Capítulo 29 Errores
Aún no era tan tarde, pero me sentía cansada.
Luchaba contra la tentación de llamar a mis padres. Sabía que cabía la posibilidad de que estuvieran en peligro.
Aunque todo apuntaba a que los demonios buscaban a la "hija del alquimista", no me tranquilizaba imaginar que durmieran en la misma casa que recientemente había sufrido el ataque de un demonio.
Hasta donde sabía, no poseían poderes para defenderse.
Incluso llegué a pensar que estarían más seguros si estuviera con ellos, aunque el miedo aún me paralizaba cada vez que veía a un demonio atacarme.
Tomé el celular que Leo me había regalado por mi cumpleaños y marqué el número de mi casa.
Escuché el tono mientras esperaba que alguien respondiera. Sin embargo, la contestadora reprodujo su mensaje habitual y un "bip" me indicó que podía grabar.
—Mamá, papá, los quiero mucho. Los extraño —dije tras unos instantes.
No sabía qué más decir.
Probablemente tuvieran alguna idea de lo que estaba viviendo en aquellos momentos. No poseían poderes, pero parecían estar bastante enterados de la existencia del mundo mágico.
Comprendí que era probable que estuvieran trabajando.
Donde me encontraba era de noche, pero seguramente en mi casa aún era de día.
No sabía exactamente dónde estaba, aunque suponía que al menos había cambiado de continente.
Lo más probable era que mis padres estuvieran trabajando y no bajo la amenaza de algún demonio.
Colgué el teléfono sintiéndome mal por no haber dicho algo más ingenioso y cerré los ojos de mala gana, intentando apartar aquel pensamiento.
Me preguntaba si llegaría un momento en el que me sintiera capaz de matar un demonio.
Matar demonios.
Nunca creí que llegaría a plantearme la posibilidad de tener que matar a alguien con magia.
Aquello no encajaba con el mundo en el que había estado acostumbrada a vivir: un mundo donde mi principal preocupación debía ser la escuela o preguntarme si la ropa que llevaba era apropiada para alguna fiesta.
Esas eran las preocupaciones que deberían afectar a alguien de mi edad, no pensar qué haría la próxima vez que un demonio intentara matarme.
Todo aquello pertenecía a las películas de ciencia ficción y a los cuentos de hadas, donde caballeros con armaduras relucientes luchaban contra magos y dragones para rescatar a una princesa.
Incluso me pregunté cuántas de aquellas historias tendrían algún fundamento histórico real.
Me quedé dormida esperando el inevitable sueño de mi padre alquimista, que cada noche me regalaba pesadillas que estaba segura de que cualquier director de cine habría dado lo que fuera por incluir en sus películas.
Esta vez, el frío se filtraba a través de la ropa de Leo.
Tanto él como el niño con el que había soñado la noche anterior llevaban prendas más abrigadoras, pero la naturaleza no parecía dispuesta a permitir que nadie sobreviviera en aquellas condiciones.
Supuse que finalmente habían llegado a Rusia.
Las extrañas palabras escritas sobre una reja que rodeaba una instalación de aspecto militar confirmaron mi sospecha.
—Muy bien, mocoso. Tú te quedas aquí.
—Pero hace frío.
—¿Quieres acompañarme?
—No —respondió avergonzado.
Leo revisaba una pistola de aspecto imponente que había extraído de entre su ropa.
—¿Se la robaste a ese soldado?
—¡Oye! Es una Desert Eagle calibre .50. Esas oportunidades no se desperdician.
—Ladrón —dijo el niño, cruzándose de brazos—. Mi hermana dice que no está bien robar.
—Señor Ladrón para ti. Y tu hermana no tiene derecho a decir eso. Cuando la veas, pregúntale qué ocurrió en Buenos Aires hace tres años.
Noté cómo el niño, con el rostro medio oculto tras una gruesa chamarra, abría desmesuradamente los ojos ante la insinuación de que su hermana hubiera cometido un robo.
—Ella no hizo nada.
—Claro que sí. Yo la saqué de la cárcel —respondió Leo mientras caminaba hacia la instalación militar con una sonrisa.
Supuse que entrar en una instalación militar de aquel tamaño representaría algún problema para Leo, pero estaba terriblemente equivocada.
Unos cuantos golpes bastaron para dejar inconscientes a los guardias de la entrada.
Leo revisó los bolsillos de los guardias en busca de balas, que después transmutó en munición de mayor tamaño.
Seguramente no había conseguido suficientes balas cuando robó la pistola.
Además de la munición, Leo sustrajo un par de cuchillos, goma de mascar y unos cigarrillos.
Dentro de la instalación militar, el clima era mucho más agradable. Al menos, el viento ya no lo golpeaba de forma dolorosa.
Me intrigó que los pasillos estuvieran tan vacíos y percibí un ligero aroma a azufre.
Al doblar en uno de los pasillos, Leo se vio obligado a ocultarse rápidamente para no ser descubierto por los soldados que custodiaban una pesada puerta metálica.
Respiró profundamente y se apoyó contra la pared.
—Demonios Blizara.
Leo volvió a respirar profundamente y algo parecido a una membrana apareció alrededor de su cuerpo.
Después caminó directamente hacia los demonios, quienes parecían ignorar su presencia aunque pasaba justo frente a ellos.
Cuando estaba a punto de alcanzar la puerta, se detuvo de golpe y se cubrió el rostro como si hubiera percibido un olor desagradable.
