Capítulo 27 Mi manada, mi familia
Habían transcurrido tres semanas desde mi transformación y ya podía hacerlo a voluntad, pese a que los entrenamientos eran verdaderamente difíciles.
Básicamente, se dedicaban a golpearme la espalda con un látigo para que aprendiera a soportar el dolor sin entrar en fase.
Además, Luna me había enseñado un pequeño truco que resultaría muy útil para mí.
Ellos lo consideraban un truco de circo, pero la posibilidad de controlar mi factor de regeneración era vital para mí.
Gracias a sus enseñanzas, podía impedir que mi cuerpo comenzara a curarse de manera automática e incluso permitir que mi piel quedara marcada con cicatrices que después podía borrar a voluntad, al menos en su mayoría.
Me habían advertido que ciertas heridas creadas mediante magia tardarían más tiempo en desaparecer y que las cicatrices anteriores a mi transformación permanecerían mientras yo siguiera vivo.
Durante las primeras semanas de entrenamiento, me resultaba casi imposible regresar a mi forma humana cuando la ira y el dolor me dominaban.
Incluso concentrarme era complicado.
Sin embargo, Nirash fue la clave para que tuviera éxito.
Luna juró que nunca había visto algo semejante cuando Nirash se acercó a mí y colocó una mano sobre mi pecho para tranquilizarme.
Mi arranque de ira desapareció y conseguí recuperar el control por el sencillo motivo de que no podía concentrarme en matar mientras tenía frente a mí a la mujer que amaba.
Aun así, resulté ser un alumno sobresaliente.
Podía utilizar magia y alquimia incluso transformado en licántropo, aunque aquello exigiera una gran concentración.
Mi fuerza y velocidad habían alcanzado niveles que jamás habría llegado a sospechar.
Por desgracia, era demasiado fuerte como para sentirme tranquilo al tocar a Nirash, quien ahora me parecía alarmantemente vulnerable.
Para ser honesto, la licantropía había hecho maravillas con mi cuerpo.
Habría necesitado varios meses en el gimnasio del cuartel general para verme de aquella manera.
Además, descubrí que algunos aspectos de mi personalidad seguían prácticamente intactos.
Seguía comiendo de la misma forma, salvo cuando estaba transformado. En ese caso, podía ingerir una enorme cantidad de alimento.
Mi concentración tampoco se había visto alterada, a menos que Nirash se encontrara en la habitación.
En ese caso, mi agudizado sentido del olfato detectaba su perfume sin dificultad, su voz sonaba con mayor claridad y mi autocontrol se veía constantemente atacado por sus insinuaciones.
—¿Por qué no? —susurró mientras mordía el lóbulo de mi oreja, despertando precisamente el instinto que yo luchaba por mantener bajo control.
—Porque podría destrozarte —respondí con la respiración agitada.
—Eso no es cierto. Sé que no te transformarás mientras estemos haciéndolo y, por lo que Luna me ha contado, podría ser interesante permitir que tus instintos tomaran cierto control de la situación.
—¿Y si no consigo controlarme?
—Eso es precisamente lo que quiero que ocurra.
—Nirash, no hagas esto más difícil. ¿Crees que no me doy cuenta de lo que pretendes? —pregunté, señalando el vestido que llevaba puesto.
Poseía un escote pronunciado y se ajustaba a su cuerpo a la perfección.
—¿Intentar seducirte? ¡Sí! Eso es exactamente lo que intento.
—Eso no es justo. Sabes perfectamente que lo deseo y tú no me ayudas a resistirme.
Por lo general, Luna permanecía cerca de nosotros como precaución por si yo llegaba a perder el control.
Aquello no había ocurrido durante los últimos días, pero amaba demasiado a Nirash como para exponerla a ese riesgo.
—Además, Luna dice que no puede entrar en mi mente para darme órdenes. No podría detenerme con facilidad.
—Desde luego que no puede. Eres un líder nato. No vas a adoptar una manada con tanta facilidad.
En aquel momento, Luna entró en la habitación y arrojó un cuchillo que se clavó en mi espalda.
—¡Auuuu! ¿Qué demonios te pasa? —pregunté mientras retiraba el cuchillo y la herida cicatrizaba inmediatamente.
—No te transformaste y tenías un cuchillo clavado en la espalda —respondió con una sonrisa—. Según lo veo, podrás controlarte aunque te diviertas un poco con mi amiga.
Su voz era la personificación de la burla.
—¿Lo ves? Te lo dije —señaló Nirash.
—Ya veremos —respondí, un poco más convencido.
Si podía soportar un cuchillo en la espalda sin transformarme en licántropo, también podría entregarme a los placeres carnales con Nirash sin poner su vida en peligro.
—Pero primero necesitaría saber si la manada de cierta persona permanecerá cerca —añadí con malicia.
Nirash me miró con confusión.
—Por favor, Leo —dijo Luna—. Tú sabes lo sensible que es nuestro oído. ¿En verdad crees que no vamos a escucharlos?
Nirash se sonrojó al comprender el punto central de la conversación.
Para ser alquimista se necesitaba una voluntad poderosa y la mía era inquebrantable, pero no había forma de que resistiera las insinuaciones de Nirash, sobre todo teniendo en cuenta que yo también la deseaba.
Aquella noche fue sorprendente.
Mis reacciones eran más instintivas y llevaban a Nirash a responder de la misma manera.
