El Diario del Alquimista Capítulo 25 Revelaciones
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Capítulo 25 Revelaciones

Sabía que no tenía por qué molestarme aquello.

Era evidente que Leo debía de haber salido con más mujeres antes de conocer a mi mamá. Aun así, leerlo me había hecho enojar.

Por desgracia, no era la única emoción que sentía en aquel momento.

Cada vez había más información que asimilar: la existencia de los ángeles; el hecho de que Leo, a esa edad, hubiera estado frente a la muerte muchas más veces que cualquier persona que yo conociera; que aquella misteriosa mujer llamada Nirash lo hubiera transformado en algo humano después de haber sido un arma…

Incluso sus trazos cambiaban cuando hablaba de ella. Se mostraban menos tensos, como si hasta su letra la amara.

Cerré el diario sintiendo una mezcla de sueño y emociones contradictorias.

Me molestaba saber que vería a Leo durante mis sueños, pero me daba aún más miedo no soñar con él.

No lo conocía como habría querido, pero, si dejaba de soñar con él, significaría que estaba muerto.

Tal como era de esperarse, volví a soñar con Leo.

Corría por unas escaleras hasta llegar a la azotea de un enorme rascacielos.

Un helicóptero comenzaba a alejarse.

A través de la puerta abierta podía verse a un niño pequeño de cabello rubio que intentaba bajar de la aeronave.

Varios hombres le impedían moverse. Supuse que eran demonios porque sus ojos eran completamente negros.

—¡Llegaste demasiado tarde! ¡Hay demasiada gente, alquimista! ¡No puedes detenernos sin exponerte! —gritó entre risas uno de los demonios mientras cerraba definitivamente la puerta.

Leo corrió hasta el borde del edificio.

El crepúsculo había comenzado a oscurecer la ciudad de Nueva York.

Pude distinguir la Estatua de la Libertad a lo lejos y las luces de la ciudad comenzaban a iluminar calles abarrotadas de personas que vivían ajenas al mundo de la magia que yo acababa de conocer.

Leo maldijo en voz alta al ver cómo el helicóptero se alejaba de él.

A aquella altura, el frío era tan intenso que, cada vez que exhalaba, se formaba una pequeña nube de vapor.

De pronto, Leo exhaló sobre una de sus manos y contempló el vapor como si hubiera olvidado por completo que estaba persiguiendo a alguien.

Una sonrisa cruzó su rostro.

Su expresión pasó rápidamente de la satisfacción a una sonrisa con tintes de maldad.

Sus ojos se volvieron plateados, como si la luna se reflejara en ellos.

Comenzó a trazar con la mano derecha un extraño símbolo en el aire que resplandecía con luz esmeralda.

Segundos después, una densa niebla comenzó a cubrir los edificios.

Las luces de los automóviles y de las calles quedaron reducidas a destellos difusos.

Parecía que Leo estuviera de pie en la cima de una montaña, con las nubes extendidas a sus pies.

Retrocedió unos pasos y comenzó a correr hacia el borde de la azotea.

Mi nerviosismo era absoluto.

Aun así, podía sentir sus emociones.

Estaba completamente concentrado en la cacería, sin una pizca de miedo. Sus ojos permanecían fijos exclusivamente en el helicóptero.

Apoyó el pie con fuerza contra el borde y, para mi sorpresa, dio un salto gigantesco hasta la siguiente azotea.

Repitió la operación varias veces y se acercó cada vez más a la aeronave.

Pude ver cómo los ojos del demonio mostraban un nerviosismo creciente mientras Leo se aproximaba con una actitud mortal.

Para entonces, ya no tenía demasiadas dudas de que fuera capaz de derribar el helicóptero.

Lo que ignoraba era si estaría dispuesto a correr aquel riesgo.

Al parecer, mantener en secreto la existencia de la magia era fundamental en el nuevo mundo en el que ahora vivía.

—¿Por qué no regresas al desierto donde perteneces? —preguntó el demonio mientras apuntaba a Leo con un cuchillo.

El arma comenzó a resplandecer con un intenso color rojo y emitió un rayo que golpeó a Leo en el pecho, haciéndolo caer por el borde del rascacielos.

Me sorprendía que pudiera permanecer tranquilo mientras caía a una velocidad aterradora.

Su mano derecha cambió.

Los dedos se transformaron en poderosas garras que se aferraron a la fachada del edificio e impidieron que siguiera cayendo.

En apenas unos segundos estuvo nuevamente sobre la azotea, aunque para entonces el helicóptero ya sobrevolaba la bahía.

Estaba demasiado lejos.

No había forma de que pudiera alcanzarlo a tiempo.

Ni siquiera con su licantropía podía darle alcance, por la sencilla razón de que ya no existía ningún lugar hacia el que pudiera saltar.

Leo respiró profundamente y sus ojos volvieron a brillar, esta vez con un color dorado semejante al de dos monedas de oro.

Una brisa atravesó su cuerpo y aumentó progresivamente de intensidad.

Su cuerpo comenzó a transformarse en arena.

Una vez convertido por completo en arena, viajó hasta donde se encontraba el helicóptero, adoptando una silueta difusa que rodeó la aeronave.

Pude escuchar los gritos de los demonios y las risas casi histéricas del niño.

El sonido del motor se volvió desacompasado cuando la arena comenzó a introducirse en él.

—Decidí traerte el desierto —dijo Leo mientras se materializaba frente al demonio que le había disparado.

Sujetó al niño y ambos desaparecieron nuevamente antes de que el helicóptero explotara y cayera al mar.

Casi de inmediato, Leo y el niño aparecieron sobre la arena.

Un enorme desierto se extendía ante ellos bajo un calor abrasador.

