El Diario del Alquimista Capítulo 24 El lago
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Capítulo 24 El lago

Para mi desgracia, me aburrí después de pasar algún tiempo en mi departamento. Había terminado toda la literatura que tenía disponible y mi retorcido horario nocturno hacía que las noches fueran cada vez más largas.

Finalmente, decidí que, si no salía pronto de allí, iba a volverme loco.

Generalmente no tenía problemas con permanecer encerrado en un laboratorio durante semanas, pero aquello era cautiverio, algo que no manejaba demasiado bien.

Supuse que un viaje al lago me ayudaría a despejar la mente.

Aproveché el cobijo de la noche para escapar de la vigilancia de Hicoro, saltando desde el balcón hasta mi fiel hipogrifo.

Ambos sabíamos adónde queríamos ir.

El lago resultaba un lugar increíblemente relajante tanto para mí como para Vulcan, quien disfrutaba enormemente salir de cacería y liberar sus instintos.

Muchas veces cazaba algún conejo pequeño para mí, aunque la mayor parte del tiempo prefería caminar por el bosque o volar en círculos cerca del lugar en el que me encontraba.

El lago se había convertido en una especie de santuario para nosotros.

Estaba situado entre Auralia y el campamento enemigo, justo en medio del infierno, pero, al mismo tiempo, alejado y ajeno a todo lo que sucedía.

Era un verdadero punto neutral dentro de aquel caos.

Parecía que el bosque era el único lugar al que la guerra todavía no había llegado, y eso me encantaba.

No puedo decir que aquel lago fuera una maravilla. Era sencillo, pero poseía un encanto especial.

Se trataba de un pequeño cuerpo de agua rodeado de árboles y coníferas, con suelo arenoso y una superficie realmente serena.

El agua reflejaba la bóveda celeste como un gran espejo que copiaba frente a mí la luna y las estrellas de Auralia.

Cada una tenía una historia diferente y, juntas, formaban constelaciones dentro del inmenso mar negro que representaba la noche.

El viento soplaba ocasionalmente y creaba un oleaje suave, casi imperceptible, mientras arrastraba los sonidos de los animales que vivían en los alrededores y el aroma mezclado de distintos árboles y flores que solo abrían sus pétalos durante la noche.

El ambiente se llenaba de un perfume hipnótico que se mezclaba con el olor de la madera que ardía en mi fogata y con el humo de algún cigarrillo o pipa que decidía fumar.

En muchas ocasiones también llevaba conmigo mis viejos instrumentos musicales para practicar en soledad, aprovechando la extraña acústica de los árboles, que hacían rebotar algunos sonidos y permitían que otros se perdieran como ecos en las profundidades del bosque.

Pero no aquella noche.

Aquella noche no podía pensar en música.

Mi mente se ocupaba de tantas cosas que podría decirse que no pensaba en ninguna en particular.

Era un momento de reflexión.

¿Estábamos haciendo lo correcto?

¿Era posible luchar contra los dioses y vencer?

No estaba de servicio, pero era evidente que no iba a dejar mis armas en casa.

Tenía la costumbre de salir armado a todas partes. Sin importar que fueran o no tiempos de guerra, siempre llevaba conmigo mi espada y mi pistola.

Aquella noche no era la excepción.

Escuché un ruido a mis espaldas.

Unas hojas se movieron sin que el viento fuera responsable y una pequeña rama cedió bajo el peso de una pisada.

Mi entrenamiento militar me hizo sacar el revólver de su funda y apuntar hacia el lugar del que provenía el sonido.

La silueta de una persona me apuntaba con una esfera de fuego que la iluminaba tenuemente.

La reconocí de inmediato.

Tal vez fue la sorpresa lo que me impidió disparar, o quizá el hecho de que ella tampoco lo hubiera hecho.

Nirash mantenía, al igual que yo, una expresión de sorpresa.

Ambos permanecíamos inmóviles. Nuestros rostros revelaban que, bajo el desconcierto, esperábamos el menor movimiento agresivo del otro para iniciar el ataque.

Lo que estaba haciendo contradecía todo lo que mis instintos militares me gritaban.

No sabía exactamente por qué, pero bajé lentamente el arma ante su mirada atónita.

—¿Quieres sentarte? —pregunté mientras devolvía el arma a su funda.

—Sí, gracias —respondió con una sonrisa mientras deshacía su esfera de fuego, que se convirtió en humo—. Pero solo hay un lugar.

Lo dijo en tono bromista al darse cuenta de que únicamente había una piedra pequeña, cuya forma parecía demasiado trabajada como para ser obra de la naturaleza.

—Eso puede arreglarse —dije mientras movía una mano.

Un conjuro atlantiano creó una formación rocosa idéntica a la mía.

—Lo sabía —dijo con una sonrisa—. Puedes hacer magia.

—Intentaba ocultarlo, pero no creo que pueda hacer demasiado daño en este momento. De todas maneras, me matarían si se enteraran de que te secuestré y te dejé escapar con vida.

—¿Eres un hijo de Atlantis?

Su pregunta parecía casi una afirmación.

—¿Qué sabes de eso? —pregunté con curiosidad.

—Bueno, sé que son los únicos capaces de utilizar magia y alquimia, y tú puedes hacer ambas cosas.

Su sonrisa no dejaba lugar a dudas. Estaba segura de lo que decía y se sentía orgullosa de haberlo descubierto.

—Sí, soy un hijo de Atlantis.

—Lo sabía —respondió con una sonrisa—. ¿Y qué haces aquí?