Después estornudó.
Los demonios dirigieron la mirada hacia él al mismo tiempo que la membrana que lo ocultaba desaparecía.
—¡Mierda! ¡Odio el frío! —exclamó mientras se rascaba la nariz.
Los demonios, cuyos ojos eran tan azules como las profundidades del mar, transformaron sus manos en largas estacas de hielo.
Leo disparó contra ellos con precisión mortal.
Las balas impactaron en sus cabezas, que se resquebrajaron como hielo en cientos de fragmentos que se evaporaron al tocar el suelo.
—¡Esta cosa es genial! Tengo que conseguir una legalmente en algún momento —dijo Leo con entusiasmo.
Una de las balas había atravesado a un demonio y después había impactado contra la pared, donde había dejado un orificio de tamaño considerable.
Guardó la pistola entre su ropa y extrajo la espada que había conseguido unos días antes.
Después abrió la puerta.
En el interior había un joven de aproximadamente mi edad, con un extraño casco metálico y las manos encadenadas a una pared.
El muchacho abrió desmesuradamente los ojos al ver a Leo.
—Hola. ¿Qué te trae por aquí? —preguntó Leo con humor al observar que el joven buscaba algo con la mirada—. ¿No estamos solos?
En ese momento, una mano sobrenaturalmente grande sujetó a Leo por el pecho y lo estrelló contra el suelo.
—Ya veo que no —dijo casi sin aliento.
Su mirada se concentró en un demonio gigantesco que vestía la piel de un oso como abrigo y cuyo rostro estaba coronado por una sonrisa.
—Alquimista —dijo el demonio con una voz que sonaba como hielo rompiéndose—. No esperaba encontrarte en esta parte del mundo.
—Ni yo sé qué demonios hago aquí —respondió Leo con voz entrecortada por el peso de la mano que se hundía contra su pecho—. Si no te molesta, me llevaré al mudo y todos felices.
El demonio comenzó a reír.
—Me encantaría, alquimista, pero tenemos asuntos pendientes con el psicocinético.
Levantó a Leo y lo estrelló contra la pared.
—Creo que tu cabeza tiene un precio muy alto en el Inframundo. Me pregunto cuánto me darán por ti.
—No lo suficiente como para arriesgar tu vida —respondió Leo.
Su mano tocó el brazo del demonio y este explotó en cientos de fragmentos.
El brazo comenzó a reintegrarse mientras Leo adoptaba una posición defensiva con su espada y el joven hacía señas con los ojos, suplicando que lo liberara.
—En un momento estaré contigo —dijo Leo como si estuviera respondiendo a una pregunta.
El demonio arremetió contra él con toda su fuerza, pero Leo se limitaba a esquivar los ataques y realizar cortes sobre su piel, que sonaban como metal golpeando una piedra.
—¡Cállate! ¡Tú tampoco estás ayudando demasiado!
Una vez más, Leo parecía estar hablando consigo mismo, pero el joven le señaló el casco con la mirada.
—¡Claro! ¿Por qué no se me ocurrió antes?
Leo dio un salto hacia atrás y lanzó uno de los cuchillos que había robado directamente contra el casco del muchacho.
El metal del casco se fracturó al recibir el impacto.
De pronto, la fisura comenzó a brillar con una luz azul eléctrica y el casco empezó a desmoronarse, revelando el tatuaje de un tercer ojo en la frente del joven.
En el tatuaje comenzó a formarse una esfera de energía que se transformó en un rayo al atravesar la habitación a una velocidad sorprendente.
El ataque golpeó al demonio, que murió de la misma manera que los demonios a los que Leo había disparado.
—¡Tenía todo bajo control! —protestó Leo al ver la sonrisa del joven—. Sí, claro.
Volvió a responder a una pregunta que yo no podía escuchar.
Los grilletes que aprisionaban al muchacho se oxidaron hasta romperse por sí solos.
El joven agradeció a Leo con una inclinación de cabeza y ambos salieron de la instalación militar sin encontrar a ningún otro demonio.
El reencuentro entre los hermanos fue bastante emotivo. Sin embargo, Leo parecía preocupado por otra cosa.
—¿Sabes dónde está tu hermana? —preguntó Leo al joven del tatuaje en la frente.
Este respondió afirmativamente con la cabeza y entrecerró los ojos.
—Ya veo. No será fácil sacarla de ahí.
—Te ayudaremos —dijo el niño con convicción.
—No lo creo.
Leo sacó del bolsillo una tarjeta de crédito y unas llaves, que entregó a los hermanos.
—¿Ya viste dónde es? —preguntó al joven del tatuaje.
Este volvió a asentir.
—Esperen ahí hasta que su hermana regrese.
Caminaron durante un rato hasta encontrar un árbol de forma extraña, que se retorció hasta formar algo semejante a un arco en cuanto Leo pronunció unas palabras que fui incapaz de entender.
—¿Pueden seguir desde aquí?
—Sin problemas —respondió el niño mientras estrechaba la mano de Leo en agradecimiento.
Su hermano hizo lo mismo. Sin embargo, en cuanto sus manos tocaron las de Leo, se estremeció.
—¿Qué fue eso? —preguntó Leo, alarmado—. Fue demasiado rápido. No pude leerlo.
Aquello explicaba por qué Leo respondía al joven aunque este no hablara: podía leer su mente.