Capítulo 24 El lago #2
—Entonces yo tendré que venir.
La fogata que ardía frente a nosotros acentuó el color de su rubor al pronunciar aquellas palabras.
Yo no podía verme, pero estaba convencido de que también me había sonrojado.
La intención era evidente: ella quería verme al día siguiente tanto como yo deseaba verla a ella, aunque todavía no lo hubiera expresado.
—Muy bien.
Mi tono sonó con más confianza de la que esperaba.
Fue como si ambos hubiéramos obedecido una orden invisible.
Comenzamos a atacar los bloques de metal, cuya calidad, por cierto, dejaba mucho que desear.
Era comprensible. Solo los alquimistas teníamos una verdadera obsesión con la pureza y el estado de los materiales.
Su mano se cubrió de fuego y atacó con más fuerza de la que jamás le había visto emplear en batalla.
Por mi parte, decidí utilizar un conjuro que había visto usar a Eleazar para cortar un horno de fundición.
En realidad, no era fuego, sino un estado de la materia poco conocido por cualquiera que no fuera alquimista.
Mi victoria fue casi inmediata.
—¿Qué fue eso? —preguntó, casi sin aliento, al ver el metal fundido que aún burbujeaba en el suelo.
—Plasma —respondí con una enorme sonrisa.
—Tienes que enseñarme a hacer eso.
—Cuando quieras.
—¿Qué te parece mañana? Tengo que regresar antes de que empiecen a buscarme.
—Desde luego.
Se puso de pie después de hacer desaparecer los trozos de metal, que ahora eran masas amorfas.
—Hasta mañana, Leo.
—Hasta mañana, Nirash.
Me dejó helado que se acercara, me besara en la mejilla al despedirse y desapareciera dentro de una nube de chispas del color característico de su magia.
—¿Se puede saber cómo diablos te escapas sin que me dé cuenta? —preguntó Hicoro al entrar en mi laboratorio.
—No es culpa mía que duermas como una piedra.
—Bueno, eso es cierto, pero tú no duermes nada.
—Tienes razón, hermano.
—Claro que tengo razón… Un momento. ¿Qué me perdí?
—No entiendo.
—Es temprano, estás en el laboratorio, no has dormido y pareces estar de un humor excelente.
—No pasa nada —mentí al darme cuenta de que Hicoro me conocía mejor de lo que creía—. Ya repuse mis horas de sueño y puedo volver a trabajar.
—¿En verdad?
—Desde luego. Mira.
Un líquido azulado recorría las tuberías de cristal de mi equipo de destilación.
—¿Para qué es?
—Si todo sale como espero, podremos inmovilizar a nuestros enemigos.
—No suena demasiado impresionante. Esperaba algo más divertido, como que los derritiera.
—Claro. Lo que tú quieres es el disolvente universal —respondí con sarcasmo.
—Alkahest, uno de los poderes más míticos de los alquimistas —intervino la voz de Alaric, sobresaltándonos—. Existen tantos mitos a su alrededor que nadie sabe con certeza si realmente existe.
Alaric esperó a que respondiera, pero, ante mi silencio, intentó romper el hielo.
—¿Cómo te sientes?
—Muy bien, de hecho.
Mis deseos de reclamarle desaparecieron en cuanto comprendí que, de no haber sido por él, no habría quedado encerrado en mi departamento ni habría decidido visitar el lago aquella noche.
—Me alegra. Te necesitamos lo más entero posible.
—¿Qué pasó?
Me preocupé al darme cuenta de que nadie me había informado de las últimas noticias.
—Necesitas venir a la morgue. Requerimos… —Alaric comprobó que nadie estuviera escuchando desde el corredor antes de continuar— tus habilidades especiales.
Está de más decir que los tres nos dirigimos hacia la morgue tan rápido como fue posible.
Alaric me aseguró que no había ningún rastreador cerca y ordenamos que nadie entrara.
Tengo que confesar que nada me había preparado para lo que nos esperaba allí dentro.
Aparté la mirada en cuanto vi lo que le había ocurrido al cuerpo.
—Es horrible. Nunca había visto nada parecido.
—¿Qué carajo le pasó? —preguntó Hicoro, tan horrorizado como nosotros.
El simple hecho de que un cadáver consiguiera asustar a dos Sebakhem y a un soldado que había crecido en medio de la batalla era escalofriante.
—Eso es lo que queremos averiguar.
El rostro del soldado permanecía congelado en un profundo rictus de dolor y miedo.
Su piel parecía momificada y cientos de marcas habían sido grabadas con fuego desde la superficie hasta los huesos.
—¿Ya sabes en qué idioma están escritas?
—No tengo idea —respondió Alaric, encogiéndose de hombros.
No me hacía ninguna gracia tener que observar aquel cuerpo mediante el ojo del alquimista.
Sin embargo, no se nos ocurría una forma mejor de descubrir lo que le había sucedido.
Bajo el escrutinio del ojo del alquimista, las marcas brillaban con un color negro y apagado.
Los huesos del soldado parecían haberse convertido en cenizas y petrificado en el mismo instante.
La piel estaba acartonada y mostraba quemaduras tanto por frío como por fuego.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó Alaric con una extraña emoción en la voz.
—Sí, pero tengo entendido que es ilegal.
—Nadie lo sabrá. Además, eres el único alquimista que conozco con alguna posibilidad de conseguirlo.
—¿De qué hablan? —preguntó Hicoro con exasperación.
