El Diario del Alquimista Capítulo 27 Mi manada, mi familia #3
95%

Capítulo 27 Mi manada, mi familia #3

—Den una orden. Cualquiera —pidió Luna.

Mata a la bruja, pensó Hicoro de manera automática.

Gruñí al escuchar aquellas palabras dentro de mi mente.

Déjala en paz.

Percibí el pensamiento desafiante de Hicoro y su rostro lupino se deformó hasta adoptar algo parecido a una sonrisa.

Al mismo tiempo, vi en su mente cómo se imaginaba saltando sobre la mesa para atacar a Nirash.

— ¡No! —ordené con una poderosa voz de mando que nunca antes había experimentado.

Sentí que mi energía aumentaba al pronunciar aquella palabra.

Hicoro quedó completamente inmóvil, pese a que ya se había agazapado en posición de ataque.

¿Qué demonios?

¡No la ataques!

¡Aunque quisiera, no puedo moverme!

Sentí cómo desaparecía su intención de atacarla.

Hermano, esto es de lo más extraño. Es como hablar contigo, pero también puedo ver lo que piensas.

Yo también.

¿Por qué no pude atacarla?

No lo sé. Supongo que porque te lo ordené.

¿Qué sentiste cuando yo te ordené que la atacaras?

Para ser honesto, ganas de golpearte.

Sí, lo sentí.

—¿Leo?

Hasta ese momento advertí que Nirash me observaba con preocupación mientras Luna lo hacía con expectativa.

Estoy bien, amor.

Idiota, somos licántropos. Tu noviecita no entiende nuestros gruñidos.

Comprendí que tenía razón.

Entonces, un pensamiento de doble sentido cruzó por mi mente cuando interpreté de otra forma lo que Hicoro acababa de decir.

¡Mierda! No pienses en eso.

Lo siento, respondí, totalmente avergonzado.

Esto va a ser un asco si continúas pensando en ella.

No te preocupes. Existen otras cosas en las que puedo pensar para molestarte.

Lo dudo.

Por un momento, me concentré en utilizar el ojo del alquimista, observar tantos objetos como fuera posible y recordar todos los círculos de transmutación que pude.

Hicoro dio un respingo y se sujetó la cabeza con las garras.

¿Ves todo eso todo el tiempo?

Casi siempre.

No vuelvas a hacerlo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nirash, desesperada.

Nirash odiaba no comprender lo que sucedía y sentirse excluida de las conversaciones, sobre todo ahora que veía a Hicoro sujetándose la cabeza.

—Ya descubrieron quién es el líder —dijo Luna con una sonrisa.

—¿Quién?

—¿No lo adivinas? La organización militar que mantienen puede trasladarse a la estructura de su manada.

En el ejército, Leo es superior jerárquico de Hicoro y esa jerarquía mental se conserva.

Aunque, si ambos pertenecieran al mundo mágico, Hicoro probablemente sería el líder solo por su tamaño —explicó Luna.

—Lo sabía —dijo Nirash con una sonrisa mientras me abrazaba.

Se veía diminuta a mi lado.

Si te atreves a darme una orden… Me amenazó Hicoro.

La única es que no la mates ni le hagas daño . Respondí mientras devolvía el abrazo a Nirash.

Eres un idiota, pero no te haría daño de esa manera.

—Leo, ¿regresas? —pidió Nirash.

Anda. Tu bruja te habla. Obedece como buen perrito.

Yo soy el lobo. Tú eres el perro , respondí con burla antes de recuperar mi forma humana.

Lo último que sentí fue una punzada de risa dirigida hacia mí y otra de odio hacia Nirash procedente de Hicoro.

Los días de nuestro entrenamiento terminaron antes de lo que me habría gustado, sobre todo porque durante ese tiempo había sido increíblemente fácil estar con Nirash.

Sin embargo, todos teníamos responsabilidades que no podíamos eludir.

Nuestro regreso al cuartel general fue prácticamente una fiesta.

Ambos fuimos recibidos como héroes: yo, por haber sobrevivido al secuestro de los seres mágicos; Hicoro, por haberme rescatado de ellos.

Solo Alaric sospechaba que había ocurrido algo más, pero no dijo nada; ni siquiera me interrogó.

Teníamos demasiado trabajo por hacer.

La guerra no se había detenido y todo parecía suceder con demasiada rapidez.

Los días no eran lo suficientemente largos y las noches definitivamente nunca bastaban para estar con Nirash.

Había noches en las que únicamente conversábamos hasta que el amanecer nos obligaba a separarnos.