Sus uñas, endurecidas por un extraño barniz mágico que utilizaba para crear chispas y producir fuego incluso cuando su energía estaba prácticamente agotada, resultaron endemoniadamente efectivas contra la piel de mi espalda, la cual cicatrizaba al instante, pese a que los efectos que causaban eran más duraderos.
—¡Guau! —exclamó Nirash mientras cubría su cuerpo con la sábana—. Y tú decías que no podrías controlarte.
—Bueno, está amaneciendo —respondí, avergonzado.
Ambos nos habíamos retirado a nuestra habitación cuando apenas comenzaba la noche.
—¿Cómo está tu espalda? —preguntó con picardía.
—Bien —respondí, sonrojándome—. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Muerta —contestó con una amplia sonrisa—. Y con hambre.
—Voy a traer algo de comer.
—¿Puedes moverte? —preguntó con curiosidad.
—Sí. Supongo que es una de las ventajas de ser licántropo, aunque estoy seguro de que, en cuanto me acueste, me quedaré dormido.
Me acerqué para besarla justo cuando Luna entró en nuestra habitación con una bandeja de comida.
—Buenos días —saludó con una sonrisa extraña.
En ese momento supe que lo había escuchado absolutamente todo.
—¡Luna! —protestó Nirash mientras se cubría mejor.
Yo llevaba puestos los pantalones, pero aun así me sentía incómodo al saber que posiblemente toda la manada sabía ya lo que había ocurrido entre Nirash y yo.
—Les traje algo de comer, aunque pasaron toda la noche "comiendo", si saben a qué me refiero.
—Sí, entendemos. Ahora vete —ordenó Nirash, con el rostro completamente rojo por la vergüenza.
—No te pongas así.
Luna dejó la comida sobre una pequeña mesa junto a la puerta.
—Por cierto, amiga, no conocía esa faceta tuya.
Comencé a reír al ver la expresión que compuso Nirash antes de ocultarse bajo las sábanas.
—Alquimista, por lo que escuché, si no fueras el novio de mi mejor amiga, te haría una propuesta indecorosa.
Con el rostro totalmente rojo, lancé una almohada contra Luna, quien abandonó nuestra habitación entre risas.
Entonces pude escuchar el aullido de la manada, que reía a carcajadas.
—¿Ya se fue? —preguntó Nirash, todavía oculta bajo las sábanas.
—Sí, amor. Ya se fue.
Cuando su rostro volvió a asomarse, yo me encontraba frente a ella con la bandeja de comida.
—¿Quieres desayunar?
—¡Sí, por favor!
Esos días habían sido, simple y sencillamente, los mejores de mi vida, pese a que dedicaba buena parte del tiempo a soportar latigazos.
Nos habíamos desconectado del mundo de tal forma que la guerra podría haber terminado perfectamente sin que nosotros nos enteráramos.
Un día, mientras descansábamos abrazados en la cama, comenzamos a escuchar los sonidos de una pelea que se desarrollaba en los pasillos de la instalación militar donde nos encontrábamos.
—¿Qué pasa? —preguntó Nirash al verme dirigir la mirada hacia la puerta y ponerme en pie.
—Escuché disparos. Alguien está peleando.
Uno de los licántropos de Luna abrió la puerta.
—Alquimista, Anna te necesita.
—¿Qué ocurre? —pregunté con preocupación mientras mi pistola volaba hasta mis manos y salía junto con él.
—Necesitas verlo.
—¿Ver qué?
El licántropo no respondió.
Anna nos esperaba a la entrada de una de las habitaciones principales.
—Leo, no sabíamos que esto ocurriría.
—¿De qué hablas?
—No está muerto.
—¿Quién?
En aquel momento comencé a preocuparme de verdad.
Su silencio hizo que me aproximara todavía más.
Tres licántropos yacían sin vida junto a un hombre vestido con uniforme militar, tendido en el suelo, cubierto de sangre y con una mordida en el costado.
—¡Hicoro! —grité mientras corría hacia él.
—Va a transformarse —dijo uno de los licántropos—. Su sangre huele a lobo, igual que la tuya.
Yo aún no tenía suficiente práctica para distinguir aquellas sutilezas en los aromas, pero estaba demasiado preocupado como para intentar encontrarles sentido.
—Leo, tenemos que encadenarlo. Habrá luna llena dentro de unas horas.
Las horas siguientes fueron algunas de las más angustiosas de mi vida.
Hicoro había matado a tres licántropos antes de que lo mordieran, y el cuarto lo había estrellado contra el suelo con una fuerza letal.
Varios de sus huesos estaban fracturados y la luna no brillaría sobre él hasta varias horas después.
Aun así, podíamos considerarnos afortunados.
Si Hicoro no hubiera tenido también sangre de licántropo, sus heridas habrían sido mortales.
Desde donde estaba, junto al poste metálico, podía observar cómo sus huesos regresaban a la posición correcta y cómo sus manos se tensaban.
Por fortuna, había pasado inconsciente toda aquella parte traumática del proceso.
Pedí a todos que me dejaran a solas con él.
Tenía demasiadas cosas que explicarle.
Poco a poco abrió los ojos y dirigió la mirada primero hacia las cadenas que lo sujetaban antes de localizarme.
—Hermano, ¿cómo te sientes?
—¡Leo! Esto es un milagro. Venía a rescatarte. Ordenaron que dejáramos de buscarte, pero yo no podía hacerlo. Sabía que estabas vivo y, además, te ves bien, hermano. Por cierto, ¿por qué estoy encadenado?