—¡¿Australia?! —gritó el niño con molestia—. ¡Pero tenemos que ir a Rusia!

—Maldito niño, escucha con atención. ¿No basta con que tu hermana esté encerrada en el infierno y tu hermano se encuentre quién sabe dónde? ¿También tienes que meterte en problemas e ir a Nueva York?

Leo estaba increíblemente alterado, pero, a pesar del tono que empleaba, resultaba evidente que sentía cariño por ellos.

—Te digo que está en Rusia.

—¿Y qué rayos hacías en Nueva York?

—Me equivoqué de portal y después me encontraron. ¡Y eso que pensé que era el mejor buscador del mundo!

—¡Lo serías si no fueras tan terco y permitieras que alguien te enseñara magia! No bloqueaste la conexión dienergética inversa, ¿verdad?

El niño negó con la cabeza y adoptó una expresión reflexiva.

—Así que eso fue lo que me faltó —dijo sin mirar a Leo—. Bueno, muchas gracias. Ya me voy.

Comenzó a caminar, pero Leo lo levantó del suelo mediante telequinesis.

—¿Adónde crees que vas?

—A buscar a mi hermano.

Su voz sonaba berrinchuda.

—¿Tú solo? ¡Estás loco!

—Entonces ayúdame.

—¡Maldita sea! ¡Por eso odio a los niños! ¡Rusia! ¡Odio Rusia!

—¡Cobarde!

—¡No soy cobarde! —replicó Leo, poniéndose a la altura del niño, quien flotaba boca abajo frente a su rostro—. Pero hace mucho frío y no me gusta.

—Por favor.

El niño hizo un puchero y miró a Leo con unos ojos que evidentemente pretendían chantajearlo.

Leo mantuvo una expresión severa durante varios segundos antes de volver a gritar.

—¡Si se te ocurre desobedecerme, te mandaré de regreso a tu casa!

—¡Genial! ¿Cuándo nos vamos?

—Mañana. Tenemos que conseguir algunas cosas.

—¿Quieres decir robar?

—¡No es robo! Es un préstamo.

—Sí, claro. Oye, alquimista, tengo hambre.

—Te esperas. Yo no he comido desde ayer.

—Pero yo soy un niño.

—¡Uno muy molesto!

—Si no me das de comer, le diré a Vesta dónde estás.

—No tienes cómo decírselo. Si hubieras seguido estudiando, podrías comunicarte con ella mediante telepatía, pero decidiste que eras demasiado bueno para eso.

El niño sacó un teléfono celular del bolsillo.

—Bienvenido al siglo XXI, Leo.

Comenzó a marcar un número, pero Leo le arrebató el teléfono con rapidez.

—¡Qué bonito teléfono! ¡Ups! Se rompió —dijo mientras lo destruía con una mano.

—¡Lo rompiste!

—¡Y tú te comiste mis dulces!

—¡Pues sí, pero estaban feos!

—Bueno, ¿es que tú nunca te callas?

Fue inevitable que despertara con una sonrisa en el rostro.

Pocas veces había visto algo tan divertido.

No sabía con exactitud qué edad tenía Leo, pero sospechaba que tenía varios siglos, y verlo discutir con un niño por unos dulces no era algo que sucediera todos los días.

Conocía el paradero de Leo y adónde se dirigía, pero sentí la necesidad de ocultar aquella información.

Había percibido su desesperación cuando el niño lo amenazó con llamar a Vesta y su necesidad de mantener oculta su ubicación.

Siempre había pensado que Leo era terriblemente egoísta, que solo estaba perdiendo el tiempo o intentando escapar de quienes lo perseguían.

Sin embargo, ahora comprendía que, pese a todo, intentaba ayudar a tantas personas como podía, aunque eso significara desviarse de su propio camino.

Casi me sorprendió llegar a la cocina y encontrar a todos contemplando la pequeña televisión, en cuya pantalla aparecía un helicóptero destruido que se hundía lentamente en las aguas de Nueva York.

—Fue Leo —dije casi sin pensarlo.

Todos comenzaron a reír, con excepción de Azul, quien golpeó la mesa con el puño.

—¿Es que no puede hacer nada sin romper todo lo que encuentra en su camino?

—Calma, Azul. Esas cosas pasan —dijo Rubiel entre risas.

—No, Rubiel. Destruir un helicóptero en medio de Nueva York no es algo que simplemente pase.

—Pues a Leo sí —respondió Vesta con una sonrisa—. Es la tercera vez que lo hace.

—¡¿Ven?! ¡Ese maldito alquimista está fuera de control! —Se volvió hacia mí con seriedad—. Tu padre está loco.

—Estoy segura de que lo hacía por una buena razón —respondí, sorprendida de estar defendiendo a Leo.

Era algo que nunca había creído que llegaría a hacer.

—De acuerdo, eso te lo concedo. Pero ¿quién paga?

—Tenemos el fondo para "accidentes" —dijo Rubiel, quien evidentemente se sentía orgulloso de que su hermano hubiera destruido un helicóptero.

—¡Ya se lo acabó!

—Calma, hombre. Solo fue un helicóptero. La división armamentística de Industrias Azul donará uno que ya no utilicemos.

—Pues sí, pero ¿por qué no puede controlarse?

—Al menos no fue como el avión que derribó en medio del mar —dijo Neritha con una sonrisa—. Eso fue genial.

—¡Aya!

—Ya cálmate, Azul —dijo Vesta, notablemente molesta—. Leo sabe lo que hace.

—La mayor parte del tiempo —añadió Aika—. ¿Recuerdan cuando tuvimos que sacarlo de la cárcel en Marruecos?

—¡Cómo olvidarlo! —respondió Azul, nuevamente molesto.