El Diario del Alquimista Capítulo 30 Problemas en el lago
99%

Capítulo 30 Problemas en el lago

La vida pocas veces da algo sin exigir nada a cambio. Yo, como alquimista, debía saberlo mejor que nadie.

Las probabilidades de que alguien como yo tuviera una suerte ilimitada eran tan escasas que, evidentemente, aquello no iba a durar.

Los sentimientos son inevitables. Algunos, como la venganza, te permiten tener algo a lo que aferrarte cuando has perdido todo lo demás. No es una actitud saludable, pero te vuelve relativamente funcional. El odio puede calentar tus noches más frías.

Sin embargo, el amor es una combinación peligrosa: te vuelve débil, poderoso, estúpido, feliz, irracional y apasionado, pero, sobre todo, te da la confianza de que nada saldrá mal.

Te vuelve confiado.

Dejas de ser precavido.

Eso fue exactamente lo que me ocurrió.

Gracias a Hicoro, no expuse mi magia ante un comedor lleno de Sebakhem y altos mandos.

Mi descanso se había visto seriamente perjudicado. Mientras Nirash podía regresar a dormir, yo tenía que trabajar en el laboratorio y sacrificar mis escasos momentos de descanso y convivencia para conseguir unas cuantas horas de sueño.

Aun así, no podía quejarme.

Para ser honesto, en aquellos momentos era más feliz de lo que jamás había sido, y eso era todo lo que me importaba.

Los horrores de la guerra parecían desaparecer con solo pensar en verla una vez más.

Además, el pacto con los seres mágicos era cada vez más fuerte.

Ya no había tantos motivos para estar nervioso.

Ahora que ellos también conocían el peligro que amenazaba no solo a Auralia, sino también al mundo mágico, las muertes se habían reducido al mínimo y las antiguas amistades que se habían formado durante el breve periodo en el que fuimos compañeros en público comenzaban a revivir de una manera extraña.

Ante la perspectiva de aquel futuro prometedor y brillante que se asomaba por el horizonte, me resultó imposible ver la amenaza que se acercaba desde la oscuridad para golpearme con toda su fuerza, precisamente en un lugar donde, hasta aquel momento, me había sentido completamente tranquilo y protegido.

Nirash y yo celebrábamos una excelente actuación durante la batalla y nos reíamos al recordar cómo, unos días antes, había entrado al cuartel con la bufanda que ella había usado el día anterior.

Ante las miradas de los soldados que reconocieron la prenda, me vi obligado a improvisar una explicación creíble.

—¡Trofeo de guerra! —grité mientras levantaba la bufanda.

Hicoro y yo cruzamos el salón mientras cientos de soldados me daban palmadas en la espalda y lanzaban vítores para celebrar mi hazaña.

—¿En verdad te creyeron?

Me encogí de hombros antes de responder.

—No tienen motivos para no creerme. Todos saben que soy un Sebakhem y que quieres matarme. No es como si hubiera venido a verte en secreto y te hubiera convencido para que me la dieras.

—En realidad, no me convenciste —dijo mientras se acercaba hasta que nuestros labios se rozaron—. Yo te la regalé.

—Y yo te regalé mi corazón.

—Eso tampoco es cierto. Yo lo robé.

Silenció con un beso cualquier posible réplica que hubiera podido pronunciar en aquel momento.

—Ladrona —respondí con una sonrisa.

Aquella noche fue de lo más tranquila.

Platicamos, cenamos, contemplamos las estrellas, hicimos algo de "ejercicio" para quemar las calorías que habíamos ganado con la cena y Nirash se quedó dormida un momento sobre mi pecho, hasta que despertó sobresaltada.

—¿Ya va a amanecer?

—Aún faltan unas horas. ¿Por qué?

—Tengo que conocer a mi nuevo comandante a primera hora de la mañana.

—¿Otra vez acabaron con tu ejército?

