El Diario del Alquimista Capítulo 28 Heladas negociaciones
97%

Capítulo 28 Heladas negociaciones

Era evidente que yo no había olvidado el motivo del secuestro de Nirash.

Lo habíamos planeado todo para reunirnos con Frigian en una pequeña cabaña abandonada. Alaric estaría presente y yo también, lo cual incluía, inevitablemente, a Hicoro.

Ellos, por su parte, acudirían junto con uno de los magos del Consejo, lo que equilibraría la situación: tres magos y tres soldados de Auralia.

—¿Segura de que va a llegar? —pregunté a Nirash.

—Sí, solo se retrasó un poco.

Notaba su nerviosismo en la forma en que me abrazaba.

—¿Qué pasa?

—Sabes que Frigian nunca aceptará lo nuestro. Por ley, tiene derecho a casarme con quien quiera.

—Creí que habías dicho que él nunca haría algo así.

—Bueno, nunca había tenido un novio alquimista que hubiera secuestrado a su hermanita.

—Cierto —concedí con tono burlón—. Supongo que lo mejor será que ambos finjamos que solo intercambiábamos información durante los combates y no en el lago.

—Sí —respondió con amargura.

Nos encontrábamos afuera, esperando a Frigian, cuando un sonido imperceptible para Nirash me indicó que él había llegado.

Nos separamos de inmediato.

—Alquimista —saludó Frigian con un tono tan helado como su magia—. Espero que esto sea importante. La única razón por la que estoy aquí es porque mi hermana me lo pidió y, para ser honesto, no sé cómo soporta verte después de lo que hiciste.

—Lo prometiste —dijo Nirash en un tono tan bajo que solo yo pude escucharla.

Había prometido no atacar a Frigian bajo ninguna circunstancia, por lo que me limité a sonreír.

—Lo sé. Es una mujer con un corazón enorme, pero puedo asegurarte que vale la pena que escuches esto.

—Más te vale.

Al entrar en la cabaña, Alaric y Hicoro esperaban a nuestros inusuales invitados.

—Frigian, es un placer —dijo Alaric mientras se ponía de pie para recibirlo.

—Me gustaría poder decir lo mismo, alquimista —confesó Frigian con pesar.

—¿Miedo? —preguntó Hicoro, con evidentes deseos de iniciar una batalla en aquel preciso momento.

—En lo absoluto, teniente. Te recuerdo que no solo soy diplomático. Creo haberte dejado al borde de la muerte en más de una ocasión.

—Siempre hay tiempo para una revancha, mago.

—Adelante.

La situación estaba escapando de nuestro control mucho antes de lo que había esperado.

Aunque ninguno llevaba armas, todos éramos peligrosos. Al menos cinco de nosotros no necesitábamos armamento para representar una amenaza y Hicoro contaba ahora con la licantropía, lo que lo volvía igual de peligroso.

Frigian condensó la humedad del ambiente para formar una espada de hielo y apuntó con ella hacia Hicoro.

—¿Aún quieres pelear, teniente?

—Esa espada podría terminar clavada en tu cuello antes de que tuvieras tiempo de parpadear —respondió Hicoro con un tono tan sombrío que Frigian retrocedió inconscientemente un paso.

Nirash me dirigió una mirada nerviosa y tanto Alaric como el mago del Consejo se pusieron tensos.

Si no intervenía de inmediato, aquello podía terminar en tragedia.

Me moví a una velocidad ligeramente superior a la humana, arrojé a Hicoro contra la pared con telequinesis y me coloqué frente a Frigian, quien ahora apuntaba la espada hacia mí.

—Baja el arma. Pactamos que no habría armas durante esta reunión.

—Cierto, alquimista —respondió con un tono que revelaba la intención homicida que comenzaba a nacer en él—. Pero los alquimistas son considerados armas humanas, ¿cierto? Su simple presencia rompe el acuerdo.

—¡Frigian! —exclamó Nirash, reprochándole sus palabras—. Lo prometiste.

—Lo sé, pero mi razonamiento es correcto —respondió con una sonrisa.

Maldita sea.

No quería llegar a aquel extremo, pero la situación lo exigía.

Tomé la hoja de la espada con la mano derecha y apreté con tanta firmeza que Frigian intentó moverla sin éxito.

—¿Cuándo te volviste tan fuerte? —preguntó, esta vez asombrado.

Ignoré su pregunta e incrementé mi poder hasta que toda la habitación se tiñó de esmeralda.

—No habrá ninguna pelea, mago. Solo queremos hablar. Si nuestra intención fuera matarlos, ya estarían muertos.

Percibí la mirada burlona que provocaron mis palabras.

—¿En verdad crees que me habría costado detenerte el corazón cuando hice explotar tus órganos?

Esta vez, mis palabras surtieron efecto en él.

Su frente se perló con un par de gotas de sudor frío y escuché con claridad cómo tragaba saliva para recuperar el control de sus emociones.

—Frigian —dijo Nirash con preocupación.

—Muy bien, alquimista. Tienes mi atención —respondió Frigian mientras revertía el conjuro con el que había formado la espada de hielo—. Escuchemos lo que tienes que decir.

