Capítulo 27 Mi manada, mi familia #2
—Calma —dije, sin acercarme a él—. ¿Qué recuerdas?
—Bueno, seguí una pista y llegué hasta aquí. Después, unos malditos licántropos me atacaron y uno de ellos me mordió. A partir de ahí, todo es muy confuso.
Dirigió la mirada hacia su costado izquierdo, pero ya no quedaban rastros de la mordida.
—O al menos creo que me mordió. Estaba casi seguro.
Su voz reflejaba preocupación.
—Maldita sea, Rubiel. ¿Por qué tuviste que buscarme?
—No lo entiendo. Te secuestraron, ¿o no?
—No, hermano. Todo fue planeado.
El remordimiento de conciencia me estaba matando.
—Ahora tú también vas a transformarte.
—¿Yo también? Espera un momento. ¿Te convirtieron en licántropo?
—Sí, y ahora tú también serás uno.
—Eso no tiene lógica.
Podía ver cómo el pánico se apoderaba de él.
—No es posible. Deja de decir estupideces y sácame de aquí.
—Quisiera hacerlo, de verdad, pero no puedo.
—¿Por qué demonios no?
Cerré los ojos al escuchar que la puerta se abría.
—¡Leo! ¡La Bruja de Fuego! ¡Detrás de ti! ¡MÁTALA!
Escuché la risa de Nirash y después sus pasos acercándose a mí.
Tomó mi mano, entrelazó sus dedos con los míos y me dio un beso en la mejilla ante la mirada atónita de Hicoro, quien no comprendía lo que estaba ocurriendo.
—¡MALDITA brUJA! ¡LE HICISTE MAGIA A MI HERMANO!
Nirash estalló en una sonora carcajada.
—Leo está aquí por voluntad propia, teniente. Eso puedo asegurártelo.
—¿De qué mierda hablas?
Los rayos de la luna comenzaron a tocar el cuerpo de Hicoro.
—Hermano, te presento a mi novia: Vesta Nirash, la Bruja de Fuego —dije con voz titubeante.
Nirash dirigió una mirada burlona hacia Hicoro, cuya expresión pasó de la incredulidad a la furia.
En ese momento, su cuerpo se transformó en licántropo y, cegado por la ira, comenzó a intentar romper las cadenas.
Me sorprendió que, incluso en aquel estado de violencia que yo conocía tan bien, conservara suficiente control para dirigir todo su cuerpo exclusivamente hacia Nirash.
—Eso fue cruel —dije con remordimiento mientras observaba a Hicoro retorcerse en su intento por recuperar la libertad.
—Es tu hermano. Creí que lo comprendería.
—En condiciones normales me habría abrazado y felicitado, pero eres una bruja y el enemigo.
Te recuerdo que él sí creció dentro del ejército.
Piensa de manera diferente. Para él, todo lo relacionado con la magia está mal.
A mí me acepta, pero no se siente cómodo cuando utilizo magia y ahora, por mi culpa, también forma parte del mundo mágico.
Nirash me abrazó.
—No fue culpa tuya, amor. Es impresionante. Consiguió encontrarnos y te buscó en contra de las órdenes que había recibido.
—No te agrada, ¿verdad? —pregunté al percibir una segunda intención en su voz.
—Claro que no. Lo odio. Casi me mata de un golpe. Es un salvaje.
—Por favor. Puedo asegurarte que, en aquel momento, él tenía más miedo que tú.
—Es posible —admitió con un suspiro—. Espero que sea tan buena persona como dices.
—Y yo espero que consiga perdonarme.
Su transformación fue igual que la mía: lenta y dolorosa.
Ahora, mis sentidos agudizados me permitían escuchar cómo su corazón luchaba por conservar los últimos vestigios de su humanidad.
El ojo del alquimista me mostró el proceso desde una perspectiva completamente distinta.
Podía observar cómo cambiaba su energía y cómo sus músculos alteraban su composición para funcionar de forma más eficiente que lo previsto por la naturaleza para los seres humanos.
Éramos una especie cuya anatomía sugería que debíamos huir del peligro.
Ahora estábamos equipados para matar por instinto.
El simple hecho de enfurecernos o lastimarnos activaba una defensa letal.
Incluso sin estar transformados, nuestra fuerza física había aumentado, nuestros reflejos se habían vuelto sorprendentemente rápidos y nuestros movimientos eran ahora letalmente precisos.
Hasta la oscuridad se aclaraba ante nuestros nuevos ojos.
Hicoro resultó ser un alumno mucho mejor que yo.
Consiguió aprender en menos de dos semanas todo aquello que a mí me había costado casi un mes.
Era un licántropo más grande y fuerte. Aprendió a controlar su transformación con mayor facilidad y su dominio de la cicatrización voluntaria le permitía incluso utilizar cicatrices como tatuajes, que hacía desaparecer cuando se aburría de ellos.
Yo solo lograba superarlo en velocidad de transformación, que en mi caso era prácticamente automática.
Sin embargo, aquella diferencia se debía a que yo poseía una mayor cantidad de energía para activar la licantropía.
Sorprendentemente, Hicoro adoptó sus nuevas capacidades con un entusiasmo mayor del que habría esperado.
Incluso consiguió congeniar rápidamente con la mayoría de los licántropos.
Para ser sinceros, su único problema era el hecho de que Nirash fuera mi novia.
El simple hecho de verla provocaba cambios en su energía.
No soportaba su forma de hablar e incluso afirmaba que su olor le resultaba molesto.
Era una sensación que él no conseguía explicar y para la que yo encontraba todavía menos sentido, pues, desde mi perspectiva, Nirash olía de manera maravillosa.
