Capítulo 26 Caminando a la inmortalidad
Mi vida había cambiado radicalmente desde que conocí a Nirash y estaba por cambiar todavía más.
Desde que nos hicimos novios, me sentía más feliz que nunca.
Mis misiones habían mejorado increíblemente. No había batalla que perdiera, siempre y cuando no me enfrentara a ella; en ese caso, todo se reducía inevitablemente a un decoroso empate.
Mi producción de inventos en el laboratorio había alcanzado niveles sorprendentes y mi estado de ánimo era sencillamente inmejorable. No había forma de que algo me hiciera enojar.
Los días se volvían insoportablemente largos y las noches a su lado transcurrían con la velocidad de un parpadeo.
El tiempo desaparecía y el mundo se concentraba en sus ojos.
No había nada que sus brazos y sus besos no pudieran resolver. Las risas disolvían el silencio del lago y la brisa acariciaba las palabras susurradas que solo los amantes se dicen cuando están enamorados.
Por primera vez en muchos años, me sentía completamente feliz.
No me importaba luchar durante toda la vida si eso implicaba que Nirash permaneciera en mi vida para siempre.
Junto a ella no era un arma ni un asesino. Junto a ella era un hombre enamorado.
Era débil, vulnerable, invencible, poderoso, ingenioso y, también, un idiota.
La idea de escapar con ella a algún lugar donde nadie más pudiera molestarnos ni juzgarnos por estar juntos nos seducía cada vez más.
Sin embargo, ambos teníamos demasiadas responsabilidades y muchas vidas bajo nuestro mando como para actuar de forma tan egoísta.
La idea era casi tan seductora como ella misma.
A su lado, simple y sencillamente, no había nada que no pudiera hacer.
Nuestro comportamiento era infantil e irresponsable en muchas ocasiones.
Haber grabado un hexagrama con un yin-yang en la corteza de un árbol era nuestra versión de escribir las iniciales dentro de un corazón: su símbolo y el mío, inmortalizados en la corteza.
Era romántico y peligroso.
Cualquiera que lo viera y nos conociera podría deducirlo con facilidad, pero nadie iba a aquel lago.
Solo nosotros.
Era nuestro lugar, tan secreto como nuestra relación.
Indirectamente, Hicoro y Frigian eran los beneficiados por nuestra relación.
Ninguno de los dos se atrevía a matar al hermano del otro.
Por eso, ambos regresaban sorprendentemente ilesos de las batallas.
—Una batalla nocturna —dijo el Alquimista del Fuego—. No hay nada mejor que el fuego durante la noche. Tiene una belleza especial, ¿no lo crees?
—No te distraigas —respondí con nerviosismo—. Ninguno de ellos está armado. Eso no puede ser normal.
—¿Crees que sean vampiros?
Su voz adquirió un tono cercano al éxtasis ante la posibilidad de calcinar vampiros.
—No estoy seguro. Parecen humanos.
—Entonces morirán como tales —terció Hicoro.
La noche era fresca.
El cielo estaba cubierto por una capa delgada de nubes que impedía ver los astros.
No parecía una noche hecha para luchar.
Incluso el viento soplaba de manera misteriosa, como si advirtiera sobre lo que estaba a punto de suceder.
—¿Qué esperan para atacar? —preguntó Ignacio.
—No lo sé. Esa mujer parece su líder, pero nunca la había visto.
—¿Iniciamos el ataque?
—Aún no. Vamos a concederles un momento antes de atacar. Siento que es una trampa.
El viento comenzó a desplazar las nubes.
Poco a poco, el campo de batalla perdió el color bajo la luz blanquecina de la luna, que despojaba a todo de contraste y lo hacía brillar con tonalidades plateadas.
Conforme la luz se aproximaba a nuestros enemigos, estos comenzaron a desprenderse de sus ropas.
—¿Qué hacen? —preguntó Hicoro alarmado—. ¿Nos quieren violar?
—No lo creo, teniente —respondió Ignacio con confusión antes de dirigirse a mí—. Tú eres el especialista en seres mágicos. ¿Qué piensas?
—Van a broncearse bajo la luna —dijo burlonamente uno de los soldados.
Aquello hizo que mi mente relacionara todos los indicios.
—¡Hijos de la Luna!
—¡Qué ingenioso insulto! —dijo Hicoro con sarcasmo.
—¡Son licántropos! ¡Ataquen!
Todas las tropas comenzaron a movilizarse rápidamente al escuchar mis palabras.
—¡Íbamos a esperar!
—¡Esa era la trampa!
Miré hacia el cielo mientras los rayos plateados de la luna se aproximaban a ellos.
No había forma de llegar a tiempo. La luz de la luna los tocaría antes de que nosotros pudiéramos alcanzarlos.
Comencé a disparar contra tantos hombres como pude antes de que se transformaran, y los soldados imitaron mis acciones.
Ellos ni siquiera se molestaron en responder a la agresión.
Era cuestión de tiempo para que se volvieran más poderosos que nosotros y no sabía qué tan reales eran las historias sobre la regeneración de los licántropos.
Me sorprendió ver que muchos comenzaron a transformarse antes de que la luz de la luna los tocara.
Entre ellos estaba su líder.
—Crea un muro de fuego —le ordené a Ignacio mientras yo comenzaba a hacer lo mismo—. Cuanto más grueso, mejor.
—Bien pensado. Esos perros no caminarán sobre el fuego sin quemarse el pelo.
