El Diario del Alquimista Capítulo 25 Revelaciones #2
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Capítulo 25 Revelaciones #2

Se volvió hacia mí para continuar su explicación, pues resultaba evidente que los demás ya conocían la historia y comenzaban a reír al recordarla.

—Tu padre —comenzó con evidente reproche— se dejó atrapar mientras robaba, solo para demostrar que podía escapar de aquella cárcel.

Por alguna razón, aquello me pareció divertido, así que volví a ponerme del lado de Leo.

—Bueno, dicen que la inmortalidad puede llegar a ser bastante aburrida.

Rubiel emitió un sonido semejante a una carcajada ahogada que indicaba, sin lugar a dudas, que ya había utilizado aquel argumento anteriormente.

—Puede ser, pero, cuando fui a sacarlo, escapó frente a todos mientras gritaba en árabe que yo era el responsable de todo, que había colaborado con su fuga y que además practicaba artes oscuras.

Cada vez me resultaba más difícil contener la risa.

—Para mi desgracia, me encerraron en la misma celda que a él.

Antes de escapar, el maldito reforzó la celda con magia para impedir que yo pudiera salir y me dejó encerrado durante una semana.

Luego reapareció disfrazado de abogado para amenazarme con que, si no le devolvía su gabardina, permitiría que me pudriera allí dentro.

Finalmente, Rubiel estalló en carcajadas.

—¡Su gabardina estaba en la tintorería!

Aquello superó mi límite.

Pese a que todavía sentía cierta desconfianza hacia la magia, me resultó sumamente divertido descubrir que sus bromas y "vendettas" tenían matices tan absurdos y que el abuso de poder era, al parecer, el ingrediente principal de una buena broma.

Todos reímos hasta que nos dolió el estómago, mientras Azul intentaba disimular su enojo de la mejor manera posible.

Desayunamos mientras yo relataba algunos detalles de lo que había visto hacer a Leo.

Al parecer, a nadie le sorprendió que el alquimista fuera capaz de convertirse en arena.

—¿Ya aparecí en el diario? —preguntó Aika con curiosidad.

—Aún no.

Mi voz se apagó un poco al recordar a aquella extraña mujer con la que Leo había estado.

—¿Al menos ya aparecí yo? —preguntó Azul, quien no había vuelto a decir nada desde que nos reímos de su historia.

—No.

—Creí que ya habías llegado a la guerra.

—Sí, es justamente lo que estoy leyendo. Hasta ahora solo han aparecido alquimistas y…

Me di cuenta de que podía aprovechar aquella oportunidad para conseguir información.

—¿Saben quiénes son Frigian y Nirash?

No esperaba una reacción semejante.

Vesta se sonrojó de inmediato.

Rubiel casi se atragantó con la comida, Aika quedó en silencio de golpe, Neritha miró nerviosamente a Vesta y Azul comenzó a reír.

—Yo me llamo Frigian. Todos me dicen Azul por el color de mi magia y por otras razones que no vienen al caso.

—¿Eso significa que…?

Mi voz sonaba entrecortada mientras observaba a Vesta, quien hacía todo lo posible por evitar mi mirada.

Al parecer, algún detalle de la pared opuesta se había vuelto sumamente interesante.

—Así es. Mi hermosa hermanita se llama Nirash. Vesta Nirash, para ser exactos. ¿Por qué?

Estaba a punto de explicar lo ocurrido cuando recordé que Rubiel había dicho que ciertos aspectos del diario de Leo debían permanecer en secreto, específicamente los relacionados con su vida sentimental.

¿Era posible que Azul —o Frigian, como ahora sabía que se llamaba— no conociera la relación que Vesta y Leo habían mantenido siglos atrás?

—¿Vamos a entrenar hoy? —pregunté con malicia, dirigiéndome a Vesta.

—Si quieres —respondió, intentando aparentar desinterés.

—Claro —contesté alegremente—. Tengo un par de preguntas en mente.

—Ajá —dijo Vesta mientras hacía aparecer un cigarrillo y lo encendía mediante magia.

Fuego y hielo.

Era tan evidente que no me había dado cuenta.

—¿Y eso? —preguntó Azul al ver a su hermana fumando.

—Se me antojó —respondió Vesta con sequedad, sin dirigirle la mirada.

Seguramente no quería permitir que viera el rubor que ahora cubría su rostro.

Empecé a maquinar una venganza por todas las burlas que la bruja me había hecho desde que llegué al palacio.

Me sentía increíblemente motivada.

Sabía que desperdiciaría algunas preguntas solo para molestarla, pero aquello no me incomodaba en lo más mínimo. De hecho, era una sensación bastante satisfactoria.

Seguí a Vesta cuando se levantó de la mesa.

No pronunció una sola palabra hasta que estuvimos dentro del cuarto de entrenamiento.

—Gracias.

Por encima de la sorpresa que me causó que me agradeciera algo que yo no comprendía, pude percibir el esfuerzo que le había costado pronunciar aquella palabra.

—¿Gracias por qué?

—Por no decirle nada a Azul.

—No lo hice por ti. Rubiel me pidió que mantuviera ciertas cosas en secreto.

—Claro. Típico del perro, siempre cuidando a su amo.

—Y a ti de paso —respondí con amargura.

En aquel momento sentía una gran rabia hacia Vesta.

—¿Por qué no lo sabe Azul?

Más le valía a la bruja no decirme que respondería después de que cumpliera con el entrenamiento. Me debía una explicación por no haberla expuesto.

—No lo entendería.

Su voz estaba cargada de una profunda tristeza.

—Es el único que no lo sabe, ¿verdad?

—Sí —respondió con un estremecimiento.

Aquello era excelente.

Ahora tenía poder sobre la bruja.

—¿Por qué Leo es el único que te llama Nirash?

—Al principio pensaba que ese era mi único nombre.

Una fugaz sonrisa nostálgica apareció en su rostro.

—Odio ese nombre. Solo permito que Leo me llame así.

—Claro —dije con sarcasmo—. Del mismo modo que él odia que lo llamen Edward.

—Adivina quién es la única persona que puede llamarlo así.

Su voz sonaba molesta.

Me fascinaba saber que, gracias al diario, podía irritarla, aunque la respuesta y sus implicaciones me resultaban incómodas.

—No puedo creer que seas la misma persona que Leo describe en su diario.

—Lo sé.

Esta vez, su voz se ensombreció por la tristeza.

—Él tampoco es el mismo que era en aquel entonces.

—Y supongo que tú no tuviste nada que ver con eso —dije, todavía utilizando el sarcasmo como mi principal arma.

—Desearía que así hubiera sido.

Me sorprendió que no reaccionara con agresividad ante mis palabras, pero la tristeza continuaba siendo su emoción dominante.

—Lo he lastimado más de lo que merece. Si no fuera por Amelia, seguramente él estaría muerto. Estoy en deuda con ella. Tu madre salvó a una de las personas más importantes de mi vida. Ella estuvo para él cuando yo le di la espada y lo arrojé al infierno.

Sus palabras fueron como agua que apagó el fuego de mi deseo de venganza.

Vesta se sentía en deuda con mi mamá porque ella había mantenido vivo a Leo.

No sabía exactamente a qué se refería con que le había dado la espada y lo había arrojado al infierno, pero no quería preguntarlo en aquel momento.

—Muchas veces desearía que Leo jamás me hubiera conocido. Para empezar, nunca estuvo tantas veces en peligro ni tan cerca de la muerte hasta que me conoció.

Podía ser una bruja, pero también era una mujer.

Vi la verdad en sus ojos, surcados por la tristeza y el remordimiento.