El Diario del Alquimista Capítulo 24 El lago #4
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Capítulo 24 El lago #4

—Botánica —dijo Alaric con malicia—, ¿notas algo diferente en Leo?

—¿Aparte de que apesta a enamorado y de que su estado de ánimo es impropio para esta inhumana hora de la mañana?

—Dejen de decir estupideces. Solo estoy contento. ¿Qué, no puedo?

—Claro que puedes, Leo —respondió Violeta—. Solo quiero saber quién es la mujer que convirtió a una de las mentes más prodigiosas de Auralia en alguien que está llenando su taza hasta la mitad con azúcar.

Tenía razón.

No me había dado cuenta de que estaba atascando mi taza con azúcar.

—Solo quería ver cuánta azúcar cabía —dije a modo de una patética excusa.

No podía permanecer allí durante mucho tiempo, pero tampoco tenía una razón justificable para abandonar la sala.

—Si no hay nadie, entonces podríamos hacer algo esta noche —propuso Alaric—. Hace mucho que no sales con nosotros a tomar una copa. Es cierto que estamos en guerra, pero eso no significa que no podamos vivir.

—No puedo —respondí automáticamente.

—¿Por qué no, Leo? —preguntó Botánica.

Mi salvación entró por la puerta en ese momento.

—¡Hicoro! —exclamé con más entusiasmo del necesario para mantener mi farsa—. No puedo ir porque Hicoro y yo tenemos algo que hacer esta noche.

—¿En verdad? —preguntó el aludido, confundido.

Sin embargo, al encontrarse con mis ojos, descubrió en ellos una súplica y un tenue color verdoso que revelaba el estrés que sentía.

—¡Ah, sí! Ya lo recordé.

Su interpretación había sido desastrosa, pero al menos me proporcionaba un pretexto para no asistir aquella noche y una razón para salir antes de que el interrogatorio continuara.

—Lo ven, tenemos cosas que hacer. Lo siento. Hermano, nos vamos —dije rápidamente, antes de que intentaran convencerme y terminaran sacándome toda la verdad.

—¿Vamos a ir a algún lado? —preguntó Hicoro, todavía confundido, mientras nos dirigíamos hacia el comedor.

—De hecho, no, hermano. Tengo cosas pendientes.

—¿Cómo se llama?

—¿Cómo se llama quién?

—La chica a la que vas a ir a ver.

—No puede ser. ¿Tú también vas a empezar a decir estupideces? —respondí con tono mordaz y algo molesto.

—Eso significa que hay alguien.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—De hecho, no —dije, desviándome hacia mi laboratorio—. ¿Puedes avisarles que me suban la comida?

—De acuerdo —respondió Hicoro.

Su tono me indicó que albergaba profundas sospechas de que estuviera mintiendo.

Supe que intentaría descubrir la verdad.

Tendría que ser más cuidadoso.

Mientras tanto, la estrategia que Nirash y yo habíamos ideado estaba resultando todo un éxito.

Sus movimientos se acompasaban con los míos de una forma sorprendente.

Sus esferas de fuego y demás ataques pasaban increíblemente cerca de mí, pero nunca llegaban a tocarme, al igual que mis ataques contra ella.

Nos convertimos en expertos en aquella extraña "danza de muerte", durante la que ninguno de los dos resultaba herido.

Solo jugábamos a matarnos.

Peleábamos con espada y nuestros movimientos eran tan fluidos y coordinados que parecía que hubiéramos luchado juntos durante toda la vida.

En medio de la confusión de la batalla, nos besábamos cuando una "misteriosa" nube de polvo nos cubría o cuando nuestro encarnizado combate nos alejaba de las miradas atentas de aliados y enemigos, quienes esperaban que el líder del ejército contrario cayera.

Por mi parte, había cambiado mi forma de atacar a los seres mágicos.

Cada vez buscaba métodos menos dañinos para combatirlos.

Las armas que construía últimamente tenían como finalidad detenerlos en lugar de matarlos, principalmente por temor a que alguna de ellas pudiera lastimar a Nirash.

Un ejemplo era una sustancia semejante a un polímero flexible y de altísima viscosidad.

La utilicé principalmente contra Frigian, pues su enorme fuerza física lo convertía en un oponente difícil de manejar si sus movimientos no estaban obstruidos de alguna manera.

Aquella parecía la mejor forma de detenerlo frente a su hermana sin que ella se molestara por la manera en que lo sometía.

Para mi sorpresa, subestimé la fuerza física de Frigian.

Rompió la sustancia y lanzó fragmentos en todas direcciones.

La parte hilarante del acontecimiento llegó aquella noche, cuando encontré a Nirash envuelta en una túnica.

—¿Cómo estás, princesa? —pregunté con una sonrisa.

Sin embargo, parecía avergonzada.

—Bien —respondió sin demasiada convicción.

—¿Pasa algo?

—Sí —dijo mientras su rostro adquiría un profundo color escarlata.

Se retiró la túnica y pude ver que uno de sus brazos estaba pegado a su cuerpo.

—No puedo quitármelo.

Hizo un puchero que inevitablemente me hizo reír.

—¿Cómo demonios terminaste así? —pregunté entre risas.

—Alguien de tu ejército la creó, Frigian la rompió y uno de los pedazos cayó sobre mí. No puedo quemarlo ni romperlo.

Para entonces la conocía lo suficiente como para detectar la desesperación en su voz.

