El Diario del Alquimista Capítulo 23 El secuestro
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Capítulo 23 El secuestro

—Estás loco. No podemos secuestrarla.

—No veo por qué no —contesté con absoluta honestidad.

—¿Con qué propósito?

—Tenemos que explicarle lo que está pasando para que ella les transmita la información a los magos.

—Nos vas a matar a todos. No puedes ni ganarle en batalla. ¿Cómo esperas atraparla?

—Ten un poco de fe en mí. Atraparla es mucho más fácil que matarla.

—¿Y por qué ella?

—Porque goza de una posición importante en el ejército de la magia.

—No me gusta la idea.

—No tiene que gustarte para que funcione. La mayoría de mis planes funcionan a la perfección. No veo por qué este tendría que ser diferente.

—¿Alaric sabe de esto?

—Desde luego que no. Solo tú y, próximamente, diez hombres de tu absoluta confianza. Necesito que sean completamente leales y obedientes.

—Estás hablando en serio, ¿verdad?

—Desde luego que sí.

—Maldita sea, Leo. Cada vez estás más loco.

—Tomaré eso como un cumplido —dije entre risas.

Aquella vez, lo que decía era completamente cierto.

Era cierto que la Bruja de Fuego me resultaba increíblemente atractiva, pero también era cierto que su posición dentro del ejército resultaba muy conveniente para mis objetivos.

El hecho de que fuera hermosa era solamente una pequeña distracción que podría manejar.

Además, su actitud no era precisamente la mejor del mundo: quería matarme y, por si fuera poco, si alguna vez había tenido la más mínima oportunidad con ella, estaba a punto de arrojarla a la basura al secuestrarla.

Sin embargo, recordé las palabras de Eleazar.

Tenía que hacer lo correcto sin importar el costo.

Utilicé los días de recuperación de la manera más productiva que pude imaginar.

Solo tenía una oportunidad para conseguir que el secuestro fuera un éxito, así que no podía dejar ningún detalle sin considerar.

Había mucho que hacer.

Primero, debía preparar la bodega y convertirla en una prisión lo suficientemente fuerte y efectiva como para contener a alguien capaz de derretir en un parpadeo los barrotes de acero que, en teoría, debían mantenerla encerrada.

Y eso sin considerar que, al parecer, poseía cierta habilidad para teletransportarse mediante una llamarada.

También era necesario encontrar un medio de comunicación lo suficientemente efectivo y discreto como para coordinarnos a la perfección.

Por si fuera poco, tenía que idear una forma segura de atraparla sin que ninguno de nosotros resultara herido y sin lastimarla a ella.

Era cierto que planeaba secuestrarla, pero no quería hacerle daño.

Necesitaba ganarme su confianza.

Sé que suena estúpido intentar ganarse la confianza de alguien después de secuestrarla, pero, en aquel momento, tenía toda la lógica del mundo.

Mi primera acción fue concentrarme en conseguir el medio de comunicación que necesitaba. Aquello resultó relativamente sencillo.

Poco tiempo antes, un inventor me había pedido que evaluara su invento. Era algo muy parecido a los microtransmisores que utilizábamos, con la diferencia de que no necesitaba conectarse a una central para solicitar refuerzos.

La transmisión era directa y, en teoría, la distancia no importaba, pues los dispositivos estaban fabricados con cuarzos gemelos. Eso significaba que podían comunicarse sin importar dónde se encontraran sus portadores.

En aquel momento, la idea no me había parecido especialmente buena, pero se ajustaba a la perfección a mis necesidades actuales.

Encargué una docena.

Lo siguiente era preparar la prisión destinada a contenerla. Aquello me llevó más tiempo del que esperaba, pero, después de un par de días, creí haber encontrado la solución.

También tenía que planear una manera de capturarla dentro de mi territorio sin levantar sospechas.

Una nube irritante generada cerca de la bodega bastaría para alarmar a quienes vivían en los alrededores y obligarlos a evacuar. Hicoro y su equipo se encargarían del desalojo utilizando uniformes de policía robados para aumentar su credibilidad.

La forma más sencilla que se me ocurría para capturar a la Bruja era conducirla hasta un callejón cubierto con círculos de transmutación antimagia.

A juzgar por su peso y constitución física, podría hacer que perdiera el conocimiento mediante una poción relativamente suave.

Después de una semana, tenía listos todos los detalles.

Cada uno de mis planes contaba con al menos siete alternativas para enfrentar cualquier contingencia que pudiera surgir.

En teoría, no había forma de fracasar.

Solo faltaba la parte más difícil: llevar todo aquello a la práctica.

Mi último invento para la milicia había sido un cañón de sonido en el que había concentrado el círculo de transmutación del Alquimista Sonorus.

Los alquimistas de Segunda Orden habían bombardeado durante horas el campamento enemigo y, durante el combate, los habían mantenido a distancia y aturdidos mediante aquel sonido chillante. Eso me aseguraría que estarían sumamente alterados y no podrían pensar con la misma claridad.

Había visto a Sonorus utilizar esa técnica para torturar personas, encerrándolas dentro de una habitación oscura y fría. Los resultados eran sorprendentes. La llamaba "tortura sin contacto".

Lo primero que tenía que hacer era acercarme al campamento y crear una distracción lo suficientemente llamativa y sencilla como para que no causara ningún problema.

