Capítulo 22 Ordenanza 633 #4
—De acuerdo. En conclusión, si regresan, estamos jodidos —exclamó Hicoro.
—¿Ya están haciendo algo? —preguntó Ignacio.
—Tendríamos que hablar con los magos, pero eso podría resultar un poco complicado.
—Déjennos eso a nosotros —dije de forma pensativa mientras empezaba a elaborar un plan.
—¿Nosotros? —preguntó Hicoro, alarmado—. Hermano, ¿por qué siempre me embarras en tus problemas?
Lo dijo en tono de broma, lo cual ayudó a relajar la tensión que todos sentíamos en aquel momento.
Creo que fue la última vez que sonreí en semanas.
Los demás fueron olvidando el tema poco a poco, ya que Alaric y yo les habíamos dicho que les informaríamos en cuanto tuviéramos alguna solución. Según los mapas estelares, aún quedaban al menos un par de años antes de que tuviera lugar la alineación correcta.
Por otra parte, yo tampoco podía pensar demasiado en ello. Al parecer, Frigian se había empeñado en ganar la apuesta que había hecho con Nirash.
Por un accidente completamente fortuito, me resbalé y me golpeé la cabeza contra una piedra de hielo. Aquello me dejó con un vendaje que tuve que llevar durante varios días.
Lo bueno de haberme resbalado fue que, gracias a ello, esquivé sin darme cuenta un ataque que Frigian había lanzado para congelarme.
Lo malo fue que, al día siguiente, me golpeó con la mano cubierta de hielo con tanta fuerza que el hielo se rompió y su mano quedó adolorida.
En respuesta, lo golpeé con tanta fuerza que Hicoro tuvo que detenerme y llevarme al servicio médico, ya que la herida que un par de días antes era solamente un chichón ahora sangraba profusamente.
Me negué a recibir atención médica hasta que el mareo se volvió tan intenso que vomité sobre el doctor.
Aun así, fue gracias a que Frigian casi logró matarme que pude idear un plan.
La batalla se desarrollaba con normalidad. Luchaba junto a mi escuadrón personal contra unos cinco elfos y un dragón. Nada realmente complejo a esas alturas, cuando ya teníamos suficiente práctica matando criaturas de aquellas especies.
Entonces, un gigantesco domo de hielo se formó sobre nosotros y nos dejó atrapados.
No entendía la reacción de los elfos, quienes comenzaron a suicidarse, mientras el dragón rugía y arañaba inútilmente las paredes del domo.
A través del hielo vi a Frigian esgrimiendo una sonrisa que expresaba tanta satisfacción como si estuviera contemplando mi cadáver.
De pronto, el sonido de las garras del dragón se amplificó de manera ensordecedora. Sus gruñidos me perforaban los oídos.
Me sorprendió poder distinguir, en medio de toda aquella confusión, la voz de Frigian.
—Terror.
Supuse que mis soldados y el dragón estaban experimentando lo mismo que yo.
El sonido me abrumaba y confundía. Sentía que la cabeza me iba a explotar mientras miles de imágenes aterradoras cruzaban por mi mente, acompañadas de sonidos que hacían que la piel se me erizara.
Aunque no podía estar seguro de esto último. El dolor era demasiado, más intenso que cualquiera que hubiera experimentado, y mi mente estaba a punto de enloquecer.
Los gritos se mezclaban con los disparos de los soldados que se quitaban la vida para escapar de la tortura de aquella tumba de hielo. Otros morían de desesperación antes de que pudieran suicidarse.
Yo estaba a punto de perder la conciencia o la cordura. Todavía no estoy seguro de cuál de las dos habría perdido primero.
Miré hacia la cima del domo y me esforcé por utilizar el ojo del alquimista. Hacerlo resultaba increíblemente doloroso. Sin embargo, logré concentrarme lo suficiente para encontrar la combinación de magia que Frigian había utilizado.
Concentré toda la energía que pude en las manos y toqué el suelo.
Un rayo esmeralda golpeó la cúpula del domo, que empezó a romperse en miles de fragmentos. Los trozos de hielo me golpearon al caer, pero, al menos, el terror y aquel eco enloquecedor habían cesado.
