Capítulo 23 El secuestro #5
Me senté frente a ella y comencé a relatarle toda la historia: lo que había sucedido en Atlantis y lo que estaba a punto de ocurrir en Auralia.
Le hablé de los Dioses Primigenios y de cómo pondrían en grave peligro no solo mi mundo, sino también el suyo.
Pude ver cómo el miedo se apoderaba de ella mientras mis palabras describían lo que estaba a punto de suceder.
—¿Todo lo que me dices es cierto?
—Todas y cada una de mis palabras.
—¿Me lo juras?
—Sí. Por eso dejamos de utilizar las Piedras Filosofales. No habían dejado de funcionar; aceleraban el proceso.
—¿Podrían habernos matado si hubieran querido?
—Bueno, si hubiéramos liberado todo el poder de las piedras, habría sido posible.
Ambos guardamos silencio hasta que fui yo quien decidió romperlo.
—Estamos solos. He dado la orden de que todos se marchen.
Chasqueé los dedos y tanto la burbuja como los círculos de transmutación desaparecieron.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con miedo.
—Cumpliendo mi promesa. Te dije que te dejaría libre en el momento en que escucharas lo que tenía que decir. Ahora ya lo sabes. Eres libre de regresar con los tuyos o de matarme por lo que hice. Prometo que no me defenderé y que no habrá consecuencias por ello.
—¿Es una trampa? —preguntó, todavía demasiado desconfiada como para utilizar su magia.
—No lo es. Confía en mí.
Sentí cómo su energía aumentaba mientras comprobaba que mis palabras eran ciertas.
Esperaba que una esfera de fuego me golpeara y me calcinara, pero, en lugar de eso, escuché su voz.
—Gracias, Leo —dijo con verdadera honestidad y sorpresa.
Una llamarada cubrió su cuerpo y desapareció.
—Te voy a extrañar, princesa —dije sin darme cuenta de que estaba pensando en voz alta.
Permanecí sentado en aquella silla más tiempo del que habría creído.
Hicoro entró y contempló con terror la habitación vacía.
—Hermano, ¿estás bien? ¿Qué pasó? ¿En dónde está la Bruja?
—La dejé ir —respondí con dolor en la voz.
—No lo entiendo. ¿Por qué harías semejante estupidez?
—Le dije lo que tenía que decirle. Cumplimos la misión. Ya no había por qué mantenerla aquí.
—¿Y tú? ¿Estás bien?
—Desde luego, hermano. Vámonos a casa.
Durante los días siguientes, esperé encontrar a Nirash, aunque solo fuera en el campo de batalla.
Parecía que la suerte había dejado de sonreírme.
Mi desempeño en combate era tan lamentable que, en apenas tres semanas, terminé dieciséis veces en el hospital por diversas causas: heridas de guerra, accidentes de laboratorio, intoxicaciones, explosiones…
En fin, todo se atribuía a mi falta de concentración, algo extremadamente extraño en mí.
—Suficiente —dijo Olister—. Ya son dieciséis veces las que has entrado al hospital.
—No lo hago por gusto. Odio los hospitales.
—Pues últimamente parece que te gustan mucho. O te enamoraste de una enfermera y estás llevando a cabo una conquista suicida, o tu imbecilidad está alcanzando niveles desmedidos.
—Solo estoy cansado y un poco distraído. Nada que unas cuantas horas de sueño no puedan reparar.
—Eso espero, porque es justamente lo que vas a hacer.
—¿De qué hablas?
—Estás suspendido.
—¡¿Qué?!
—¿Qué quieres que haga? Vas a conseguir que te maten.
—¡No puedes suspenderme! Mañana luchamos contra vampiros diurnos. Me necesitas en combate.
—Ya revisé tu informe de estrategia. El nuevo Alquimista de la Plata se encargará de lo que tú pensabas hacer.
—¡De ninguna manera! ¡Esa es mi estrategia! ¡Es mi plan!
—La decisión fue aceptada por el consejo de guerra —dijo Olister con voz cansada—.
Además, no estoy pidiendo tu opinión. Será solo un fin de semana.
De nada me sirves si te matan. Nunca habías sufrido un accidente en el laboratorio desde que eres Sebakhem y, tan solo esta semana, llevas… ¿cuántos? ¿Cinco?
—Siete, pero eso es irrelevante. No puedes suspenderme.
—Ya lo hice, Leo.
—Pero…
—¡Maldita sea, alquimista! ¡Es una orden!
—Pero, señor…
—¡Nada! ¡Con un demonio, eres el único alquimista que protesta cuando le dan vacaciones! ¡Lárgate a descansar o te encierro en una celda y me aseguro de que no tengas nada más que hacer que dormir!
