El Diario del Alquimista Capítulo 26 Caminando a la inmortalidad #3
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Capítulo 26 Caminando a la inmortalidad #3

—Bueno, puede que en aquel momento tuviera la mente ocupada en otra cosa, pero sí ocurrió el día que te conocí.

Entonces recordé algo que no había hecho desde el día de mi accidente en el laboratorio subterráneo.

—¿Quieres ver un truco?

Asintió.

Tomé mi cristal con firmeza.

Al igual que la última vez, comenzó a resplandecer con luz esmeralda.

Sentí una punzada de dolor recorrerme el brazo a la misma velocidad con la que un destello de magia lo cubrió y lo devolvió a su estado normal, con el aspecto y la textura que tenía antes de que todo sucediera.

—¡Increíble!

Aunque hablaba en susurros, podía percibirse la excitación en su voz.

—Regresará a su estado original dentro de unas horas, pero, por el momento…

Tomé su rostro entre mis manos.

—Puedo sentirte, amor.

Evité que respondiera sellando sus labios con un beso.

Había comprendido algo desde que empecé a salir con Nirash.

Ella no era el tipo de mujer que entregaba su cuerpo únicamente por la pasión del momento.

Era el tipo de mujer que lo hacía cuando amaba a la otra persona y, más importante aún, cuando estaba segura de que esa persona también la amaba.

Poco a poco, se colocó encima de mí.

Los puntos de mi espalda protestaron cuando me acosté sobre ellos con un peso adicional, pero no me importó en lo más mínimo.

Sus labios nunca podían estar demasiado cerca de los míos.

Nuestras manos parecían sufrir algún tipo de efecto magnético que impedía que las separáramos del cuerpo del otro.

Después de varios minutos en los que los besos habían agitado nuestra respiración, se detuvo y, sin decir nada, comenzó a desabrochar los primeros botones de su vestido negro.

Yo empecé a besar su cuello mientras la ayudaba.

Los rostros de ambos se habían teñido de escarlata.

Nuestra respiración entrecortada solo podía compararse con la misteriosa sonrisa que aparecía en nuestras miradas cada vez que estas se cruzaban.

Poco a poco, abandonamos la cobija sobre la que nos encontrábamos.

Sentía las pequeñas piedras del lago clavarse en mi espalda casi con la misma fuerza con la que las uñas de Nirash dejaban medias lunas marcadas sobre mi piel.

El agua del lago nos alcanzó con su oleaje suave y casi imperceptible, producido por nosotros cada vez que rompíamos su superficie cristalina.

La fogata iluminaba parte de nuestros cuerpos y teñía todo de naranja, resaltando el contorno de su piel y proyectando sombras danzantes sobre nosotros.

El calor del fuego se volvió insignificante en comparación con el que Nirash y yo compartíamos en aquel momento.

No era la primera vez que tenía sexo, pero definitivamente era la primera vez que hacía el amor.

Aquella extraña mezcla de pasión y romanticismo fundía nuestras almas en el crisol de la noche, con la luna, las estrellas y el lago como únicos testigos.

—Mi amor —le dije a Nirash cuando los primeros rayos del sol comenzaron a calentar nuestra piel mientras ella me abrazaba y utilizaba mi cuerpo como almohada—. Ya amaneció.

Respondió estrechándome con más fuerza.

—¿Ya tienes que irte?

—De hecho, se supone que tengo una incapacidad. No combatiré durante un par de días y, según el médico, no puedo realizar ningún esfuerzo físico intenso.

—Bueno, no siempre pueden seguirse las indicaciones de los médicos al pie de la letra.

Su voz ocultaba una sonrisa.

—Sí, creo que es un poco tarde para preocuparnos por eso.

Ambos comenzamos a reír.

Mientras escondía el rostro contra mi pecho, besé su cabello y respiré el perfume sutil e hipnótico que desprendía.

—¿Tú tienes que irte?

—Lucharé por la tarde, aunque no sé cómo conseguiré mantenerme despierta.

—Yo dormiré en el laboratorio.

Nuestros estómagos parecieron ponerse de acuerdo y exigieron atención al mismo tiempo.

—¿Quieres desayunar algo, princesa?

—Claro. ¿Tienes algún restaurante en mente o prefieres que nos traigan la comida?

—Que nos traigan la comida.

Activé el ojo del alquimista para transmitirle unas indicaciones rápidas a Vulcan.

Llegó varios minutos después con un par de conejos, que calenté mediante alquimia para acelerar el proceso.

—¿Te das cuenta de que ahora sí estamos condenados? —preguntó mientras comíamos.

—No creo que matar un par de conejos sea un crimen capital.

—Leo —dijo con un reproche juguetón—. Sabes a lo que me refiero.

—Sí. Hemos cruzado todos los límites de la alta traición. Debemos de estar muy cerca de cometer crímenes contra el universo. Somos malvados, princesa.

Comencé a reír, pero me percaté de que su mente estaba en otra parte.

—¿Qué ocurre?

—Hace un par de días, Zenicar vino a verme.

—¿Qué quería?

—Advertirme que estaba cometiendo un error. Dijo que no teníamos idea de lo que estábamos haciendo.

Parecía realmente preocupado.

—Afirmó que, si permanecíamos juntos, alteraríamos demasiadas cosas.

—Ya lo hemos hecho. Para empezar, convertiste un arma humana en alguien capaz de amar.

Mis palabras derrumbaron su preocupación.

—Pero solo a mí, ¿de acuerdo?

—No podría amar a nadie más, aunque lo intentara.

El cansancio no había revelado todo su poder hasta que regresé al cuartel general.