—¡Calla! No es mi culpa que ustedes, los alquimistas, fabriquen gases que resultan explosivos.

—Eso significa que los atacaste y todo tu ejército terminó incinerado —dije mientras intentaba controlar el impulso de reír.

Ella bajó la mirada, avergonzada.

—Tengo que irme —dijo mientras se ponía de pie y buscaba su ropa.

El fuego de nuestra fogata arrancaba destellos dorados de su piel y en sus ojos se reflejaba parte de la luna.

Me levanté con ella y comencé a ponerme los pantalones.

Nirash, sin embargo, se vistió mediante magia, por lo que terminó antes que yo y se acercó para abrazarme mientras yo seguía vistiéndome.

—¿Nos vemos mañana?

—Desde luego, princesa.

Me incliné para besarla, pero me detuve cuando exclamó:

—¡Ay!

Su fuerza se desvaneció rápidamente, hasta el punto de que tuve que sostenerla entre mis brazos y recostarla en el suelo.

Parecía dormida o desmayada.

Aquello no tenía ningún sentido, hasta que descubrí un pequeño dardo clavado en su cuello.

No necesitaba utilizar el ojo del alquimista para saber quién había fabricado aquel dardo.

El diseño era auraliano.

Eso solo podía significar una cosa: nos habían descubierto.

El sonido de varias botas de combate golpeando el suelo húmedo nos rodeó.

Había diez soldados distribuidos en todas direcciones. Nos encontrábamos completamente cercados y, fuera del círculo que habían formado, estaba mi gabardina, junto con la pistola y la espada.

Estaba desarmado.

Sus uniformes pertenecían a la división de fuerzas especiales en la que había servido Hicoro. Eran conocidos como los mataalquimistas.

—Alquimista Leo, se le acusa de alta traición por fraternizar con el enemigo. Señor, por favor, entréguese pacíficamente o nos veremos obligados a disparar.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro y descendía hasta mis pies.

Mi pulso se aceleró y el miedo apareció, aunque no podía permitir que me consumiera.

Ellos tenían un rango inferior al mío, por lo que estaban obligados a responder a mis preguntas con honestidad.

—Soldado, ¿quién los envió?

—Nadie, señor —respondió mientras, al igual que sus compañeros, me apuntaba con un rifle equipado con bayoneta—. Estábamos en una misión de reconocimiento y seguimos la luz de la fogata.

Al menos, nadie más que ellos sabía lo ocurrido.

—Tenemos que llevarlo al cuartel general junto con la bruja para que sean sometidos a juicio —dijo otro de los soldados.

Era evidente.

Ese era el procedimiento que debían seguir, pero el juicio no sería más que una formalidad.

El destino de Nirash y el mío ya estaba escrito: pena de muerte.

—¿Alguien más sabe que estoy aquí?

—No, señor.

—Ustedes son diez y yo solo soy un Sebakhem desarmado. ¿Están seguros de que quieren hacer esto? —pregunté con la voz más intimidante que pude emplear.

Tuve la satisfacción de ver cómo tragaban saliva con nerviosismo y retrocedían medio paso.

—Señor, podemos disparar si es necesario. Entréguese pacíficamente.

Suspiré.

—Lo sé, soldado, pero eso no es posible. Si quieren llevarme, tendrán que hacerlo por la fuerza.

—Si así lo desea.

Escuché cómo quitaba el seguro de su rifle y, deliberadamente, di un paso hacia él.

El sonido de una pequeña explosión rompió la tranquilidad del lago.

Un destello de fuego me deslumbró durante un instante y sentí un adormecimiento en el pecho.

Casi de inmediato, una ola de calor comenzó a escurrir por mi torso.

Tuve que tocar la sangre con las manos para comprobar que realmente estaba herido.

La sensación de la última vez que me habían disparado regresó a mí.

Los soldados me observaban con expectación mientras yo contemplaba cómo fluía mi sangre.

De pronto…