—Existe un círculo de transmutación capaz de activar las últimas respuestas neurológicas y fisiológicas de una persona —expliqué con una voz carente de emoción.
—¿Y en palabras que pueda entender?
—Voy a revivirlo para averiguar qué fue lo último que experimentó.
—¡No me jodas! ¿Eso es posible?
—En teoría.
—Claro que es posible. Si alguien puede hacerlo, es Leo.
Alaric tenía demasiada fe en mí.
Mi mano trazó mediante magia un círculo de transmutación sobre el cadáver.
Los símbolos que cubrían su cuerpo se iluminaron mientras absorbían mi energía.
De pronto, el cadáver abrió los ojos.
Estaban vacíos y quemados, como si hubieran sido expuestos a una cantidad inconcebible de calor.
De su garganta surgió un profundo grito de dolor.
Nunca había escuchado nada semejante.
Los tres nos estremecimos.
La boca se abrió y dejó a la vista unos dientes rotos que parecían demasiado grandes debido a que las encías se habían retraído por la deshidratación.
Aquella fue la segunda vez que escuché esa voz en toda mi vida.
Cuidado .
Después de oírla, sentí algo distinto.
Mi vista se nubló durante un segundo y me mostró exactamente lo que tenía frente a mí, con una única diferencia: el cadáver se había movido y se lanzaba letalmente contra Alaric, quien se encontraba más cerca de él.
Aquel estremecimiento duró apenas una fracción de segundo.
Después desapareció y me devolvió a la realidad, donde el cadáver comenzaba a levantarse.
Mi reacción fue inmediata.
Le disparé en la cabeza antes de que lograra tocar a Alaric.
—¡Qué reflejos! —exclamó Hicoro, dándome una palmada en la espalda.
Alaric había perdido todo el color del rostro y contemplaba el cadáver con terror.
—Ahora entiendo por qué estaba prohibido. ¿Cómo supiste que reaccionaría de esa forma?
Su expresión cambió al mirarme.
La pistola rompió el silencio al caer de mi mano.
—¡Leo!
"Estoy bien", intenté decir mientras me arrastraban hasta una silla.
Me sentía mareado y me dolía la cabeza.
—¿Qué le pasa? —La voz de Hicoro anunciaba que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.
—No lo sé.
Alaric mantenía los ojos fijos en los míos, intentando encontrar alguna explicación a lo que me sucedía.
—Agua —dije con dificultad mientras señalaba una jarra.
Hicoro se apresuró a entregarme un vaso.
Lo sujeté con manos temblorosas y arrojé su contenido sobre mi rostro.
Ambos se miraron, confundidos, pero yo comenzaba a sentirme mejor.
Era como si el agua me hubiera ayudado a despertar de un sueño.
Poco a poco recuperé el control total de mi cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó Hicoro mientras tomaba el vaso para llenarlo nuevamente.
Esta vez bebí toda el agua antes de responder.
—Vi lo que iba a ocurrir.
—¿Viste que ibas a arrojarte agua?
Alaric dirigió una mirada severa a Hicoro.
—¿Viste el futuro?
—Un par de segundos. Vi cómo te atacaba y, cuando regresé al presente, estaba a punto de suceder.
—¡Lo sabía! —Hicoro sonaba preocupado—. ¡Por fin se volvió loco!
—No, no, no. Tiene toda la lógica del mundo.
Alaric parecía demasiado animado, teniendo en cuenta la situación.
—Te agradecería que explicaras qué tiene tanta lógica.
—Leo, eres un hijo de Atlantis. Tu magia, pese a que creciste con Eleazar, nunca había tenido un verdadero catalizador. Ahora estamos rodeados de seres mágicos que hacen vibrar tu energía de formas extrañas. Tus poderes están despertando gracias a eso.
Recordé que había sido precisamente Eleazar quien me dijo que mi madre poseía el poder de ver el futuro.
Muy a mi pesar, las palabras de Alaric tenían cierta lógica.
—Bueno, eso solo te hace más raro de lo que ya eras. No nos dice nada sobre nuestro amigo cadáver.
—Al contrario —respondió Alaric, acercándose a él—. Miren eso.
El cadáver había comenzado a pulverizarse desde las marcas.
—Los sirvientes de los Primigenios —susurré mientras colocaba el vaso frío contra mi frente para intentar apaciguar el dolor.
Recordé que Hicoro no estaba tan familiarizado con aquellas historias como nosotros.
—Absorben la energía y la sangre de las personas. Son una especie de contenedores. Cuando sus amos despiertan, les entregan toda esa energía.
—Energía humana, energía mágica, energía alquímica, energía de las Piedras Filosofales… ¿Para qué necesitan tanta energía?
—Yo me preocuparía más por lo que pueden hacer con semejante cantidad.
Alaric me miró con apremio.
—Necesitamos detener esto.
—Lo sé.
Guardé silencio durante un momento.
—¿Ustedes no escucharon una voz antes de que el cadáver se levantara?
—Yo solo escuché que cierto alquimista gritó como una niña.
—Vete al demonio —dijo Alaric con tono ácido.
Aquel día, Alaric y yo dedicamos tanto tiempo a intentar traducir los textos pendientes que casi olvidé la cita que tenía con Nirash.
—Creí que nunca llegarías —dijo Nirash con tono burlón cuando descendí de Vulcan.
Ella también acababa de llegar. La había visto antes de aterrizar.
—Lo siento. Tuvimos algunos problemas.
—¿En verdad?
—Un cadáver bastante extraño y con quemaduras inusuales.
Vi que su expresión se volvía pensativa.