—Ya salí una vez de esas celdas.
Olister sacó una pistola de su escritorio y me apuntó.
—Hasta el lunes, Leo.
—¡¿El lunes?! ¡Pero si es miércoles!
Una bala fue a incrustarse en la pared, peligrosamente cerca de donde me encontraba, sin que pudiera moverme para esquivarla o transmutarla.
—La dejé pasar a propósito —respondí en cuanto vi la expresión burlona de Olister.
En ese momento, Hicoro entró en la oficina.
—Magnífico. Teniente Hicoro, haga el favor de escoltar a Leo hasta su casa y asegúrese de que no salga de ella hasta que haya descansado.
Hicoro me rodeó con sus brazos y comenzó a arrastrarme fuera de la oficina.
—¡Tengo un laboratorio en mi casa, para que lo sepas! —grité de manera infantil al general Olister, quien estalló en carcajadas—. ¡Hicoro, suéltame! ¡Es una orden!
—Lo siento, hermano. Necesitas descansar.
—¡Traición! —grité mientras intentaba liberarme de la llave con la que Hicoro me contenía—. ¡Soldados, aprehendan al teniente Hicoro!
—Muchachos, ignoren esa orden y cierren la puerta al salir —dijo Olister entre risas.
Era extraño verlo de tan buen humor. Últimamente, no sonreía por ningún motivo.
—Ya está bien, suéltame —dije en cuanto estuvimos fuera de la oficina.
—¿Qué está pasando? —preguntó Alaric, alarmado al ver que Hicoro me sujetaba por la fuerza.
La situación terminó en cuanto usé un círculo de transmutación que liberó una descarga eléctrica y lanzó a Hicoro hasta el otro extremo de la habitación.
—¡Olister acaba de suspenderme por el resto de la semana y me disparó!
—¿Te disparó? ¡Rayos! Debe de estar de un humor excelente.
—No es una broma. Me disparó y… Un momento.
—¿Qué pasa?
—¡Tú le dijiste que me suspendiera!
—Sí. Me pareció lo más apropiado cuando descubrí que habías robado pastillas para mantenerte despierto del almacén del laboratorio.
—¡No las robé! Las tomé prestadas.
Alaric arqueó una ceja.
—¡Bueno, sí las robé!
—Leo, esa es la ventana —dijo Alaric cuando me vio abrirla y subirme al marco.
—Ya lo sé. ¡Vulcan! —grité, esperando que no tardara demasiado en llegar.
—Ten, te van a servir.
Alaric me lanzó un frasco con pastillas para dormir.
—No seas ridículo. No necesito dormir.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste?
—Hace como una semana o algo así. Digo, ¿a ti qué te importa? ¡Vulcan!
En ese momento, Vulcan llegó hasta la ventana. Salté sobre él y me dirigí a mi apartamento a toda velocidad.
Durante las últimas semanas había estado muy distraído y había abusado del trabajo para mantenerme ocupado.
Llevaba un día entero sin comer y mi estado de ánimo no era el mejor.
Cuando conseguí relajarme un poco, comprendí que mi actitud había sido increíblemente infantil y que era posible que realmente necesitara descansar.
También fui consciente, hasta aquel momento, de que Hicoro debía de tener, al menos, dolor de cabeza por el golpe recibido.
Aun así, estaba seguro de que no vendría a verme hasta el día siguiente.
Hicoro era valiente, pero no estúpido. No iba a permanecer en la misma habitación que yo mientras estuviera enojado y pudiera utilizar magia sin preocuparme por quién me viera.
Tomé un par de las pastillas que Alaric me había dado y caí profundamente dormido durante más de dieciséis horas.
—Magnífico, sigues vivo —dijo Hicoro en cuanto desperté.
—Hermano, perdón. No quería lanzarte. Fue un momento de…
Hicoro hizo una seña para indicarme que no tenía que disculparme.
—Te entiendo. Además, estamos a mano. ¿Recuerdas lo que ocurrió en el bar a las afueras de Grin?
Comenzamos a reír al recordar una pelea de bar que Hicoro había iniciado cuando el alcohol hizo mella en él y cómo me había roto una costilla cuando intenté detenerlo.
—Huele bien. ¿Qué hiciste? Muero de hambre.
—Acerca de eso…
—No lo creo.
—Oye, no es mi culpa. Casi nunca compras comida. Hasta me quedé con hambre, pero te invito a comer.
—Suena bien —dije, tomando mi gabardina y encaminándome hacia la puerta.