Capítulo 24 El lago #3
—No estoy diciendo que hayas sido tú —me apresuré a aclarar al comprender que mis palabras podían malinterpretarse.
—No es eso. Solo me pareció extraño. Nosotros también hemos encontrado cadáveres iguales. Creíamos que eran obra de ustedes.
—Nosotros también sospechamos de ustedes al principio.
—¿Se trata de la amenaza de la que me hablaste?
—Estamos casi seguros.
—Eso es horrible.
Nirash parecía realmente afectada.
Se cubrió el pecho con ambos brazos y sentí la necesidad imperiosa de consolarla.
Me tomé la libertad de abrazarla y ella se acurrucó contra mi pecho.
—No creí que ocurriera tan pronto.
—Ni yo.
Hablar con ella resultaba muy sencillo.
Todo fluía de manera natural, como si hubiéramos nacido para permanecer uno junto al otro, aunque en aquel momento todavía no podía definir lo que sentía por ella.
—Sus historias son horribles. Al menos las nuestras se limitan a ser historias; no regresan para cazarnos.
—No todas nuestras historias son horribles.
—¿En verdad? Cuéntame una.
—De hecho, podría contarte cientos.
—Te escucho.
Se apartó un poco, pero sus ojos mostraban curiosidad.
Levanté una mano y señalé el cielo.
—¿Sabías que cada una tiene una historia?
Y así fue como comenzó todo.
Con la naturalidad de una historia que llevaba a otra y luego a otra, y con intermedios durante los que ella hacía preguntas o compartía cosas conmigo.
Las noches en el lago se convirtieron en la parte más esperada de mis días.
Los combates y las batallas adquirieron un significado diferente.
Por alguna razón, a Nirash le fascinaba todo lo relacionado con mis enfrentamientos y, especialmente, la idea de que mi cuerpo fuera capaz de manejar tanto magia como alquimia.
Fiel a mi promesa, le enseñé a utilizar el conjuro del plasma y ella, a su vez, me mostró conjuros capaces de hacer cosas que jamás había creído posibles.
Su mirada, siempre curiosa, contrastaba con la belleza de las estrellas.
Sabía que en sus ojos se ocultaban historias aún más fascinantes que aquellas que yo le contaba.
Mis reacciones fisiológicas cada vez que estaba con ella comenzaban a preocuparme.
El asunto llegó a ser tan alarmante que me vi en la necesidad de consultar a un médico.
Su respuesta me dejó aún más confundido.
Al parecer, mi descripción detallada de los síntomas indicaba una enfermedad peligrosa e incurable que había atacado a la humanidad desde sus comienzos.
El pulso acelerado, la respuesta galvánica excesiva, la liberación de adrenalina, la falta de sueño y de apetito, y la sensación de caminar eternamente sobre una cama de algodón…
Todo aquello parecía resultarle terriblemente divertido al médico, cuyo diagnóstico sonaba aterrador.
¿Enamorado?
¿Eso era posible para alguien como yo?
Creía que haber matado personas desde una edad temprana, mi obsesión por racionalizar absolutamente todo lo que ocurría a mi alrededor y la extraña crianza de mis primeros años me habían vuelto inmune a aquello que el médico denominaba "la enfermedad más bella y peligrosa del mundo".
¿Era posible que un arma humana pudiera sentir amor?
Aún más inquietante era descubrir que no me importaba en absoluto saber que cada noche estaba cometiendo alta traición.
Jamás imaginé que aquella mujer cambiaría mi vida de maneras que aún hoy sigo considerando increíbles.
Nada tenía sentido durante aquellos días.
—¿Y qué hay de esa? ¿Cuál es su historia? —preguntó mientras ambos permanecíamos acostados boca arriba, contemplando el cielo nocturno a una agradable proximidad.
—Esa es una de mis historias favoritas.
—¿Es romántica?
—Como a ti te gustan: cargada de una cantidad apabullante de cursilerías.
Nirash me dio un codazo mientras reía.
—¿Me la cuentas?
—No lo sé. Es algo tarde.
—Por favor.
Sus ojos suplicantes hacían imposible que me negara.
La verdad era que solo fingía resistirme a contar las historias para poder contemplarla de aquella manera.
—De acuerdo, pero no te pongas sentimental.
—Intentaré no hacerlo.
—Muy bien. Esta historia tiene a alguien muy parecida a ti.
—¿En verdad?
—Sí —respondí con una sonrisa—. También era una princesa.
Podría haber esperado incluso una bofetada después de decir aquello.
Esperaba cualquier cosa menos su reacción.
—¿Por qué dices eso?
Su voz se volvió fría.
—Bueno, es la forma en que te veo. No conozco a ninguna princesa, pero, cada vez que imagino cómo debería ser una, pienso en ti. Podría decirse que, al menos para mí, eres una princesa. ¿Te molesta?
La observé confundido, incapaz de interpretar sus sentimientos.
—No.
Su voz recuperó aquella textura aterciopelada y cálida.
Sonrió y un rubor le atravesó el rostro.
—Es lo más bonito que me han dicho.
Su rostro se acercó al mío.
—¿En verdad? ¿Nunca te habían llamado así?
—Una que otra vez —respondió, desviando la mirada por un instante—. Pero me gusta más cuando tú lo dices.
—¿Eso significa que puedo llamarte así sin que me incineres?
—Siempre que quieras.
Su sonrisa debía de ser tan grande como la mía.
No entendía por qué, pero, pese a estar solos y sin que nadie pudiera escucharnos, hablábamos en susurros.
