El Diario del Alquimista Capítulo 23 El secuestro #3
81%

Capítulo 23 El secuestro #3

Como era evidente, no todos los soldados de los magos aceptaron la retirada. Esos fueron eliminados por nosotros, pues teníamos la política de no tomar prisioneros.

Nuestra victoria fue rápida y limpia. Formaba parte de un nuevo plan que apenas comenzaba a ejecutar.

A esas alturas, ya había identificado correctamente a los altos mandos de los magos y, sobre todo, a los más influyentes. Me había asegurado de que me asignaran a combatir contra ellos.

La idea era derrotarlos sin matarlos.

Sabía que, si mi plan con la Bruja de Fuego funcionaba, tendría que entablar relaciones pacíficas con ellos y, para ser honesto, me resultaban mucho más útiles con vida.

Necesitaba especialmente a Frigian. Su voz tenía un peso enorme en las decisiones de la guerra, pese a ser incluso un par de años más joven que yo.

Además de mantenerlo vivo, necesitaba tomar pequeños recuerdos de él para mostrárselos a la Bruja de Fuego y "convencerla" de que podía matarlo cuando quisiera.

Por desgracia, utilizar la Piedra Filosofal ya no era una opción viable.

Sin embargo, poco a poco comprendía cómo podía utilizar la magia para potenciar mi alquimia e incluso evocar fenómenos naturales que después encubriría mediante transmutaciones.

Mientras luchaba contra un enorme minotauro aliado de Frigian, utilicé un círculo de transmutación que poco tenía que ver con el conjuro de niebla que ejecuté simultáneamente.

Nadie notó la diferencia.

Por fortuna, la Bruja de Fuego no participaba en aquellas batallas. Por alguna razón, sospechaba que yo podía hacer magia y, en más de una ocasión, había acabado con todo mi ejército y destruido el suyo solo para obligarme a usarla.

Pese a las circunstancias, intentaba encubrirla mediante alquimia.

Suponía que no resultaba demasiado convincente, pero, al menos, dejaría una duda en su mente.

—La Bruja se negó a comer durante todo el día —dijo uno de los soldados de Hicoro en cuanto llegué a la bodega.

—Intentaré convencerla. ¿Algo más?

—Sí, señor. Su ropa cambió.

—Desde luego. Puede utilizar magia dentro de la celda. La prisión no se encuentra correctamente adaptada y, mediante magia, puede encargarse de sus necesidades personales.

—¿Habrá hecho aparecer comida mediante magia? —preguntó Hicoro.

—No. Solo tiene dos opciones: invocarla desde algún lugar, lo cual resulta imposible por las protecciones que instalé, o crearla mediante magia.

La comida mágica posee un aroma excelente y un sabor indescriptible, pero no alimenta.

Carece de nutrientes. Es como comer papel con buen sabor.

Nadie puede sobrevivir alimentándose de ella.

Reemplacé la comida del desayuno por una nueva.

La había comprado en el restaurante más exclusivo de la ciudad, aunque no permitiría que Nirash se diera cuenta de todas las atenciones que estaba teniendo con ella.

Por esa razón, vacié la comida en una charola metálica para que perdiera la elegante presentación con la que me la habían vendido.

—Buenas tardes, Nirash.

—Sigues vivo —dijo, casi con decepción.

—Así es, aunque tú no vas a vivir durante mucho tiempo si continúas sin comer.

—No importa. Frigian va a sacarme de aquí.

—¿Frigian? Ah, sí. Es tu hermano, ¿verdad?

Su mirada combinaba el miedo con el odio.

—Para ser honesto, no se parecen demasiado —murmuré, prácticamente para mí—. Como sea, dudo que pueda encontrarte.

—¡¿Qué le hiciste?!

Comencé a sonreír con malicia.

—El Mago del Hielo es poderoso, mucho más que la mayoría de los guerreros que han enviado contra nosotros, pero no es más poderoso que tú y, definitivamente, tampoco es más poderoso que yo.

Saqué el fragmento del mango del martillo de guerra de Frigian y se lo mostré, todavía manchado de sangre.

—¿Lo reconoces?

Estaba preparado para ver explotar su rabia, pero, en lugar de eso, su mirada se entristeció y su voz se convirtió en un susurro.

—¿Lo mataste?

—No —respondí con seguridad—. Estoy convencido de que sus clérigos podrán curarlo. Sin embargo, si continúas negándote a comer, lo mataré.

Para mi sorpresa, Nirash me miró casi con agradecimiento.

—¿Qué dices? —Pasé la charola de comida entre los barrotes—. ¿Tenemos un trato? Tú comes y te comportas, y yo me aseguro de que el Mago del Hielo continúe con vida.

La Bruja de Fuego se limitó a tomar la charola y la dejó junto a ella.

Comprendí que aquel día tampoco podría hacer que Nirash me escuchara. Sin embargo, cuando regresé por la noche, la comida había desaparecido.

—¿Por qué no me matas de una vez? —preguntó dos días después, cuando volvió a dignarse a hablarme.

—Te necesito. Tu poder y tu posición política dentro del mundo de la magia son de vital importancia para el futuro, no solo de Auralia, sino también del mundo mágico.

—¿A ti qué te importa el mundo mágico?

—Me importa mucho más de lo que crees. Mis padres nacieron en él, al igual que mi mentor.

—¿Cómo es posible?

Para mi sorpresa, había comenzado a comer mientras hablaba conmigo.