Su hostilidad inicial desapareció tan pronto como expusimos la situación.

Al parecer, ellos también tenían historias acerca de los Dioses Primigenios y, al igual que nosotros, estaban aterrorizados ante la posibilidad de que regresaran. Por eso, convencerlos de convertirse en nuestros aliados resultó bastante sencillo.

Acordamos que Nirash y yo seríamos los encargados de mantener el contacto de nuestra nueva alianza.

No hace falta decir que Hicoro casi mató a Nirash con la mirada cuando tomamos aquella decisión.

A partir de entonces, las batallas comenzaron a cambiar de forma silenciosa, casi imperceptible.

Cada vez había más supervivientes. Los ataques se volvieron más espectaculares, pero menos mortales. Las estrategias que diseñábamos "fallaban" con mucha frecuencia y los soldados del otro bando parecían estar mal posicionados, por lo que generalmente el "combate" terminaba con rapidez.

Desde luego, nuestra pequeña alianza era precisamente eso: pequeña.

Los altos mandos mágicos decidieron enviar a la batalla al enemigo más formidable al que me había enfrentado hasta aquel momento.

Él y su ejército de magos, demonios y nigromantes representaban una amenaza tan grande que nos vimos obligados a utilizar todas nuestras fuerzas en combate.

El ejército decidió enviar a más de cinco alquimistas cada vez que él apareciera en combate contra nosotros y, aun así, nos resultaba imposible vencerlo.

Su nombre era Dracond, el ser más aterrador que había conocido.

Su actitud calmada y tranquila ocultaba una personalidad homicida y un poder devastador.

Pertenecía a una especie tan extraña que él era su último superviviente. Era una tribu en un solo individuo y ninguno de nosotros poseía el poder necesario para enfrentarlo con éxito.

—Los soldados son suyos. Los alquimistas son míos —dijo la primera vez que luchamos contra él.

Utilizamos todo nuestro poder solo para descubrir, aterrados, que parecía inmune a la mayoría de nuestros ataques o que se curaba con tanta rapidez que resultaba prácticamente invencible.

Grandes muros de piedra intentaban contenerlo.

Cientos de plantas venenosas y explosivas lo atacaban simultáneamente.

Cascadas de rayos descendían del cielo y lo golpeaban con una fuerza letal.

Ríos de fuego lo rodeaban mientras vientos tan veloces que podían cortar la piedra apenas lo acariciaban, como una simple brisa de verano.

—Muy bien. Es mi turno de jugar con los insectos.

Nos estremecimos cuando habló de aquella manera.

Habríamos podido jurar que sus palabras resonaron dentro de nuestros corazones.

Comenzamos a disparar con todo nuestro poder, pero las balas rebotaban contra su campo de energía mientras en una de sus manos se formaba una esfera.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al percibir la cantidad de poder que estaba concentrando en ella.

—Vamos a morir —dije casi sin voz.

—Tenemos que luchar, Leo —respondió Ignacio, sin comprender la gravedad del problema.

—¡Retirada! —grité con todas mis fuerzas.

El Alquimista de la Tierra adoptó una posición defensiva.

—Seguiremos luchando.

—¡Si dispara eso, no quedará ningún lugar donde luchar! —respondí con pánico.

Nunca antes había sentido tanto miedo.

Ellos no comprendían la gravedad de la situación.

Percibí un cambio en la energía de Dracond.

La esfera se dirigía hacia nosotros y ganaba velocidad a cada segundo.

Durante un instante, el miedo me paralizó. No tenía idea de qué podía hacer para detener algo de aquellas proporciones.

Entonces Hicoro tocó mi hombro y me obligó a reaccionar.

—Hermano, ¿estás bien?

—¡TODOS, DETRÁS DE MÍ! —grité con todas mis fuerzas.

Me esforcé por activar el ojo del alquimista.

En aquel momento ya no me importaba usar magia si aquello nos concedía la menor posibilidad de sobrevivir.

Concentré toda la energía posible en mis manos y comencé a trazar en el aire un conjuro atlantiano que formaba el escudo más poderoso que conocía.

Después lo fusioné con mi escudo alquímico más resistente.

Sentía cómo el cansancio comenzaba a apoderarse de mí mientras dirigía toda la energía posible hacia la barrera, que brillaba con un intenso color esmeralda.

Sentí como si me hubieran golpeado en el pecho cuando la esfera de energía chocó contra mi escudo.

Hicoro comenzó a sostenerme por la espalda al darse cuenta de que mis pies se deslizaban hacia atrás debido a la fuerza del ataque.

Mis demás compañeros alquimistas hicieron lo mismo.

Formábamos un frente de al menos cinco hombres fuertes, dos de ellos con licantropía, y aun así éramos arrastrados sin dificultad mientras cada uno intentaba hacer algo contra el ataque que amenazaba con matarnos.

Mi escudo comenzó a mostrar fracturas y los rayos producidos por el choque entre la barrera y la esfera destruían todo a su paso.

—¡REVIÉRTELO! —gritó Tempestas mientras lanzaba rayos contra la esfera.