Nuestros rostros se acercaban cada vez más.
Estaba seguro de que habría podido escuchar su corazón si el mío no hubiera latido con tanta fuerza y de forma tan escandalosa.
Sentía que una fuerza invisible me atraía hacia ella.
No era magia. Estaba seguro.
Parecía algo más poderoso, más instintivo. Algo vital y natural, pero, al mismo tiempo, extraordinario.
Nuestros labios se tocaron.
Mi cuerpo fue víctima de una descarga eléctrica.
Nunca me había sucedido algo semejante.
Sentía que ardía, como si estuviera en llamas, aunque sabía que nada de aquello era literalmente cierto.
Nadie me estaba electrocutando ni quemando.
También estaba seguro de que no se trataba de magia, al menos no de ninguna clase que me resultara conocida.
No era la primera vez que besaba a alguien, pero sí era la primera vez que lo hacía con el alma.
O quizá aquella había sido realmente la primera vez.
Antes de Nirash, solo había unido mis labios a los de otra persona.
Aquello era distinto.
No existían palabras capaces de describirlo.
En ese momento comprendí que estaba completamente enamorado de ella.
Era imposible que supiera cuánto me había cambiado aquel beso ni de qué manera transformaría mi futuro.
—¿Sabías que acabamos de cometer alta traición? —preguntó con el rostro completamente enrojecido.
—Sí —respondí con una sonrisa, tan rojo como ella—. Pero creo que estoy dispuesto a cometer ese delito más de una vez.
Nuestros labios volvieron a encontrarse.
Por la manera en que nos besábamos, podría parecer que llevábamos toda la vida haciéndolo.
Era como si nuestras almas se conocieran de otro lugar, de alguna vida remota, y se hubieran reencontrado con la sed de quienes se han extrañado durante siglos.
Pero aquello era imposible o, al menos, eso creía yo.
—Tenemos público —dije al ver a Vulcan detrás de ella.
Aquello me preocupó un poco. Vulcan era verdaderamente celoso.
—Vulcan, ¿te molesta que esté con Leo?
Para mi sorpresa, Vulcan negó con la cabeza.
—Gracias, Vulcan.
Su sonrisa era enorme.
—No puedo creerlo. Vulcan no siente celos de ti.
—Creo que sabe que te quiero mucho.
—Yo también te quiero mucho, princesa.
—Me gusta cuando dices eso.
—¿En verdad? —pregunté con una sonrisa—. ¿Por qué?
—Podría contestarte o podría distraerte.
—Dudo que puedas distraer a una de las mentes más poderosas de Auralia.
Lo consiguió.
Sus manos recorrieron mi cuello e hicieron que se me erizara la piel.
Nunca nadie había provocado aquel efecto en mí.
—Intentar matarte será muy difícil mañana —dije sin ocultar mi vergüenza.
—Lo mismo digo.
Sus dedos se entrelazaron con los míos, como si tuviera miedo de soltarme.
—¿Tienes alguna idea?
—¿Y por qué yo? —pregunté en tono de broma.
—Porque eres la mente más brillante de Auralia.
—Lo era. Tú desconectaste mi cerebro.
Nirash me dio un suave codazo mientras reía.
—Leo, hablo en serio. No quiero matarte.
—Ni yo a ti, princesa.
La abracé y besé su cabello.
—Pero podríamos intentarlo.
Me miró, confundida.
—Nosotros sabemos que no queremos hacernos daño, pero nadie más lo sabe. Ambos bandos saben que somos poderosos. Un empate no llamaría demasiado la atención. No sería la primera vez que ocurre.
—Es una locura.
—Precisamente por eso funcionará. No tienes idea de cuántos de mis planes más insensatos han tenido éxito.
—¿Ah, sí? Dame un ejemplo.
—Secuestré a la Bruja de Fuego con apenas un puñado de hombres y logré mantenerla encerrada.
—Eso es… ¡Ash! Está bien, tú ganas.
Permanecimos en silencio durante unos instantes.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro —respondió, estrechándome con más fuerza.
—¿Algún día podrás perdonarme por haberte secuestrado?
Ella comenzó a reír.
—Leo, te perdoné hace mucho tiempo.
—¿En verdad?
—Bueno, me trataste increíblemente bien pese a que era tu prisionera y lograste hacerme feliz dentro de una jaula. Eso no es fácil.
—Nunca creí que estuvieras cómoda en una jaula.
—Para ser honesta, era bastante aburrido cuando tú no estabas, pero me tratabas muy bien. Espero que no hagas lo mismo con todos tus prisioneros. No parece un castigo.
—No, princesa. Tú eres la excepción. Por lo general, me consideran un desgraciado.
—Resulta difícil creerlo, teniendo en cuenta cómo te comportas con tu enemiga.
Su voz ocultaba una sonrisa.
—Bueno, es que se trata de una enemiga muy hermosa.
Mis palabras fueron acalladas por un beso suyo.
—Buenos días, Alaric —dije al llegar por la mañana a la sala de los alquimistas del cuartel general para tomar una taza de café.
—Buenos días —respondió con cierta duda en la voz—. ¿Te pasó algo?
—No —contesté automáticamente y después añadí de forma defensiva—. ¿Por qué?
—No lo sé. Te ves extraño y también hueles diferente.
—¿Huelo diferente?
Sus palabras cobraron sentido en cuanto las pronuncié.
Alaric era capaz de detectar mis elevados niveles hormonales, característicos del enamoramiento.
En ese momento, Botánica entró en la sala.
Tenía que salir de allí. Ella también poseía aquella maldita habilidad.