—Bueno, eso es algo que tampoco tengo demasiado claro, pero creo que llegaron, al igual que ustedes, a través de un portal.

—Mis padres murieron cuando yo tenía cuatro años —dijo, bajando la mirada hacia el suelo.

No esperaba que compartiera conmigo algo semejante.

—Yo no conocí a los míos.

—¿Tu mentor se encargó de ti?

—Sí. Él y Hicoro son la única familia que conozco.

—¿Hicoro es el imbécil que me golpeó?

—Sí. Lo siento mucho. Pensaba utilizar una poción para hacerte dormir, pero creo que el pánico lo venció.

—¿Una poción?

—Ya te lo dije. Mi intención no es lastimarte. Aunque no lo creas, estás a salvo.

—No eres tan malo como pareces.

—Gracias —respondí con honestidad—. Tú tampoco.

Nirash esbozó una sonrisa, la primera que le había visto desde que la secuestré.

—Eso es porque aún no me conoces.

—Supongo que tengo tiempo para hacerlo.

—Es posible.

—Imagino que hoy tampoco estás dispuesta a escuchar lo que tengo que decir.

—Como tú dices, tenemos tiempo.

Después de aquellas palabras, me regaló una sonrisa fugaz y se dio la vuelta, dándome a entender que la conversación había terminado.

Por mucho que intentara definirlo de una mejor manera, solo podía decir que aquellos días estuvieron llenos de sorpresas.

Cada segundo que pasaba con Nirash resultaba completamente inesperado.

Al parecer, se había adaptado al cautiverio con una facilidad sorprendente. Estaba seguro de que yo no lo habría hecho tan bien.

Su estado de ánimo era bastante bueno. Había visto soldados volverse locos después de permanecer encerrados en condiciones similares durante relativamente poco tiempo; sin embargo, ella llevaba allí más de dos semanas y parecía sentirse cada vez más cómoda.

Parecía esperar con ansias mi llegada, argumentando que los soldados no conversaban demasiado y que, además, eran demasiado cobardes como para acercarse a ella.

Todos los días descubría un nuevo rasgo de su personalidad.

Tal como había pensado, la Bruja de Fuego mantenía una barrera gigantesca frente al mundo, pero, detrás de toda aquella hostilidad y poder, se encontraba una mujer encantadora y fascinante a la que cada vez me resultaba más difícil mantener encerrada.

Sobre todo porque mi conciencia me gritaba a viva voz que estaba cometiendo una herejía al tenerla cautiva.

Por otra parte, Frigian se había convertido en una amenaza que yo podía mantener bajo control.

Durante aquellos días, Frigian estaba completamente dominado por su temperamento. Peleaba cegado por la ira, lo que generalmente lo convertía en un enemigo deficiente.

Resultaba más sencillo lastimarlo cuando no estaba concentrado en la batalla, pero también se volvía más peligroso.

En más de una ocasión consiguió congelarme la piel y provocarme profundas quemaduras por frío mediante poderes que ni siquiera necesitaban tocarme.

El efecto de aquellas habilidades era asombroso. Sin duda, su potencia se veía amplificada por su desesperación.

La Bruja de Fuego leía un libro que le había traído para que no se aburriera durante mi ausencia y comía una de las grandes manzanas rojas que también le había traído.

El contraste entre el rojo de la fruta y el carmesí de sus labios me distrajo lo suficiente como para sujetar la charola metálica con la mano izquierda.

De inmediato sentí una quemadura y la Bruja comenzó a reír.

—Muy graciosa, Bruja —dije, también con una sonrisa.

—Eres muy despistado, ¿sabías?

—Búrlate mientras puedas. Juro que voy a vengarme —respondí con voz bromista.

—Eso quiero verlo. Dudo que puedas sorprenderme.

—Bueno, ya lo conseguí una vez, ¿no?

Señalé la celda con una mano mientras hablaba. Esperaba que su temperamento explosivo se apoderara de ella.

En cambio, comenzó a reír y me sacó la lengua como si fuera una niña pequeña.

—Descansa, Leo. Hoy tampoco quiero escuchar lo que tienes que decir.

—Descansa, Nirash.

Estaba a punto de salir cuando su voz me detuvo.

—¿Podrías traerme fresas mañana? Y otro libro; este ya casi se termina.

—Intentaré conseguirlos, pero recuerda que eres mi prisionera y los prisioneros no tienen tantas comodidades.

—Claro. Por eso compras comida de primera para mí y la vacías en una charola para que no me dé cuenta.

Salí sintiendo cómo se me sonrojaba el rostro mientras su risa se amortiguaba detrás de la puerta.

—¿Qué te pasó, hermano? Estás rojo —preguntó Hicoro mientras esperaba su turno para entrenar con uno de sus soldados.

—Es la Bruja de Fuego. Tiene ese lugar convertido en un horno. Hace demasiado calor.

Esperaba que mi precario argumento resultara lo suficientemente convincente.

—Voy a dormir un poco.

—De acuerdo, hermano.

Dormir era una de las cosas que más anhelaba durante aquellos días.

La cantidad de trabajo en el cuartel general, sumada a las batallas y a la custodia de Nirash, me dejaba completamente agotado al final de cada jornada.

Aquello no habría sido tan malo de no tener que despertar tan temprano y, sobre todo, si hubiera podido dormir tranquilamente.

Ese era uno de los aspectos que envidiaba profundamente de Hicoro. Parecía poseer la capacidad de quedarse dormido en cualquier lugar en cuanto apoyaba la cabeza sobre algo.