El Diario del Alquimista Capítulo 31 Consecuencias
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Capítulo 31 Consecuencias

Me sobresaltó que alguien tocara la puerta. Generalmente, Neritha lo hacía de forma más sutil.

—Adelante —dije, sin saber quién podía ser.

—Buenas tardes —saludó Azul con una sonrisa.

—Buenas tardes.

Esperé a que explicara qué lo llevaba hasta mi habitación.

—Estamos tomando té en la sala. Ya sabes: galletitas, pastel, helado y esas cosas —dijo Azul, sonriendo al hablar de comida—. La verdad es que ya llevas un tiempo con nosotros, así que me pareció prudente invitarte a acompañarnos, si así lo deseas.

—¡Claro! —respondí con una sonrisa.

Cerré el diario y lo acompañé. A decir verdad, tenía un poco de hambre y el menú que Azul había mencionado me había resultado demasiado tentador.

—¡Viniste! —gritó Aika al verme entrar con Azul.

—Desde luego. No iba a permitir que te acabaras todas las galletas tú sola —respondí con una sonrisa.

Para mi sorpresa, y pese a que Vesta estaba allí, la reunión resultó ser de lo más divertida.

Contrario a lo que había imaginado, no hablaban todo el tiempo sobre Leo ni sobre la magia.

Vesta contó sobre una discusión que había tenido con un médico de uno de los hospitales en los que trabajaba de forma ocasional.

Azul relató lo que, según él, había sido una emocionante transacción. Sin embargo, la parte graciosa llegó cuando explicó que, al salir, un niño lo había confundido con Santa Claus debido al traje de seda roja que llevaba aquel día.

Aika nos contó que estaba pensando en abrir una tienda de ropa, y Rubiel habló de un gimnasio que acababa de abrir en Los Ángeles, donde enseñarían técnicas de combate militar al público en general.

Seguía intrigándome profundamente que aquellas personas pudieran combinar una vida común, una vida de millonarios y una realidad mágica.

Me pregunté qué nos habría contado Leo si hubiera estado en el palacio.

Un grito de Aika me distrajo.

Aika señalaba un punto de luz blanca que flotaba sobre la mesa y comenzaba a crecer, como si se tratara de un enorme disco.

—¡Tengan cuidado! —advirtió Azul—. Es un portal unidireccional.

Las manos de Vesta se cubrieron de fuego, mientras las de Azul se enfriaron tanto que la humedad a su alrededor formó una neblina semejante al vapor del hielo seco.

Aika estaba a mi lado antes de que pudiera darme cuenta y Rubiel apareció con dos cuchillos entre las manos.

Todos esperaban que el portal terminara de abrirse.

Un sonido semejante a una onda dio paso a un destello de luz.

Como si se tratara de un espejo o una pantalla, pude ver a través del portal.

El lugar que mostraba me resultaba increíblemente familiar.

Dentro de aquel lugar había otro portal, aunque aquel era negro y estaba cubierto de destellos rojos.

Al menos una docena de demonios luchaban por atravesarlo, aunque, al parecer, algo se lo impedía.

Había fuego por todas partes.

De pronto, Tania cayó por el portal y aterrizó sobre la mesa de centro de la sala.

Estaba terriblemente herida y parecía inconsciente o muerta.

Ninguno de los presentes dijo nada. Estábamos demasiado impactados como para movernos.

Del otro lado del portal llegaban gritos de dolor y gruñidos guturales.

Un demonio apareció corriendo desde algún punto que no pude ver y saltó hacia el mismo portal por el que había llegado Tania.

Rubiel estaba preparado para recibirlo con sus cuchillos cuando un destello esmeralda golpeó al demonio en el pecho y le atravesó el corazón, mientras varios rayos del mismo color se extendían por todo su cuerpo.

El demonio aterrizó muerto junto a Tania.

—¡LEO! —gritó Vesta.

Tenía razón.

Había visto aquella energía demasiadas veces en sueños como para confundirla.

Era Leo.

En ese momento sentí una presencia más poderosa que cualquiera de las que había en la sala.

Provenía del otro lado del portal.

Las llamas se apartaron lo suficiente para dejarme ver a un demonio de al menos dos metros de altura, con la piel semejante a lava, que intentaba golpear a Leo.

Sin embargo, él se movía demasiado rápido.

