El Diario del Alquimista Capítulo 26 Caminando a la inmortalidad #2
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Capítulo 26 Caminando a la inmortalidad #2

El Alquimista de la Explosión no estaba loco, como muchos pensaban. Simplemente tenía el defecto de disfrutar demasiado de su trabajo.

Aquel día no me preocupaba el resultado de la batalla, sino una de las personas involucradas en ella.

Que ambos formáramos una combinación mortal me ponía nervioso, pues mi novia estaría presente en el campo de batalla.

Todo se desarrollaba conforme al plan.

Le había advertido a Nirash que se mantuviera a una distancia prudente de nosotros y que alejara a todos aquellos por quienes sintiera un cariño especial.

Sin embargo, todos sabíamos que, durante una batalla, las cosas no siempre sucedían conforme a lo planeado.

Las explosiones eran muy efectivas. Acababan con los enemigos, dispersaban las tropas y, sobre todo, causaban una enorme cantidad de daño, tanto directo como indirecto, debido a la metralla que proyectaban.

Fue precisamente el caos causado por las explosiones lo que mandó al demonio mi estrategia de mantener a Nirash alejada.

Poco a poco, la intensidad del combate la obligó a aproximarse cada vez más a las explosiones y a mí.

Yo no me había percatado de que el Alquimista de la Explosión se encontraba tan cerca de nosotros ni de que había decidido reclamar el trofeo de matar a la Bruja de Fuego.

Me gustaría decir que todo ocurrió muy lentamente.

Quisiera decir que tuve tiempo suficiente para crear alguna distracción, pero no fue así. El tiempo jugaba en mi contra.

Vi que la bomba lanzada por el Alquimista de la Explosión estaba a punto de estallar.

Nirash se encontraba distraída combatiendo contra nuestros soldados y la única opción que tenía para salvarla era fingir un ataque.

Vi cómo sus ojos se abrían desmesuradamente al creer que había decidido atacarla.

Con la espada en la mano, corrí tan rápido como pude.

Estaba a punto de golpearla cuando un estruendo transformó todos los sonidos en un pitido.

El dolor se extendió por mi espalda.

El propósito principal de aquella bomba no era matar mediante la explosión, sino por medio de los pedazos de basura, piedra y metal que arrojaba a velocidades mortales.

Mi cuerpo protegió al de Nirash y caí pesadamente al suelo.

No pude escuchar lo que dijo, pero su intención de ayudarme era evidente.

Me vi obligado a lanzar un ataque contra el suelo para hacerle comprender que debía huir.

Sus ojos vacilaron durante un instante, pero un segundo ataque "fallido" la hizo reaccionar.

Mientras escapaba, los gritos de mis compañeros comenzaron a imponerse sobre el molesto pitido que la bomba había dejado en mis oídos.

—¡MÉDICO! —gritaba el Alquimista de la Explosión mientras él y varios soldados me protegían de cualquier posible ataque—. ¡RÁPIDO! ¡SAQUEN AL ALQUIMISTA DE AQUÍ!

No fui consciente de si nosotros ordenamos la retirada o si fueron ellos quienes comenzaron a retroceder.

Lo que recuerdo con total claridad, pese al dolor, es que me trasladaron a uno de los centros médicos.

Allí me esperaba un camión del ejército para llevarme lo más rápido posible al hospital militar de Auralia, donde comenzaron a extraer toda la metralla alojada en mi espalda.

—Tuvo mucha suerte, alquimista —dijo uno de los médicos mientras retiraba meticulosamente cada fragmento de tierra, metal y piedra antes de limpiar y coser las heridas.

—¿Qué hacías ahí? —preguntó el Alquimista de la Explosión.

La molestia y la preocupación eran palpables en su voz.

—Vi una oportunidad para atacar a la Bruja de Fuego. No me di cuenta de que habías lanzado una bomba hasta que me destrozaste la espalda.

Fingía estar molesto.

Aquello daría cierta credibilidad al hecho de que ambos estábamos enojados por no haber conseguido matar a la bruja.

—¿Se puede saber por qué demonios lanzaste la bomba, teniendo en cuenta que yo estaba tan cerca?

El Alquimista de la Explosión tragó saliva y cerró los ojos durante un momento antes de responder.

—La verdad es que yo tampoco te vi.

Su máscara de enojo se quebró.

—Lo siento, Leo. No sabía que iba a ocurrir esto.

Me pareció innecesario continuar fingiendo que estaba enojado con él.

—No te preocupes, amigo. Sé lo que significa jugar con fuego y explosivos. Durante una guerra, los accidentes ocurren. Todo es demasiado caótico como para controlar todo lo que sucede.

Una mueca de dolor atravesó mi rostro cuando el médico comenzó a suturar las heridas más grandes.

—No voy a tener que quedarme aquí, ¿verdad, doctor?

—No lo creo, alquimista. Por fortuna, las heridas son superficiales.

Lo escuché suspirar.

—Tuviste mucha suerte. Podrías haber terminado con fragmentos en los pulmones o en otros órganos internos, pero, por lo que veo, solo necesitarás medicina para controlar el dolor y una buena noche de sueño.

Avisaré que no debes combatir por el momento y que, al menos hasta que las heridas se cierren, no puedes hacer ningún esfuerzo físico importante. ¿De acuerdo?

—Entendido.

Me senté para que las enfermeras pudieran vendarme.

Sentí una pequeña punzada de dolor que los analgésicos no lograron ocultar cuando me puse la camisa agujereada.