Aun así, yo era feliz.
Ya no tenía que ocultarle nada a mi hermano, quien demostró nuevamente que haría cualquier cosa para asegurarse de que yo estuviera bien, aunque odiara a muerte a Nirash.
Ella compartía ese sentimiento con la misma intensidad.
La vida tiene la particularidad de poseer una memoria formidable.
Ciertos acontecimientos pasados regresan para exigir atención incluso cuando nosotros ya los hemos olvidado.
Nirash y yo conversábamos sentados a una mesa mientras Hicoro comía para reponerse del último entrenamiento, durante el cual había derrotado a todos los licántropos que Luna consideraba sus mejores hombres.
—Por favor, amor —suplicó Nirash mientras intentaba convencerme de transmutar algún objeto de madera en un instrumento musical.
—No —respondí con una sonrisa—. No sé bien cómo se fabrican esos instrumentos. La acústica es importante y, además, me da pena.
Ya dile que sí. De todas maneras va a convencerte. Es una maldita bruja; si no consigue convencerte, seguramente te lanzará un conjuro para obligarte.
Ignoré las palabras de Hicoro, que aparentemente habían pasado inadvertidas para Nirash.
Ella y yo continuamos conversando, pero el tono de los comentarios de Hicoro aumentó de tal manera que me sorprendía que Nirash no lo hubiera hecho callar o, cuando menos, le hubiera lanzado una esfera de fuego.
Para ser honesto, yo mismo quería hacerlo.
¡Estúpida bruja! ¿Quién se cree para afirmar que yo soy un perro y Leo un lobo? ¿Es idiota o su cerebro funciona tan mal como sus intentos de parecer linda?
—¡Hicoro, cállate! —exclamé, exasperado después de escuchar tantos insultos contra mi novia.
Nirash me observó con sorpresa.
Hicoro hizo lo mismo.
—Yo no dije nada —respondió con amargura.
—Claro que sí. Deja de insultarla. Ella no está diciendo nada sobre ti.
Hicoro abrió los ojos desmesuradamente mientras Nirash concentraba la atención en su rostro.
—¿Qué dijo el perro pulgoso?
—¡No soy un perro! Y no tengo pulgas —protestó Hicoro mientras se rascaba la cabeza.
—¿Qué, no lo escuchas? —le pregunté a Nirash con sarcasmo.
—No. De hecho, me sorprendía que hoy todavía no hubiera dicho nada.
Mi expresión reflejó mi confusión.
Lo que faltaba. Además de enamorarse de una bruja, ahora se volvió idiota.
—Loco es el término más aceptado —respondí con amargura.
—¿Qué? —preguntó Hicoro con preocupación.
—Mejor cállate —dije, riendo para quitarle importancia.
—Amor, el perro no ha dicho nada.
Esta vez, Nirash y Hicoro me observaban como si hubiera algo extraño en mí.
Luna, que hasta aquel momento había estado conversando con uno de sus hombres, dirigió la mirada hacia nosotros con curiosidad.
—Rubiel, piensa en algo —le ordenó mientras su expresión se volvía analítica.
—Ya —respondió Hicoro.
—Leo, ¿escuchaste algo?
—No, pero es normal. Yo no puedo leer la mente.
Luna me ignoró y volvió a dirigirse a Hicoro.
—Ahora piensa en algo que quieras decirle a Leo.
Que es un idiota por estar con una bruja.
—No soy un idiota —respondí automáticamente.
Solo entonces advertí que Hicoro no había abierto la boca.
Ambos nos miramos con expresiones confundidas y Luna se golpeó la frente con la palma de la mano al comprender algo que todavía escapaba a nuestro entendimiento.
—¡Son una manada!
—¿Perdón? —preguntó Nirash mientras tomaba mi mano de manera protectora.
—¿Hicieron algún pacto de sangre?
Hicoro y yo nos miramos antes de responder.
—No fue un pacto de sangre —afirmó Hicoro.
—De hecho, sí. Utilizamos sangre —dije de forma reflexiva.
—¿Amor? —preguntó Nirash, pidiéndome una explicación.
—Cuando Hicoro y yo decidimos convertirnos en hermanos, hicimos algo parecido a un pacto de sangre, aunque no utilizamos magia.
Nirash cerró los ojos con fuerza ante algo que yo todavía no comprendía, y fue Luna quien ofreció la explicación.
—Leo, en este caso no necesitaban usar magia.
La magia ya corría por sus venas. Se hicieron hermanos de una forma mucho más profunda de lo que creían.
Eso explica por qué yo no podía escuchar tus pensamientos.
Ya tenías una manada desde antes de convertirte en licántropo.
Nunca había conocido a alguien como ustedes. ¿Quién es el líder?
—¿Perdón? —preguntamos Hicoro y yo al mismo tiempo.
—Nunca se han transformado juntos, ¿cierto?
—No —respondí con curiosidad ante aquel posible descubrimiento.
—Háganlo.
Hicoro y yo nos levantamos de la mesa y tomamos cierta distancia entre nosotros.
Ambos teníamos suficiente control como para no atacarnos por el simple hecho de transformarnos, pero la situación resultaba incómoda.
Solo necesité concentrar mi ira durante un instante y permitir que fluyera por mi cuerpo para entrar en fase.
Los dos nos transformamos al mismo tiempo y el resultado fue una de las sensaciones más extrañas que había experimentado.
Podía sentir mi propia mente, pero también percibía otra conciencia.
Ninguno de los dos estaba pensando en nada concreto, por lo que nos resultaba imposible escuchar algo.