Pese a ser alquimista, la mejor distracción que se me ocurrió fue esparcir una gran cantidad de fuegos artificiales, atados a una sola mecha que tenía un cigarrillo como detonador.

Eso me daría al menos cinco minutos para localizar a la Bruja de Fuego y esperar a que todos fueran a investigar la causa del ruido y las luces. Confiaba en que su orgullo fuera tan grande que se negara a realizar una tarea tan simple como averiguar quién estaba causando alboroto en el campamento.

Para mi sorpresa, aquel día la fortuna había decidido ponerse de mi lado.

Todos, incluso Frigian, abandonaron sus tiendas de campaña para buscar el origen del problema. Agitar la tienda de la Bruja de Fuego con telequinesis fue lo único que necesité para obligarla a salir.

—¿Es que no van a dejarme dormir hoy? —dijo mientras salía.

—Hola, Bruja. Vulcan y yo veníamos a comprobar si necesitabas unas palmaditas en la espalda para reponerte después de haber perdido a tu pegaso.

Mi sonrisa burlona resultó ser la provocación perfecta.

Comenzó a perseguirme mientras lanzaba esferas de fuego.

Vulcan y yo las esquivábamos; atrapaba algunas con las manos y continuaba burlándome de ella, todo con la intención de que se teletransportara para alcanzarnos sin darse cuenta de que, poco a poco, la estaba conduciendo hacia la ciudad, directamente a mi trampa.

—Espero que funcione —dije mientras oprimía el pequeño botón del microtransmisor—. ¿Hermano?

Transcurrieron un par de segundos sin que recibiera respuesta.

—Aquí estoy, hermano. Lo siento, no encontraba el botón.

—¿Están listos?

—El área ha sido desalojada y estamos esperando sobre las azoteas. Todo está listo para cuando llegues.

—Hecho.

La Bruja estuvo a punto de dejar de perseguirme en varias ocasiones, pero hacerla caer con telequinesis en un charco fue motivación suficiente para que continuara con su cacería.

Lo que la Bruja vio fue a Vulcan dejándome caer dentro de un callejón.

Lo que ignoraba era que había dos puertas ocultas en las paredes, lo que me permitió sorprenderla cuando entró.

—Al parecer, estás atrapada, Bruja.

En ese momento, los hombres de Hicoro se asomaron desde las azoteas y apuntaron sus armas contra ella.

—No seas idiota —dijo mientras movía una mano para calcinarlos.

El suelo y las paredes destellaron brevemente en esmeralda.

Su magia no funcionaba, tal como lo había planeado.

Por fortuna, la Bruja de Fuego estaba tan distraída por el hecho de que sus poderes no respondían que no alcanzó a notar el suspiro de alivio que exhalé.

—Muy bien, Bruja. Creo que es mi turno de demostrar lo que puede hacer un alquimista… ¡¿Qué demonios haces?!

Hicoro había interrumpido mis palabras. Saltó desde la azotea y golpeó a la Bruja de Fuego en la nuca.

Ahora ella yacía inconsciente junto a él.

—Pues atraparla. ¿No dijiste que ibas a desmayarla?

—¡Eres un salvaje! —exclamé, mostrándole el pequeño frasco que sostenía en la mano.

—¡Uy! ¿Entonces ibas a…? ¡Perdón!

—¡¿Perdón?! ¡Le caíste encima desde diez metros! ¡Más te vale que no esté muerta!

En ese momento, una de nuestras camionetas llegó para llevarnos a la bodega.

No permití que Hicoro cargara a la Bruja de Fuego. Con el miedo que él sentía hacia los seres mágicos, seguramente habría hecho que la cabeza de Nirash golpeara contra la camioneta mientras la subía.

Pese a todo, mi estado de ánimo rayaba en la euforia.

Sin embargo, aún no podía cantar victoria. No hasta que la Bruja estuviera dentro de la celda antimagia que había preparado para ella.

En el momento en que llegamos a la bodega, me dirigí de inmediato a la celda.

Durante todo el trayecto hubo algo en Nirash que me impresionó profundamente, algo que no confesé a nadie, ni siquiera a Hicoro.

La piel de la Bruja de Fuego era muy suave y su cabello desprendía un aroma maravilloso. Era mucho más ligera de lo que pensaba, lo que le daba una apariencia increíblemente frágil.

Parecía estar dormida y la imagen que ofrecía era verdaderamente encantadora.

—Parece difícil creer que haya matado a tantos de los nuestros. ¿No lo crees?

—Justamente estaba pensando en eso, hermano.

La Bruja se veía tan tierna, inocente, bella, frágil, hermosa y completamente inofensiva mientras dormía. Era diametralmente opuesta a la amenaza mortal que representaba en el campo de batalla.

—Déjame un momento a solas. Necesito reforzar las protecciones. Reúne a tus hombres; tengo que darles algunas indicaciones en cuanto termine.

—Hecho, pero ten cuidado. No sabemos cuándo va a despertar y, si te encuentra dentro, dudo que reaccione de forma pacífica.

—Lo sé, pero, considerando que la golpeó en la cabeza un titán de músculos y estupidez, va a tardar un buen rato en reaccionar.

Hicoro comenzó a reír.

—Fue un golpe excelente —dijo antes de cerrar la puerta.