Leo dirigió la mirada hacia nosotros durante un instante y formó con una mano un símbolo extraño que hizo que el portal empezara a cerrarse muy lentamente.

Solo cuando me concentré en lo que sucedía al otro lado comprendí dónde se encontraban.

Era la cocina de mi casa.

Me había resultado casi imposible reconocerla debido al grado de destrucción, la cantidad de fuego que la envolvía y el portal que ocupaba el lugar donde antes estaba la alacena.

—¡Leo, sal de ahí! —gritó Rubiel con nerviosismo.

Leo no respondió.

Después de trazar el símbolo que había hecho que el portal comenzara a cerrarse, recibió un golpe del demonio que lo lanzó contra el refrigerador.

Su espada salió despedida y quedó clavada frente a la estufa en llamas.

Leo se levantó rápidamente y comenzó a golpear al demonio con todas sus fuerzas.

Lanzaba pequeñas líneas de energía que le cortaban el cuerpo y le hacían liberar lava, pero las heridas cicatrizaban formando parches de piedra incandescente en los lugares donde Leo lo había cortado.

Ambos intercambiaban golpes de una fuerza extrema.

Incluso creí escuchar cómo las costillas de Leo se rompían bajo el impacto del puño titánico del demonio.

Sin embargo, él rodó sobre sí mismo y consiguió llegar hasta su espada.

Después saltó con agilidad y la clavó en la frente del demonio.

La criatura intentó arrancarse la espada junto con Leo, quien comenzó a concentrar energía plateada en el arma.

La energía cubrió rápidamente al demonio y lo convirtió en un montón de polvo.

Un grito desde el portal negro me hizo volver la mirada.

Un demonio acababa de matar a otro y su sangre amarillenta había caído sobre una especie de barrera de energía dorada que cubría el portal.

La barrera brilló automáticamente y se resquebrajó como si fuera de vidrio.

Los demonios sujetaron por los hombros a la criatura que había roto la protección, mientras los brazos de esta apuntaban hacia Leo.

Él corrió hacia el portal que conducía al palacio, pero, justo cuando una de sus manos comenzaba a atravesarlo, los brazos del demonio se extendieron como látigos y se enrollaron alrededor de su cuerpo, arrastrándolo de regreso a la cocina.

—¡NO! —gritó Leo.

Los demás demonios se lanzaron hacia atrás y tiraron de la criatura que lo mantenía atrapado.

El demonio desapareció dentro del portal y arrastró a Leo con él.

Todo sucedió tan rápido que Rubiel no consiguió sujetar la mano de Leo para impedir que se lo llevaran.

El portal negro se cerró de inmediato.

Un par de segundos después, también se cerró el portal que mostraba la cocina de mi casa en llamas.

Todos intercambiaron miradas durante una fracción de segundo.

Después nos sobresaltamos al oír un gemido de dolor.

Todos miramos hacia Tania, quien había comenzado a moverse.

Rubiel se agachó y le sostuvo la cabeza entre las manos para ayudarla a enfocar la mirada.

—¿Qué pasó? —exigió Azul.

—No lo sé. Rastrearon una llamada. No pude detenerlos —respondió mientras miraba el cadáver de la criatura que estaba junto a ella—. Nunca había peleado contra algo así.

Comenzó a toser y Vesta se agachó para examinar el cadáver.

—¿Qué clase de demonio no desaparece después de morir?

—Es un homúnculo —dijo Rubiel casi sin aliento.

—Eso no es posible —respondió Azul en tono reflexivo—. Solo un alquimista puede dar vida a un homúnculo. Además, tú no puedes saber si es un…

—Es un homúnculo —lo interrumpió Rubiel, notablemente molesto—. He pasado demasiado tiempo con un alquimista. Sé reconocer a uno cuando lo veo.

Suspiró para recuperar el control.

—¿Qué más pasó, Tania?

—Comenzaron a atacarnos. Había tres como ese. Uno de ellos lanzó un frasco y abrió ese portal. Empezaron a salir demonios. Leo llegó y comenzó a matarlos, también a los homúnculos.

Pude ver la incomodidad en su expresión ante aquella criatura que no conocía.

Solo entonces comprendí algo horrible.

Yo había hecho aquella llamada.

Yo había hablado con mis padres.

—¿Y mis papás? —pregunté, aterrorizada.

Tania cerró los ojos con dolor y desvió la mirada.

