Capítulo 29 Errores #2
El muchacho cerró los ojos con tristeza y el rostro de Leo se convirtió en la personificación del miedo y la desesperación.
El niño reaccionó de la misma manera que él.
—¡Ve! —le dijo—. Nosotros estaremos bien. ¡Vete!
Leo dudó durante un instante y después comenzó a correr en dirección contraria mientras repetía:
—No, no, no… No puede ser. ¡Maldita sea, no!
La velocidad a la que se desplazaba era impresionante.
Todo a su alrededor se convirtió en imágenes borrosas y sus ojos se encendieron con un brillo esmeralda sorprendentemente intenso.
Nunca lo había visto así.
De pronto, su cuerpo se transformó en chispas esmeralda y, en menos de un parpadeo, apareció en un bosque diferente.
Allí, su cuerpo volvió a brillar.
Leo no dejó de correr y el mismo proceso se repitió varias veces.
La velocidad y la violencia con las que avanzaba eran increíbles.
Ignoraba qué había visto, pero debía de ser algo verdaderamente terrible para hacerlo reaccionar de aquella manera.
Mientras Leo corría, pude escuchar las pisadas de otros seres que lo perseguían.
Se acercaban cada vez más a él conforme se teletransportaba a distintos lugares.
Finalmente, varios demonios aparecieron frente a él.
Supuse que tendría que detenerse para luchar contra ellos, pero ni siquiera redujo la velocidad.
Formó una esfera de energía y golpeó al demonio que le bloqueaba el camino.
Los demás comenzaron a dispararle y sus ataques impactaron contra su cuerpo, pero eso tampoco logró detenerlo.
Las manos de Leo se transformaron en garras y golpeó a los demonios mientras corría y se teletransportaba a toda velocidad.
Su nerviosismo era tan evidente que desperté agitada, como si hubiera sido yo quien corría de aquella manera.
—Malditos sueños —dije al comprobar que me había enredado entre las sábanas de la cama debido a la angustia que me había provocado la reacción de Leo.
Ese nerviosismo fue evidente incluso para los demás miembros de la familia.
En cuanto bajé a desayunar, vi que Vesta estaba a punto de hacer algún comentario sarcástico, pero este se desvaneció en el momento en que observó mi rostro.
—¿Todo está bien? —preguntó, nerviosa.
Las miradas de los demás se clavaron en mí, haciéndome sentir incómoda.
Narré lo que había soñado, casi molesta por el grado de desesperación que me habían provocado las últimas acciones de Leo.
Me sorprendió ver el asombro en sus rostros.
—¿Qué pasa? —pregunté, preocupada.
—¿Estás segura de que el alquimista hizo eso? —preguntó Frigian con un hilo de voz.
—Sí. ¿Por qué?
—Está atravesando el mundo. Es posible que también esté tomando atajos entre dimensiones —explicó Vesta en tono pensativo, antes de dirigirse a Rubiel—. ¿Tú sabías que podía hacer eso?
—Nunca había recorrido una distancia tan grande ni a esa velocidad, pero no tenemos idea de adónde se dirige. Lo que sí sé es que muy pocas cosas pueden alterarlo de esa forma.
La curiosidad terminó por vencerme.
—Entonces, ¿no es normal lo que está haciendo?
Tal como temía, fue Azul quien respondió a mi pregunta.
—La teletransportación es una técnica muy peligrosa.
Consiste en separar las moléculas del cuerpo y reintegrarlas en otro punto.
Exige un nivel de concentración elevado y, aunque permite recorrer distancias increíbles, presenta demasiados riesgos: lugares protegidos, zonas energéticas y demonios capaces de detectar a las criaturas que la utilizan.
Es más seguro viajar a través de un portal descompuesto que teletransportarse.
Además, hacerlo como lo está haciendo tu padre requiere una cantidad desmedida de energía.
El resto del desayuno transcurrió prácticamente en silencio.
Vesta se levantó primero y me indicó que fuera al cuarto de entrenamiento.
Vesta parecía tan preocupada como Rubiel.
—Tranquilo, hombre —dijo Azul—. El alquimista estará bien. Te recuerdo que es como una cucaracha: por más que la pises, no muere.
—Lo sé, pero debería estar con él. Esto resultó más peligroso de lo que pensaba.
—Aun así, si necesita ayuda, sabe que puede pedirla. Que sea demasiado orgulloso como para admitirlo es diferente. Además, es orgulloso, no idiota.
