Capítulo 23 El secuestro #4
Yo tenía más dificultades para conciliar el sueño.
Además, mi mente no me permitía descansar en paz. Mis pensamientos eran un caos.
No solo tenía que idear nuevas armas y planear estrategias distintas, sino que también me enfrentaba a algo contra lo que nunca había combatido.
Por alguna razón, mi mente no dejaba de pensar en Nirash. Me regalaba recuerdos de su sonrisa y reproducía conversaciones enteras solo para permitirme escuchar nuevamente su voz, aunque fuera a través de mis propios recuerdos.
Como era evidente, al día siguiente tenía que vengarme por la quemadura que me había provocado, así que coloqué una pequeña cantidad de fulminato de mercurio debajo de la charola.
Cuando utilizó fuego para calentarla, se encontró con una sorpresa explosiva. Era completamente inofensiva, pero lo bastante intensa como para asustarla.
—Parece que viste un fantasma —dije al contemplar su rostro pálido por el susto.
—Muy gracioso. No me lo esperaba.
Nirash intentó conservar una expresión seria y severa, pero, después de unos segundos, le resultó imposible y comenzó a reír.
—Supongo que me lo merecía. ¿Cómo sigue tu mano?
—Bien, gracias. Nuestras medicinas son muy buenas.
Me resultaba extraño que preguntara por mi salud. Personalmente, si hubiera lastimado a mi captor, no habría tenido aquella cortesía, y mucho menos habría utilizado el tono amable y honesto con el que ella lo hizo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Por qué nunca te acercas a mí?
Definitivamente, no esperaba esa pregunta.
—No entiendo.
—Sí. Nunca te acercas a mi celda. ¿Me tienes miedo?
—En lo absoluto. Es solo que… no quiero hacerte sentir incómoda —respondí, sintiéndome algo incómodo al revelar aquella información sin poder explicar el motivo.
—A mí no me molesta y no voy a hacerte nada. Aunque quisiera, mis poderes no pueden salir de aquí.
—Lo sé —dije con tono bromista.
Me senté junto a la reja y ella imitó mi acción.
—¿Por qué me miras así? —preguntó con una sonrisa.
—¿Así cómo?
—No lo sé. Con ternura. Me miras de una forma muy bonita.
Era la primera vez que la veía sonrojarse y, para ser honesto, aquello la hacía lucir hermosa.
—Este… Bueno… Ya te lo había dicho. No quiero mantenerte cautiva durante toda la vida. De verdad quiero que salgas de aquí y, sinceramente, resulta un poco complicado mirarte de otra manera. Eres una mujer muy hermosa.
Era consciente de que yo también me estaba sonrojando y de que, al mismo tiempo, el rubor de Nirash aumentaba.
—¿Tienes novia, Leo?
—No —respondí, negando también con la cabeza—. ¿Y tú?
—Tampoco.
Su mirada descendió hacia sus manos, que jugueteaban con su vestido.
—Leo —dijo Hicoro, algo extrañado al verme tan cerca de ella—. Tu microtransmisor. Es el Alquimista de la Vida. Dice que no respondes a tu brújula.
Saqué mi brújula del bolsillo y vi que el círculo de transmutación de Alaric destellaba.
—Voy enseguida —dije, levantándome—. Nos vemos al rato.
—Claro —respondió con una sonrisa—. No creo ir a ningún lado.
—¿Qué demonios fue todo eso? —preguntó Hicoro.
—¿Qué fue qué?
Hicoro me sujetó del brazo.
—Te estás enamorando de la Bruja, ¿verdad?
—No digas estupideces —respondí mientras tomaba el microtransmisor de la mesa—. ¿Alaric?
—Leo, ¿en dónde demonios estabas?
—Por ahí. ¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa? La junta del consejo de guerra.
—Mierda, lo había olvidado. Iré en Vulcan. Llego en cinco minutos.
Aquella no fue la primera vez que me olvidé del mundo mientras estaba con Nirash.
Era extraño, pero junto a ella me sentía increíblemente bien.
Y, evidentemente, Hicoro estaba diciendo estupideces. Yo no podía estar enamorado de ella.
No conocía aquel sentimiento. Nunca me había enamorado de nadie.
Sin embargo, las palabras de Botánica y Alaric resonaban en mi mente:
"Leo, eres un genio en alquimia, pero, en cuanto a sentimientos, una piedra sabe más que tú".
Aquello era definitivamente un insulto, pero estaba justificado.
Mi educación se había centrado en convertirme en el soldado perfecto, el alquimista más poderoso y un mago excepcional, aunque no pudiera utilizar mis poderes en público.
Sin embargo, mi inteligencia emocional era sumamente deficiente.
Los días pasaban y Nirash y yo interactuábamos cada vez más.
Nuestras conversaciones se prolongaban hasta altas horas de la noche y Hicoro nos interrumpía de forma brusca cada vez que podía.
Fue precisamente una de aquellas interrupciones la que nos permitió descubrir un error enorme que estaba a punto de cometer.
Aunque mi memoria era excelente, en aquel momento no estaba demasiado concentrado o, para ser exacto, no estaba concentrado en lo que debía estarlo.
Ambos permanecíamos de pie.
Nuestras palabras eran apenas susurros y la distancia entre nosotros se volvía cada vez más pequeña.
Mi percepción había cambiado.
Era como si todo a mi alrededor hubiera desaparecido.
Por un instante, la bodega dejó de existir. No había una celda entre nosotros.
