Capítulo 27 Mi manada, mi familia #4
—Entrenamiento —lo interrumpí mientras le tendía una mano—. Mucho entrenamiento. No creías que solo era un rostro bonito con un intelecto superior al tuyo, ¿verdad?
Una carcajada colectiva estalló a nuestro alrededor mientras el soldado se sonrojaba y me felicitaba por mi victoria limpia.
—Hay que admitir que no fue demasiado honesta —dijo Hicoro mientras comíamos en el comedor—. Pero les sirvió de lección. Ahora todos están haciendo ejercicio como locos y nosotros solo tenemos que relajarnos y permitir que nuestra interesante gonostica haga el trabajo sucio.
—Se dice genética —respondí, casi sin prestar atención a sus palabras.
Durante aquellos días había descubierto la enorme ventaja que representaba la mejora de mi oído.
Ahora podíamos escuchar conversaciones susurradas desde el extremo opuesto de una habitación.
En ese aspecto yo era mejor que Hicoro, pues tenía mayor facilidad para separar las distintas voces que percibía de manera simultánea.
Por lo general, solo captaba fragmentos inútiles.
Pocas personas trataban asuntos importantes durante la comida.
De todas formas, era necesario estar al tanto de todo, sobre todo con una alianza clandestina con los seres mágicos en el horizonte.
—Te digo que esa muchacha con la que salí ayer era toda una fiera.
—¿La que conociste en aquel bar?
—Yo digo que los alquimistas deberían luchar todos juntos.
—No es posible. Si acaban con todos en una sola batalla, ya no tendríamos monstruos que nos defendieran.
—¿Supiste que el alquimista Leo venció a Jiort en un combate cuerpo a cuerpo?
—Sí, yo estaba ahí. Creo que regresó más loco de lo que ya estaba.
—Bueno, cualquiera lo estaría después de que lo secuestraran los magos.
—Yo solo sé que no querría pelear contra él ni contra el teniente Rubiel. Cuando luchan tienen una mirada extraña, como si supieran que no hay manera de vencerlos.
—Leo, ¿me estás escuchando? —preguntó Hicoro, sacándome de mi concentración.
—Perdón. ¿Dijiste algo?
Hicoro me observó con reproche.
—Nadie va a planear hacerle daño a tu bruja en medio del comedor, ¿sabías? Es posible que tú la veas bella, inocente y vulnerable, pero la maldita es tan peligrosa como tú. De hecho, te ha enviado al hospital más de una vez.
No pude evitar reír ante sus palabras.
—Lo sé. Solo es una mala costumbre que he adquirido últimamente.
—Te comprendo. Eso de poder hacer cosas que los demás no pueden resulta extraño.
Volví a perder el hilo de lo que decía Hicoro al escuchar a dos alquimistas que conversaban en voz baja, varias mesas frente a nosotros.
—Te lo juro, la Bruja de Fuego volvió al campo de batalla.
—Creí que había muerto.
—¡Claro que no! Dicen que ella fue quien secuestró a Leo.
—¿En verdad? Pobre tipo. No sé cómo continúa con vida.
—Si soy honesto, yo en su lugar no habría sufrido demasiado. ¿Has observado bien a la bruja?
—¡Vamos! No está tan buena, aunque con gusto le haría el favor de apagar el fuego que lleva dentro.
—A mí sí me gusta. Se nota que se mueve como toda una…
No alcancé a escuchar nada más.
Un fuerte dolor en la mano me arrancó de la conversación.
Hicoro cubría mi mano con su chamarra y reía animadamente para ocultar mi pequeño aullido.
—¡Qué buen chiste, hermano! —dijo Hicoro para conseguir que las personas que habían vuelto la mirada hacia nosotros volvieran a sus asuntos.
Después acercó la boca a mi oído.
—¿Qué carajo te pasa? —susurró—. Estabas a punto de matarlos. Tu mano brillaba con luz esmeralda.
Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para responder.
—Gracias. No me había dado cuenta. Estaban hablando de Nirash y… ¿Qué demonios me enterraste en la mano?
Levanté la chamarra de Hicoro con mucho cuidado, lo suficiente para descubrir un cuchillo que había atravesado mi mano y parte de la mesa.
Miré con incredulidad a Hicoro, quien tenía una disculpa esculpida en el rostro.
—Lo siento.
—Hijo de tu… ¿En qué demonios estabas pensando, pedazo de…? ¿Por qué no utilizaste el jodido tenedor o la maldita cuchara?
Me resultaba imposible terminar apropiadamente cualquiera de los insultos y, pese a la intensidad de mis palabras, mantuve la voz baja.
Me limité a arrancar el cuchillo de la mesa, envolver con la chamarra mi mano ensangrentada —con el arma todavía clavada en ella— y salir del comedor con Hicoro.
—¿En verdad estuve a punto de atacarlos?
Sabía que aquel comentario me había molestado, pero no imaginaba que hubiera estado a punto de matarlos.
—Hasta tus uñas comenzaron a cambiar.
Aquello significaba que incluso mi licantropía estuvo a punto de activarse.
—Gracias por detenerme —dije mientras ahogaba un gemido al extraer el cuchillo de mi mano.
Observé cómo la herida cicatrizaba a una velocidad humanamente imposible, hasta desaparecer sin dejar rastro.
—Esto me encanta. Me das las gracias por clavarte un cuchillo en la mano. ¡Es genial!
—No te acostumbres —respondí con tono bromista mientras comenzábamos a caminar hacia mi laboratorio.
La parte más complicada de nuestro plan estaba a punto de comenzar, y el tiempo parecía dispuesto a correr todo lo posible para dificultar las cosas.