Por fortuna, todas las ocasiones en que me había visto obligado a dormir en el laboratorio me habían enseñado a tener siempre algo de ropa de repuesto.

—¿Piensas salir? —preguntó Hicoro al verme comer apresuradamente, ya con ropa limpia.

—Quiero dar una vuelta con Vulcan antes de regresar a casa.

—El médico dijo que no podías realizar esfuerzos físicos importantes.

—Solo quiero dar una vuelta. No vi qué medicamento me administraron, pero me siento algo lento. Un poco de aire fresco me hará bien, además de comer y beber mucha agua —respondí mientras tomaba un gran sorbo de té.

—Por lo menos no estás bebiendo café.

—Ya lo pedí, pero no tenían preparado. Fueron a hacerlo —contesté con una amplia sonrisa.

La noche ya había caído cuando finalmente conseguí que Olister me permitiera salir.

Iba algo tarde, así que apremié a Vulcan para que volara más rápido.

La humedad de las nubes y el frío del viento nocturno despejaron mi mente.

No tardé demasiado en divisar un punto luminoso sobre el suelo: la fogata que siempre encendíamos.

Nirash había llegado y me estaba esperando.

—Lamento llegar tarde —dije mientras descendía con cuidado de Vulcan para evitar que los puntos de mi espalda se abrieran nuevamente—. Ya sabes cómo son los médicos.

Utilicé un tono bromista para demostrarle que no estaba tan mal como seguramente imaginaba. Sabía que tendía a preocuparse de más.

—No esperaba que vinieras.

Su voz sonaba aliviada.

—No fue tan grave. Solo fueron heridas superficiales.

No fue hasta que salió de las sombras que la ocultaban cuando pude contemplar su llamativa vestimenta.

Llevaba un vestido negro con docenas de botones en la espalda que se ajustaba ceñidamente a su cuerpo y perfilaba su figura con suavidad y encanto.

Sus ojos, delineados de negro, parecían más grandes y hermosos que nunca.

Corrió a abrazarme al percatarse de mi expresión admirada.

—Me estaba muriendo de preocupación. Casi entré en Auralia para averiguar cómo estabas.

—No te preocupes, amor. Estoy bien.

Me estrechó con más fuerza.

—Ay… Este… ¿Podrías…?

—¡Perdón! —exclamó, deshaciendo el abrazo—. Gracias. No sabía qué hacer cuando vi la bomba. Entré en pánico y… No sé ni de dónde saliste. Pensé que ibas a atacarme y… Amor, podrían haberte matado.

La abracé y besé su frente para tranquilizarla.

—Me habría muerto si te hubiera pasado algo. Estoy bien, de verdad. Si no lo estuviera, los médicos no me habrían permitido salir del hospital.

—¿Puedo ver tus heridas? —preguntó con cierta timidez.

—Está bien —respondí de mala gana, sospechando que estaba a punto de sufrir un nuevo examen médico.

Mientras me quitaba la camisa, hizo aparecer una cobija cerca de la fogata.

—Ven, acuéstate —me pidió mientras se arrodillaba sobre ella.

—Está bien.

Retiré las vendas y después me acosté boca abajo.

—¿Te molesta?

—No me agradan demasiado los exámenes médicos —confesé, algo avergonzado, mientras ella reía.

—Son unos salvajes —dijo al observar mis heridas—. No saben colocar vendas y parece que te cosió un sastre ciego y manco.

No pude evitar reír ante el falso horror de su voz mientras contemplaba mi espalda.

—No está tan mal. No me gusta acudir a los médicos, pero son muy buenos. Me han salvado la vida más de una vez.

Sentía cosquillas cuando sus suaves manos recorrían cada una de mis heridas.

—Voy a curarte.

Comencé a sentir un calor muy agradable en la espalda cuando recordé algo de vital importancia.

—¡No! —dije, apartándome un poco—. Se supone que no puedo curarme de la noche a la mañana.

—Ash, odio no poder curarte por tener que guardar las apariencias.

—Tienes razón, princesa. Creo que lo mejor sería acudir al médico y explicarle que mi novia, la Bruja de Fuego, me curó. Seguramente, si se lo explico a Olister, incluso podríamos detener la guerra.

Mi objetivo se cumplió. Comenzó a reír ante aquella idea tan descabellada.

Sus manos recorrían mi espalda y provocaban escalofríos por todo mi cuerpo.

Era como si el simple contacto de su piel con la mía equivaliera a recibir el más hermoso y poderoso de los rayos, y yo ya había recibido varios mientras entrenaba con Eleazar.

—Nunca había visto bien tu brazo.

Sus manos se concentraron en él con curiosidad.

—Siempre utilizas manga larga y un guante en esa mano.

—Fue un accidente de laboratorio —mentí.

—Te he visto detener espadas y ataques con él.

Ante su mirada atónita, tomé una rama encendida sin que me causara el menor dolor.

—No siento dolor con este brazo. Además, es bastante resistente.

—No hagas eso —dijo con ternura—. Me pones nerviosa.

—No te preocupes. Solo detecto presión.

Tomó mi mano después de que soltara la rama.

—¿No sientes esto?

Acarició mi mano con la suya.

—No.

Dirigí la mano hacia su rostro.

—Pero tú lo sientes. Eso es lo importante.

—Es muy injusto.

—Podría decirse que es culpa tuya.

Su expresión me indicó que no tenía idea de lo que estaba hablando.

—Me ocurrió el primer día que te conocí, después del banquete de bienvenida. Estaba pensando en ti.

—Mentiroso.