—Le preocupa más mantenernos a salvo que su propia seguridad. Eso lo sabes bien —respondió Rubiel, casi como un reproche.
—Mi niña, ¿por qué no vas con Vesta? Creo que ellos están a punto de tener una plática demasiado aburrida —me susurró Neritha.
Salí silenciosamente de la cocina mientras ellos continuaban discutiendo sobre situaciones pasadas en las que Leo había antepuesto la seguridad de los demás a la suya.
Me sorprendió que, al llegar al cuarto de entrenamiento, se encontrara vacío, por lo que esperé a Vesta un par de minutos, hasta que finalmente llegó.
—Lo siento. Esperaba regresar antes de que llegaras —dijo.
—No te preocupes.
Vesta suspiró antes de hablar.
—Voy a serte honesta: hoy estoy demasiado nerviosa como para entrenar.
—De acuerdo —respondí, un poco molesta porque me hubiera pedido que fuera al cuarto de entrenamiento en vano.
Mi reacción no pasó inadvertida para ella, que comenzó a reír.
—No estoy loca. Te pedí que vinieras por una razón.
Hasta ese momento me di cuenta de que sostenía una fotografía entre las manos.
—Lo más probable es que pienses que soñar con Leo es una molestia, y no te culpo. Yo odiaría ver las cosas que hace cuando está solo. No pelea igual que cuando está con nosotros: se vuelve más irresponsable, más… peligroso, por así decirlo. Pero gracias a eso sabemos que sigue con vida.
Vesta señaló la fotografía que sostenía entre las manos.
—Esta es la única fotografía que existe de los tres juntos.
No entendí a qué se refería hasta que me puso la fotografía en las manos.
Leo y mi mamá estaban abrazados sobre una cama.
Él vestía un saco negro y una camisa blanca. Tenía el cabello más corto, aunque aún lo llevaba recogido en una coleta.
Mi mamá lucía la sonrisa más radiante que jamás había visto.
Leo la contemplaba completamente enamorado y, en brazos de mi mamá, había una pequeña bebé envuelta en una cobija.
Vesta aprovechó el momento en que mi garganta se cerró y mis ojos comenzaron a humedecerse para hablar.
—Ni Leo ni Amelia se dieron cuenta de que quería tomarles una fotografía hasta que vieron el flash —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Gracias —conseguí articular con dificultad.
Ella respondió con una inclinación de cabeza y salió del cuarto de entrenamiento.
Regresé a mi habitación tan rápido como pude.
Aquello lo cambiaba todo.
La fotografía de mi mamá me había mostrado cómo era. Sin embargo, no lograba ver a Leo como un padre.
No podía imaginar al alquimista que aparecía en mis sueños con una bebé entre los brazos.
Leo y los niños eran, simple y sencillamente, incompatibles en todos los sentidos.
Sin embargo, en aquella fotografía pude ver no solo el amor que Leo sentía por mí, reflejado en la forma en que sus brazos me protegían, sino también el amor que sentía por mi mamá.
Nunca había visto algo más hermoso que la manera en que Leo la contemplaba.
Era como si hubiera esperado durante siglos para volver a verla desde la última vez que ella había parpadeado.
Aquello me dio más ánimos para seguir leyendo el diario de Leo.
Me moría por saber cómo se habían conocido, cómo se habían casado y qué le había ocurrido a mi mamá.
Todo aquello representaba un misterio que aguardaba sobre mi mesa de noche para ser resuelto.
Aun así, me sentía demasiado alterada como para leer, por lo que decidí jugar un rato en la computadora.
Durante los últimos días había descuidado enormemente mi vida virtual y mi buzón de mensajes estaba a rebosar.
Buena parte de los correos provenían de Alika.
Me limité a responderle con un mensaje telegráfico para tranquilizarla:
Estoy bien. Estoy en la casa de Leo. Aún no lo conozco, pero conocí a su "familia". Además, tengo una sorpresa para ti.
Adjunté al final del mensaje las fotografías que tenía de mi mamá y de los tres juntos.
Sabía que aquel correo haría que Alika se volviera loca.
Ella siempre había sentido curiosidad por conocer a Leo, quizá incluso más curiosidad que yo, pero nunca mencionaba a mi mamá, mientras que yo deseaba saber cómo había sido.
Cuando la tarde comenzaba a caer, decidí que era momento de leer un poco antes de comer algo.