El Diario del Alquimista Capítulo 25 Revelaciones #3
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Capítulo 25 Revelaciones #3

Ambos sentimientos se reflejaban en ellos con una profundidad mayor que cualquiera que hubiera visto en otra persona.

Eran siglos de agonía.

Sabía que tendría que vivir varias vidas humanas para poder comprender por completo la mirada atormentada de Vesta, pese a su evidente esfuerzo por ocultar lo que sentía.

Vesta interrumpió mis reflexiones.

—¿Aún quieres entrenar?

—Sí —respondí con cierta vacilación.

Más por respeto hacia Leo que por consideración a Vesta, volví a hablar.

—Tranquila, Nirash. No voy a decirle nada a Azul.

Una ráfaga de magia cruzó la habitación.

—Gracias, pero no vuelvas a llamarme Nirash. Miles de demonios descubrieron que es la forma más rápida de morir.

Suspiró después de pronunciar aquellas palabras.

—Por favor.

Recordé que habíamos establecido que el cuarto de entrenamiento era terreno neutral.

Me impresionó que mantuviera su palabra pese al enorme esfuerzo que aquello parecía suponerle.

—Lo intentaré —respondí con tranquilidad.

Debo confesar que aquel fue uno de los entrenamientos más provechosos que habíamos tenido.

Logré detectar rápidamente las múltiples ubicaciones desde las que lanzaba sus ataques contra mí.

Me parecía posible saber de dónde vendrían incluso antes de que los realizara.

Sin embargo, necesitaba una concentración enorme y no siempre funcionaba, y tratar de determinar el origen de los ataques antes de que ocurrieran era algo sumamente subjetivo.

—¿Tú solo puedes utilizar fuego?

—Tengo control sobre algún otro elemento, aunque, como ya debes de imaginar, quien controla todos es Leo. Eso no significa que sea el más poderoso en cada uno. Azul es el mejor con el hielo y yo con el fuego.

—¿Y Alexandra?

Me sentía tan cómoda en aquel momento que no me molestó hablar de la hija de la bruja.

—Es igual que Leo.

Mi expresión debió de cambiar, porque comenzó a reír.

—Él la entrenó. Dominó todos los elementos antes de cumplir quince años. Es muy talentosa.

—¿Cuál es mi elemento?

—No lo sé. Tienes que descubrirlo por ti misma.

—¿Cómo lo hago?

—¿Quieres el método rápido o el lento?

—El rápido —respondí, sin saber lo que iba a suceder.

Las manos de Vesta se cubrieron de fuego y me atacó sin ninguna advertencia.

Las mías centellearon en turquesa y formaron un escudo que me protegió, pero el calor amenazaba con destruirlo en cualquier momento.

La apariencia frágil de Vesta hacía que resultara fácil olvidar lo poderosa que era.

—¡¿Qué haces?!

—El método rápido —respondió con tranquilidad.

Pese a mis esfuerzos por mantener el escudo, terminó cediendo ante el calor.

Pensé que moriría calcinada en cuanto el fuego me tocara.

Sin embargo, las llamas no me quemaron.

Entraron en mi cuerpo sin lastimarme e hicieron que mi piel resplandeciera con una luz turquesa.

De pronto, sentí una brisa recorrer el cuarto de entrenamiento.

Aumentó rápidamente hasta convertirse en un viento violento que terminó cubriendo mi cuerpo como si me encontrara en el ojo de un huracán.

—¡Viento! ¿Es una broma? —exclamó Vesta, intentando controlar su carácter mientras sus manos brillaban peligrosamente con una luz morada—. Tengo que salir.

Desapareció en medio de un resplandor morado.

Sentí que liberaba su energía en uno de los jardines con una fuerza tan descomunal que hizo temblar el palacio.

Rubiel entró de inmediato en el cuarto.

—¿Estás bien? ¡Guau!

Mi cuerpo todavía se encontraba rodeado por el viento.

—Ahora lo entiendo.

—¿Qué hice? —pregunté con confusión mientras aquel pequeño tornado desaparecía.

—Viento. Vesta odia ese elemento.

Regresé a mi habitación con la sensación de que me resultaría imposible llevarme bien con Vesta.

Cada vez que algo parecía limar nuestras asperezas, surgía otra cosa que volvía a colocarme dentro de su mira mortal.

Aquello me hizo sentir incómoda.

Quería llamar a mis padres. A mis verdaderos padres.

A los que no tenían magia.

A aquellos con quienes no necesitaba vigilar cada palabra por miedo a terminar carbonizada; con quienes podía hablar de lo que había ocurrido durante el día y no sobre acontecimientos separados por siglos; entre quienes las bromas se limitaban a esconder algún objeto y no a encarcelar personas ni destruir helicópteros.

El problema de no saber dónde se encontraba el palacio era que tampoco podía calcular qué hora era en mi casa.

Mi teléfono mostraba el número en la pantalla y todo lo que necesitaba hacer era presionar el botón de llamada.

Intentaba ocultarlo, pero mi nostalgia era demasiado intensa.

Estar rodeada de magia y saber que incluso yo podía utilizarla me sumergía en un mundo en el que me resultaba difícil separar la realidad de la fantasía.

No podía creer cuánto había cambiado mi vida en tan poco tiempo.

Jamás imaginé que terminaría escondida en un palacio, huyendo de demonios que intentaban matarme para vengarse de Leo, quien a su vez luchaba por sobrevivir y regresar a casa.

Reuní todo mi valor para no realizar la llamada.

Me sentía prisionera.

Mi única distracción era leer el diario, que se parecía más a un libro de ciencia ficción que a un testimonio verdadero, en el que antiguos romances y magia continuaban vivos siglos después.