartaron de los míos mientras hablaba.
La confusión me provocó un cortocircuito ¿Dan Steinbeck estaba tonteando conmigo? ¿Conmigo? ¿Es que no había visto a Carmina González y su escotazo dos filas más atrás de él?
«Tiene que haber otra explicación» me dije, clavando la vista en mi cuaderno, con las mejillas ardiendo.
Esa misma tarde, Rebecca y yo nos lo cruzamos por la calle al volver de comprar material de la papelería. Mi interés ligero en él se había intensificado en el transcurso de una tarde. Así que me dio un bajón increíble verle acompañado por una chica guapísima.
No era alumna en Sydney Grammar, pero sí que era una diosa. Guapa, alta, delicada pero sexy, de esa forma que les gusta a los hombres. El reflejo del sol en su melena rubia larga casi me dejó ciega.
—Vamos a cruzar. —Tiré ansiosa del brazo de Rebecca hacia la calzada.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Pero mi amiga le reconoció.
—Ese chico es de nuestra clase, ¿no?
—Ajá.
—Joder, su novia está muy buena.
Estupendo, Rebecca también pensaba que era un pibón. No eran mis inseguridades tratando de hundirme.
—Sí —gruñí de mala gana. Vamos que Dan no estaba tonteando conmigo en clase, solo se estaba burlando de que no soy una persona memorable. Como si no lo supiera ya.
«Pues que le den».
Pero al día siguiente todo se volvió aún más raro.
En ciencias, la profesora Owens leía en voz alta algo sobre células cuando una sombra cayó sobre mi pupitre. Levanté la vista y me lo encontré, alto como un actor de Hollywood, y sexy a rabiar.
—¿Tienes típex?
¿En serio? Había otros quince estudiantes entre él y yo con estuches a rebosar de material escolar. ¿Por qué había cruzado la clase para pedírmelo a mí? Sin dar crédito a su extraño comportamiento, extendí el corrector con la sospecha de estar en mitad de un sueño.
Cuando vino a devolverlo, sus dedos rozaron los míos durante un segundo entero, en el que me clavó la mirada. Floté entre nubes, conocí a Jesucristo y a Buda mientras sonaba November Rain en mi mente, aunque no era noviembre ni estaba lloviendo, pero era la canción que le iba a ese momento.
—Ayer por la tarde te vi.
—Ahh… —¿Se estaba refiriendo a cuando nos lo cruzamos con su novia la Diosa?
—En la calle, cerca de Torstar. Te vi de compras por allí.
No os vi. Te vi. A mí. Aparentemente Rebecca era invisible.
Mi cerebro sufrió el segundo cortocircuito de la semana.
—Ahh —entoné, incapaz de añadir nada más. Muy bien, Erika.
Dan sostuvo mi mirada unos segundos, como esperando algo. Al ver que permanecía muda, esbozó una sonrisa de medio lado y se alejó. Y hasta Rebecca lo siguió con los ojos hasta que volvió a su sitio.
Yo le gustaba, no había otra explicación. Aun así, no tenía sentido. Los chicos como él no se fijaban en mí.
No quería ilusionarme y acabar con el corazón roto, como otras veces. Yo nunca era la chica que querían de novia. Era a la que daban un codazo y hacían bromas de chicos. Y eso no iba a cambiar este año por arte de magia.