Los millones de fórmulas alquímicas y círculos de transmutación desaparecieron.
Olvidé el dolor sordo de las heridas de guerra y las estrategias para el día siguiente se perdieron en algún rincón tan lejano de mi mente que no podía encontrarlas o, quizá, no quería hacerlo.
Todo había desaparecido.
Durante un instante, solo existió ella: sus ojos castaños, el cabello que caía sobre sus hombros y sus labios, que se movían cada vez más despacio mientras se acercaban a los míos.
Sentía una corriente eléctrica entre nosotros, un calor semejante al fuego, pero que no quemaba.
De pronto, recibí un potente golpe en las costillas que me proyectó a gran velocidad contra la pared.
—¡¿Qué demonios estabas haciendo?! —rugió Hicoro.
Tardé un par de segundos en recuperar la claridad.
Hicoro estaba de pie junto a la celda y Nirash no se había movido del lugar en el que se encontraba.
Una de sus manos permanecía muy cerca de donde había estado mi cinturón y, colgadas de él, estaban las llaves de su celda.
Nirash sonrió de forma pícara.
—Leo, deberías controlar mejor a tus hombres. Son increíblemente inoportunos.
—¡Cállate, maldita Bruja! —bramó Hicoro mientras me daba la mano para ayudarme a levantar.
Me acompañó hasta la sala principal.
—¿En qué estabas pensando, idiota? Casi te quita las llaves.
—No lo sé —respondí, todavía aturdido por el golpe—. Solo recuerdo que, de pronto, todo desapareció. Solo estaba ella, y después llegaste tú.
—Te lanzó un conjuro. De eso no hay duda. Pero ¿cómo? ¿No se supone que su magia no puede salir de ahí?
—No puede.
Guardé silencio durante un instante al recordar algo que había pasado por alto.
—Pero introduje la mano cuando le pasé la charola de comida y ella me rozó con los dedos. Es posible que en ese momento me haya lanzado el conjuro.
Me di cuenta de que los soldados que se encontraban allí me miraban con miedo.
—¿Pero no se supone que eres alquimista? ¿Cómo demonios no notaste que su energía cambió?
—No lo sé —respondí con desesperación mientras Hicoro se acercaba para hablar sin que los soldados pudieran escucharnos.
—¿Eleazar no te entrenó para evitar el control mental?
—Sí. Nadie puede entrar en mi mente sin que yo lo sepa y pueda evitarlo. Supongo que la Bruja es más poderosa de lo que pensaba.
Tengo que decir que todos tenían miedo de acercarse a Nirash. El hecho de que, según creíamos, su magia hubiera sometido la mente del alquimista más poderoso de Auralia los tenía verdaderamente aterrados.
Esa misma noche me di cuenta de que había sido increíblemente imprudente. Había puesto en peligro a todos los presentes y era un error que no podía cometer nuevamente.
Mezclé un somnífero en su cena para poder trasladarla a un lugar más seguro.
Aquella fue la primera vez que Hicoro me vio usar magia atlantiana.
Mis manos se movían en el aire, describiendo símbolos de poder mientras pronunciaba antiguas palabras y conjuros en un lenguaje olvidado por el tiempo.
Una gigantesca burbuja apareció alrededor de Nirash. Varios círculos de transmutación se grabaron sobre su superficie y en el suelo, formando una prisión aún más poderosa y estable que la anterior.
Esperé a que Nirash despertara.
—Buenas noches —dije sin ninguna amabilidad.
—Buenas noches, Leo. ¿En dónde estoy?
No entendía por qué continuaba hablándome de forma amigable.
—Es tu nueva prisión. De no haber sido por Hicoro, me habrías quitado las llaves.
—Era un pequeño experimento. Tenía que intentarlo para comprobar una teoría.
—¿Qué teoría?
—Nada. No tiene importancia.
Al parecer, finalmente había notado la hostilidad en mi voz. Sus palabras parecían cargadas de cierta tristeza, que atribuí al hecho de que su intento de escapar hubiera fracasado.
—¿Esto es magia? —preguntó mientras señalaba la burbuja con un ademán que parecía abarcarlo todo.
—Descansa —dije mientras me levantaba de la silla que había colocado frente a ella y me encaminaba hacia la salida.
—Leo, quiero escuchar lo que tienes que decir.
—Tal vez mañana —respondí, cerrando la puerta a mis espaldas sin volverme para mirarla.
Necesitaba despejar mi mente.
Fui con Vulcan al lago en el que me sentía tan seguro. En aquel lugar podía pensar sin que nadie me interrumpiera.
Me di cuenta de que necesitaba al menos un par de días para aclarar mis pensamientos y comprender lo que había sucedido.
Era consciente de que empezaba a desarrollar algún tipo de sentimiento hacia la Bruja de Fuego.
No era la primera vez que había estado con una mujer, pero, hasta ese momento, nada había trascendido más allá de los encuentros sexuales.
Con Nirash, en cambio, no había ocurrido ninguna interacción semejante. Sin embargo, lo que sentía cuando pensaba en ella era millones de veces más poderoso que cualquiera de mis experiencias anteriores.
—Creí que te habías olvidado de mí —dijo cuando me vio entrar, tres días después de lo ocurrido.
—Créeme, eso parece imposible.
—Perdón. No quería quitarte las llaves. Solo era una broma.
Su voz sonaba sincera.
—¿Querías saber por qué te tengo aquí?
—Sí —respondió con serenidad.