Me di cuenta de que no podía escuchar con claridad. Todos los sonidos llegaban distorsionados por un fuerte pitido.
No podía levantarme. Estaba demasiado mareado.
La silueta de Hicoro se acercó a mí. Me levantó rápidamente con una mano mientras disparaba con la otra contra cualquiera que intentara acercarse.
Hicoro nunca utilizaba armas de fuego, lo cual me indicaba que mi estado debía de ser más deplorable de lo que creía.
Mientras nos alejábamos, pude ver que Frigian me observaba con asombro y respeto.
Uno de sus soldados se disponía a atacarnos cuando Frigian creó un muro de hielo para protegernos.
—¡No los ataquen! Dejen que se vayan. Nos retiramos.
—Pero, señor…
El soldado no pudo decir nada más. Quedó atrapado dentro de un bloque de hielo, que explotó junto con él en miles de fragmentos.
—¿Alguien más desea contrariarme?
Eso fue lo último que pude leer en sus labios. Mi sentido del oído parecía deteriorarse a cada segundo, o quizá mi mente estaba demasiado abrumada como para seguir interpretando lo que ocurría.
El diagnóstico médico revelaría después que tenía los tímpanos reventados y sangrando. Al parecer, el sonido también había dañado varios de mis órganos internos y había dejado mi equilibrio en un estado bastante precario.
Alaric usó el poder de su Piedra Filosofal para curarme cuando todos abandonaron la sala.
Aun así, necesitaría al menos un par de semanas para recuperarme por completo.
Pasé aquellas semanas en mi laboratorio, salvo por los momentos esporádicos en que subía a la azotea del cuartel general para pensar durante un rato.
El sol caía a plomo, y Hicoro llegó a la azotea después de que le indicara a un soldado que requería su presencia.
—Hermano, si vas a saltar, es mejor que esté abajo. Desde aquí arriba no creo poder detenerte —bromeó Hicoro.
Para mi sorpresa, su comentario logró arrancarme una sonrisa, la primera desde hacía mucho tiempo.
—¿En qué piensas?
Señalé sin decir nada un edificio que se veía a lo lejos y que, a juzgar por la forma de su azotea, parecía un enorme cilindro.
—¿Sabes qué es ese edificio?
—Claro que sí. ¿Tú no?
Negué con la cabeza.
—Bueno, es lógico. Ese edificio ya estaba en desuso cuando tú te incorporaste al ejército. Era un centro de pruebas para explosivos, pero resultó que el proyecto no era tan rentable como parecía al principio, así que lo vendieron y ahora lo usan como bodega.
—¿Es propiedad civil?
—Sí.
—Necesito saber si podemos rentarlo. No dejes que nadie te vea. Si puedes, manda a alguno de los delincuentes que conoces —dije mientras le entregaba una pequeña bolsa con monedas de oro.
—Tú eres el peor que conozco —dijo en tono de broma—. ¿Para qué lo necesitas?
—Te lo diré cuando regreses.
—Dame una hora.
—Estaré aquí.
Hicoro abandonó la azotea, mirándome con preocupación. Últimamente, yo no actuaba como siempre y, evidentemente, él se había percatado.
Hicoro siempre me brindaba más apoyo y confianza de los que yo sentía merecer. En definitiva, si había alguien a quien podía llamar honestamente hermano, era a él.
Fiel a su palabra, regresó una hora después. Además, traía un poco de agua para mí.
—Ten. No es saludable que permanezcas tanto tiempo bajo el sol después de lo que te pasó.
—Gracias —dije, encendiendo un cigarrillo después de beber un largo trago de agua.
—Podemos rentarlo, pero piden un precio excesivo.
—Eso no es problema.
—Asumo que lo que vamos a hacer no es legal, así que no creo que sea conveniente utilizar tu crédito como Sebakhem.
—Necesitamos algo de carbón y plomo. Los transmutaré en diamantes y oro.
—Cada vez nos alejamos más de la legalidad. Esto empieza a gustarme. ¿Qué planeas?
—Vamos a secuestrar a la Bruja de Fuego.
—Olvida lo que dije. Odio la idea.