Por fortuna, mi nueva condición de licántropo me permitía recuperarme de las desveladas con una rapidez impresionante, y Hicoro había encontrado aquella capacidad tan útil como la encontraba yo.

—¿Cómo demonios lo haces? —preguntó uno de los soldados a Hicoro mientras él levantaba un peso increíble sin apenas mostrar esfuerzo.

—Todo se basa en entrenamiento y más entrenamiento. Esa es la clave.

—No mientas —respondió otro—. ¿Has estado utilizando alguna de las pociones que prepararon los alquimistas para aumentar la fuerza?

—Desde luego que no. Todo lo que ven se debe a la naturaleza, el entrenamiento y mi enorme fuerza de voluntad. Yo no me dedico a comer porquerías como ustedes.

Estábamos en el gimnasio.

Leía algunos informes mientras Hicoro entrenaba y casi escupí el café que bebía por la risa que me provocó su comentario.

—¿De qué te ríes, alquimista? —preguntó Hicoro con tono cómplice.

—Bueno, siendo honestos, tragas como un cerdo y no creo que tu maravilloso entrenamiento tenga demasiado que ver con que seas tan fuerte. La verdad es que juntarte conmigo te obliga a entrenar más para compensar que tú no puedes hacer alquimia.

Aquella era una de las bromas habituales entre Hicoro y yo.

La única diferencia era que, en aquella ocasión, había soldados cerca y la confianza con la que Hicoro me hablaba los animaba a "perder" un poco del respeto que se suponía debían mostrarle a un Sebakhem.

—Bueno, la verdad es que ustedes, los alquimistas, son pésimos peleadores. Si no fuera por sus poderes, cualquiera de nosotros podría acabar con ustedes en un minuto —dijo uno de los soldados.

Era casi tan alto y fuerte como Hicoro, al menos en apariencia, pues la verdadera fuerza de mi hermano tenía poco que ver con el tamaño de sus músculos.

—Hermano, eso suena a un desafío —dijo Hicoro con una sonrisa.

Dejé a un lado los papeles que estaba leyendo, me quité la gabardina y acepté la sutil invitación a una batalla amistosa.

—Eso parece, hermano. Lástima que ya conozcamos el resultado.

—¡Por favor, Leo! ¿En verdad crees que puedes vencerme? Mira esos bracitos.

—Haré mi mejor esfuerzo —respondí con tono inocente mientras ambos adoptábamos posiciones de combate.

Varios soldados se reunieron de inmediato a nuestro alrededor para contemplar aquel pequeño combate.

Las apuestas no tardaron en aparecer, encabezadas por Hicoro, quien apostaba con fuerza a mi favor, mientras los demás lo hacían por el soldado.

—Sin utilizar alquimia.

—No la necesito para esto —le respondí con una sonrisa tatuada en el rostro.

Fue una experiencia sorprendente.

Ahora comprendía por qué Hicoro no había dejado de luchar y lucirse frente a sus compañeros.

Desde mi falso secuestro, yo no había combatido contra nadie que careciera de poderes.

El primer golpe se dirigió hacia mi rostro.

Me sorprendió descubrir que aquello que antes habría sido imposible esquivar sin la ventaja del ojo del alquimista ahora me resultaba extremadamente sencillo.

Su puño parecía avanzar más despacio de lo que realmente lo hacía.

Nadie, salvo Hicoro y yo, podía percibir la diferencia.

Evidentemente, ellos no se habían vuelto más lentos; eran nuestros reflejos, fuerza y velocidad los que habían aumentado.

Me dediqué a esquivar acrobáticamente los ataques del soldado, quien parecía sorprendido de no haber conseguido ponerme un solo dedo encima.

—Tres monedas de plata a que mi hermano lo deja en el suelo con un solo ataque —siguió apostando Hicoro.

Esquivar sus ataques era una cosa, pero derribar con un solo movimiento a un soldado de aquel tamaño era casi imposible para alguien de mi complexión, siempre y cuando ese alguien no poseyera la fuerza de un licántropo.

Detuve el golpe del soldado entre las manos.

Pude ver la sorpresa en su rostro cuando su puño se encontró con una resistencia casi pétrea.

Entonces, utilizando mi fuerza sobrehumana, alcé al soldado y lo hice caer de espaldas, expulsando todo el aire de sus pulmones.

El soldado parpadeaba con sorpresa desde el suelo mientras Hicoro comenzaba a cobrar las apuestas.

—¿Cómo…?