Capítulo 23 El secuestro #2
Pasé una mano por detrás de su cabeza. Tenía un pequeño chichón provocado por el golpe.
Un pequeño círculo de transmutación ayudó a reducirlo. Aunque yo no era tan bueno como Alaric, él habría podido curar perfectamente aquella lesión; yo solo podía hacer que mejorara un poco.
Como si el destino quisiera enviarme una señal de que mis acciones eran, de alguna manera, incorrectas, sentí comezón en la nariz.
Al rascarme, percibí nuevamente el aroma de su cabello, esta vez con más intensidad.
En aquel momento deseé dejarla en libertad, despertarla y preguntarle si se encontraba bien.
Pero no podía hacerlo.
Había llegado demasiado lejos como para permitirme ser débil en aquel instante.
Usé el ojo del alquimista para descubrir cómo podía mejorar las protecciones que había colocado en la celda.
Cuando terminé, fui a reunirme con Hicoro y sus hombres.
—Muy bien, señores. Me complace informarles que nuestra operación fue un éxito.
Empleaba un tono formal pese a que tenía una buena relación con ellos. Necesitaba dejar claro que, aunque estuviéramos actuando fuera de la ley, aquella operación tendría toda la seriedad de cualquier misión legal.
—Vamos a establecer las reglas. Nadie se acerca a la celda, salvo para llevarle algo de comer, aunque intentaré ocuparme personalmente de ello en la mayoría de las ocasiones. Nadie abre la celda. Nadie molesta a la Bruja y, más importante aún, nadie le pone un solo dedo encima.
—¿Ni un solo dedo? —preguntó uno de los soldados—. Vamos, Leo. Hay que mantener alta la moral del equipo. Estaremos aquí durante bastante tiempo y una presencia femenina no puede desperdiciarse de esa manera.
Incluso a mí me sorprendió la velocidad con la que me moví.
Mi brazo derecho, con una consistencia férrea, golpeó la mandíbula del soldado, que era prácticamente del mismo tamaño que Hicoro, y lo hizo caer al suelo.
Antes de que pudiera reaccionar, tenía mi revólver apoyado contra su frente.
—Voy a ser muy claro: ¡nadie toca a la Bruja! La necesitamos para solucionar algo que va mucho más allá de los peligros de esta guerra y necesitamos que se encuentre bien. Cualquiera que le haga algo, aunque solo sea mirarla con lascivia, tendrá que ajustar cuentas conmigo. ¿Está claro?
—Sí, señor.
—Pueden retirarse.
Los soldados nos dejaron solos a Hicoro y a mí.
—¿No crees que te excediste un poco?
—En lo absoluto. Aunque sea nuestra enemiga, es una mujer y merece todo el respeto. Además, yo fui quien planeó secuestrarla. Ella es mi responsabilidad. No solo tengo que cuidar nuestra seguridad, sino también la de ella.
—Muy bien, pero ten cuidado, hermano. Tú también tienes magia. Puede que una parte de ti sienta más simpatía hacia ella de la que realmente quieres demostrar.
Solo le di una palmada en el brazo a Hicoro y regresé a la celda.
No quería que él supiera cuánto me interesaba la Bruja, sobre todo porque aquello no tenía nada que ver con la magia que ambos poseíamos.
Esperé pacientemente a que la Bruja de Fuego despertara.
Cuando lo hizo, pude ver cómo su sorpresa y confusión iniciales fueron reemplazadas por la ira en el momento en que me vio.
Tal como era de esperarse, me atacó con todo su poder. Sin embargo, el fuego no consiguió salir de los barrotes de la celda. Esferas de energía y conjuros se estrellaban contra ellos como si entre los barrotes y mi persona hubiera un muro invisible.
Temía que, en algún momento, mis protecciones no fueran lo suficientemente fuertes.
Casi corrí hacia la celda cuando vi que su cuerpo se cubría de fuego, pero teletransportarse le resultó imposible, pese a que estaba utilizando un elemento natural para aumentar el poder de aquel método de desplazamiento.
—Me alegra ver que el golpe no te afectó demasiado. Espero que no te duela mucho la cabeza y lamento lo de la celda, pero, como acabas de demostrar, es un mal necesario para mantener intacta la integridad de mi equipo y la mía, además de asegurarme de que no escapes.
—¡Sácame de aquí!
—Con mucho gusto, en el momento en que escuches lo que tengo que decir.
—¡No voy a escuchar nada de lo que tengas que decir y, en el momento en que salga de aquí, te juro que voy a matarte!
—Parece evidente que, en este momento, no estás dispuesta a entablar una conversación civilizada. Es una verdadera lástima. Espero que encuentres cómoda tu estadía en esta celda.
—¡Vas a sacarme de aquí en este instante! ¡Es una orden!
Pese a que Nirash estaba furiosa y, de haber tenido la posibilidad de atacarme, me habría matado, no pude contener una pequeña risa.
—Por si no te has dado cuenta, no estás en posición de exigir nada. Eres mi prisionera y las reglas las pongo yo. Espero que mañana estés en mejor disposición para hablar.
—Puedes esperar sentado, maldito alquimista —respondió con la voz cargada de odio.
—Si es necesario, lo haré. Tengo todo el tiempo del mundo.
—Frigian me va a encontrar. Tenemos espías dentro de tu ejército.
—En verdad lo dudo mucho. Nadie sabe que te tengo aquí.