Supe la respuesta antes de que hablara.

—No pude protegerlos. Leo no consiguió llegar a tiempo. También habían rodeado la casa.

Observé cómo sus hermosas facciones, cubiertas de sangre, se deformaban por el dolor.

Una lágrima brotó de sus ojos morados.

—Lo siento.

Su voz se quebró al pronunciar aquellas palabras y sentí que mis piernas dejaban de sostenerme.

Me dejé caer en el sillón donde había estado sentada, incapaz de creerlo.

Todos intercambiaron miradas de dolor.

Yo podía verlos, pero sus rostros no significaban nada para mí.

No podía comprender aquellas expresiones.

No podía comprender nada.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, aunque no me di cuenta hasta que todo se volvió borroso.

No podía creerlo.

Nada tenía sentido.

Era como una pesadilla.

¡Tenía que serlo!

Cerré los ojos con fuerza, esperando despertar.

Sin embargo, sentí la mano de Aika sobre mi hombro, ofreciéndome apoyo.

No estaba soñando.

—¿Adónde conduce ese portal? —preguntó Aika con dolor en la voz.

—Al Inframundo —respondió Azul con un hilo de voz.

No recuerdo cómo llegué a mi habitación.

Recuerdo que nunca dejé de llorar.

Estaba en shock.

Vesta se había encargado de curar a Tania, mientras Azul y Rubiel habían entrado en mi habitación.

Teníamos que ir a ver qué había pasado en mi casa, organizar el funeral de mis padres y dar explicaciones sobre lo ocurrido.

El mundo mágico siempre me había parecido demasiado lejano como para dañar a las personas que amaba.

Sin embargo, una simple llamada había sido suficiente para matar a mis padres.

Esa misma noche viajábamos en el avión privado rumbo a mi casa, o al menos a lo que debía de quedar de ella.

En algún momento me quedé dormida, agotada después de llorar durante todo el día.

Mis sueños eran pesadillas.

Había fuego por todas partes.

Olía a azufre y a muerte.

La desesperación impregnaba el ambiente y la locura se respiraba como si fuera una esencia penetrante.

Nunca había tenido un sueño con Leo en el que el entorno estuviera tan cargado de emociones.

Un laberinto de cuevas conformaba el escenario.

Leo acababa de matar a un demonio de color negro, de al menos cinco metros de altura y con cuernos retorcidos.

Ambos caían desde una altura que habría sido imposible de sobrevivir para un ser humano normal.

Él extrajo la espada del corazón del demonio y estuvo a punto de caer al suelo cuando bajó de su cuerpo.

Usaba el arma como si fuera un bastón para mantenerse en pie.

A lo lejos vi al menos cinco demonios que dirigieron la mirada hacia Leo en cuanto él se levantó.

Estaban agazapados sobre el cuerpo de una joven, destrozado por sus dientes.

Eran más aterradores que cualquier demonio que hubiera visto hasta entonces.

Sonrieron al ver a Leo.

—El alquimista ha regresado al Inframundo —dijo uno de ellos, con sangre entre sus afilados dientes.

Parpadeó y una membrana cruzó horizontalmente sus ojos, negros como la noche.

Los demás comenzaron a reír mientras sus afiladas garras se abrían y cerraban, preparándose para desgarrar a Leo como habían hecho con aquella joven.

Leo levantó la espada.

Pude ver cómo le temblaba la mano.

Gracias a sus poderes, Leo podía percibir con claridad la fuerza de aquellos demonios.

Eran casi tan poderosos como la presencia de Vesta.

—¿Alguna última petición? —preguntó otro de ellos.

En ese momento, al menos veinte demonios idénticos se materializaron junto al grupo inicial.

—Muérete —respondió Leo con la voz más sombría que jamás hubiera escuchado.

Comenzó a correr hacia ellos mientras sus manos brillaban con energía esmeralda y la espada se cubría con aquel mismo poder.

Desperté sobresaltada cuando Rubiel me tocó el hombro.

—Ya llegamos.

Vi cómo el sol entraba por la ventana e iluminaba parcialmente la torre de control del aeropuerto.

Sentí un nudo en la garganta y supe que estaba a punto de llorar.

Rubiel adivinó con qué había estado soñando y desvió la mirada con dolor.

Aquello confirmó lo que yo sospechaba.

Leo iba a morir.

Fin del primer libro…