Después de crear el muro de fuego, comenzamos a dividir a las tropas.
No sabía qué esperar. Nunca había luchado directamente contra licántropos.
A través del fuego pude ver cómo los hombres se desfiguraban.
Sus músculos crecían, las manos se convertían en garras y de sus rostros emergían hocicos con dientes afilados como cuchillos.
Un solo aullido desencadenó todos los demás.
Aquel sonido quebró la noche y también nuestro valor.
Nunca en toda mi vida había escuchado algo tan aterrador.
—Hicoro, te quiero como mi sombra.
No sabía a cuántas personas podía proteger con mi poder, pero al menos me aseguraría de que Hicoro regresara con vida.
—Mierda, ¿ya viste eso?
Ignacio temblaba de miedo al observar cómo los licántropos atravesaban el fuego.
Sus cuerpos ardían bajo las llamas, pero aquello no detenía su avance.
En cuanto salieron del muro, comenzaron a regenerarse.
El pelaje volvió a brotar sobre sus cuerpos y todos mostraban una expresión muy parecida a una sonrisa, si es que los lobos podían sonreír.
—¡NO ROMPAN FILAS! —grité a los soldados—. ¡CONCENTREN LOS ATAQUES EN LA CABEZA Y EL CORAZÓN!
—¡ATAQUEN! —gritó Ignacio mientras de sus manos surgían columnas de fuego que calcinaban a los licántropos.
Muchos morían al entrar en contacto con aquella cantidad de calor, pero aquellos que solo resultaban heridos se regeneraban rápidamente y destrozaban a nuestros soldados con una efectividad devastadora.
Identifiqué a la líder de los licántropos.
Se dirigía directamente hacia Hicoro y hacia mí, acompañada por un puñado de los suyos.
—La cabeza, ¿verdad? —preguntó Hicoro mientras sacaba un cuchillo tan largo como mi antebrazo.
—Sí.
Nunca había presenciado una batalla tan sangrienta.
Las balas parecían únicamente volverlos más lentos. Salvo algunas excepciones, parecían vulnerables a la plata.
Decidí que era demasiado arriesgado atacarlos con mi pistola porque eran verdaderamente rápidos.
A mi lado, Hicoro adoptó su posición de combate favorita mientras yo asumía la posición inicial de combate atlantiano.
Su fuerza era verdaderamente titánica.
Su velocidad hacía difícil ponerles las manos encima, incluso con el ojo del alquimista.
Pese a todo, Hicoro y yo éramos buenos peleadores.
No pasó demasiado tiempo antes de que el suelo a nuestro alrededor quedara cubierto por cabezas de licántropos y cuerpos que explotaban bajo mi poder en cuanto los tocaba.
La batalla había sido tan intensa que perdí la noción del estado de mi ejército.
—Tenemos que retirarnos.
—Sin duda —respondió Hicoro.
Ambos teníamos pequeños cortes, pero ninguno había entrado en contacto con la saliva de los licántropos, así que creíamos estar a salvo.
Sin embargo, la situación se nos había escapado de las manos.
No era posible ganar aquella batalla con el ejército que teníamos.
—¡RETIRADA!
Mis palabras fueron repetidas por los demás soldados y por Ignacio, quien ya no podía calcinar a tantos licántropos.
Aquel ataque había sido devastador.
Los licántropos no tenían magia como los magos, pero sufrimos más pérdidas contra ellos.
Su regeneración, fuerza y velocidad eran equiparables a las de los vampiros, contra quienes también sufríamos una considerable cantidad de bajas.
—Estás perdiendo el toque —dijo el Alquimista de la Tierra mientras los médicos atendían a los sobrevivientes.
—No tengo idea de qué ocurrió. La estrategia era perfecta.
—Leo, no existe estrategia que funcione cuando el enemigo recibe una bala en la cabeza, vuelve a levantarse y te arranca un brazo de una sola mordida —comentó Ignacio con una mueca de dolor mientras el médico le ajustaba una venda alrededor del costado.
—¿Lograste aislar su factor de regeneración? —indagó Alaric.
—No. Es más complejo de lo que pensaba. Parece una combinación de magia y algún factor genético que funciona mediante energía vital, pero no tengo suficientes datos para reproducirlo.
—¿Energía vital? —preguntó el Alquimista de la Tierra.
—Mientras más energía tenga una persona, más rápido se curará.
—Por eso dejaban de regenerarse después de recibir varios ataques —comprendió Ignacio.
Tengo que decir que más de uno envidiaba las habilidades de nuestros enemigos: vivir eternamente, regenerarse, utilizar magia, poseer supervelocidad, fuerza sobrehumana, etcétera.
La victoria en aquella guerra se veía cada vez más lejana, hasta tal punto que casi nos arrepentíamos de no utilizar las Piedras Filosofales.
Sin embargo, la vida funciona de maneras muy extrañas.
Generalmente, no somos conscientes de la cadena de acontecimientos que se deriva de una simple decisión o de un accidente. Incluso nuestros errores e impulsos instintivos forman parte de aquella ecuación.
Fue precisamente uno de esos acontecimientos el que, curiosamente, afectó mi relación con Nirash.
Gracias a mis habilidades, podía sincronizarme en combate con prácticamente cualquier alquimista, pero todos sabían que, si la verdadera intención era causar una enorme cantidad de daño con rapidez, la combinación indicada éramos el Alquimista de la Explosión y yo.