—¿Sabes cómo quitarlo? —preguntó en tono de súplica.

—Desde luego. Yo lo inventé.

Mi sonrisa se ensanchó cuando su rostro me devolvió una mirada llena de agradecimiento y cariño.

—Listo —dije al romper los enlaces que formaban mi ingenioso invento.

—¡Gracias!

Saltó a mis brazos al pronunciar aquellas palabras.

Me habría encantado decir que la mayoría de los incidentes que teníamos eran tan fáciles de resolver, pero eso era demasiado pedir.

Más de una vez estuve a punto de morir por las heridas que sufría al intentar protegerla.

Poco a poco, los seres mágicos liberaban a magos cada vez más poderosos y sádicos.

Fue precisamente uno de ellos quien provocó que la relación entre Nirash y yo avanzara a un nuevo nivel.

No era la primera vez que veía a aquel mago, ni mucho menos la primera vez que peleaba contra él, así que sabía de antemano lo peligroso que era.

Lo era tanto que los altos mandos nos enviaban a combatirlo en parejas, una medida que los seres mágicos también habían imitado.

Aquella noche, Nirash y un mago llamado Kalier luchaban contra uno de los nuevos alquimistas y contra mí.

La razón por la que muchos de los alquimistas con cierto tiempo en servicio sentíamos aversión hacia los nuevos no era que, hasta hacía poco, hubieran sido alquimistas de Segunda Orden, sino que la mayoría carecía de la experiencia necesaria para soportar un combate de aquellas proporciones y era demasiado impulsiva.

El alquimista que aquella noche luchaba junto a mí era un genio en materia de venenos y su puntería con el revólver era excelente.

Llegué a considerarlo un buen compañero de batalla, sin saber que Kalier podría provocar su temperamento con increíble facilidad.

El alquimista me había mostrado un círculo de transmutación grabado en su arma.

Producía un veneno increíblemente poderoso que demostró su eficacia en cuanto comenzó a utilizarlo en combinación con las balas.

Entre los gritos de guerra y el estruendo del combate, logré escuchar cómo Kalier retaba al alquimista a utilizar una de sus balas contra él.

Como era de esperar, no necesitó demasiada persuasión para conseguirlo.

Tanto Nirash, que se encontraba a cierta distancia, como yo comprendimos las intenciones de Kalier.

El sonido de su voz al pronunciar un encantamiento de portal se mezcló con el de un disparo.

Vi la deformación de su magia serpentear entre los cuerpos que combatían hasta llegar a donde yo estaba, con tal velocidad que no tuve tiempo de reaccionar.

El uso de armas de fuego era algo muy común para mí.

No podía contar cuántas veces había matado con una pistola, pero nunca en toda mi vida había recibido una bala.

Vi el rostro horrorizado de Nirash en la distancia y, por un instante, todo se volvió más lento.

El sonido de las espadas y las explosiones desapareció, y el calor abandonó mi cuerpo de inmediato.

Mi mano se dirigió casi por instinto hacia mi costado derecho.

La sangre, ennegrecida por efecto del veneno, ya había manchado tanto mi uniforme como mi mano.

De pronto, una explosión de luz y calor estalló frente a mí.

Tardé unos segundos en comprender que se trataba de fuego que se había retorcido hasta formar un muro que impedía que los demás pudieran vernos.

—¡Leo!

Sus manos recorrieron mi rostro y la angustia de su voz era palpable.

—No te preocupes, mi amor. Todo va a estar bien.

¿Cómo me había llamado?

Una llamarada envolvió nuestros cuerpos y sentí el remolino energético de la teletransportación de Nirash.

No sabía que pudiera llegar tan lejos.

Tenía entendido que teletransportarse mediante un elemento requería una enorme cantidad de energía y un extraordinario poder de visualización.

Que Nirash no solo se hubiera teletransportado, sino que además me hubiera llevado con ella, era impresionante.

—Vas a estar bien, amor. Te lo juro.

Podía ver el esfuerzo que hacía por no llorar, pero su voz temblaba.

—Te amo —dije de forma entrecortada.

Mis palabras la detuvieron.

Parpadeó con sorpresa antes de ayudarme a sentarme junto a un árbol para que pudiera apoyarme en él.

—Yo también te amo —respondió, esta vez con lágrimas en los ojos—. Vas a sobrevivir. Te lo juro.

—No estoy seguro —dije mientras tosía.

Apartó mi mano con cuidado y las suyas se cubrieron de fuego.

—No va a funcionar. La bala está envenenada.

—Reviértelo.

Su voz era casi una súplica.

—No sé si podré hacerlo.

Me resultaba muy difícil concentrarme.

El dolor comenzaba a nublar mi mente y el veneno disminuía mi fuerza y mi poder.

Sentí el frío aliento de la muerte en la nuca como jamás lo había experimentado.

Mis intentos por transmutar el veneno en algo que mi cuerpo pudiera procesar sin morir fueron inútiles.

No sabía cómo lo habían fabricado y el ojo del alquimista solo me mostraba imágenes borrosas y difusas.

—Estás helado —dijo Nirash al tomarme de las manos.

—Odio el frío —respondí, intentando sonar lo más despreocupado posible.

Mi broma no consiguió distraerla.

Nirash observaba cómo la vida abandonaba mi cuerpo con cada segundo que pasaba.

—Nunca imaginé que moriría así. No es tan malo como pensaba.

De pronto, su expresión cambió y se llenó de determinación.

—No vas a morir.