Mi mano centelleó peligrosamente en esmeralda. Rayos del mismo color saltaban entre mis dedos y aumenté mi poder de forma tan considerable que la Bruja de Fuego dio un paso atrás.
—El Mago del Hielo tiene cuentas pendientes conmigo después de nuestro último combate. De hecho, si te preocupa en lo más mínimo, accederás a escuchar lo que tengo que decir.
Nirash se cruzó de brazos y me observó con una mirada burlona.
—No puedes derrotarlo. Es más poderoso que tú. Ni siquiera podrías desarmarlo antes de que te mate.
No respondí a sus amenazas. Me limité a recorrer el pasillo que conducía al salón principal de la bodega y cerré la puerta que separaba ambas áreas.
Di la orden de que le llevaran algo de comer por la mañana, pero, tal como era de esperarse, rechazó la comida e intimidó a los guardias arrojando fuego contra los barrotes.
Al día siguiente, Ignacio y yo observábamos al ejército de Frigian desfilar hacia nosotros.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó—. Dicen que secuestraron a la Bruja de Fuego y, al parecer, eso le molestó bastante. Nos culpa a nosotros.
—¡Qué estupidez! Dudo que alguno de nosotros sea lo suficientemente poderoso o idiota como para secuestrarla. Además, se necesitaría magia para contenerla y nosotros no podemos hacer magia.
—Exacto. Eso fue lo que le dije a Botánica, pero ella piensa que realmente podría estar secuestrada por alguien de nuestro bando.
—¿No sería más lógico matarla?
—Definitivamente.
El Alquimista del Fuego dudó antes de continuar.
—¿Ya la mataste?
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro, pero conseguí mantener la expresión sin cambios.
—Claro que no. Yo no la secuestré. Ahora presta atención: Frigian es mío. Me las va a pagar por las semanas de recuperación que me hizo pasar.
—Eso me gusta más. Intenta matarlo.
—Desde luego —mentí mientras comenzaba a correr por el campo de batalla para enfrentarme a él.
Frigian parecía la personificación de algún dios pagano de la guerra olvidado por el tiempo.
Su martillo mataba todo aquello con lo que entraba en contacto y, a su paso, dejaba una estela de hielo y muerte.
Fue satisfactorio ver cómo su rostro mostraba asombro durante un instante al descubrirme con vida. Sin embargo, aquella expresión cambió de inmediato y se transformó en una ira ciega que impulsó sus pasos en mi dirección a una velocidad peligrosa.
Era evidente que no podía permitir que se acercara demasiado.
Había agregado un nuevo círculo de transmutación a mi revólver, y Frigian sería el afortunado en probarlo en carne propia por primera vez.
Esperé hasta que estuvo lo suficientemente cerca para disparar.
Un poderoso golpe sonoro detuvo su avalancha de muerte y lo aturdió lo suficiente para que pudiera acertarle varios disparos sónicos más.
Después de eso, corrí hacia él y coloqué ambas manos sobre su pecho.
Para mi sorpresa, aún podía moverse. Aprovechando su corpulencia, me sujetó de los brazos y me levantó frente a él.
—¡¿En dónde está mi hermana?!
—¿Quién? —pregunté, verdaderamente confundido.
—¡La Bruja de Fuego! ¡¿En dónde la tienes?!
Comencé a reír en su cara.
—¿Es tu hermana?
—¡Contesta, maldita sea!
Sus manos comenzaron a enfriarse. Me dolían los lugares donde me sujetaba y sentía que el frío empezaba a penetrar en mis huesos.
—Primero lo primero, maldito mago.
Mis manos seguían apoyadas contra su pecho e hice algo que nunca antes me había visto obligado a realizar de aquella manera.
Proyecté un círculo de transmutación directamente a la mitad de su cuerpo.
Había recreado la vibración sonora a la que él me había sometido dentro de aquel maldito domo de hielo.
Podía sentir sus órganos internos desgarrándose.
Me soltó casi de inmediato y dejó caer su pesado martillo de guerra.
—Ahora estamos a mano —dije mientras caminaba en dirección opuesta.
No quería matarlo. Iba a necesitarlo, así que, al alejarme, daba a sus soldados la oportunidad de llevarlo con sus médicos.
—Y, aunque yo tuviera a la Bruja de Fuego, ¿qué harías?
Me sorprendió escuchar un grito brotar de su garganta con mucha más fuerza de la que debería tener en aquel momento.
Vi que su pecho estaba cubierto de hielo, seguramente como una medida de emergencia para tratar sus heridas. Frigian levantó su martillo de guerra y comenzó a caminar hacia mí de forma tambaleante.
Un disparo fue suficiente para romper el hielo que lo protegía.
Aun así, continuó avanzando de manera francamente suicida. Pero, en aquel estado, no podía defenderse correctamente.
Blandió su martillo contra mí, pero lo sujeté por el mango y lo rompí mediante alquimia. Después, lo golpeé en el estómago y lo dejé en el suelo, escupiendo sangre.
—Supongo que esto servirá —dije mientras recogía un fragmento del mango que llevaba un emblema con un león y estaba manchado con la sangre que Frigian acababa de escupir—. Mejor suerte la próxima vez, Mago.
Por más que lo intentó, le resultó imposible ponerse en pie y continuar luchando.
Sus compañeros ordenaron una retirada rápida e inmediata al ver a su guerrero más poderoso inutilizado de aquella forma.