—¡NO PUEDO! —respondí con esfuerzo.

Había creído que tendría suficiente energía para revertirlo, pero estaba utilizando toda mi fuerza únicamente para detenerlo.

Era algo que no podía hacer solo.

Mi energía era infinita, pero mi cuerpo no podía conducir una cantidad tan grande al mismo tiempo.

No estás solo.

Era nuevamente aquella voz femenina que escuchaba en ocasiones.

Debía de ser una proyección de mi mente frente al peligro, una voz que intentaba reconfortarme cuando todo a mi alrededor se desmoronaba.

Aun así, mi cristal comenzó a brillar con fuerza y sentí cómo mi energía regresaba.

Era como si alguien con tanto poder como yo estuviera ayudándome.

De pronto, el ataque dejó de empujarnos y mi escudo comenzó a repararse en los lugares donde se había fracturado.

—¿Hermano? —preguntó Hicoro.

No me había dado cuenta de que mis ojos y el resto de mi cuerpo brillaban con fuerza.

Entonces comprendí que poseía suficiente poder para transmutar el ataque.

Una onda esmeralda absorbió toda la energía que centelleaba alrededor de mi cuerpo y golpeó la esfera, provocando que su poder se desviara y arrasara con buena parte del ejército de Dracond y con los soldados de nuestro bando que luchaban contra ellos.

Mi escudo desapareció al instante.

—Muy interesante —dijo Dracond con una sonrisa—. Podría matarte en este momento, alquimista, pero eso arruinaría mi diversión.

Sus tropas comenzaron a retirarse mediante una orden imperceptible para mí.

Debido al daño que habían causado, nadie se atrevió a considerar su retirada una victoria para nosotros.

Nos habían perdonado la vida.

Acabar con nosotros habría sido, como máximo, cuestión de una hora.

Yo intentaba mantenerme en pie con todas mis fuerzas.

Ahora que aquel extraño incremento de poder había desaparecido, comenzaba a sentir los efectos del acto mágico-alquímico que había realizado.

Antes de desaparecer en el horizonte, Dracond me señaló con el dedo.

—Nos volveremos a ver, alquimista —dijo con tono amenazador.

—Leo, eso fue increíble —dijo el Alquimista de la Tierra mientras colocaba una de sus pesadas manos sobre mi hombro.

La poca fuerza que me quedaba flaqueó y comencé a marearme.

Antes de que pudiera tocar el suelo, Hicoro me sostuvo pasándome el hombro bajo el brazo.

—Hermano, ¿estás bien? —preguntó con preocupación.

Intenté hablar, pero no lograba encontrar las palabras adecuadas.

—¿Comida y dormir? —preguntó con un tono mucho más relajado al reconocer los síntomas.

Asentí y él me ayudó a regresar con los demás.

—¿Está bien? —preguntó Ignacio, el Alquimista del Fuego—. Se ve pálido. No va a vomitar, ¿verdad?

No seas idiota, pensé. Solo tengo un desgaste bioenergético provocado por un flujo masivo de energía superconcentrada.

—No seas idiota —dijo Hicoro—. Solo tiene un desgaste bioenergético provocado por un flujo masivo de energía superconcentrada.

Hicoro había escuchado mi pensamiento y me guiñó un ojo.

—Cualquier idiota sabe eso.

—¿Desde cuándo el teniente sabe lo que es un desgaste bioenergético? —preguntó Tempestas a Ignacio con recelo.

—No tengo idea —respondió él.

Al día siguiente encontré a Nirash terriblemente preocupada.

—¡Sigues vivo!

—Desde luego —respondí con extrañeza—. ¿No debería?

—No después de enfrentarte a Dracond. Dijeron que habías detenido su ataque, pero no creí que algo así fuera posible. Y, para empeorar las cosas, ayer no llegaste.

—Lo siento —dije, avergonzado—. Caí rendido en cuanto toqué la almohada.

—¿Cómo lo hiciste?

—Me estaba quedando sin fuerzas, pero mi cristal brilló y durante un momento obtuve más poder.

—¿Funciona como una especie de esponja de energía? —preguntó mientras acercaba una mano a él.

—Creo que sí.

—¡Ay!

Se llevó el dedo a la boca y me observó asustada.

—¿Qué pasó?

—¡Me dio una descarga!

No pude evitar reír.

—Creo que aún no ha regresado a la normalidad. Es posible que también esté cansado.

—Pues no pienso abrazarte hasta que dejes de dar descargas —bromeó, observándome con expresión de niña berrinchuda.

—Muy bien. Por hoy me lo quitaré —dije mientras guardaba el cristal en el bolsillo de mi gabardina.

Los días siguientes transcurrieron de forma muy similar.

El único peligro verdadero aparecía cuando luchábamos contra Dracond.

En una ocasión eliminó a todo mi ejército e hizo que el suyo se retirara solo para darse la satisfacción de comprobar personalmente que Hicoro y yo éramos licántropos.

Nos obligó a transformarnos, pero conservó aquella información en secreto.

Al parecer, no le importaban la guerra ni la dirección que esta tomara.

Su única intención era luchar, y lo hacía formidablemente bien.