—Disculpe, señorita, pero esta es mi ciudad y este es mi lago. Creo que soy yo quien debería preguntarle qué está haciendo aquí. ¿No le parece?

Nirash rio ante el tono educado que había empleado.

—Me parece justo. Salí a dar una vuelta. Estaba un poco harta y necesitaba pensar. ¿Y tú?

—Algo parecido. Suelo venir mucho a este lago. Es uno de mis lugares favoritos. Está alejado de la ciudad y del ruido, y nunca hay nadie.

—Excepto cuando te encuentras con una bruja que podría matarte por haberla secuestrado.

—Cierto —respondí con cierta ironía.

Ambos comenzamos a reír.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó la Bruja de Fuego con seriedad.

—No, está bien. Creo que puedo compartir el lago con una persona más. Además, para ser franco, te extrañaba un poco.

—¿En verdad? —preguntó con una sonrisa.

—Un poco. Extrañaba nuestras conversaciones.

—Yo también. No eres el alquimista que creía que eras.

—¿Cómo es eso?

—Bueno, creía que eras un arma sin sentimientos y algo muy parecido a un maldito desgraciado. Un desgraciado muy poderoso, pero un desgraciado al fin. Ahora ya no estoy tan segura.

—Tomaré eso como un cumplido —dije entre risas—. Tú tampoco eres tan mala como pensaba.

—Gracias —respondió, sonriendo mientras apartaba el cabello que el viento hacía caer sobre su rostro.

De pronto, una ráfaga hizo sonar las copas de los árboles y una mancha negra cruzó sobre nosotros a una velocidad vertiginosa.

—¿Qué es eso? —preguntó alarmada.

—No te preocupes. Es un amigo —respondí con absoluta seguridad.

Segundos después, Vulcan entró en el círculo de luz de la fogata, que proyectaba sombras misteriosas entre los árboles del bosque.

—¡Vulcan! —exclamó con alegría cuando lo vio.

Sin embargo, Vulcan no parecía compartir su entusiasmo.

Se interpuso rápidamente entre la Bruja y yo en actitud protectora.

—¡Vulcan, quieto! —ordené, anticipando lo que podría ocurrir si lo dejaba actuar por su cuenta.

Sin embargo, me sorprendió.

Pensé que atacaría de inmediato a Nirash, pero se limitó a permanecer entre nosotros.

—Buenas noches, Vulcan —dijo Nirash mientras creaba una esfera de fuego, como había hecho la primera vez que lo conoció.

Mi hipogrifo respondió de la misma manera.

—Muy bien, eso es extraño. Es la segunda vez que Vulcan te saluda así.

—Me sorprende que no lo sepas, sobre todo porque entiendes de magia —dijo con una sonrisa, como si le causara satisfacción saber algo que yo ignoraba—.

Vulcan es, extrañamente, un ser de fuego, algo muy raro entre los hipogrifos.

Yo tampoco sabía que existieran ejemplares así, pero, por su naturaleza, comparte instintivamente nuestros modales.

Somos quienes damos las bienvenidas más cálidas, literalmente hablando.

—Ya lo creo —respondí de forma reflexiva.

—¿Aún seguimos en tregua, como cuando me secuestraste, o somos enemigos?

—No lo sé —admití con tristeza—. A mí me gustaría que no fuéramos enemigos.

—A mí también.

Su sonrisa parecía capaz de iluminar la noche o, al menos, eso me pareció.

Todo con Nirash se desarrollaba de una forma verdaderamente extraña.

Con ella, nada podía ser sencillo ni normal.

Aun así, llegamos a un acuerdo: mientras estuviéramos en el lago, ninguno hablaría de la guerra.

El lago sería territorio neutral.

Resultaba extraño que nuestra "amistad" hubiera sobrevivido al secuestro.

Más extraño todavía era darme cuenta de que no solo había sobrevivido, sino que se fortalecía día tras día.

Las estrellas desfilaban uniformemente por el cielo conforme avanzaban las horas.

Faltaban apenas un par de horas para que la noche comenzara a teñirse con los colores de la mañana.

—¿Tuviste problemas por mi culpa? —pregunté, refiriéndome al secuestro.

—No. De hecho, estaban muy felices de haberme recuperado. Al parecer, cierto alquimista aprovechó el tiempo durante el que permanecí fuera de combate para hacer polvo a mi hermano en más de una ocasión.

Su voz no sonaba acusatoria. Parecía casi divertida.

—Sí, lo siento, pero tenía que dejarlo fuera de combate o permitir que me matara.

—No te lo estoy reprochando. Por lo que me han contado, podrías haberlo matado cuando quisieras.

—Bueno, yo no diría eso. Frigian es un oponente formidable.

—¿Y yo?

Su mirada parecía seductora en aquel momento y sentí cómo se alteraba mi corazón.

—Eres, sin duda, más poderosa que él, aunque tengo que decir que podrías mejorar un poco tu control sobre el fuego.

—Claro, como si su alquimista experto en fuego pudiera vencerme.

—Él no puede, pero yo sí.

—¿En verdad?

—Sin duda alguna —respondí, sonriendo al ver que ella también lo hacía.

—Hagamos algo —dijo mientras hacía aparecer dos bloques de metal con un movimiento fluido de la mano.

Resultaba extraño verla utilizar magia de manera tan despreocupada junto a mí.

Era como si confiara en que no reaccionaría violentamente ante aquel acto, lo cual era cierto.

—Veamos quién puede derretirlo primero. Si yo gano, tú tendrás que venir mañana.

—¿Y si gano yo?