—Muy buenos días, hermano. ¿Cómo estás?

—Estoy… confundido. ¿Te acostaste con alguien?

—¿Se puede saber de qué demonios hablas?

Levanté una ceja para enfatizar la pregunta.

—Es primera hora de la mañana y llegas sonriendo y con ojeras.

—Ayer tuve una noche creativa, descansé muy bien y tengo una idea de cómo lograr que las naves del laboratorio subterráneo vuelvan a volar.

—Te juro que eres uno de los seres más extraños que conozco. Un día quieres matar a cualquiera que se cruce frente a ti y al siguiente eres el señor Felicidad a primera hora de la mañana. ¿Qué me ocultas, alquimista?

—Muchas cosas. Por ejemplo, que tu uniforme tiene sangre de licántropo.

—Lo sé. Casi arranco la manga y no se quita.

Hicoro comenzó a hablar de otros asuntos y me sentí afortunado de haber logrado desviar el tema.

Más tarde tenía un reconocimiento médico para comprobar la evolución de mis heridas, pero necesitaba descansar un poco antes de idear algún pretexto creíble que justificara el precario estado de los puntos y las marcas en forma de medias lunas que ahora decoraban mi espalda.

—Te lo dije. Está de lo más extraño.

—Tienes razón, y además está su elevado nivel de hormonas.

Las voces pertenecían a Violeta y Alaric.

—¿Se puede saber qué demonios hacen en mi laboratorio?

—¿Estabas dormido? —preguntó Violeta con malicia.

—¡No! —respondí con sarcasmo—. Estaba en coma y me salvaste de morir. Muchas gracias.

Alaric comenzó a reír mientras Violeta me observaba como si intentara leerme la mente.

—Leo, ¿en verdad no estás saliendo con nadie?

—No.

—¿Te estás drogando?

—Sí, cada cuatro horas.

El rostro de Botánica se llenó de preocupación.

—Son indicaciones del médico. Ayer me destrozaron la espalda, ¿recuerdas?

—Cierto.

Mi argumento pareció carecer de interés para ella, que seguramente seguía intentando deducir con quién estaba saliendo.

Puede que mis palabras fueran suficientes para engañar a los demás, pero Alaric y Botánica eran diferentes.

Los días siguientes fueron muy similares.

Ahora utilizaba mis tiempos libres para dormir.

Mis noches estaban más iluminadas que el más poderoso de los soles y mi felicidad era inmensa.

No solo nos perdíamos constantemente en el cuerpo del otro. También conversábamos y compartíamos conocimientos.

Verla esforzarse por permanecer despierta y contemplar lo hermosa que se veía al dormir eran imágenes que llevaba conmigo durante todo el día y que ansiaba volver a observar.

Me resultaba extremadamente tierno que Nirash se preocupara tanto cada vez que me herían.

Según sus fuentes de información, el mundo mágico estaba a punto de liberar una amenaza considerable, aunque aún ignoraban de quién se trataba.

Aquella noche, Nirash estaba de lo más extraña.

Su mirada se encontraba oscurecida por algún remordimiento de conciencia que yo no alcanzaba a comprender, y sus besos me indicaban que su mente estaba en otro lugar.

—¿Qué ocurre?

—Nada, amor —respondió, fingiendo que apartaba una idea con la mano antes de besarme.

—Vesta.

Solo la llamaba así cuando algo me molestaba.

—No puedo hacerlo. Es demasiado egoísta.

Su voz sonaba como si estuviera a punto de llorar.

—¿Qué no puedes hacer? Princesa, ¿estás bien?

Sus ojos estaban vidriosos.

—¿Me amas?

—Claro que sí. Más que a nada en el mundo, y tú lo sabes. Princesa, me estás preocupando. ¿Esto tiene que ver con los Arcontes?

Negó con la cabeza antes de responder.

—¿Cambiarías por mí?

—Ya lo hice. Cuando te conocí, cambiaste mi vida.

—No me refiero a eso. Es algo que me dijo una de mis generales.

—¿Qué te dijeron?

—¿Recuerdas a una mujer licántropo?

—Desde luego. No se cansa de patearnos el trasero.

—Está bajo mis órdenes y, en realidad, es una de mis mejores amigas. Se llama Luna.

—¡Qué nombre tan ingenioso! —dije con sarcasmo.

—Bueno, en realidad así la llamamos. Su nombre es Anna.

—¡Guau! De acuerdo, la llamaremos Luna.

—Ella y sus soldados notaron algo extraño en ti y en Hicoro.

—¿Que somos muy buenos peleando?

Me dio una palmada en el pecho.

—Leo, estoy intentando decirte algo importante.

—Eso espero. No vas a confesarme un asesinato y, además, no es como si nunca hubieras matado a nadie.

—De acuerdo, ahí va.

Suspiró para reunir valor.

—Ella dice que huelen a licántropo.

—Eso es imposible. Puedo asegurarte que no soy un licántropo. Tú has estado conmigo durante la luna llena y Hicoro tampoco se ve afectado por la luna.

—Lo sé. Ella piensa que son licántropos auténticos.

—Ya me perdiste. ¿Hemos estado peleando contra licántropos falsos?

—No, pero existen diferentes clases de licántropos.

Al menos tres. Algunos lo son por una maldición y la luna los transforma.

Otros utilizan conjuros o artefactos. Sin embargo, los licántropos auténticos pueden transformarse sin necesidad de la luna.

Pueden hacerlo incluso bajo la luz del sol y su mente no se nubla como ocurre con las otras clases.

—Sorprendente. Eso explica muchas cosas, pero no comprendo cuál es tu punto.